Había en España una voz que podía hundir a un ministro en tan solo tres minutos de antena. Una voz que resonaba en los hogares, en los taxis, en los despachos de los directores de los periódicos más influyentes del país, quienes la consultaban rigurosamente antes de atreverse a publicar ciertos titulares. Toda la maquinaria de la industria del espectáculo español había aprendido, a base de golpes mediáticos y demostraciones de fuerza, a inclinarse ante ella. Sin embargo, esa misma voz, tan implacable y temida, guardaba un secreto. Una herida abierta. Algo que nadie en los pasillos de la Cadena COPE se atrevía a nombrar en voz alta. Se trataba de una obsesión que lo gobernaba absolutamente todo en su vida y ante la cual, por primera vez en su arrolladora carrera, ella no podía hacer absolutamente nada.
Corría el mes de junio de 1994. La mesa de locución de COPE llevaba semanas envuelta en un vacío denso, casi palpable, que ningún técnico de sonido lograba llenar por mucho que ajustara las regletas. No era el simple vacío mecánico de un micrófono apagado al final de una jornada laboral; era ese otro vacío mucho más definitivo y abrumador, el que deja tras de sí una voz que todos saben que ya no va a volver a pronunciar una sola palabra.
Encarna Sánchez murió el 28 de junio de 1994, a los 51 años de edad. Con su partida se cerraba una era, una carrera faraónica construida sobre la certeza inquebrantable de que, en la radio española, ella era quien tenía siempre la última palabra. Políticos de renombre habían caído en la más absoluta desgracia por una sola mañana en la que fueron blanco de su antena. Artistas consagradas habían desaparecido de las portadas de las revistas después de unos cuantos días de crítica sostenida y despiadada desde ese mismo micrófono. Y, por supuesto, también sucedía exactamente lo contrario: figuras sin nombre, sin apenas talento reconocido, habían pasado en cuestión de semanas a convertirse en invitados fijos en los mejores programas de televisión y en las galas más prestigiosas, simple y llanamente porque ella así lo había decidido.
Los artículos necrológicos que inundaron los periódicos en los días posteriores a su muerte fueron asombrosamente coherentes en algo: Encarna Sánchez había sido la presentadora de radio más temida, respetada e influyente de España durante la última década. El diario El País la bautizó como una “fuerza de la naturaleza”. El emblemático ABC recordó sus astronómicas cifras de audiencia, inalcanzables para la competencia. Sus propios compañeros de COPE, aún conmocionados, hablaron de una mujer incombustible que nunca dejó de trabajar, que vivía por y para las ondas.
Pero en medio de todos esos homenajes institucionales y recuentos de éxitos, nadie habló con la misma claridad de aquello que realmente había ocupado la mayor parte de su energía emocional, mental y física en los últimos dos años de su vida. Esa energía tenía nombre, tenía una voz reconocible en toda España y llevaba meses, largos y agónicos meses, sin responder a sus llamadas.
Isabel Pantoja era, en aquel lejano 1994, la cantante más famosa del país. Era la viuda de Paquirri, la protagonista del luto más largo, más reverenciado y más fotografiado de la historia del espectáculo español. Y era, sobre todo, la mujer a la que Encarna Sánchez había dedicado una proporción de cobertura, de protección mediática y de atención personal que ningún productor de COPE sabía exactamente cómo calificar sin cruzar la línea de lo indecible.
Lo que ocurrió realmente entre ellas en los últimos años de vida de la locutora tiene varias versiones flotando en la memoria colectiva. Hay una versión oficial que nadie puso por escrito. Hay una versión cruda que circuló como un susurro por los pasillos de las redacciones, pero que muy pocos periodistas tuvieron el valor de firmar con su nombre. Y hay una tercera versión, la más auténtica, que solo puede leerse entre líneas, escuchando con atención los programas de aquellos meses finales, prestando un oído clínico al tono con el que un nombre, pronunciado durante años con una devoción casi religiosa, empezó de repente a sonar de una manera completamente distinta, cargada de bilis, resentimiento y dolor.
¿Qué protege realmente quien dice proteger? ¿Cuándo una deuda moral, que nadie firmó en ningún papel, se vuelve asfixiante e impagable? ¿Y quién tiene el verdadero derecho a contar esta historia? Esta no es la crónica de un programa de radio. Esta es la historia de las dos.
Para entender la magnitud de lo que ocurrió entre Encarna Sánchez e Isabel Pantoja, es fundamental comprender primero qué representaba la cadena COPE a finales de la década de los ochenta y, sobre todo, qué significaba la figura de Encarna dentro de ese ecosistema mediático.
La cadena de radio de la Conferencia Episcopal era en esa época mucho más que un conjunto de diales; era una de las emisoras con mayor audiencia, poder e influencia de España. Y dentro de esa inmensa cadena, el espacio de tarde que conducía Encarna no era, ni de lejos, un simple programa de entretenimiento para pasar el rato. Era un tribunal supremo de la moralidad y la fama. Era el gran escaparate nacional. Era, dependiendo del lado de la mesa en el que te encontraras, el lugar sagrado donde las carreras artísticas se construían y cimentaban para siempre, o el cadalso donde esas mismas carreras terminaban decapitadas en directo.
