18 años para irse solo a otro país, a otro continente futbolístico, a una cultura que no conocía. Pero el que ya se había ido descalso de su casa siendo un niño para perseguir una pelota, ese ya sabía lo que era apostarlo todo. Para Julián, subirse a ese avión no fue un salto al vacío, fue simplemente el siguiente paso de una vida que siempre se trató de moverse hacia delante, comienzo de su amor por México.
Llegó a Tigres en 2015 para integrarse a la categoría sub20 y ahí volvió a hacer lo único que sabe hacer, goles. En el apertura de ese año anotó 15 goles en 17 partidos. Fue el máximo goleador de la competencia. El colombiano que acababa de llegar ya estaba destrozando las defensas mexicanas. Ricardo el Tuca Ferreti, el técnico histórico de Tigres, no quedó del todo convencido.
Veía los números, sí, pero veía también a un muchacho que necesitaba foguearse, que necesitaba minutos de verdad, partidos de adultos, golpes de la categoría profesional. Y entonces empezó el peregrinaje. En enero de 2016, Tigres lo cedió a Venados de Yucatán en el ascenso. Su debut profesional fue de película. El 19 de enero en la Copa MX le metió un doblete nada menos que al Cruz Azul.
Semanas después, otro doblete, esta vez a Bravos de Juárez en una goleada. Parecía que el chico iba a comerse el mundo de inmediato, pero el fútbol no es lineal. Su paso por venados terminó siendo discreto. Cerró con seis goles en 20 partidos. No fue malo, pero no fue la consagración que esos dos dobletes iniciales prometían.
No logró consolidarse como figura y así regresó a Tigres con algo más de experiencia, pero todavía sin un lugar. Fue entonces cuando llegó el club que de verdad lo lanzó. En 2017 fue cedido a Lobos Boap, un equipo de Puebla que acababa de ascender a primera división y que buscaba con desesperación delanteros que pudieran sostenerlo en la máxima categoría.
Y ahí, en un equipo modesto, sin presión mediática, sin la sombra de las grandes figuras, Julián Quiñones por fin se soltó. Debutó con gol ante Santos Laguna. Semanas después le marcó un doblete al América. [resoplido] Cerró aquella temporada con 16 goles y una asistencia en 28 partidos. se convirtió en el máximo goleador histórico de Lobos W, un club que ni siquiera existe hoy, pero que en la memoria de Julián siempre va a ocupar un lugar especial, porque fue el primero que le dio la confianza de jugar en serio.
Su valor de mercado, que rondaba los 300,000 € cuando llegó, se disparó a 3,illones y medio. Durante esa etapa fue considerado uno de los mejores delanteros extranjeros de toda la Liga MX. Y Tigres, que lo había prestado casi como quien se desprende de un proyecto incierto, vio lo que estaba pasando en Puebla y decidió repatriarlo en 2019.
El muchacho volvía a casa, esta vez convertido en una figura emergente, el título y la tragedia. El regreso a Tigres prometía ser la consagración. En la temporada 2019 registró nueve goles y seis asistencias y ganó el Clausura de ese Año, su segundo título de Liga MX, defendiendo los colores felinos. Todo apuntaba a que la historia se enderezaba, a que el colombiano por fin se quedaba a vivir en la élite del fútbol mexicano.
Y entonces, en julio de 2019, llegó el golpe más duro que le puede llegar a un futbolista. La lesión que todos temen. Ruptura de ligamento cruzado anterior. Julián estuvo fuera de actividad alrededor de 10 meses. Se perdió cerca de 40 partidos. 40 partidos viendo la vida pasar mientras su cuerpo aprendía a confiar de nuevo en una rodilla rota.
Regresó a las canchas en febrero de 2020, pero el que regresa de una lesión así casi nunca regresa de golpe. El nivel no vuelve por arte de magia y Julián no logró recuperar de inmediato su mejor versión. El tiempo, la confianza, el ritmo de competencia, todo eso hay que reconstruirlo ladrillo por ladrillo.
En ese contexto llegó al banquillo de Tigres Miguel Herrera y simplemente no lo contempló dentro de sus planes. Para un futbolista que venía de pelear contra su propio cuerpo durante casi un año, escuchar que el técnico no cuenta contigo es una segunda lesión, esta vez en el orgullo. Julián consideraba que tenía nivel para mucho más, que merecía un rol importante.
