Poco después, durante unas vacaciones familiares, ocurrió el accidente que marcó a la familia para siempre. El hermano menor de Juan Carlos, el infante Alfonso, murió de un disparo accidental mientras los dos hermanos manipulaban una pistola. Juan Carlos tenía 18 años, Alfonso 14. Las circunstancias exactas nunca fueron completamente aclaradas en público y la familia nunca habló de ello de manera abierta.
Ese silencio, esa herida sin palabras oficiales, acompañó a Juan Carlos el resto de su vida. Volvió a España, siguió con su formación, siguió con las audiencias con Franco, siguió aprendiendo. En 1962 se casó con la princesa Sofía de Grecia, hija del rey Pablo Io y la reina Federica. La boda se celebró en Atenas con toda la pompa que las casas reales europeas podían montar cuando querían y fue uno de los primeros momentos en que Juan Carlos apareció en el mundo como algo más que el joven educado por Franco.
Sofía era inteligente, preparada, con una formación europea sólida que contrastaba con el ambiente más cerrado en que Juan Carlos había crecido. La relación entre ellos fue durante muchos años la columna vertebral de su vida pública. Aunque los años demostraron que las columnas vertebrales también pueden tener fracturas que no se ven desde fuera.
Franco no fue al banquete de boda. Bueno, en realidad esto hay que matizarlo. No fue Atenas, claro, pero su sombra estuvo presente en todo el evento de una manera que los fotógrafos no capturaron, pero que todos los presentes conocían. El régimen prestó al prometido su legitimidad española. El prometido prometió implícitamente seguir siendo el heredero del régimen.
Un intercambio de servicios entre un dictador que envejecía y un príncipe sin opciones, celebrado con champaña y uniformes militares griegos. Y entonces llegó 1969. El 22 de julio de ese año, Franco presentó ante las Cortes el Parlamento de Papel de la dictadura, esa institución decorativa donde los procuradores votaban lo que se les decía que votaran, la propuesta de nombrar a Juan Carlos, su sucesor, a título de rey, no como príncipe de Asturias, no como heredero segunda legitimidad dinástica, sino como sucesor designado por el propio Franco en virtud de las
leyes fundamentales del régimen. Era una distinción crucial. Juan Carlos no sería rey porque era el hijo de don Juan y nieto de Alfonso XI. Sería rey porque Franco lo decía. La legitimidad venía del dictador, no de la sangre. O más precisamente, Franco estaba usando la legitimidad de la sangre, pero envolviéndola en la legitimidad del régimen, creando una amalgama jurídica que significaba en la práctica que Juan Carlos le debía el trono a Franco y a nadie más.
Las Cortes votaron, aprobaron la propuesta con la eficiencia característica de los parlamentos, donde votar en contra es una manera de averiguar exactamente cuánto poder tienes y en cuánto tiempo te lo quitan. Juan Carlos prestó juramento ante Franco y ante los procuradores. Juró lealtad a los principios del movimiento nacional y a las leyes fundamentales del reino.
Lo juró con la misma cara con que había aprendido durante 20 años a decir lo que se esperaba que dijera. Don Juan en Estoril lo oyó por la radio. Lanzó un comunicado protestando. Nadie le prestó demasiada atención. Acababa de perder de manera definitiva y revocable. La única apuesta que había estado jugando durante tres décadas.
Su hijo era el sucesor de Franco. Él era el hombre que había puesto a su hijo en esa posición y que ahora quedaba fuera de ella. La ironía era tan perfecta que casi parecía diseñada. Franco murió el 20 de noviembre de 1975. tardó en morirse más de lo que nadie esperaba con esa obstinación que había caracterizado toda su vida pública.
El proceso fue largo, médicamente agresivo, clínicamente notable por la cantidad de intervenciones que lograron mantener con vida a un hombre de 82 años con la salud destrozada durante semanas, que se convirtieron en una pesadilla para su familia y en algo difícil de nombrar para el país. Fue exactamente un espectáculo, pero tampoco algo privado.
España entera miraba los boletines médicos con una mezcla de sentimientos que ningún ciudadano de una democracia normal podría entender del todo. Miedo, esperanza, alivio anticipado, culpa por el alivio, más miedo. Cuando finalmente murió, el presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, apareció en televisión con cara de haber llorado, que quizás era verdad.
y anunció la muerte del caudillo con una voz rota que recorrió todos los televisores de España. Era una mañana de noviembre, fría, gris, con esa luz plana de Madrid en otoño que hace que todo parezca más real y más triste de lo que ya es. Dos días después, Juan Carlos de Borbón fue proclamado rey de España. La ceremonia de proclamación el 22 de noviembre de 1975 fue en sí misma un documento histórico de la situación imposible en que se encontraba el nuevo rey en el Palacio de las Cortes, rodeado de los procuradores franquistas que le habían votado 6 años
antes, de militares con uniformes llenos de medallas, de ministros del régimen que esperaban continuidad. Juan Carlos pronunció un discurso en el que habló de reconciliación, de diálogo, de una monarquía para todos los españoles. Las palabras vistas desde hoy son bastante claras en sus intenciones. Vistas desde aquel noviembre de 1975, en ese salón lleno de franquistas que aplaudían, sonaban lo suficientemente ambiguas como para que cada cual oyera lo que quería oír.
Esa fue siempre la habilidad central de Juan Carlos, hablar en un idioma que tenía múltiples lecturas simultáneas. Los franquistas escuchaban continuidad, los demócratas escuchaban esperanza, los monárquicos escuchaban legitimidad. Y Juan Carlos, mientras todos aplaudían versiones distintas del mismo discurso, sabía exactamente qué quería decir.
La España que heredaba era un país que inspiraría pesadillas a cualquier político con sentido de la realidad. Para empezar, lo económico. La crisis del petróleo de 1973 había golpeado fuerte. El milagro económico de los 60 estaba agotando. La inflación disparada, el desempleo creciendo. El desarrollismo franquista, ese modelo de crecimiento sin libertades que había transformado España de país rural a país industrial en 20 años había llegado a sus límites estructurales.