Encarna no se limitaba a leer titulares de agencias; ella no moderaba debates con la distancia fría de un periodista objetivo. Ella construía relatos. Ella decidía qué aspecto de la realidad merecía cobertura y qué debía ser ignorado como mero ruido de fondo. Ella sentenciaba cuándo un personaje público merecía la simpatía incondicional de millones de oyentes y cuándo merecía el escarnio público de esos mismos millones de ciudadanos.
Los periodistas, técnicos y colaboradores que trabajaron cerca de ella la describen en crónicas posteriores—y de manera muy exhaustiva en el revelador libro Encarna en carne viva de la periodista Paloma García Pelayo—de manera dolorosamente consistente. Hablan de una mujer dotada de una inteligencia brutal, de unas lealtades absolutas, casi tribales, y de una capacidad letal para hacer daño que la inmensa mayoría prefería no comprobar de primera mano.
Los políticos lo sabían muy bien; medían sus palabras cuando se acercaban a sus dominios. Los directores de las grandes cabeceras periodísticas también lo sabían, y a menudo pactaban silencios o portadas. Las empresas discográficas multinacionales y las poderosas agencias de representación habían aprendido a base de ensayo y error a navegar su campo magnético, a no cruzarla jamás si podía evitarse, a cultivar su favor llenándola de atenciones si era necesario para lanzar un disco.
Y luego, flotando por encima de todas las reglas no escritas de la industria, estaba el caso aparte. El caso que no encajaba en ninguna categoría profesional conocida. La excepción a toda regla periodística.
Cuando el legendario torero Francisco Rivera, “Paquirri”, murió trágicamente en la plaza de Pozoblanco una fatídica tarde de septiembre de 1984, Isabel Pantoja tenía apenas 28 años. Hasta ese momento, era una cantante de copla popular, muy respetada en Andalucía y querida por un sector del público, pero que todavía no poseía el peso abrumador de mito cultural que vendría después.
El toro, en una embestida que paralizó el corazón del país, le había quitado al marido en la flor de la vida, pero le había otorgado, sin que nadie lo hubiera planeado o deseado así, algo completamente diferente y desmesurado: el dolor más público, compartido y catártico de una generación entera.
España entera se paralizó frente a los televisores. España entera la vio vestida de negro riguroso, destrozada, oculta tras unas gafas oscuras que no lograban esconder la devastación en su rostro, en aquellas impactantes imágenes del funeral y de la plaza. España entera, en un acto de empatía colectiva, decidió que esa viuda joven y rota era suya. Era la viuda del país.
Encarna Sánchez, con su olfato mediático inigualable, lo decidió también, pero de una manera drásticamente distinta a la del resto de los mortales. Desde mediados de los años ochenta, el programa de Encarna en la COPE mutó. Dejó de ser un magacín generalista para convertirse en el cuartel general, en el santuario inviolable donde la narrativa pública y privada de Isabel Pantoja se construía, se pulía y se protegía a diario, con un celo casi militar.
No se trataba de proteger la narrativa comercial o la promoción de sus discos; se trataba de blindar la narrativa humana. Se ensalzaba la figura de la madre coraje que criaba sola a su hijo pequeño, Kiko. Se glorificaba a la artista inquebrantable que, ahogada en el llanto, seguía trabajando para sacar a los suyos adelante a pesar de todo. Se veneraba a la viuda eterna que había sobrevivido a la tragedia sin quebrarse ante las adversidades.
Encarna no informaba sobre ella como periodista; la presentaba como a una divinidad, la defendía encarnizadamente incluso antes de que hubiera un ataque real que justificara tal defensa. Se anticipaba a las críticas, acallaba los rumores antes de que se imprimieran y construía un muro de contención a su alrededor.
Para el oyente español promedio de esa época, la relación entre las dos mujeres era fácilmente legible y, en su superficie, resultaba profundamente entrañable. Se percibía como la alianza perfecta: la periodista más poderosa, curtida y fuerte del país, poniendo desinteresadamente su voz y su escudo al servicio de la artista más vulnerable y golpeada por el destino del momento. Parecía una hermosa historia de sororidad y lealtad femenina en un mundo de lobos. Nadie, en ese momento, tenía ninguna razón particular para detenerse a mirar de cerca las grietas o los detalles ocultos de esa relación.
Pero ese es, precisamente, el gran problema de las historias que tienen demasiado buen aspecto desde fuera: casi siempre esconden en su interior una maquinaria mucho más oscura y compleja.
Los Hilos Invisibles del Poder y la Protección
Hay un tipo de protección en la despiadada industria del espectáculo que se reconoce de inmediato. Es la del mánager visionario que cree en un artista y lo financia antes de que nadie más vea su talento. Es la del periodista musical que cubre a una banda emergente cuando todavía no vende portadas ni llena estadios. Sin embargo, Encarna Sánchez no era exactamente ninguna de estas cosas para Isabel Pantoja. Lo que se forjó entre ellas era algo esencialmente diferente, y en los primeros años, ese vínculo fue genuinamente valioso, casi vital, para la supervivencia de la cantante.
Desde el instante en que la viudez de Pantoja se convirtió en un fenómeno mediático sin precedentes, desatando una voracidad inusitada en la prensa del corazón, el estudio de COPE se erigió como la fortaleza inexpugnable donde la historia de Isabel encontraba su versión más pura y protegida.