El club, por su parte, no puso obstáculos cuando apareció la posibilidad de una salida. El mensaje era claro, aunque nadie lo dijera con esas palabras. En Tigres su historia se había terminado y aquí es donde la mayoría de las historias de talentos sudamericanos en México empiezan a apagarse. El delantero que prometía, que se lesionó, que ya no convence, que cambia de equipo cargando la etiqueta de promesa que no terminó de cumplir.
Ese suele ser el principio del final. Para Julián Quiñones fue exactamente lo contrario, fue el principio de todo. Atlas, el renacer del goleador. En 2021 fue enviado a préstamo al Atlas y el Atlas en ese momento era el chiste recurrente del fútbol mexicano. Un club histórico, querido, con una afición fiel y sufrida que llevaba más de 70 años y levantar un título de liga.
Generaciones enteras de aficionados rojinegros que nacieron crecieron y murieron sin ver a su equipo campeón. Una sequía tan larga que se había vuelto parte de la identidad del club. Casi una maldición. A ese equipo llegó Julián y bajo las órdenes del argentino Diego Coca formó una dupla letal con el también argentino Julio César Furch.
Dos delanteros que se entendían como si llevaran años jugando juntos, que se complementaban, que se buscaban, que entre los dos empezaron a meterle al Atlas algo que no tenía hacía décadas. Goles en los momentos importantes y pasó lo imposible. El Atlas ganó el Apertura 2021, rompió la sequía de más de 70 años.
La ciudad de Guadalajara, la mitad rojinegra de la ciudad, estalló en un llanto colectivo que solo entienden las aficiones que esperaron tanto tiempo. [resoplido] Y Julián Quiñones, el muchacho de Magui Payán, fue pieza fundamental de esa hazaña, clave durante toda la liguilla rumbo al campeonato, pero no se conformó. En el Clausura 2022 volvió a liderar el ataque rojinegro junto a Furch y en la liguilla se topó nada menos que con Tigres, el club que lo había desechado.
El destino tiene una manera muy particular de poner las cosas en su lugar. En las semifinales, Julián le marcó un golazo a Tigres y por si quedaba alguna duda, volvió a marcarle en la vuelta, en el volcán, [música] en la casa de la afición que lo había dejado ir. Cuando esa afición lo criticó, él respondió públicamente, sin esconderse, con la seguridad de quien ya no le debe nada a nadie.
El Atlas se coronó otra vez bicampeón, dos títulos consecutivos para un club que no ganaba ninguno en más de 70 años. Y en el centro de esa generación histórica estaba Julián Quiñones, líder de un equipo que junto al portero Camilo Vargas le devolvió al Atlas el protagonismo nacional después de décadas de frustración. El Atlas hizo lo lógico.
Compró su ficha de manera definitiva tras esas actuaciones que ya lo habían convertido en uno de los mejores jugadores de la historia moderna del club. Para muchos aficionados rojinegros, todavía hoy es uno de los mejores que han visto vestir esa camiseta. Y el ociente recíproco considera al Atlas el club de sus amores, porque fue ahí, en el club de los 70 años de espera, donde un hombre que también había esperado y sufrido encontró por fin su lugar en el mundo.
En el Clausura 2023 terminó como segundo máximo goleador del torneo con 12 tantos, confirmando que aquello no había sido suerte. Hay algo profundamente simbólico en esa unión. El Atlas era el club de la frustración eterna, el equipo al que todos compadecían, el de la afición que aguantó décadas de promesas incumplidas.
Y Julián era el jugador de la frustración personal, el de la lesión, el del técnico que no lo quería, el del país que no lo llamaba. Dos historias de espera y de dolor que se encontraron en el momento exacto y que juntas se convirtieron en gloria. Llegada gloriosa al América. Cuando eres el mejor delantero de México, las ofertas te llueven y para el Apertura 2023, el América decidió ficharlo.
El América pagó alrededor de 9 millones de euros al Atlas por sus servicios. Y aquí Julián mismo reconoce que enfrentó el reto más exigente de toda su carrera en México. Porque llegar al América no es como llegar a cualquier otro club. es llegar a la institución más ganadora, más exigente, más mediática y más odiada del país.
Es llegar a un lugar donde no te perdonan nada, donde la presión por ganar es asfixiante, donde un [carraspeo] jugador puede ser ídolo un domingo y villano el siguiente. El 11 de octubre de 2023, mientras todo esto pasaba, ocurrió algo que cambiaría su vida para siempre. Julián Quiñones recibió oficialmente la nacionalidad mexicana.