Y eso era solo la parte más fácil del problema. Políticamente el panorama era aún más complicado. Eta llevaba años matando y su campaña de atentados no se había detenido con la muerte de Franco. Se intensificaría en los meses siguientes. El ejército estaba lleno de generales que consideraban que su misión histórica era preservar la unidad de España por los medios que fueran necesarios y tenían opiniones muy concretas sobre lo que unidad significaba.
Los partidos políticos seguían siendo ilegales. El Partido Comunista operaba en la clandestinidad, pero tenía una estructura y una presencia real que el régimen nunca había conseguido erradicar. Los sindicatos libres no existían legalmente. La prensa tenía censura más laxa que en los 50, pero todavía real. Y luego estaba Europa.
La Europa democrática miraba a España con una mezcla de lástima condescendiente y desinterés práctico. El año anterior, en 1974, Portugal había tenido la revolución de los claveles y había pasado de dictadura a democracia en un proceso convulso, pero real. Grecia había salido de la dictadura de los coroneles también en 1974.
España era el último gran país de Europa occidental sin democracia y esa excepcionalidad era incómoda para todos, especialmente para los países que querían vender cosas en España y comprar turismo español sin tener que hablar demasiado de política. Henry Kissinger, el secretario de Estado norteamericano, hombre de fama mundial por su pragmatismo frío y su disposición a apoyar cualquier régimen que fuera anticomunista con independencia de cuánta gente torturara.
Había dicho sobre Juan Carlos algo que circuló por los corrillos diplomáticos de la época, que era un rey sin experiencia en un país sin tradición democrática y que lo más probable era que el proceso se complicara de maneras impredecibles. Kissinger no esperaba mucho, los embajadores europeos en Madrid tampoco.
La oposición democrática española, acostumbrada a décadas de represión, esperaba lo peor y se preparaba para resistir más tiempo. Nadie esperaba lo que ocurrió. Lo que ocurrió fue que Juan Carlos, el príncipe que Franco había construido para perpetuar su régimen, empezó a desmantelarlo con paciencia, con cuidado, con una metodología que solo se entiende del todo cuando se ve completa.
Porque la trampa que Franco le tendió a Juan Carlos, educarle en el régimen, hacerle jurar los principios del movimiento, atarle con mil y un lazos legales e institucionales a la estructura de la dictadura, era también, si se miraba de otra manera, una ventaja extraordinaria. Juan Carlos conocía el sistema desde dentro. Sabía quién era quién.
Sabía qué palancas movían qué puertas. Sabía qué hombres eran rígidos y cuáles eran flexibles, qué militares eran fanáticos y cuáles simplemente profesionales que obedecerían a quien mandara. Sabía, sobre todo que el sistema era más frágil de lo que parecía desde fuera, porque lo había visto funcionar de cerca durante 20 años y sabía que su fuerza dependía enteramente de que nadie en el centro lo cuestionara.
Y ahora él estaba en el centro. Su primer movimiento fue tan claro en retrospectiva y tan invisible en el momento que merece detenerse en él. Pocos meses después de su proclamación, en julio de 1976, Juan Carlos hizo algo que los franquistas no esperaban y que la oposición democrática apenas se atrevía a imaginar.
destituyó a Carlos Arias Navarro como presidente del gobierno. Arias Navarro era el presidente que había anunciado la muerte de Franco llorando en televisión, un hombre del sistema, un franquista de toda la vida que había sido alcalde de Madrid, fiscal, ministro y que representaba exactamente el tipo de continuismo que la derecha del régimen esperaba del nuevo rey.
No era un hombre particularmente brutal ni particularmente inteligente. Era un funcionario del poder. deos que duran porque nunca representan una amenaza para quien está encima de ellos y porque saben administrar bien las cuotas de cada facción. Juan Carlos lo definió en privado, según recogen varias fuentes de la época, como un desastre sin paliativos.
Lo que dijo exactamente varía según quien lo cuente, pero la esencia era esa. Lo destituyó y en su lugar nombró a Adolfo Suárez González. Adolfo Suárez. El nombre que la oposición democrática española oyó en julio de 1976 con una mezcla de desconcierto y sarcasmo mal disimulado. Suárez era secretario general del Movimiento Nacional, la estructura política del franquismo.

Era un hombre joven, atractivo, con un pelo perfectamente peinado y una sonrisa de presentador de televisión que venía del corazón mismo del sistema. El periódico El País, recién nacido y ya con personalidad propia, tituló un editorial de aquellos días con una frase que resumía el sentimiento general de la izquierda democrática, un error político de primera magnitud.
Otros fueron más directos en sus conversaciones privadas. Lo que nadie entendía todavía porque nadie tenía suficiente información era que la elección de Suárez era exactamente lo que parecía ser y exactamente lo contrario de lo que parecía ser al mismo tiempo. Hombre del sistema, sí, pero Juan Carlos lo había elegido precisamente porque conocía ese sistema desde dentro, porque sabía cómo hablar con los militares, con los procuradores, con los burócratas del régimen.
Un demócrata llegado de la oposición no habría podido convencer a los hombres del franquismo de votar su propia desaparición. Suárez sí podía y Suárez, cosa que Juan Carlos había visto, era lo suficientemente pragmático y lo suficientemente ambicioso como para ser moldeado en la dirección correcta. Juan Carlos eligió a Suárez por la misma razón que Franco lo eligió a él, porque era el hombre adecuado para el momento, porque conocía el sistema que había que desmantelar y porque los que tenían que ser convencidos lo mirarían como uno de
los suyos. La ironía de que Juan Carlos usara exactamente la misma lógica que usó Franco para elegirle a él es tan perfecta que cuesta creer que la historia no tenga autor. Lo que Suárez hizo entre 1976 y 1977 sigue siendo uno de los ejercicios de ingeniería política más notables del siglo XX europeo y lo hizo con una herramienta tan elegante en su paradoja que todavía cuesta explicársela a alguien que no vivió aquella época.
La herramienta se llamaba ley para la reforma política. Su gracia consistía en esto. Era una ley del régimen franquista que utilizaba los mecanismos legales del régimen franquista para votar la desaparición del régimen franquista. Las Cortes franquistas votaron en noviembre de 1976 su propia disolución.