Cuando alguna publicación osada intentaba cruzar ciertos límites éticos—ya fuera meterse con el hijo pequeño de la cantante, especular frívolamente con el testamento y la polémica herencia de Paquirri, o intentar sacar a la familia torera del difunto de su lugar de mito para exponer sus rencillas—la respuesta de Encarna llegaba como un misil. Llegaba rápido y llegaba con una dureza implacable.
Los periodistas veteranos de la prensa del corazón de aquella época describen esta dinámica con precisión quirúrgica en crónicas, documentales y entrevistas posteriores. Hablan sin tapujos de un perímetro tácito, una zona roja alrededor de ciertos temas relacionados con Pantoja que todo el sector conocía y respetaba por puro terror, aunque nadie en las altas esferas lo hubiera firmado en un memorándum.
Una llamada a tiempo desde la oficina de Encarna, una alusión sutil pero venenosa en antena dirigida al director de una revista, la certeza absoluta de que publicar ciertos artículos críticos tenía un coste publicitario y profesional que simplemente no compensaba las ventas de la portada. Así operaba el sistema. Era un mecanismo de censura invisible y perfecto. Y el sistema funcionaba con la precisión de un reloj suizo porque detrás de él había una voz que, sencillamente, nadie quería ni se atrevía a enfrentar.
Para Isabel Pantoja, inmersa en las sombras de sus primeros años de duelo, ese escudo protector tenía un valor incalculable. España acababa de salir de la Transición democrática. La floreciente industria del espectáculo y la prensa rosa conformaban un territorio salvaje, un lejano oeste donde las reglas del juego no siempre estaban escritas, donde la frontera ética entre el derecho a la información periodística y el linchamiento público podía moverse peligrosamente según los intereses económicos de cada redacción.
En ese nido de víboras, tener a la imponente Encarna Sánchez incondicionalmente de tu lado no era simplemente útil para vender discos; era, en ciertos contextos de crisis, la diferencia abismal entre controlar con mano de hierro el relato sobre tu propia vida o dejarlo a merced de personas que no tenían ninguna obligación de ser benevolentes.
Pero había algo más. Algo profundo que las fuentes que reconstruyen esa época dorada mencionan de manera consistente, bajando el tono de voz. La relación entre locutora y cantante no se limitaba a una simple cobertura mediática favorable y unas cuantas llamadas de protección a las redacciones. Había una proximidad real, una simbiosis que, vista desde fuera por los ojos más perspicaces, iba mucho más allá de lo que se espera o se tolera profesionalmente entre una presentadora de éxito y su invitada más recurrente.
El exhaustivo libro Encarna en carne viva es sumamente cuidadoso e inteligente en cómo describe y aborda esta dimensión de la historia, de la misma forma que lo fueron las personas del entorno íntimo de ambas que hablaron del tema muchos años más tarde. No existe en los archivos una declaración firmada ante notario sobre la naturaleza exacta, física o emocional de ese vínculo. Pero lo que sí existe, de forma irrefutable, es un patrón constante de atención sostenida, de devoción. Una presencia física en la vida de la otra que excede con creces cualquier lógica profesional. Una intensidad magnética que los que estaban cerca, en el estudio o en las cenas privadas, percibían con claridad, y que ninguna de las dos partes tenía el más mínimo interés en explicar públicamente.
Si ese patrón de comportamiento fue exactamente lo que parecía a simple vista, o si se trataba de algo diferente que todavía no encontraba un nombre cómodo en el relato oficial de la España de aquella época, es una de las grandes preguntas que esta historia lleva décadas negándose a responder del todo.
Lo que no es una pregunta, sino un hecho comprobable, es el efecto práctico de dicha unión: durante casi una década ininterrumpida, Isabel Pantoja tuvo en Encarna Sánchez algo que muy pocos artistas en la historia del mundo alcanzan a tener. No tuvo solo un altavoz para sus canciones; tuvo algo parecido a una póliza de seguro de vida, una garantía absoluta de intocabilidad. Y esa garantía, como todas las grandes garantías en este mundo, llevaba grabadas en letra pequeña unas condiciones leoninas que nadie se molestó en leer en voz alta al principio.
La Jaula de Cristal: Cuando la Gratitud no es Suficiente
El poder absoluto tiene una característica perversa que quienes viven bajo su sombra protectora tardan mucho tiempo en identificar. Cuando el poder funciona bien, cuando ejerce su labor de manera eficiente, es completamente invisible. Nadie nota la protección porque la protección hace el trabajo sucio antes de que la amenaza llegue a materializarse. Nadie escucha la advertencia severa en los despachos porque dicha advertencia ya fue comprendida y acatada en privado, mucho antes de que se presentara siquiera la oportunidad de ignorarla.
Encarna Sánchez llevaba décadas construyendo, perfeccionando y engrasando ese sistema de influencia letal. Y dentro de ese sistema meticulosamente diseñado, la figura de Isabel Pantoja pasó a ocupar un lugar central, un trono que no tenía equivalente en ninguna otra relación de la vida de la periodista. En términos estrictamente profesionales, Pantoja no era una fuente de información, no era una colaboradora del magacín, y tampoco era exactamente una amiga en el sentido corriente y horizontal de la palabra, aunque “amiga” era el término aséptico que ambas usaban frente a los flashes de las cámaras.