Compartió en sus redes constancia de naturalización con un orgullo que no era de trámite y casi de inmediato expresó públicamente su deseo de representar a la selección mexicana. El colombiano de Magui Pay estaba a punto de convertirse en mexicano no solo en el papel, sino en el corazón. En la cancha, mientras tanto, hizo exactamente lo que había venido a hacer.
En su primer torneo con el América registró seis goles y cinco asistencias, siendo una de las principales figuras ofensivas del equipo de André Jardine. Y cuando llegó la final de la apertura 2023, el rival fue otra vez Tigres. El destino de nuevo poniéndolo frente a su pasado. Julián marcó el gol que abrió esa final y se consagró campeón con el América en su primerísimo torneo con el club.
Y como todos sabemos, la historia no paró ahí. En el Clausura 2024 aportó seis goles y dos asistencias. Marcó un gol decisivo ante Pachuca en los cuartos de final y fue pieza importante en el camino hacia otro título. Bicampeón con el América. En apenas un año en Coapa, Julián Quiñones había ganado absolutamente todo lo que se podía ganar.
Cerró su etapa Azul Crema con 23 goles y 10 asistencias en 53 partidos. Cuando sumamos toda su aventura en el fútbol mexicano, los números son de reflejo de uno de los mejores delanteros extranjeros de los últimos tiempos. 255 partidos, 93 goles, 31 asistencias, seis títulos de Liga MX repartidos entre Tigres, Atlas y América, [música] tres clubes distintos, tres aficiones distintas y campeón con las tres.
El muchacho descalzo de Nariño se había convertido en uno de los delanteros más determinantes de toda una década del fútbol mexicano, Revolución en Arabia y la Corona. Después de hacer historia en México, llegó la oferta que asegura el futuro de un hombre y de varias generaciones de su familia. En julio de 2024, el Alia de Arabia Saudita pagó alrededor de 16 millones dó por su fichaje.
Ese traspaso se convirtió en la venta más cara en la historia de la Liga MX en ese entonces. El niño que no tenía ni para tenis, que jugaba descalso porque no había otra opción, que su mamá le remendaba las pantalonetas rotas, se convirtió en el jugador por el que un club desembolsó la cifra más alta jamás pagada por un futbolista de la Liga Mexicana.
Esa es la distancia que recorrió Julián Quiñones. Del polvo de Magui Payana la transferencia récord del fútbol de un país entero. En Arabia llegó a compartir ataque con figuras de talla mundial como Pier Merica Ubameyán y a competir en una liga donde también juegan Cristiano Ronaldo, Karim Benzema y otras estrellas que cobraron en Europa los mejores años de sus carreras.
Y lejos de quedar opacado entre tanto nombre, Julián se consolidó de inmediato como titular indiscutible y como una de las figuras del campeonato saudí. Pero lo que hizo en la temporada 20252026 fue para enmarcar. Marcó 33 goles, cuatro tripletes y cuatro dobletes a lo largo del año. Y en la última jornada, sabiendo que necesitaba marcar para alcanzar al inglés Ivan Touni en la cima de la tabla de goleo, salió y firmó un triplete en la goleada de su equipo sobre la Litiad.
Con esos 33 goles, Julián Quiñones se proclamó campeón de goleo absoluto de la Saudí Pro League, por encima de Ivan Tuni, que se quedó en 32, y muy por encima de Cristiano Ronaldo, que terminó tercero. El delantero naturalizado mexicano había sido más goleador que uno de los máximos artilleros de la historia del fútbol y por eso, cuando entró ese tercer gol, tomó la silla, se sentó como en un trono y dejó que sus compañeros lo coronaran rey.
Su equipo, además, terminó cuarto y clasificó a la máxima competición continental de Asia. Vale la pena dejar que ese dato repose un momento. Cristiano Ronaldo es probablemente el goleador más obsesivo que ha producido este deporte, un hombre que ha hecho de meter goles la razón entera de su existencia durante 20 años. Y en una misma temporada, en la misma liga, un muchacho que aprendió a patear descalzo en las canchas de tierra de Nariño le metió más goles que él.
No por un gol de diferencia. por seis. Eso no es suerte, no es una racha, no es un torneo afortunado, eso es un delantero en la cima absoluta de su oficio. La elección de vida, México por sobre Colombia. Y aquí hay que detenerse porque esta es la parte más dolorosa de toda la historia. Julián Quiñones es colombiano, nació en Colombia, se formó en el fútbol colombiano, dio sus primeros pasos en las canchas de tierra de Nariño, defendió a su país en las categorías juveniles.