Los procuradores, esos hombres que llevaban años votando exactamente lo que se les decía que votaran, votaron esta vez también lo que se les dijo que votaran, sin entender del todo que esta vez lo que votaban era su propia relevancia futura. Suárez los convenció uno a uno, en despachos, en cenas, en conversaciones de pasillo donde usaba exactamente el idioma que ellos entendían.
les explicó que la reforma era la única manera de evitar algo peor. Les explicó que una transición controlada desde dentro era preferible a una ruptura desde fuera. Les dijo en esencia que podían saltar solos del tren o esperar a que alguien los tirara y la mayoría saltó. 194 votos a favor, 16 en contra, seis abstenciones. El referéndum que siguió en diciembre de 1976 fue aprobado por el 94% de los votantes con una participación del 77%.
Un país que llevaba 40 años sin votar nada de manera libre, votó masivamente a favor de la posibilidad de votar en el futuro. Pero Suárez y Juan Carlos sabían que los papeles no eran suficientes. La verdadera prueba no era convencer a los procuradores franquistas, era convencer al ejército.
Y el ejército era otra cosa. Los mandos militares españoles de 1976 no eran, en su mayoría, hombres que hubieran ganado sus estrellas en academias democráticas europeas, concursos sobre derechos civiles y control civil de las fuerzas armadas. Muchos habían combatido en la guerra civil o eran hijos de quienes habían combatido en ella y llevaban 40 años escuchando que aquella guerra había sido la lucha definitiva entre el orden y el caos, entre España y la antipaña.
Para ellos, la democracia no era un sistema de gobierno, era el paso previo al comunismo, la puerta que se abría antes de que llegara el desorden. Y había muchos, no todos, pero suficientes, que estaban mirando el proceso de reforma con una inquietud que se iba convirtiendo lentamente en algo más activo.
Juan Carlos los conocía, los había visto durante 20 años en los desfiles, en las audiencias, en las cenas oficiales. Sabía sus nombres, sus manías, sus miedos. Con ellos usó una estrategia diferente a la que Suárez usaba con los políticos. Con los militares, Juan Carlos usó el lenguaje del uniforme. Se presentaba ante ellos como comandante supremo de las fuerzas armadas, no como rey constitucional en potencia.
Les hablaba de honor, de servicio, de la responsabilidad de los militares de proteger España y luego les explicaba con paciencia de cirujano que la mejor manera de proteger España en 1976 era no hacer nada, que el proceso estaba bajo control, que él era garante de ese control, era básicamente pedirles que confiaran en él.
Y la mayoría confió, no por amor a la democracia, sino porque el rey les decía que él era el hombre y el rey era el rey. Mientras tanto, del otro lado del tablero había otra pieza que mover. El Partido Comunista era ilegal. Llevaba décadas siendo ilegal. Para la derecha española y para muchos militares, el PC era poco menos que el demonio encarnado, la organización que representaba todo lo que habían luchado por destruir en 1936.
Legalizar el Partido Comunista era para esos sectores impensable. Una línea roja, una provocación intolerable. Suárez lo legalizó en abril de 1977 durante la Semana Santa, cuando los ministros militares del gobierno estaban de vacaciones y el país estaba medio dormido. El momento fue elegido con una frialdad calculada que es casi admirable.
La reacción del ejército fue de furia, pero una furia que se quedó en despachos y en conversaciones privadas. El ministro de Marina dimitió, “Hubo tensión real, pero no hubo golpe.” Y no hubo golpe en parte porque Juan Carlos había estado hablando con los generales y en parte porque los generales, aunque furiosos, no tenían todavía la organización ni la voluntad suficiente para traducir la furia en acción.
Las primeras elecciones generales democráticas desde 1936 se celebraron el 15 de junio de 1977. 41 años después. Hay personas que votaron ese día que habían nacido bajo la dictadura, que se habían casado bajo la dictadura, que habían criado sus hijos bajo la dictadura y que ese día, por primera vez en su vida adulta, pusieron un sobre en una urna, sabiendo que el resultado no estaba decidido de antemano. Ganó la UC de Suárez.
El Partido Socialista quedó segundo. El Partido Comunista obtuvo resultados más modestos de lo que muchos esperaban. El sistema funcionó luego, y aquí la narración tiene que detenerse un momento, porque lo que viene se narra demasiado rápido habitualmente, entre 1977 y 1978, España escribió una Constitución.
No la escribió Juan Carlos, no la escribió Suárez solo, no la escribieron los vencedores de la guerra civil ni los vencidos. La escribieron juntos en una comisión parlamentaria con representantes de casi todo el espectro político, incluyendo comunistas y conservadores catalanes y socialistas y centristas, sentados en la misma mesa redactando el texto que iba a definir el país.
Se llamaron los padres de la Constitución y el proceso fue tan improbable que todavía hoy genera asombro genuino entre los politólogos que lo estudian. La Constitución de 1978 fue aprobada en referéndum en diciembre de ese año. España era oficialmente una democracia constitucional. La monarquía era parlamentaria. Juan Carlos era rey por mandato constitucional, no por designación de Franco.
Ahora bien, habría que ser muy ingenuo para pensar que todo esto ocurrió sin fricciones, sin peligros, sin momentos en que el hilo se rompía casi del todo. Y ningún momento ilustra eso mejor que lo que ocurrió en la tarde del 23 de febrero de 1981. Era un martes. El Congreso de los Diputados estaba en sesión para votar la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como nuevo presidente del gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, que había dimitido semanas antes bajo una presión que venía de varios frentes simultáneos.
A las 6:23 minutos de la tarde, el teniente coronel Antonio Tejero Molina de la Guardia Civil entró en el hemiciclo al mando de 200 guardias civiles armados con subfusiles. Tejero disparó dos veces al techo. Los impactos están todavía en la madera, nadie los ha tapado. Son una especie de monumento involuntario.
Y ordenó a todos los presentes que se tiraran al suelo. Lo que siguió fue una noche larga. En Valencia, el general Jaime Milans del Bosch sacó los tanques a la calle y declaró el estado de excepción en la región. Otras unidades militares en diversas partes de España estaban en alerta a la espera de señales. La televisión pública emitió la carta de ajuste durante horas.