Era algo para lo que el rico lenguaje del periodismo no poseía una categoría precisa. Isabel se convirtió en alguien cuya existencia, cuya carrera y cuyo bienestar Encarna había incorporado, asimilado y fundido con su propia identidad. Lo hizo de una manera tan profunda que resultaba humanamente imposible separar dónde terminaba lo profesional y dónde comenzaba lo personal. Eran un solo ente a los ojos de la locutora.
Los productores, redactores y técnicos que trabajaban codo con codo cerca de Encarna en esa época dorada describen el ambiente—en diferentes fuentes, documentales y libros, con pequeñas variaciones que no contradicen en absoluto lo esencial de la historia—como una atmósfera de atención obsesiva que iba mucho más allá de cualquier lógica de trabajo periodístico o de fidelidad a la audiencia.
Isabel Pantoja aparecía en el programa de radio con una frecuencia desmedida que no respondía a ningún criterio de actualidad. Acudía a los estudios aunque no hubiera un nuevo lanzamiento de disco, aunque no hubiera una inminente gira de conciertos, aunque no existiera ninguna noticia relevante que justificara su presencia en horario de máxima audiencia. Y cuando estaba allí sentada frente al micrófono, Encarna la trataba y se dirigía a ella con un tono de voz que sus colaboradores más veteranos aprendieron rápidamente a distinguir del que usaba con cualquier otro invitado, por ilustre que fuera. Era un tono más íntimo, más suave, indudablemente más propietario, y en no pocas ocasiones, resultaba profundamente incómodo para las personas presentes en el estudio, quienes optaban por desviar la mirada y preferían no hacer preguntas.
Fue en este contexto claustrofóbico donde comenzaron a acumularse lentamente, gota a gota, las primeras señales de alarma. Señales que, tomadas por separado, podían racionalizarse o interpretarse de muchas maneras inofensivas. Pero que, tomadas en conjunto, construían un patrón psicológico muy difícil de ignorar.
Aparecieron las agendas de trabajo que mágicamente no cuadraban. Los planes y viajes cancelados de manera abrupta y sin aviso previo, que dejaban a Encarna en el estudio masticando una explicación vacía que nunca terminaba de llegar. Las entrevistas exclusivas concedidas por Pantoja a otras publicaciones de la competencia sin haberlo consultado primero con la locutora. Las colaboraciones artísticas firmadas con programas de televisión rivales que, en la rígida y posesiva lógica mental de Encarna, no representaban simples decisiones estratégicas de carrera; eran leídas como movimientos hostiles, como traiciones dentro de un perímetro que ella consideraba—de una manera que nunca quedó del todo explícita pero que era evidente—como estrictamente propio.
La industria del espectáculo español, curtida en mil batallas, tiene una memoria larga y afilada para detectar este tipo de dinámicas tóxicas. Y lo que comenzaba a percibirse en el ambiente en torno a esta relación tan mediática era perfectamente reconocible para quienes llevaban años sobreviviendo en los grandes medios de comunicación: estaban presenciando el clásico declive de la alianza que empieza como una protección genuina y acaba pudriéndose hasta convertirse en una deuda asfixiante.
Ese es el punto exacto, la frontera invisible, en la que la gratitud eterna empieza a dejar de ser suficiente para quien la recibe constantemente, y al mismo tiempo, empieza a parecerle una carga insuficiente y agotadora a quien está obligado a darla todos los días de su vida.
El Despertar de la Viuda y la Rebelión del Silencio
A principios de la década de los noventa, el panorama había cambiado drásticamente. Isabel Pantoja ya no era la viuda desvalida que lloraba en silencio frente a las cámaras en 1984. Tenía en sus manos una carrera colosal que ya se sostenía con firmeza por sí sola, sin necesidad de muletas mediáticas. Sus discos se vendían por millones y rompían récords. Sus giras nacionales e internacionales colgaban el cartel de “entradas agotadas” en las plazas más importantes. La figura pública que había emergido de entre las cenizas de la tragedia de Pozoblanco se había transformado, había madurado hasta convertirse en algo mucho más complejo y poderoso que el mito original del luto eterno.
Ya no era solo “la viuda de Paquirri”. Era Isabel Pantoja, la gran estrella. Una artista con peso propio, con un ejército de seguidores incondicionales, con una audiencia masiva ganada a pulso sobre los escenarios, y, lo más importante, con la necesidad imperiosa de tomar decisiones autónomas. Decisiones vitales y profesionales que ya no podían, ni debían, pasar perpetuamente por el filtro de los despachos de la COPE, ni por la aprobación tácita, exigente y paternalista de una voz que cada día esperaba, con mucha menos paciencia, ser consultada para todo.
El sistema perfecto que las había mantenido unidas, hombro con hombro, durante casi una década empezaba inevitablemente a girar en sentido contrario. Y Encarna Sánchez, que había pasado los últimos veinte años de su vida siendo la persona más implacable, resolutiva y eficaz del estudio; la mujer capaz de doblegar voluntades políticas con un chasquido de dedos, descubría con horror algo que nadie en su extenso séquito sabía cómo gestionar.
Descubrió que todo su faraónico aparato de influencia, todo el terror que infundía en la prensa, no servía en absoluto para esto. Descubrió que las mismas herramientas de coerción y persuasión que le habían otorgado el poder absoluto de doblar las voluntades ajenas no tenían absolutamente ningún efecto sobre una persona a la que amaba o poseía emocionalmente, y que había decidido, libre y legítimamente, alejarse de su sombra.