Estuvo en el Sudamericano sub20 de 2017 en Ecuador. Ganó el oro con la sub-21 de Colombia en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2018, donde marcó cuatro goles en cinco partidos. Pero la selección mayor de Colombia, la grande, la de los mundiales, nunca lo llamó nunca. Mientras Julián destrozaba defensas en México, mientras ganaba títulos, mientras se convertía en uno de los mejores delanteros de la liga, el teléfono de su país natal jamás sonó.
El delantero que su tierra había producido en medio de la guerra y el abandono fue ignorado por la propia camiseta que de niño habría soñado vestir. México, en cambio, lo abrazó. México le dio una casa, una afición, títulos, una nacionalidad. México vio en el lo que Colombia no quiso ver y por eso cuando Julián tomó la decisión no fue una traición, fue una elección de amor.
Eligió a quien lo eligió a él. rechazó la posibilidad de seguir esperando un llamado de Colombia que probablemente nunca iba a llegar y decidió defender los colores de México, el país donde se hizo futbolista profesional, el país de su esposa que es mexicana, el país donde sus hijos nacieron y tienen nacionalidad.
Para él, México no es un país de adopción. Es su segunda patría y, en muchos sentidos, la primera de su vida adulta. Debutó con la selección mexicana en noviembre de 2023 bajo el mando de Jaime Lozano y desde entonces solo le quedaba una cuenta pendiente, la más grande de todas, un mundial. Sueño cumplido. La convocatoria.
El mundial de 2026 es en casa. México es sede junto a Estados Unidos y Canadá. Y para un hombre que llegó a este país con 18 años y una maleta, jugar una Copa del Mundo con la camiseta verde en suelo mexicano frente a la gente que lo adoptó sería el cierre perfecto de una historia que empezó descalso en territorio de guerrilla. El camino no fue sencillo.
Durante meses se habló de que Javier Aguirre, el seleccionador, no terminaba de encontrarle un lugar ideal dentro de su esquema, que su estilo de juego generaba dudas, que incluso podría quedarse fuera. Pero Julián respondió de la única manera que ha respondido siempre en su vida. con goles llegó a la recta final convertido en campeón de goleo de Arabia en el mejor momento de su carrera y le quitó al Vasco cualquier excusa.
El propio Aguirre lo había reconocido. Dijo que es un jugador espectacular, que en México hizo cosas maravillosas, que tiene registros que no se encuentran fácilmente en otros jugadores y que encima está haciendo goles. Y los analistas en México lo pusieron sobre la mesa con una contundencia difícil de discutir. El debate ya no era si Julián Quiñones debía ir al mundial.
El debate era en qué posición ponerlo para aprovechar mejor su momento, porque dejarlo fuera del 11 en este nivel parece casi imposible. Finalmente, el primero de junio, Javier Aguirre dio la lista definitiva de 26 jugadores y ahí estaba Julián Quiñones, delantero, convocado a su primer mundial. En Monterrey, su familia lo celebró como se celebran los milagros.
Su esposa Ana Gabriela, que ha estado con él en cada uno de los proyectos en los que ha salido campeón, lo resumió con una emoción que no se puede fingir. Dijo que de verdad es un sueño cumplido, que todos están muy orgullosos de él, que están felices, que se lo merece más que nadie y que ahí van a estar siempre respaldándolo. México abre el Mundial el 11 de junio frente a Sudáfrica en el partido inaugural y muy probablemente en esa cancha va a estar parado un hombre que de niño no tenía ni zapatos. sus declaraciones.
Cuando Julián Quiñones habla de su carrera, no usa el lenguaje vacío de los comunicados, habla desde donde vivió cada cosa. Y lo que ha dicho los últimos tiempos, ahora que está en uno de los mejores momentos de su vida, dibuja el retrato de un hombre que entendió de dónde viene y a dónde quiere llegar. De su infancia, de aquellos años descalzos en Maguipayán, lo recuerda sin adornos.
Mi carrera comenzó de muy pequeño, cuando solía salir a las canchas sin permiso de mis padres y a escondidas a jugar todo el día. No llegaba ni a la casa a comer, a veces me iban a buscar y yo no quería salir de la cancha. Y remata con la frase que lo dice todo. A veces se me rompían las pantalonetas y mamá tenía que remendarlas para poder seguir jugando con mis amigos en el pedazo de cancha que teníamos o en la calle.
