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La noche que CELIA CRUZ humilló a FIDEL CASTRO y él NUNCA la perdonó

Durante toda la década de los 50, Celia reinó sobre la música cubana. Grabó decenas de canciones con la Sonora Matancera, llenó los cabarets más exclusivos de La Habana, el Tropicana, el Sanousi, el Montmre. Los turistas americanos venían específicamente a verla. Los cubanos de todas las clases sociales tarareaban sus canciones.

Era la artista más popular de la isla y entre el público que la admiraba había un joven abogado con barba que soñaba con cambiar Cuba. Su nombre era Fidel Castro, pero aquí viene lo más oscuro de esta historia. Enero de 1959, la Revolución triunfa. Fulgencio Batista huye del país en la madrugada del primer día del año.

Fidel Castro entra en la Habana como un héroe. Las calles se llenan de gente celebrando. Y Celia Cruz, como millones de cubanos, tiene esperanza. Esperanza de que las cosas mejoren, esperanza de que la corrupción termine, esperanza de un país más justo. No era comunista, nunca lo fue, pero tampoco era enemiga de los cambios que prometía la revolución, al menos no al principio.

El problema empezó cuando las promesas se convirtieron en órdenes, cuando los cambios se convirtieron en imposiciones, cuando la esperanza se convirtió en miedo. El régimen revolucionario comenzó a controlar todo, la prensa, las empresas, las escuelas y, por supuesto, el arte. Los artistas cubanos empezaron a recibir visitas de funcionarios del gobierno.

Les explicaban que ahora el arte tenía que servir a la revolución, que las canciones tenían que tener mensaje político, que había que cantar las glorias del nuevo sistema. A algunos artistas les pareció bien, a otros no les quedó más remedio que aceptar. Pero Celia Cruz pertenecía a una tercera categoría, los que no estaban dispuestos a mentir.

Y esto es lo que no te dijeron en los documentales oficiales. Celia Cruz nunca hizo una declaración política pública contra Castro en esos primeros meses. No subió a un escenario a gritar consignas antirevolucionarias. No organizó protestas. Lo que hizo fue mucho más simple y mucho más devastador para el ego de un dictador. Simplemente siguió cantando lo que siempre había cantado.

Canciones de amor, canciones de fiesta, canciones que hablaban de la vida cotidiana de los cubanos. Sin consignas, sin propaganda, sin mencionar a Fidel ni para bien ni para mal. Y en una dictadura, la neutralidad es traición. Ponte en su lugar por un segundo. Eres la artista más famosa de Cuba. Tienes 34 años. Tienes a tu madre enferma en casa.

Tienes a tu padre envejeciendo. Tienes una carrera que construiste desde la nada. Y de pronto te dicen que todo eso no vale nada si no lo pones al servicio de la revolución. Te dicen que tienes que cantar lo que ellos quieren. Te dicen que tienes que ir donde ellos manden. Te dicen que tu voz ya no te pertenece.

Te pertenece al estado. Julio de 1960. La Sonora Matancera recibe una invitación para hacer una gira por México. 15 días. Nada extraordinario. Habían hecho giras similares antes, pero esta vez, antes de salir, cada miembro de la orquesta tuvo que firmar documentos, tuvo que dejar garantías, tuvo que prometer que regresaría.

El régimen ya sospechaba, ya sabía que muchos artistas estaban usando las giras como excusa para escapar. Celia afirmó todo lo que le pusieron delante. Dijo que sí a todo y el 15 de julio de 1960 abordó ese avión en Rancho Bolleros con una maleta pequeña y el corazón partido en dos.

Detente un segundo a pensar en lo que significa esa decisión. Celia Cruz no era una política, no era una activista. Era una cantante que quería seguir cantando y tuvo que elegir entre su libertad y su familia, entre su voz y su tierra, entre ser ella misma y sobrevivir. Eligió la libertad, pero el precio que pagó fue monstruoso. La Sonora Matancera llegó a México y nunca regresó a Cuba.

Desde Ciudad de México, Celia llamó a su familia para explicarles. No podía volver, no iba a volver. Les dijo que los amaba. les dijo que algún día se reunirían. Les mintió porque la verdad era demasiado dolorosa. La verdad era que sabía perfectamente lo que el régimen hacía con las familias de los que se iban. Los vigilaban, los acosaban, les quitaban trabajos, les negaban oportunidades, los convertían en parias y no había nada que ella pudiera hacer para protegerlos desde el exilio.

Pero lo peor aún no había ocurrido. 1962, Celia Cruz recibe una llamada en su apartamento de Nueva York, donde se había establecido con la orquesta Su madre está muriendo. Ita, la mujer que la crió entre 14 niños y 1000 canciones de cuna, se apaga en un hospital de La Habana.

Celia hace lo que cualquier hija haría. Solicita un permiso para viajar a Cuba. Solo unos días, solo para despedirse, solo para sostener la mano de su madre una última vez. La respuesta del gobierno cubano fue no. No podía entrar. No era bienvenida. Era una traidora, una gusana, una vendida al imperialismo, que su madre se muriera sola, que aprendiera lo que costaba abandonar la revolución.

Celia Cruz no pudo despedirse de su madre. Ollita murió sin ver a su hija y Celia tuvo que enterarse por teléfono a miles de kilómetros de distancia, llorando en un país que no era el suyo. La pregunta incómoda es esta, ¿quién toma esa decisión? ¿Qué clase de gobierno le niega a una hija el derecho de ver morir a su madre? ¿Qué clase de sistema usa el dolor familiar como arma política? ¿Qué clase de líder castiga a una cantante por el crimen imperdonable de querer cantar en libertad? No pasaron muchos años antes de que la historia se

repitiera. Su padre Simón Cruz, el hombre que le dio permiso para seguir su sueño cuando todos le decían que fuera maestra, también enfermó. también agonizó en la Habana. Y cuando Celia volvió a pedir permiso para verlo, la respuesta fue la misma. No, no, no. Simón Cruz murió sin abrazar a su hija. Murió sabiendo que el gobierno de su país la odiaba más de lo que respetaba el amor entre padre e hija.

Celia perdió a sus dos padres sin poder despedirse. Eso no fue un accidente de la historia, fue un castigo deliberado. Fue la venganza de Fidel Castro contra una mujer que se atrevió a decir que no. Fíjate bien en esto porque es clave para entender quién era realmente Celia Cruz. Después de perder a su madre.

Después de perder a su padre, después de ser borrada de la historia oficial de su país, Celia Cruz podría haber caído en la amargura, podría haber dedicado su vida a odiar, podría haber convertido cada concierto en un mitín político, pero no lo hizo. Lo que hizo fue algo mucho más poderoso. Siguió cantando, siguió bailando, siguió gritando su famoso azúcar con una alegría que desafiaba toda lógica.

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