El micrófono, que había sido durante tantos años su cetro de poder, el instrumento más afilado y preciso de su autoridad, empezaba a convertirse irremediablemente en otra cosa. Se estaba transformando en el único lugar seguro donde todavía podía tener una voz. En el único rincón del mundo donde podía hablar, gritar y desahogarse de todo lo que no sabía, no podía o no se atrevía a resolver fuera de la pecera de cristal, cuando el piloto rojo del aire se apagaba.
El Micrófono como Arma de Doble Filo
La ruptura definitiva entre Encarna Sánchez e Isabel Pantoja no ocurrió de golpe, como el cristal que se hace añicos de un impacto. Las rupturas que realmente importan, las que dejan cicatrices profundas en la historia personal de las personas, casi nunca ocurren así. Ocurren por acumulación. Se gestan en la llamada telefónica urgente que no fue devuelta. En la entrevista en horario de máxima audiencia concedida sin avisar a la mentora. En la cobertura amable y protectora que ya no llega cuando antes llegaba de manera natural, sin necesidad de pedirla.
Lo que los numerosos testimonios recogidos en crónicas posteriores de la época y en libros de investigación como el de Paloma García Pelayo permiten reconstruir es una triste y fascinante cronología del enfriamiento. Una línea de tiempo que tiene, como suelen tener todas estas intrincadas historias de desencuentro, más de un punto de partida posible, dependiendo siempre de a qué lado del conflicto se le pregunte.
Hay una versión muy extendida que circuló abundantemente por los medios y revistas de la época, según la cual Isabel Pantoja fue tomando distancia de manera muy deliberada, calculada y paulatina a medida que su carrera se asentaba definitivamente sobre bases propias y sólidas. A principios de los años noventa, su indiscutible posición de reina en el espectáculo español ya no requería el mismo tipo de respaldo mediático asfixiante que había necesitado desesperadamente al principio, en sus horas más bajas. Las decisiones profesionales podían y debían tomarse de otra manera, con libertad. Y algunas de esas grandes decisiones artísticas se tomaron, efectivamente, sin pasar a pedir permiso por los estudios de la COPE.

Existe, no obstante, otra versión menos ordenada y mucho más oscura. Según esta perspectiva, lo que se fue haciendo verdaderamente insostenible para la cantante no era la utilidad práctica de la relación con la emisora, sino su brutal peso emocional. Esta versión apunta a que la mera presencia de Encarna, la intensidad casi asfixiante de su atención diaria, la certeza aterradora de que cualquier movimiento, error o decisión podía convertirse automáticamente en material arrojadizo para un programa de tarde de tres horas, había pasado de ser un cálido escudo protector a ser una pesada cadena de la que resultaba prácticamente imposible liberarse sin sufrir graves consecuencias.
Esta segunda versión, como es lógico en el mundo del espectáculo, no tiene firmas oficiales. Nadie emitió un comunicado de prensa confirmándolo. Circuló de otra manera, mucho más subterránea: en conversaciones privadas de restaurantes caros, en fiestas a puerta cerrada que periodistas del sector han recordado años después sin poder, o sin querer, atribuirlas a ninguna fuente concreta por miedo a represalias de ultratumba.
Lo cierto es que ambas versiones coexisten perfectamente en la historia de la televisión y la radio en España. Ninguna excluye completamente a la otra, y, al final del día, ambas convergen en el mismo trágico resultado: el alejamiento de Pantoja fue un hecho real, fue un proceso gradual, y cuando Encarna Sánchez finalmente lo percibió como un rechazo absoluto y definitivo, algo en la dinámica interna del todopoderoso programa de tarde de la COPE comenzó a cambiar de una manera tan radical que sus oyentes más fieles, las amas de casa que la seguían devotamente, lo notaron antes incluso de poder nombrarlo.
El tono de voz con el que se pronunciaba el nombre de la tonadillera—un nombre que había sido tratado y cuidado durante años con una devoción reverencial, casi sacra—empezó a variar y a distorsionarse. Primero, sucedió de maneras muy sutiles, apenas perceptibles para el oyente casual o para quien no llevara mucho tiempo sintonizando el programa a diario. Luego, la transformación se dio con una crudeza y una claridad que ya no admitían ninguna otra lectura posible: era una declaración de guerra.
Las referencias críticas hacia la que fuera su protegida llegaron primero disfrazadas de insinuaciones elegantes, de preguntas retóricas formuladas magistralmente en el tono de quien ya conoce perfectamente la dolorosa respuesta, pero que prefiere sembrar la duda para que la audiencia llegue sola a la conclusión deseada.
Después, con el inexorable paso de los meses y el aumento del despecho, los ataques se volvieron de manera muchísimo más directa. Había una insistencia, una saña que los propios colaboradores sentados a la mesa y los técnicos de sonido de COPE, que estaban en el estudio durante esas tensas emisiones, describieron años después en diversas crónicas. Lo catalogaban como algo que, claramente, salía de un lugar muy oscuro y distinto al mero periodismo de espectáculos o la crítica musical.
Lo que está debidamente documentado en las hemerotecas—y lo que resulta vital distinguir de lo que simplemente se intuía pero no podía publicarse por temor a demandas—es lo siguiente. Lo documentado: el brutal cambio de cobertura mediática. Fue altamente perceptible y fue recogido de inmediato por las grandes revistas del corazón de la época. Lecturas, Semana y Diez Minutos tomaron nota del drástico enfriamiento con la prudencia de quien sabe positivamente que hay una gran historia oculta detrás, pero que no puede atreverse a publicarla sin exponerse a la ira destructiva de algo mayor.