Jugábamos descalzos y esa era nuestra felicidad. Sobre su decisión de salir de Colombia tan joven, tiene una claridad que solo da el camino recorrido. Está convencido de que todo futbolista y en realidad cualquier persona debe salir de su zona de confort para crecer. Él nunca le tuvo miedo a eso y lo ve incluso como una enseñanza para los suyos.
por eso insiste en que su mayor objetivo hoy tiene un nombre claro. Para mí es muy importante ir al mundial, por eso vengo trabajando día a día para poder estar en la lista final y eso para mí es lo más importante. Por eso me mato cada día en el entrenamiento, en los partidos. No siempre fue sencillo. En las convocatorias en las que se le complicó tener continuidad con la selección, no lo escondió.
Lo dijo con una honestidad que incomoda, pero que es real. A veces es falta de confianza y no hablo de confianza en mí. Una frase corta, dicha sin rencor, pero que deja ver lo que un goleador necesita para soltarse, que el técnico crea en él tanto como él cree en sí mismo. Y cuando por fin llegó la noticia, cuando su nombre apareció en la lista de los 26 que representarán a México en la Copa del Mundo, Julián no escondió la emoción.

Agradeció el llamado con el corazón en la mano, dejando claro que esto es mucho más que una convocatoria para él. Estoy profundamente agradecido por esta oportunidad. Representar a México en un mundial es un sueño hecho realidad, algo por lo que he trabajado y luchado desde que llegue a México. Y habló desde el orgullo, ese orgullo del que sabe de dónde salió.
Me llena de orgullo poder defender esta camiseta, la del país que me abrió las puertas y me hizo sentir en casa. Voy a dejar todo dentro de la cancha para representar de la mejor manera a México y a mi familia. Esas palabras, viniendo de un hombre que nació descalso en Maguipayán y al que su propio país de nacimiento nunca convocó, no son una frase de protocolo, son el cierre de un círculo.
El sueño que perseguía aquel niño que prefería quedarse pateando una pelota antes que ir a comer, por fin se cumplió. ¿Por qué? Esa es la palabra que define a Julián Quiñones cuando habla. agradecido. Agradecido con México, con el club que le dio confianza, con la familia que lo sostuvo y soñando todavía con lo único que le falta.
Él lo ha dicho de mil maneras, pero siempre con el mismo fondo. Siempre soñó con representar a México. Esa frase, viniendo de un hombre que nació en Colombia encierra toda la historia. Soñó con México y México le cumplió el sueño que su propio país de nacimiento nunca quiso cumplirle. Debate en redes. Cuando Julián Quiñones se coronó campeón de goleo en Arabia por encima de Cristiano Ronaldo y más todavía cuando apareció en la lista final del mundial, las redes sociales del fútbol mexicano se encendieron de una manera que mezclaba
orgullo, debate y una pisca de polémica que nunca falta. El primer gran tema fue su lugar en la selección. Miles de aficionados estallaron pidiendo que sea titular indiscutible. Es un crimen sentar al campeón de goleo de Arabia mientras seguimos debatiendo la alineación. El que le mete 33 goles a una liga donde juega Cristiano no es suplente de nadie.
Ese tweet acumuló miles de likes en cuestión de horas. Otro decía, Julián Quiñones le dio a México lo que ningún nueve actual nacido aquí le ha dado en años. Un goleador de verdad. Aguirre tiene que encontrarle un lugar en el 11 o que me expliquen para qué lo llevamos. Pero también apareció el otro lado del debate, el de los que cuestionan a los jugadores naturalizados.
Mientras sigamos tapando a nuestros delanteros jóvenes con extranjeros nacionalizados, México nunca va a producir un nueve propio. Ese es el verdadero problema del TRI. A comentarios así, otros respondían con dureza. Quiñones eligió a México cuando Colombia jamás lo volteó a ver. Se naturalizó. Su esposa es mexicana.
Sus hijos son mexicanos. Es más mexicano en el corazón que muchos que nacieron aquí y nunca corrieron como el corre por esta playera. La historia de su origen fue quizás lo que más conmovió. Cuando la gente empezó a compartir de donde venía, de Magipayan, del kilómetro cero del narcotráfico, de las canchas de tierra donde jugaba descalzo, el tono cambió por completo.