Los ciudadanos españoles que tenían el televisor encendido esa noche vieron solo eso, la carta de ajuste y silencio, que era de alguna manera más aterrador que cualquier imagen. En el Pardo, Juan Carlos recibió la noticia mientras la situación todavía era caótica e impredecible. Hizo llamadas telefónicas, muchas llamadas.
llamó a capitanes generales uno por uno y les transmitió la misma orden. No se mueven. Llamó a Milans del Bosh y le ordenó que retirara los tanques. La conversación con Milans del Bosh, según diversas reconstrucciones, fue tensa, breve y concluyente. El rey no pidió, ordenó. A la 1:14 minutos de la madrugada del 24 de febrero, Juan Carlos de Borbón apareció en televisión vestido con uniforme militar de capitán general.
el rango más alto de las fuerzas armadas españolas. habló durante poco más de 4 minutos con la voz tranquila y la mirada directa y dijo con total claridad que la corona no podía tolerar ninguna acción que interrumpiera el proceso democrático constitucional, que las fuerzas armadas debían respetar la Constitución, que él como rey y como comandante en jefe, así lo ordenaba, eligió el uniforme militar deliberadamente.
No habló como el rey constitucional que garantizaba las libertades civiles. Habló como el comandante en jefe que ordenaba a sus subordinados que se sentaran. Era el idioma que entendían y lo usó con la precisión de alguien que llevaba 30 años aprendiéndolo. Los tanques de Valencia volvieron a los cuarteles esa misma noche.
Tejero se rindió a la mañana siguiente. La versión oficial de lo ocurrido esa noche se consolidó rápidamente en la memoria colectiva española. El rey había salvado la democracia y en sus términos más básicos esa versión es correcta. El discurso de Juan Carlos fue decisivo, las llamadas telefónicas fueron decisivas.
El golpe fracasó en parte porque el reino se puso de su lado y los golpistas habían contado en diferentes grados con que el rey estaría con ellos o permanecería neutral. Pero la historia del 23 de febrero tiene capas que la versión oficial tardó en reconocer y algunas que todavía no reconoce del todo.
La pregunta incómoda, la que los historiadores llevan décadas haciendo con resultados parciales, es cuánto sabía Juan Carlos antes del 23 de febrero. Hubo señales, hubo conversaciones. Algunos de los involucrados en la trama habían tenido contactos con personas cercanas a la casa real. No hay pruebas de que Juan Carlos diseñara el golpe ni de que lo alentara, pero la idea de que fue completamente sorprendido por algo que llevaba meses gestándose en los cuarteles es difícil de sostener para alguien que conocía tan bien el mundo militar español. La hipótesis más
incómoda, la que algunos historiadores formulan con más o menos cautela según cuánto quieren complicarse la vida, es que Juan Carlos sabía que algo se estaba moviendo, que dejó que se moviera hasta cierto punto y que intervino en el momento exacto en que podía intervenir, de manera que el resultado fuera democrático sin que hubiera sangre.
Esta hipótesis no tiene prueba definitiva y tampoco ha sido definitivamente refutada. Lo que sí es cierto, lo que está documentado y es incontestable es el efecto. Después del 23 de febrero, la democracia española quedó más sólida. La intentón había fracasado de manera tan visible, tan pública, tan televisada, porque las cámaras del Congreso estaban grabando cuando Tejero entró, que el ridículo político del golpismo quedó sellado de una manera que 40 manifiestos democráticos no habrían conseguido.
Y Juan Carlos salió con una imagen de defensor de la democracia que habría tardado décadas en construir de otra manera. El golpe intentó usar al rey como cobertura para volver al pasado. El rey lo usó como catapulta hacia el futuro. Lo que vino después del 23 de febrero fue durante casi una década algo parecido al éxito.
No el éxito perfecto de los libros de texto, sino el éxito real, sucio y contradictorio de un país que estaba encontrando su forma. En 1982 ganó las elecciones el PSOE de Felipe González con una mayoría absoluta aplastante. La primera vez en 44 años que la izquierda gobernaba España. Juan Carlos recibió a González en el Palacio de la Sarzuela con la misma corrección institucional con que había recibido a Suárez.
El rey que Franco había diseñado para evitar que la izquierda llegara al poder, entregó el gobierno con el protocolo y la elegancia constitucional que correspondía a un socialista andaluz de 40 años. Si Franco lo hubiera sabido, habría muerto otra vez. España entró en la OTAN en 1982. Entró en la Comunidad Económica Europea en 1986. La economía creció durante la segunda mitad de los 80 a tasas que hacían que los vecinos europeos miraran con curiosidad y algo de envidia.
Barcelona se transformó de cara a los Juegos Olímpicos de 1992. Sevilla cogió la exposición universal ese mismo año. El ave Madrid Sevilla abrió ese año también, el año que España decidió presentarse al mundo con la confianza de un país que había hecho algo difícil y había sobrevivido para contarlo.
Juan Carlos, en esos años era algo que la historia política no produce muy a menudo. Un monarca genuinamente popular. No popular en el sentido de las encuestas de satisfacción con el jefe de estado, esa popularidad de papel que cualquier institución puede manufacturar con un buen departamento de comunicación. Popular en el sentido de que los españoles, incluidos muchos que no eran monárquicos de convicción, sentían que el rey era de los suyos.
Tenía un estilo informal que contrastaba con el protocolo rígido de otras monarquías europeas. Se le veía los Juegos Olímpicos de Vela en los que había competido el mismo en México 68. Se fotografiaba con gente corriente. Hablaba sin el tono de cristal que suelen tener los reyes cuando se dirigen a los súbditos como si fueran a romperse.
Había algo genuino en esa proximidad y también algo calculado, porque Juan Carlos sabía que la monarquía española no tenía la reserva de legitimidad histórica que tenían las monarquías del norte de Europa. esas instituciones con siglos de continuidad ininterrumpida que podían permitirse la distancia porque la distancia era parte de su mística.
La monarquía española había sido restaurada por un dictador, venía de un exilio y tenía que ganarse su sitio cada día. La reina Sofía trabajaba también con una disciplina y una discreción que con los años se fue revelando como algo más que virtud institucional. era la manera que tenía de mantener la dignidad en una situación que, según se fue sabiendo con el tiempo, no siempre se la facilitaba.