Las crónicas retrospectivas de medios como Vanitatis y otros portales especializados irían reconstruyendo pacientemente con el paso de los años la verdadera textura emocional de aquellos meses grises. Lo que se intuía, pero no tenía una fuente valiente dispuesta a firmar, era un secreto a voces: que las emisiones radiofónicas de aquella última y oscura etapa no eran, en su parte más ardiente y visceral, trabajo periodístico objetivo. Se intuía que el nivel descomunal de energía dedicado diariamente a escudriñar y criticar a una sola persona excedía cualquier tipo de proporcionalidad noticiosa razonable. Se murmuraba que los técnicos que salían del estudio, al finalizar la jornada, algunos días lo hacían arrastrando los pies, con la inquietante sensación de haber estado presenciando algo profundamente privado que pertenecía a la esfera de un dolor que no debía radiarse.
La Soledad del Poder y la Agonía del Desamor
En medio de esta tormenta emocional y profesional, el destino decidió jugar su carta más cruel. Encarna Sánchez recibió en ese momento un diagnóstico médico devastador. Un cáncer de pulmón que comenzó a gestionar con el mismo hermetismo de hierro, con la misma privacidad feroz con la que había gestionado siempre absolutamente todo lo que concernía a su vida personal.
Mientras el cáncer avanzaba implacablemente por su cuerpo, minando sus fuerzas, ella se negaba a rendirse. Ella seguía en antena. Cada tarde, religiosamente. Lo que refieren personas que estuvieron cerca de ese agónico proceso, en declaraciones estremecedoras recogidas en crónicas de la época y en valiosos testimonios posteriores, es que Encarna, en sus últimos meses de existencia terrenal, era, al mismo tiempo, el mayor prodigio de profesionalidad periodística de España y la persona más inmensamente sola y desgraciada que habían conocido jamás.
Refieren que el imponente edificio de influencia política, de poder mediático y de respeto institucional, ganado a pulso, garra y talento puro durante más de veinte años de carrera, seguía completamente en pie, intacto de cara a la galería. Pero afirman también que dentro de ese gran edificio había algo que crujía en el silencio de la madrugada, de una manera que no tenía absolutamente nada que ver con el éxito profesional ni con el dinero en el banco.
La historia oficial, la que se escribiría en los obituarios de los periódicos más prestigiosos de aquellos meses, es la historia de una presentadora titánica que mantuvo su nivel de autoexigencia y rigor profesional hasta el último suspiro. Pero la otra historia, la historia real que no salió publicada en las necrológicas, es la tragedia de una mujer desesperada que usó el único instrumento que conocía en profundidad—su micrófono y su poder de comunicación—para intentar hacer algo para lo que ese sagrado instrumento no estaba diseñado ni capacitado: recuperar un amor, una atención o un afecto que ya, irremediablemente, no era recuperable.
Frente a la artillería pesada que salía cada tarde desde las ondas de la COPE, Isabel Pantoja optó por el camino más duro y, a la vez, más eficaz: el silencio sepulcral. La cantante no respondió ni una sola vez públicamente a los ataques, insinuaciones y reproches durante ese tortuoso periodo. En el particular lenguaje de los medios de comunicación españoles de la época, acostumbrados al fango del “toma y daca”, esa estoica elección de no entrar al trapo, de no jugar al juego de la guerra de declaraciones, era ya en sí misma una respuesta aplastante. Y, lo que es peor, dejaba a Encarna completamente sola en antena, hablando contra un muro, sin nadie al otro lado del cuadrilátero dispuesto a recibir el golpe y devolverlo.
Esto nos lleva a una pregunta central, una cuestión que conviene plantear con extremo cuidado, precisamente porque resulta sumamente incómoda y desafía a los partidarios de ambas partes. ¿Qué papel activo desempeñó realmente Isabel Pantoja en toda esta historia?
La narrativa más sencilla, la más fácil de digerir para el gran público, la coloca exclusivamente del lado de la víctima. Nos presenta a alguien que fue rodeada y absorbida por una fuerza superior que no pidió del todo. Nos dibuja a una artista joven, destrozada y golpeada por una pérdida personal enorme y de dominio público, que, cegada por el dolor, aceptó la protección de una mujer extremadamente poderosa sin entender completamente las siniestras condiciones ocultas del trato. Y que, cuando finalmente abrió los ojos y se alejó para buscar oxígeno, lo pagó sufriendo estoicamente años de difamación y cobertura adversa.
Esa narrativa victimista existe, por supuesto tiene una gran parte de verdad histórica, y tiene también, como sucede invariablemente con todas las narrativas que son demasiado ordenadas y perfectas, un enorme punto ciego.
Porque Pantoja, seamos sinceros, no era en absoluto una jovencita ingenua ni una desconocida recién llegada a la industria cuando esta relación tomó su forma definitiva. Llevaba años trabajando duramente en el mundo del espectáculo. Sabía perfectamente, como lo sabía toda España, qué era la cadena COPE y qué representaba exactamente el nombre de Encarna Sánchez en ese implacable ecosistema de poder. Sabía, con la precisión quirúrgica que solo da la experiencia de la fama, lo que significaba a nivel de ventas y prestigio tener a esa voz autorizada incondicionalmente de su lado.
