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La Jaula de Cristal: Cómo Encarna Sánchez Usó su Poder para Proteger a Isabel Pantoja y el Precio que Ambas Pagaron al Final

El Eco de un Micrófono Vacío

Había en España una voz que podía hundir a un ministro en tan solo tres minutos de antena. Una voz que resonaba en los hogares, en los taxis, en los despachos de los directores de los periódicos más influyentes del país, quienes la consultaban rigurosamente antes de atreverse a publicar ciertos titulares. Toda la maquinaria de la industria del espectáculo español había aprendido, a base de golpes mediáticos y demostraciones de fuerza, a inclinarse ante ella. Sin embargo, esa misma voz, tan implacable y temida, guardaba un secreto. Una herida abierta. Algo que nadie en los pasillos de la Cadena COPE se atrevía a nombrar en voz alta. Se trataba de una obsesión que lo gobernaba absolutamente todo en su vida y ante la cual, por primera vez en su arrolladora carrera, ella no podía hacer absolutamente nada.

Corría el mes de junio de 1994. La mesa de locución de COPE llevaba semanas envuelta en un vacío denso, casi palpable, que ningún técnico de sonido lograba llenar por mucho que ajustara las regletas. No era el simple vacío mecánico de un micrófono apagado al final de una jornada laboral; era ese otro vacío mucho más definitivo y abrumador, el que deja tras de sí una voz que todos saben que ya no va a volver a pronunciar una sola palabra.

Encarna Sánchez murió el 28 de junio de 1994, a los 51 años de edad. Con su partida se cerraba una era, una carrera faraónica construida sobre la certeza inquebrantable de que, en la radio española, ella era quien tenía siempre la última palabra. Políticos de renombre habían caído en la más absoluta desgracia por una sola mañana en la que fueron blanco de su antena. Artistas consagradas habían desaparecido de las portadas de las revistas después de unos cuantos días de crítica sostenida y despiadada desde ese mismo micrófono. Y, por supuesto, también sucedía exactamente lo contrario: figuras sin nombre, sin apenas talento reconocido, habían pasado en cuestión de semanas a convertirse en invitados fijos en los mejores programas de televisión y en las galas más prestigiosas, simple y llanamente porque ella así lo había decidido.

Los artículos necrológicos que inundaron los periódicos en los días posteriores a su muerte fueron asombrosamente coherentes en algo: Encarna Sánchez había sido la presentadora de radio más temida, respetada e influyente de España durante la última década. El diario El País la bautizó como una “fuerza de la naturaleza”. El emblemático ABC recordó sus astronómicas cifras de audiencia, inalcanzables para la competencia. Sus propios compañeros de COPE, aún conmocionados, hablaron de una mujer incombustible que nunca dejó de trabajar, que vivía por y para las ondas.

Pero en medio de todos esos homenajes institucionales y recuentos de éxitos, nadie habló con la misma claridad de aquello que realmente había ocupado la mayor parte de su energía emocional, mental y física en los últimos dos años de su vida. Esa energía tenía nombre, tenía una voz reconocible en toda España y llevaba meses, largos y agónicos meses, sin responder a sus llamadas.

Isabel Pantoja era, en aquel lejano 1994, la cantante más famosa del país. Era la viuda de Paquirri, la protagonista del luto más largo, más reverenciado y más fotografiado de la historia del espectáculo español. Y era, sobre todo, la mujer a la que Encarna Sánchez había dedicado una proporción de cobertura, de protección mediática y de atención personal que ningún productor de COPE sabía exactamente cómo calificar sin cruzar la línea de lo indecible.

Lo que ocurrió realmente entre ellas en los últimos años de vida de la locutora tiene varias versiones flotando en la memoria colectiva. Hay una versión oficial que nadie puso por escrito. Hay una versión cruda que circuló como un susurro por los pasillos de las redacciones, pero que muy pocos periodistas tuvieron el valor de firmar con su nombre. Y hay una tercera versión, la más auténtica, que solo puede leerse entre líneas, escuchando con atención los programas de aquellos meses finales, prestando un oído clínico al tono con el que un nombre, pronunciado durante años con una devoción casi religiosa, empezó de repente a sonar de una manera completamente distinta, cargada de bilis, resentimiento y dolor.