Pero eso vendría después. En 1992, en el pico de todo aquello, Juan Carlos era probablemente el monarca más apreciado de Europa occidental, no el más glamuroso. Ese honor correspondía a Diana de Gales en aquellos años, cuyo glamur tenía un precio que todo el mundo estaba a punto de descubrir, pero el más respetado en términos de lo que había hecho, de la distancia recorrida, de la rareza casi milagrosa de lo que España había conseguido en 17 años.
En 1992, Juan Carlos era el rey que había transformado su país. En 2020 viviría exiliado en Abu Dhabi. La distancia entre esas dos frases es la historia que falta contar, porque la prosperidad tiene una manera muy concreta de corromper que es diferente a la manera en que corrompe la adversidad. La adversidad puede corromper a través del miedo, de la desesperación, de la necesidad.
La prosperidad corrompe más lentamente, más cómodamente, con la anestesia suave de que todo funciona, de que todo está bien, de que pequeñas desviaciones del camino recto son razonables, dada la enormidad de lo que se ha conseguido. Hay una contabilidad implícita que los poderosos hacen con sus propios errores, se los descuentan del saldo positivo de sus éxitos.
Y cuando el saldo positivo es suficientemente grande, la contabilidad permite bastante. El dinero. Hablar del dinero de Juan Carlos requiere un esfuerzo de precisión que la indignación moral, comprensible y legítima, a veces dificulta. No porque el dinero no sea un problema, lo es, y grave, sino porque la imagen del rey corrupto manejando cuentas en Suiza es demasiado simple para explicar lo que realmente ocurrió, que es más complicado y en cierta manera más revelador.
Juan Carlos operaba en un mundo de negocios internacionales donde la distinción entre relación diplomática y beneficio personal era notablemente porosa. Los grandes contratos internacionales en los que España participaba durante los años 90 y 2000. Contratos de infraestructura, de energía, de construcción en países del Golfo Pérsico, en América Latina, en el norte de África, pasaban a menudo por mediadores que tenían acceso a los más altos niveles de los gobiernos involucrados.
Un rey con sus contactos, con su capacidad de abrir puertas que los ejecutivos normales no pueden abrir, era un facilitador de valor extraordinario. Y en el mundo de los negocios internacionales, los facilitadores cobran. El caso más documentado y el que terminó siendo el más público fue el del tren de alta velocidad a la Meca.
Arabia Saudí adjudicó en 2011 un contrato de casi 7,000 millones de euros para construir un tren de alta velocidad entre Medina y la Meca a un consorcio de empresas españolas liderado por Renfe y varias constructoras. El papel de Juan Carlos en facilitar esa adjudicación fue reconocido como significativo por múltiples fuentes.
Lo que se discutía y lo que las investigaciones judiciales posteriores tratarían de determinar era si Juan Carlos recibió por ello una comisión y de qué tamaño. Las investigaciones apuntaron a una cuenta en Suiza a través de una fundación en Ciudad del Cabo que habría recibido algo en torno a 100 millones de dólares procedentes del rey Abdalá de Arabia Saudí.
La cadena financiera era lo suficientemente opaca, con suficientes capas de fundaciones y sociedades interpuestas como para que demostrar la conexión directa fuera legalmente complicado. Pero la dirección general era bastante clara. Había otras líneas de investigación, tarjetas de crédito pacas, pagos en efectivo, un patrimonio que no cuadraba con los ingresos oficiales de la casa real y el nombre de Corina Susin Witgenstein, conocida inicialmente como Corina Larsen, que entró en la vida pública española como la amiga íntima del rey y salió de ella convertida en
uno de los testimonios más explosivos sobre sus finanzas privadas. Corina era empresaria, danesa de origen, con conexiones en el mundo de los negocios internacionales de alta gama. Su relación con Juan Carlos fue durante años uno de esos secretos que todo el mundo en ciertos círculos conocía y que nadie publicaba porque los medios españoles tenían hacia la corona respeto que era en parte institucional y en parte, hay que decirlo, fruto de una cultura periodística que durante demasiado tiempo había confundido
discreción con complicidad. Cuando Corina empezó a hablar, primero en conversaciones privadas que luego se filtraron, luego en entrevistas, luego en procedimientos judiciales en el Reino Unido, lo que dijo fue bastante específico. Habló de transferencias de dinero, habló de instrucciones para mover fondos, habló de una conversación con el jefe del CNI, el Servicio de Inteligencia español, en la que supuestamente se le amenazó de manera suficientemente clara como para que ella decidiera documentarlo todo.
La grabación de esa conversación con el general Sans Roldan terminó siendo pública y su contenido fue lo suficientemente perturbador como para que ningún periodista serio pudiera ignorarlo. El dinero siempre había estado ahí. Fluía por canales que la opacidad de la institución monárquica española y la discreción forzada de los medios habían mantenido invisible durante décadas.
No era un secreto en el sentido de que nadie lo supiera, era un secreto en el sentido de que nadie con el poder de publicarlo lo publicaba, hasta que la magnitud de las cifras y la especificidad de las acusaciones hizo imposible seguir mirando hacia otro lado. Y todo ese andamiaje financiero construido pacientemente durante años de popularidad y poder estaba a punto de derrumbarse por culpa de algo tan improbable, tan cinematográficamente perfecto en su estupidez, que si ocurrieran una película de ficción, el guionista lo habría descartado por
inverosímil, un elefante, o más precisamente el intento de matar a un elefante. En abril de 2012, España llevaba 4 años en la peor crisis económica desde la posguerra. El desempleo había superado el 24% de la población activa. El desempleo juvenil rozaba el 52%. Había familias que perdían sus casas por no poder pagar hipotecas que los bancos habían concedido con una alegría irresponsable durante los años del boom.
Y esas mismas familias veían como esos mismos bancos recibían rescates millonarios del Estado. Los recortes en sanidad y educación eran tan profundos que los funcionarios de hospitales públicos compraban material sanitario de su propio bolsillo. Había colas en los comedores sociales de ciudades que 10 años antes presumían de haber superado la pobreza estructural.