Y tomó esa protección ofrecida. La utilizó inteligentemente a su favor. Se benefició enormemente de ella durante casi una década, construyendo el mito de su retorno a los escenarios, garantizándose galas, buenas críticas y el respeto intocable de la prensa rosa.
Lo que este complejo análisis no logra resolver, y quizá nunca se resuelva, es si en algún punto del camino hubo para Isabel una elección verdaderamente libre. Si el peso asfixiante de esa presencia constante en su casa, de esa atención intensa y desmedida, de una cobertura mediática que pendía de un hilo y que podía convertirse en su contrario sin el más mínimo aviso previo, dejaba algún espacio real para algo parecido a la libertad de salir limpiamente, dando las gracias, sin que hubiera una masacre de por medio.
Es precisamente en este oscuro punto de intersección donde esta historia deja de ser un simple episodio de desencuentros de la crónica rosa y folclórica española, y se convierte, por derecho propio, en algo mucho más profundo y difícil de clasificar. Se transforma en un tratado sociológico. Una pregunta cruda sobre la anatomía del poder en los grandes medios de comunicación y sobre cómo, en la intimidad, ese mismo poder se ejerce, corrompe y domina sobre las personas que rodean a quien lo ostenta.
Es un debate sobre la sutilísima diferencia que existe entre una alianza protectora y una trampa mortal; sobre ese momento exacto y aterrador en el que la gratitud deja de ser un sentimiento noble y espontáneo, y se convierte en un contrato de servidumbre obligatoria de la que no existe salida de emergencia sin pagar un alto coste personal y profesional.
El Silencio Definitivo y el Vacío en el Estudio
Encarna Sánchez murió sin que nada de este inmenso drama se resolviera públicamente. Exhaló su último aliento sin que se produjera ningún acercamiento conocido o documentado en los últimos meses de agonía. Murió sin el perdón, sin la reconciliación y sin el cierre emocional que, muy probablemente y en el fondo de su corazón, buscaba desesperadamente con sus llamadas de atención y sus furiosas críticas en aquellas emisiones de los meses finales.
Dejó físicamente en los estudios de COPE un vacío enorme que, con el tiempo, fue llenado inevitablemente por las voces de otros grandes comunicadores de la época. Pero dejó, sobre todo, una historia sin cerrar que durante muchos años fue contada por los medios solo en sus partes más superficiales y visibles. El enfriamiento de la amistad, el cambio radical de tono en la radio, la cobertura adversa de los periodistas afines. Todo ello narrado sin que nadie se detuviera demasiado, por miedo al recuerdo de su ira, en el oscuro mar de sentimientos que había debajo de aquel iceberg de poder.
España, siempre voraz, consumió esa historia trágica con la eficiencia industrial con la que consume habitualmente todas sus grandes historias de pasiones, toreros, folclóricas y locutores. Con una atención inicial inmediata, casi febril, y con muy poca o nula disposición a quedarse a reflexionar en la incomodidad de la ética moral una vez que el titular escandaloso había pasado de moda.
Las cadenas de televisión, como la emergente Telecinco, tuvieron su propia versión de los hechos, explotando el morbo. Las revistas del corazón tuvieron la suya en papel brillante, y cada versión que se publicaba protegía, de alguna manera interesada, a alguien del entorno.
Lo que quedó, al asentarse el polvo de la batalla tras el funeral, fue una estampa dividida. Por un lado, sobrevivió la carrera de Isabel Pantoja, que no solo continuó, sino que se enriqueció enormemente después por sus propias crisis personales posteriores, por sus escándalos judiciales futuros y por sus propias narrativas de supervivencia, consolidándose hasta el día de hoy como una de las figuras más complejas, polarizantes y duraderas de todo el espectáculo español.
Y, por otro lado, quedó la herencia periodística de Encarna Sánchez. Un modelo muy específico de periodismo de radio de autor que ya nunca volvería a repetirse ni a tener exactamente esa misma forma. Esa mezcla explosiva e irrepetible de influencia masiva sobre la opinión pública nacional, de cobertura implacable de la prensa del corazón y de exigencia de lealtades absolutas y ciegas, que solo fue posible en aquel momento de transición tan particular de los medios de comunicación en España.
La pregunta fundamental que ningún intelectual o periodista se atrevió a formular en ninguno de los solemnes obituarios publicados en la prensa nacional es, paradójicamente, la más simple, desgarradora y humana de todas: ¿Qué fue lo que Encarna Sánchez perdió realmente cuando Pantoja dejó de cogerle el teléfono? No perdió el acceso a la exclusiva, no perdió la audiencia millonaria del EGM, no perdió el sueldo ni el estatus. Lo que perdió fue algo muy anterior, mucho más primario y profundo que todo eso. Perdió algo que, quizás, nunca llegó a tener del todo y que, sin embargo, en la etapa final de su vida, le resultaba física y psicológicamente imposible de asumir no poseer.