Acabo de leer de donde viene Julián Quiñones y se me puso la piel chinita. Salió de una zona de guerra y desplazamiento forzado para terminar en un mundial. Eso no es solo un futbolista. Es una prueba de que el talento y el trabajo rompen cualquier cadena. respeto absoluto. Ese tweet se compartió decenas de miles de veces. Desde Colombia, la conversación tuvo un sabor agridulce.
Duele en el alma ver a un colombiano brillando con otra camiseta. Pero la culpa no es de Julián, la culpa es de los que nunca lo convocaron teniéndolo en frente metiendo goles en México durante años. Otros, en cambio, lo trataron con resentimiento, otro vendido más, naturalizado por conveniencia. Y a esos los respondía mexicanos a montones.
Nadie elige donde nace, todos elegimos donde somos felices. Y él fue feliz aquí. Déjenlo en paz. También estuvo el reconocimiento puro, sin política de por medio. La imagen del festejo en la silla se volvió viral. El festejo de Quiñones, sentado en la silla como un trono mientras lo coronaban campeón de goleo arriba de Cristiano, es simplemente cine, humilde y grande al mismo tiempo, la postal más mexicana posible.
Los aficionados del Atlas reaparecieron para recordar quién lo vio primero. Nosotros lo disfrutamos cuando nos rompió la maldición de 70 años. Para los rojinegros siempre va a ser leyenda, que México lo cuide. Y los americanistas celebraron al bicampeón con el mismo orgullo. Y entre todos los comentarios hubo uno que muchos retomaron porque resumía el sentir colectivo.
Decía simplemente, “Julián Quiñones no le debe nada a nadie. Se ganó cada cosa que tiene desde que jugaba descalzo. Verlo con la verde en un mundial en casa va a ser justicia poética para un hombre al que la vida le cobró todo por adelantado. La historia de Julián Quiñones no es la historia de un futbolista, es la historia de una distancia.
La distancia entre un niño descalso en el kilómetro cer del narcotráfico y un hombre coronado rey de goleadores en la liga más rica del planeta. La distancia entre un país que lo ignoró y un país que lo hizo suyo. La distancia entre la promesa que se lesiona y nadie quiere y el goleador que vale la transferencia más cara en la historia de una liga entera.
En el camino quedaron las pantalonetas que su mamá remendaba para que él pudiera seguir jugando. Quedó el desplazamiento, la violencia, el miedo de una región en guerra. Quedaron los meses de rehabilitación tras la rodilla rota, las palabras de los técnicos que no lo contemplaban, el paso discreto por venados, la etiqueta de promesa fallida que tantas veces le colgaron.
Quedó sobre todo el silencio de Colombia que nunca marcó su número y del otro lado quedó todo lo que construyó. Seis títulos en México. El fin de una maldición de 70 años en el Atlas. El bicampeonato con el América. La corona en Arabia por encima de Cristiano Ronaldo. La nacionalidad, la familia, los hijos mexicanos y ahora el mundial.
La cuenta pendiente más grande a punto de saldarse en casa, porque eso es lo que el fútbol cuando se porta bien todavía sabe hacer. Tomar a un niño que jugaba a pie limpia en la tierra, que prefería el balón antes que la comida, y devolverlo 30 años después convertido en un hombre que va a pisar el céspe de una copa del mundo con el escudo de su país elegido sobre el pecho.
No el país que le tocó, el país que escogió, el país que lo escogió a él. Julián Quiñones no nació mexicano, pero pocas historias son tan mexicanas como la suya. la del que llega de abajo, sufre, se cae, se levanta y termina sentado en un trono que el mismo se construyó con goles. Y ahora te pregunto a ti, ¿crees que Julián Quiñones se ganó el derecho de ser titular de México en este mundial? Y si la historia de Julián Quiñones te enganchó, la del hombre que eligió a México con el corazón cuando su país de nacimiento jamás lo volteó a ver,
entonces hay otra que tienes que conocer y que va por el mismo camino. La de Brian Gutiérrez, un muchacho nacido en Estados Unidos de padres jalicienses que se formó toda su vida en el Chicago Fire, que llegó a debutar con la selección estadounidense y que incluso le dijo que no a México más de una vez. Pero la vida da vueltas y cuando cruzó la frontera para vestir la camiseta de Chivas, algo cambió dentro de él.
Hoy ese mismo joven que pudo haber sido jugador de Estados Unidos está convocado para representar a México en su primer mundial en casa. El video ya te está apareciendo en pantalla. Dale click ahora mismo porque la historia de Brian Gutiérrez es de las que no te puedes perder. M.