La palabra de Saucio entró en el vocabulario cotidiano de los españoles con una brutalidad que las estadísticas no terminan de capturar. En ese contexto exacto, Juan Carlos de Borbón viajó a Botsuana a cazar elefantes. El viaje no era oficial, no estaba en ninguna agenda pública. Era, en teoría una excursión privada, una de esas escapadas que los hombres con suficiente dinero y suficientes contactos pueden organizar sin que nadie en principio tenga por qué saberlo.
El problema fue que Juan Carlos se cayó y se rompió la cadera. Y cuando te rompes la cadera en Botswana y eres el rey de España, el secreto termina en el momento en que tienes que volver a casa en un avión medicalizado y ser operado en el hospital La Milagrosa de Madrid. La secuencia de lo que ocurrió en los días siguientes es un estudio clínico en cómo una institución puede destruir en 72 horas una reputación construida durante 37 años.

Primero salió la noticia del accidente sin demasiados detalles, luego salieron los detalles, luego salió que Corin estaba en el viaje, luego salió la naturaleza exacta del safari, que no era un paseo fotográfico por la sabana, sino una cacería de elefantes organizada por un empresario árabe con armas de alto calibre y guías especializados.
el tipo de turismo cinergético que cuesta decenas de miles de euros por participante. Y luego, como remate, salió el precio estimado del viaje en un momento en que el gobierno de Rajoy estaba recortando la paga extra de Navidad a los funcionarios. España se detuvo. No metafóricamente, literalmente, las conversaciones en bares, en oficinas, en hogares, en redes sociales que para entonces ya tenían el peso suficiente para amplificar cualquier cosa, giraron durante días alrededor de la misma imagen.
El rey en una silla de ruedas en el aeropuerto, volviendo de cazar elefantes en África, mientras sus súbditos hacían cola en la Cruz Roja. Y entonces Juan Carlos hizo algo que ningún rey español había hecho antes. Apareció ante las cámaras con cara de hombre que sabe exactamente lo que ha hecho y exactamente lo que tiene que decir y pronunció una frase que en su brevedad y en su torpeza es probablemente la declaración pública más memorable de toda su vida.
Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir. 11 palabras, sin explicación, sin contexto, sin la menor reflexión sobre por qué había ocurrido o qué significaba que hubiera ocurrido. 11 palabras y punto. La frase funcionó y no funcionó al mismo tiempo. Funcionó en el sentido de que la disculpa fue suficientemente directa como para cortar el ciclo inmediato de indignación.
No funcionó en el sentido de que nadie, absolutamente nadie, creyó que no volvería a ocurrir, porque el problema no era el viaje a Botsana específicamente, sino todo lo que el viaje a Botswana representaba, que el rey vivía en un mundo completamente diferente al del país que gobernaba simbólicamente y que esa distancia no era nueva ni accidental.
Franco nunca casó elefantes, hay que decirlo. Franco cazaba siervos y jabalíes en los cotos de casa españoles, que también eran una forma de poder y privilegio, pero tenían la virtud geográfica de estar en España y la virtud simbólica de ser una actividad que cualquier terrateniente rico de Extremadura podía reconocer como propia.
El elefante africano era otra escala de exceso, otra categoría de desconexión. Y en 2012, en ese momento específico de la historia española, resultó ser la imagen que lo cambió todo, no de golpe, sino como el principio del decielo. Cuando el hielo empieza a romperse, no lo hace de una vez. Se agrieta aquí, cede allá y luego hay un momento en que la estructura que parecía sólida se desintegra más rápido de lo que nadie anticipaba.
Los escándalos que siguieron al safari de Botswana no eran nuevos en su sustancia. Las investigaciones sobre Iñaki Urdangarin, el marido de la infanta Cristina, llevaban ya años en marcha. Urdangarín había usado su condición de yerno del rey para conseguir contratos públicos a través del Instituto NOS, una fundación que supuestamente promovía el deporte y que en realidad funcionaba como una máquina de desviar dinero público hacia cuentas privadas.
El caso era sórdido con la especificidad aburrida y detallada de los casos de corrupción reales. Facturas falsas, pagos en negro, empresas pantalla, paraísos fiscales. Esa maquinaria contable del fraude que no tiene nada de cinematográfica, pero que los jueces leen con la atención de quien sabe exactamente qué está mirando. El juez que instruyó el caso, José Castro decidió en 2014 imputar a la infanta Cristina como cómplice.
Era la primera vez en la historia de España que un miembro de la familia real era imputado en un proceso penal. La casa real reaccionó con la frialdad institucional que la caracterizaba en los momentos difíciles, que es otra manera de decir que no reaccionó, que aguantó, que esperó. Pero el daño era acumulativo. Cada semana que el caso Urdangarín seguía en los periódicos, era una semana en que los españoles recordaban que la familia real no era solo Juan Carlos y Sofía y las ceremonias oficiales.
Y mientras tanto, las cuentas en Suiza. Las investigaciones de la Fiscalía Suiza que siguió el rastro del dinero con esa eficiencia elbética que no distingue entre clientes famosos y clientes anónimos, iban revelando una estructura financiera de cierta complejidad. La Fundación Lucum en Lenstein, la cuenta en el banco Mirabot en Quinebra, los 100 millones de dólares que según la Fiscalía española habrían pasado por esas estructuras.
Juan Carlos tenía inmunidad mientras fuera rey. Eso estaba claro. Pero la inmunidad tiene la característica de ser temporal y la fiscalía tiene la característica de tener memoria. El 2 de junio de 2014, Juan Carlos Io anunció su abdicación. tenía 76 años. En el mensaje que dirigió a los españoles habló de una nueva generación, de la necesidad de renovación, de ceder el paso a quien tenía la energía y la preparación para los nuevos tiempos.
Todo eso era verdad en un sentido. Y también era verdad que las investigaciones judiciales avanzaban y que la inmunidad que protegía al rey no protegería al ciudadano Juan Carlos de Borbón una vez que dejara de serlo. Pero que protegera al ciudadano Juan Carlos de Borbón sí podría ser en teoría una razón para que abdicara en el momento correcto en lugar del momento incorrecto.
Su hijo Felipe de Borbón fue proclamado rey el 19 de junio de 2014 con el nombre de Felipe VI. Era un hombre diferente a su padre en formas que importaban, más formal, más preparado académicamente, como una idea más estricta de lo que debía ser la institución. Uno de sus primeros actos fue retirar a Urdangarín y a la infanta Cristina del organigrama oficial de la casa real. Fue una señal.