Hoy, más de treinta años después de la trágica y solitaria muerte de Encarna Sánchez, los inmensos archivos sonoros de COPE guardan bajo llave digital cientos de horas de sus legendarios programas, que suenan como ecos de una España que ya no existe. El exhaustivo libro Encarna en carne viva de la valiente Paloma García Pelayo sigue imprimiéndose y circulando como lectura obligada entre todos aquellos estudiosos de la comunicación que tienen un interés sociológico en comprender esa época particular, visceral y salvaje de la radio española. Y, por su parte, Isabel Pantoja sigue siendo, después de todo lo que vivió con Encarna y de todo lo que la vida le ha deparado después—la cárcel, los problemas familiares, la pérdida de su madre—, una figura mítica, herida y resiliente, que la sociedad de España simplemente no termina, ni quiere, dejar ir.
Lo que resulta intelectual y humanamente muy difícil de sostener, observando esta historia en retrospectiva y desde la lejanía del siglo XXI, es sucumbir a la fácil tentación moral de repartir roles nítidos de blanco y negro, de buenos y malos. La caricatura de la mujer malvada, maquiavélica y sedienta de poder que arrasó con todo por celos, enfrentada a la imagen prístina de la artista inocente, desvalida y pura que, por milagro, logró salir indemne del fuego.
Esa distribución de papeles de telenovela es, a todas luces, demasiado ordenada, facilona y simplista para reflejar fielmente lo que realmente parece haber ocurrido en la trastienda de sus vidas. Lo que hay en el fondo, en cambio, es algo mucho más humano, turbio y, por lo tanto, enormemente difícil de clasificar.
Encontramos a dos mujeres excepcionales. Dos mujeres fortísimas, hechas a sí mismas desde la nada, que se encontraron de frente en un momento temporal muy específico, dentro de las fauces de una industria mediática gigantesca y específica, en el corazón de una España que estaba apenas aprendiendo a consumir a sus propias figuras públicas con un apetito de devorador que todavía nadie en el país sabía cuánto iba a crecer hasta devorarlo todo.
Una de ellas, Encarna, tenía en sus manos el poder institucional absoluto, la capacidad de crear y destruir realidades con la palabra. La otra, Isabel, tenía el nombre mágico, el magnetismo de la estrella tocada por la tragedia que hipnotizaba a las masas. Las dos, como estrategas natas de la vida, obtuvieron indudablemente algo de ese intenso intercambio de favores y cercanía durante un largo periodo de tiempo. Y las dos, al final del camino, pagaron un precio emocional y público altísimo que no estaba redactado ni previsto en ningún contrato legal.
Encarna Sánchez pasó los últimos, oscuros y dolorosos meses de su vida utilizando con rabia el único y poderoso instrumento que de verdad conocía a fondo, para intentar resolver en vano algo que ese mismo instrumento no podía, bajo ningún concepto, resolver. Eso, desde un punto de vista compasivo, no la convierte en la villana de la película; la convierte, trágicamente, en alguien humano que confundió durante demasiado tiempo la capacidad ejecutiva de dominar y manejar el mundo exterior a su antojo, con la posibilidad ilusoria de poder ordenar, comprar o manejar lo que le ocurría por dentro, en los recovecos de su propio corazón. Y que descubrió, con estupor, esa terrible confusión en las peores y más crueles condiciones posibles que un ser humano puede enfrentar: gravemente enferma, recluida en sí misma, inmensamente sola frente a la frialdad metálica del micrófono, respaldada por una audiencia pasiva de tres millones de personas anónimas, y sin poder contar con la presencia de la única persona a la que verdaderamente quería hablarle, mirar a los ojos y suplicar de verdad.
Hay una imagen recurrente, casi cinematográfica, que algunos de sus compañeros más íntimos de COPE han descrito en diversas conversaciones, recuerdos y crónicas a lo largo de las últimas décadas. Cuentan que, en sus últimos meses de vida, cuando apenas podía sostenerse en pie, veían a Encarna llegar al estudio arrastrando su cuerpo debilitado, pero siempre con la impecable puntualidad de toda la vida. La observaban sentándose con dificultad en su silla ejecutiva de siempre, acomodando sus papeles, ajustando el brazo del micrófono con el mismo gesto autoritario y milimétrico de siempre. Cuentan que, al encenderse el piloto rojo de “On Air”, era capaz de obrar el milagro de poner en antena durante dos horas exactas la voz más fuerte, vibrante, temible y profesional que nadie en España podría esperar de una enferma terminal.
Pero lo desgarrador venía justo después. Relatan que, al concluir la sintonía final, tras apagar definitivamente el micrófono y despedir al equipo técnico con un gesto, ella se quedaba allí. Se quedaba sentada, encogida en el silencio. Aislada en ese inmenso y moderno estudio de radio insonorizado que había sido, durante más de veinte años, el púlpito desde el cual reinaba en el país; el lugar sagrado donde ella tenía todo el poder del mundo para decidir el destino de los demás.
No hay manera humana de saber con certeza lo que la mente y el corazón de Encarna Sánchez contenían en ese instante preciso de desolación, cuando las luces se apagaban y ella se enfrentaba al fantasma de Isabel, a su propia mortalidad y al peso abrumador de su soledad. Ni tampoco debería haberla. Es un misterio que se llevó consigo a la tumba. Pero es precisamente ahí, en ese minúsculo espacio físico y emocional que media entre la voz poderosa que lograba someter y hacer temblar a todo un país, y el silencio sepulcral que quedaba flotando en la sala cuando esa misma voz dejaba de sonar para siempre, donde esta historia, la historia real, profunda y dolorosa de las dos mujeres más importantes de España en los años noventa, tuvo verdaderamente lugar.