¿Qué protege realmente quien dice proteger? ¿Cuándo una deuda moral, que nadie firmó en ningún papel, se vuelve asfixiante e impagable? ¿Y quién tiene el verdadero derecho a contar esta historia? Esta no es la crónica de un programa de radio. Esta es la historia de las dos.

La Construcción de un Imperio Radiofónico

Para entender la magnitud de lo que ocurrió entre Encarna Sánchez e Isabel Pantoja, es fundamental comprender primero qué representaba la cadena COPE a finales de la década de los ochenta y, sobre todo, qué significaba la figura de Encarna dentro de ese ecosistema mediático.

La cadena de radio de la Conferencia Episcopal era en esa época mucho más que un conjunto de diales; era una de las emisoras con mayor audiencia, poder e influencia de España. Y dentro de esa inmensa cadena, el espacio de tarde que conducía Encarna no era, ni de lejos, un simple programa de entretenimiento para pasar el rato. Era un tribunal supremo de la moralidad y la fama. Era el gran escaparate nacional. Era, dependiendo del lado de la mesa en el que te encontraras, el lugar sagrado donde las carreras artísticas se construían y cimentaban para siempre, o el cadalso donde esas mismas carreras terminaban decapitadas en directo.

Encarna no se limitaba a leer titulares de agencias; ella no moderaba debates con la distancia fría de un periodista objetivo. Ella construía relatos. Ella decidía qué aspecto de la realidad merecía cobertura y qué debía ser ignorado como mero ruido de fondo. Ella sentenciaba cuándo un personaje público merecía la simpatía incondicional de millones de oyentes y cuándo merecía el escarnio público de esos mismos millones de ciudadanos.

Los periodistas, técnicos y colaboradores que trabajaron cerca de ella la describen en crónicas posteriores—y de manera muy exhaustiva en el revelador libro Encarna en carne viva de la periodista Paloma García Pelayo—de manera dolorosamente consistente. Hablan de una mujer dotada de una inteligencia brutal, de unas lealtades absolutas, casi tribales, y de una capacidad letal para hacer daño que la inmensa mayoría prefería no comprobar de primera mano.

Los políticos lo sabían muy bien; medían sus palabras cuando se acercaban a sus dominios. Los directores de las grandes cabeceras periodísticas también lo sabían, y a menudo pactaban silencios o portadas. Las empresas discográficas multinacionales y las poderosas agencias de representación habían aprendido a base de ensayo y error a navegar su campo magnético, a no cruzarla jamás si podía evitarse, a cultivar su favor llenándola de atenciones si era necesario para lanzar un disco.

Y luego, flotando por encima de todas las reglas no escritas de la industria, estaba el caso aparte. El caso que no encajaba en ninguna categoría profesional conocida. La excepción a toda regla periodística.

Pozoblanco y el Nacimiento del Mito Nacional

Cuando el legendario torero Francisco Rivera, “Paquirri”, murió trágicamente en la plaza de Pozoblanco una fatídica tarde de septiembre de 1984, Isabel Pantoja tenía apenas 28 años. Hasta ese momento, era una cantante de copla popular, muy respetada en Andalucía y querida por un sector del público, pero que todavía no poseía el peso abrumador de mito cultural que vendría después.

El toro, en una embestida que paralizó el corazón del país, le había quitado al marido en la flor de la vida, pero le había otorgado, sin que nadie lo hubiera planeado o deseado así, algo completamente diferente y desmesurado: el dolor más público, compartido y catártico de una generación entera.

España entera se paralizó frente a los televisores. España entera la vio vestida de negro riguroso, destrozada, oculta tras unas gafas oscuras que no lograban esconder la devastación en su rostro, en aquellas impactantes imágenes del funeral y de la plaza. España entera, en un acto de empatía colectiva, decidió que esa viuda joven y rota era suya. Era la viuda del país.

Encarna Sánchez, con su olfato mediático inigualable, lo decidió también, pero de una manera drásticamente distinta a la del resto de los mortales. Desde mediados de los años ochenta, el programa de Encarna en la COPE mutó. Dejó de ser un magacín generalista para convertirse en el cuartel general, en el santuario inviolable donde la narrativa pública y privada de Isabel Pantoja se construía, se pulía y se protegía a diario, con un celo casi militar.

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