Juan Carlos se retiró a una vida de ex-rey como una asignación económica y una residencia en el palacio de la zarzuela. Dio entrevistas ocasionales, siguió navegando, siguió siendo, para una parte de los españoles mayores, el hombre que había traído la democracia. Para otra parte, creciente y más joven, el símbolo de lo que habían salido mal en décadas de impunidad institucional.
Y en agosto de 2020, con las investigaciones fiscales y penales avanzando en España y en Suiza, Juan Carlos I anunció que se marchaba de España. Se instaló en Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes Unidos, en el mismo mundo de petromarquías, donde algunos de los dineros cuestionados habían tenido su origen. La imagen tenía una coherencia casi geométrica.
El palacio de la zarzuela estaba vacío donde él había estado. Felipe VI recibió a los presidentes de gobierno con la misma corrección institucional con que su padre había recibido a los suyos. España seguía siendo una monarquía parlamentaria democrática, miembro de la Unión Europea. Todo lo que Juan Carlos había construido seguía en pie, pero Juan Carlos no estaba ahí para verlo, ni podía volver sin arriesgarse a lo que esperaba al otro lado de la frontera jurídica.
En 1975, un joven rey había entrado en ese mismo palacio como el heredero de Franco, con los procuradores franquistas aplaudiendo detrás, con la sombra del caudillo todavía fresca en todas las habitaciones. Había desecho, con paciencia y astucia y una voluntad que nadie que lo había educado había calculado, el régimen que lo había creado.
Y 45 años después, el palacio volvía a estar ocupado por un rey diferente en un país democrático que él había ayudado a construir mientras él miraba desde lejos una costa que no podía pisar. El mismo lugar, distinto significado. El círculo de alguna manera cerrado. La presión sobre la monarquía llegó a un punto en que Felipe, el príncipe de Asturias, dio una rueda de prensa inusualmente firme, inusualmente directa, en la que dijo, con la corrección formal de alguien que ha ensayado cada sílaba, que integridad y comportamiento ético eran valores sin
los cuales no se podía gobernar. No mencionó a su suegro, no mencionó a su hermana, no tuvo que hacerlo. El mensaje era suficientemente claro para quien quisiera oírlo y suficientemente implícito para que nadie pudiera citarlo como acusación directa. Era, en miniatura, exactamente el tipo de comunicación política que había visto practicar a su padre durante toda su vida. Aprendió bien.
Juan Carlos tomó la decisión de abdicar en algún momento de la primavera de 2014. ¿Cuándo exactamente? ¿En qué conversación? ¿Con quién? ¿En qué momento de cálculo puro o de algo más parecido al cansancio? No está del todo claro en los registros públicos. Lo que sí está claro es que cuando lo comunicó lo hizo con la misma eficiencia quirúrgica que había caracterizado todas sus grandes decisiones.
Sin drama previo, sin filtración controlada para ir preparando al país gradualmente, que habría sido lo habitual. El 2 de junio de 2014, Juan Carlos apareció en televisión y anunció su abdicación. El discurso duró 3 minutos y medio. Era más corto que el del 23 de febrero, que al menos tenía la excusa de estar interrumpiendo un golpe de estado.
Dijo que una generación más joven reclamaba el protagonismo. Dijo que había servido a España durante 40 años. dijo que la monarquía debía renovarse. No dijo nada sobre elefantes, tampoco sobre cuentas en Suiza, ni sobre el caso Urdangarín, ni sobre Corina. El silencio sobre todo eso era tan elocuente, tan pesado, que varios comentaristas de radio empezaron a hablar antes de que el discurso terminara, incapaces físicamente de soportar la cantidad de cosas no dichas que cabían en 3 minutos y medio de alocución regia.
El proceso de abdicación fue rápido, muy rápido en realidad. El Parlamento aprobó la ley orgánica necesaria con una velocidad que sugería que los grupos políticos mayoritarios tenían prisa colectiva en cerrar el capítulo y pasar página. El 19 de junio de 2014, Felipe VI fue proclamado rey en el Congreso de los Diputados en una ceremonia que los organizadores habían diseñado con suficiente sobriedad como para que no pareciera una fiesta en un momento en que el país seguía sin haber salido del todo de la crisis económica. Juan Carlos
y Sofía estaban presentes. Juan Carlos aplaudió a su hijo. En esa imagen había algo que las cámaras captaron con precisión involuntaria. un hombre que entregaba algo que en su día le habían entregado a él y que sabía con la lucidez que da a haber vivido suficiente historia, exactamente lo que estaba entregando y lo que estaba perdiendo.
Lo que vino después fue silencio. Bueno, silencio relativo, el incómodo silencio de alguien que sigue presente físicamente, pero ha dejado de tener función oficial, como ese personaje de los seriales americanos de los 90 al que se le acaba el arco narrativo, pero los productores no quieren eliminarlo del todo.
Juan Carlos y Sofía seguían en la zarzuela. Juan Carlos aparecía de vez en cuando, viajaba, se le veían regatas. El foco había cambiado. Felipe VI gobernaba de manera marcadamente diferente, más formal, más transparente en las cuentas, más cuidadoso con las distancias. El contraste era imposible de ignorar para cualquiera que prestara atención.
La investigación judicial no se detuvo con la abdicación. Bueno, se detuvo momentáneamente. En realidad eso no es del todo preciso. Se ralentizó quizás, pero no se detuvo. Felipe VI renunció a la herencia de su padre y eliminó la asignación económica que Juan Carlos recibía del Estado en un gesto que era al mismo tiempo correcto y suficientemente tardío como para no ser completamente cómodo.
Pero la fiscalía española y la fiscalía suiza seguían trabajando y en agosto de 2020, 6 años después de la abdicación, Juan Carlos de Borbón salió de España. No anunció que se iba al exilio. Envió una carta a su hijo. 17 líneas formal, sin emoción detectable. Decía que había decidido residir fuera de España para que su situación personal no perturbara el ejercicio de las funciones reales de Felipe.
