Posted in

LA OBSESIÓN PROHIBIDA DE JUANITO VALDERRAMA QUE ESCANDALIZÓ A ESPAÑA

Fue movilizado, como tantos otros muchachos, que no sabían por qué tenían que empuñar un fusil contra sus hermanos. Pero aquí sucede algo extraordinario, algo que nos habla del poder casi mágico de su talento. En medio del horror, del frío de las trincheras y del miedo constante a que un proyectil marcara su final fatídico, Juanito encontró un escudo.

Su garganta no era un soldado cualquiera. Pronto, tanto compañeros como mandos se dieron cuenta de que aquel muchacho de Jaén tenía un don. En las noches más oscuras, cuando el silencio era presagio de fatalidad, Juanito cantaba. Su voz se elevaba sobre el miedo, recordando a aquellos hombres rudos, sus casas, sus madres, sus novias lejanas.

Cuentan que en más de una ocasión su cante sirvió para detener, aunque fuera por unos minutos, la barbarie mental de la contienda. formó parte de lo que llamaban cuerpos de operaciones, grupos artísticos improvisados que iban de frente en frente intentando elevar la moral de la tropa. Pero no se engañen, no era una gira de placer.

Vio cosas que ningún hombre debería ver. Vio a amigos con los que compartía el rancho por la mañana partir de este mundo antes de la caída del sol. Vio la fragilidad de la vida humana. Esos años de pólvora y barro cambiaron su carácter para siempre. Le volvieron un hombre supersticio, temeroso del destino, pero también le enseñaron una lección que aplicaría el resto de su vida.

El público necesita soñar para olvidar sus pesadillas. Si podía hacer olvidar la guerra a un soldado durante 3 minutos con un fandango, podría conquistar el mundo entero. Fue en esos escenarios improvisados sobre cajas de munición donde Juanito Valderrama dejó de ser un niño y se convirtió en un hombre que sabía que cada actuación podía ser la última.

Terminado el conflicto con una España rota y hambrienta, Juanito tomó la decisión definitiva. Ir a Madrid, la capital. El lugar donde se cosían los sueños y donde también se estrellaban las ilusiones. Llegar a Madrid en la posguerra no era llegar al paraíso, era llegar a una ciudad gris de racionamiento, extraperlo y miradas bajas.

Juanito llegó con lo puesto, con su maleta de cartón y esa voz que ya era un diamante en bruto, pero que nadie quería pulir todavía. Los inicios fueron brutales. Olviden la imagen del Señor con anillos de oro que todos recordamos. El juanito de aquellos primeros años 40 pasaba hambre, hambre física. Dormía en pensiones de mala muerte, donde el frío se colaba por las rendijas y las chinches eran las únicas compañeras de cama.

Tenía que cantar en cafés cantantes de tercera categoría, lugares llenos de humo y hombres amargados que bebían para olvidar y que muchas veces ni siquiera prestaban atención al artista. Y lo más doloroso no era el hambre, sino el desprecio. En aquel entonces, el mundo del flamenco tenía sus jerarquías, sus vacas sagradas. Cuando Juanito intentaba acercarse a los grandes, a las figuras consagradas, muchas veces recibía portazos.

Hay una anécdota que le marcó profundamente y que, dicen, nunca olvidó del todo. Se cuenta que intentó cantar ante la mismísima niña de los Peines, una institución del cante, buscando su aprobación. La respuesta fue fría, distante. Le miraron por encima del hombro. Para ellos, él era un niño bonito, con una voz demasiado dulce, demasiado aflamencada, pero sin la supuesta pureza gitana que exigían los puristas.

“Tú no sirves para esto, chaval. Vuélvete al pueblo.” Parecían decirle con sus gestos. Pero Juanito tenía algo que sus críticos no calcularon, un orgullo herido y una inteligencia natural para los negocios. Se dio cuenta de que los puristas cantaban para una minoría de entendidos, pero él él quería cantar para el pueblo, para la señora que fregaba escaleras, para el obrero que volvía reventado a casa.

entendió que la emoción valía más que la técnica perfecta y así, tragándose el orgullo y las lágrimas de rabia, siguió insistiendo, actuando por cuatro perras, aceptando las migajas hasta que el destino, caprichoso como siempre, decidió darle una carta ganadora y entonces sucedió. No fue de la noche a la mañana, fue una lluvia fina que caló hasta los huesos de España.

Juanito empezó a grabar discos de pizarra. Su voz limpia, potente, con esos falsetes que parecían imposibles, empezó a sonar en las radios de válvulas de todo el país. Pero el verdadero terremoto llegó con una canción. Una canción que no era solo música, era el himno de una generación rota. El emigrante. Ustedes la conocen, la han tarareado 1 veces.

Adiós, mi España querida. Cuando Juanito lanzó ese tema, tocó una fibra sensible que nadie más había tocado. Millones de españoles estaban haciendo las maletas para irse a Alemania, a Suiza, a Francia, huyendo de la miseria. Juanito les puso voz a su dolor, a su nostalgia. De repente, el chico que dormía en pensiones frías se convirtió en don Juan.

Los teatros se venían abajo. Las mujeres suspiraban cuando él aparecía en el escenario con esa elegancia sobria, su traje cruzado impecable y su sombrero cordobés. El dinero empezó a entrar a raudales. Ya no había hambre. Ahora había banquetes. Ya no había desprecio. Ahora había aduladores que le encendían los cigarros y le reían las gracias.

Juanito se convirtió en el rey de la copla. Era intocable, tenía poder, tenía influencia, se codeaba con lo más granado de la sociedad. Los mismos que antes le cerraban la puerta, ahora pagaban fortunas por sentarse en primera fila a verle. Pero cuidado, amigos, porque el éxito es un licor muy dulce que embriaga rápido.

Y Juanito estaba bebiendo de esa copa a grandes tragos. se sentía invencible, dueño del mundo. Y cuando un hombre se siente dueño del mundo, empieza a creer que las reglas de los mortales no van con él. Capítulo 5. María Vega, la esposa perfecta en la jaula de oro. En medio de este ascenso meteórico, Juanito hizo lo que se esperaba de un hombre de bien en aquella época, formar una familia respetable.

Se casó con María Vega. Ella era la mujer ideal para la sociedad de entonces, discreta, asendosa, madre abnegada, la compañera que se quedaba en casa cuidando del hogar mientras el marido salía a ganarse el pan y la gloria. El matrimonio parecía perfecto desde fuera. Tuvieron tres hijos. Juanito les dio todo lo que él no tuvo.

Colegios de pago, ropa buena, una casa señorial. Ante las cámaras y las revistas eran la estampa de la felicidad católica y apostólica. María Vega representaba la estabilidad, el puerto seguro al que Juanito volvía tras sus giras interminables. Ella era la que gestionaba el hogar, la que callaba, la que esperaba. Pero, ¿qué pasaba de puertas para adentro? Ah, amigos, aquí entramos en el terreno de las suposiciones y los rumores que se susurraban en los mentideros de Madrid.

Read More