El destino, que se supo en los días siguientes, era Los Emiratos Árabes Unidos, Abu Dhabi, para ser exactos, un país sin democracia real, sin prensa libre, sin oposición política tolerable, sin ninguno de los elementos que Juan Carlos había pasado 40 años construyendo en España. La ironía geográfica era tan densa, tan perfectamente construida por el azar, que costaba saber si reírse o guardar silencio.
Instalado en Abu Dhabi, en un hotel cuyo nombre y ubicación exacta tardó semanas en hacerse pública, Juan Carlos se convirtió en un personaje que la historia española no sabía muy bien cómo clasificar. No era exactamente un exiliado en el sentido clásico. Nadie lo había expulsado. Había una orden de comparecencia de la fiscalía, pero no una orden de detención.
Podía legalmente volver cuando quisiera. No era exactamente un jubilado en el extranjero, porque el peso de las investigaciones era demasiado real para que esa descripción resultara honesta. era algo más específico y más incómodo. Era un hombre que había huído de la justicia de un sistema democrático y ese sistema democrático era uno que él mismo había construido.
Esa frase merece repetirse porque contiene toda la ironía estructural de su historia. Juan Carlos huyó de la justicia española. La justicia española existe porque Juan Carlos hizo posible la democracia española. La democracia española tiene una justicia independiente porque la Constitución de 1978 la estableció así y Juan Carlos fue el monarca que legitimó esa Constitución.
El hombre perseguido por el sistema y el hombre que construyó el sistema son la misma persona. No hay manera de contar esto que no suene a tragicomedia, porque es exactamente eso. Desde Abu Dhabi hizo alguna aparición pública. Volvió a España en ocasiones brevemente para competir en regatas. La vela siguió siendo su pasión, hasta donde se sabe, esa actividad que no necesita explicaciones políticas y que tiene la virtud de desarrollarse en el mar, donde la Tierra y sus complicaciones quedan detrás. Pero cada visita fue controlada,
rápida, con una discreción que contrastaba de forma brutal con la espontaneidad que había caracterizado sus años de apogeo. Las investigaciones de la Fiscalía Española terminaron sin acusación formal en sus principales líneas. En marzo de 2022, la Fiscalía del Tribunal Supremo archivó las investigaciones sobre los contratos del AVE a la meca y otros asuntos, argumentando prescripción o insuficiencia de pruebas.
Juan Carlos pagó al fisco español varias decenas de millones en regularizaciones fiscales voluntarias, 4,000ones en una primera regularización, luego otros 4,illones y medio. Las cifras en sí mismas decían mucho sobre la escala de lo que había que regularizar. La Fiscalía Suiza siguió abierta durante más tiempo.
El resultado jurídico final fue para muchos españoles profundamente insatisfactorio. No hubo condena, no hubo juicio, no hubo ese momento de rendición de cuentas pública que las democracias necesitan cuando los poderosos han actuado fuera de la ley. Hubo regularizaciones, hubo archivados, hubo la constatación de que el derecho penal tiene límites reales y concretos, cuando quien lo ha violado tiene los recursos suficientes para mover el dinero antes de que llegue la investigación y la edad suficiente para que prescriban las conductas más
antiguas. La ley existe, sus alcances también tienen límites. Iñaki Dangarin sí fue condenado, 5 años y 10 meses de prisión en primera instancia, luego modificada en apelación. La infanta Cristina fue absuelta. Ordangarin entró en prisión, salió con régimen de semilibertad y la historia de esa rama familiar quedó como un capítulo aparte, igualmente desagradable, con resolución judicial, pero sin catarsis de ningún tipo.
Y luego hay que volver al final, al principio. Franco murió en noviembre de 1975 en el hospital, rodeado de médicos que habían prolongado su agonía más allá de cualquier límite razonable. Convencido de haber dejado “Todo atado y bien atado.” Esa frase, “Todo atado y bien atado, se le atribuye a él, aunque los historiadores discuten si la dijo exactamente así o es una condensación posterior de varias cosas que dijo. Da igual.
” captura perfectamente la ilusión de un hombre que creía haber vencido al tiempo, que creía que los hombres fuertes podían fijar el futuro con voluntad suficiente. Juan Carlos, 45 años después, vive en Abu Dhabi. No murió convencido de haber ganado. Sobrevive, que es diferente. Tiene 80 y tantos años, una cadera fracturada cazando elefantes en Botswana, una reputación con grietas que ninguna operación ha podido sellar del todo y la perspectiva de ser el rey español que transformó un país y luego protagonizó el escándalo que casi
destruyó la institución que había servido para transformarlo. El palacio de El Pardo, donde Franco vivió durante décadas y donde Juan Carlos pasó tantas horas en audiencias que eran lecciones de poder disfrazadas de cortesía, sigue en pie. La sala donde el dictador recibía al príncipe, donde le hablaba de España y del futuro y de los peligros del comunismo, es ahora visitable en determinadas condiciones, con guías que explican la historia con ese tono neutro y ligeramente incómodo que requiere mostrar la vida doméstica
de un dictador a grupos de turistas un martes por la mañana. Los visitantes hacen fotos, a veces preguntan qué pasó después. Lo que pasó después es esto. Un chico al que un dictador eligió para perpetuar su obra desmontó esa obra pieza por pieza, con una paciencia y una astucia que el propio dictador le había enseñado sin saber lo que estaba enseñando. Lo desmontó completamente.
puso en su lugar algo que funcionó, algo que tiene imperfecciones notables y vergüenzas documentadas, pero que es, en sus términos fundamentales, una democracia que lleva más de cuatro décadas funcionando en un país que no siempre supo cómo hacerlo. Y luego, cuando esa democracia que había construido empezó a mirarlo con los ojos que las democracias usan para mirar a quienes violan sus propias reglas, recogió sus cosas y se fue a un lugar donde nadie va a mirarle de esa manera.
La misma habitación, la misma historia, un significado completamente diferente. Franco la vería como una traición. Los demócratas la ven como una deuda sin saldar. Los historiadores la ven como material para varias generaciones de tesis doctorales. Y Juan Carlos en Abu Dhabi, con el Golfo Pérsico fuera de la ventana y España a 4 horas de avión.
La ve probablemente como lo que es la vida de un hombre que hizo cosas muy grandes y cosas muy pequeñas. y que tuvo la mala suerte o quizás la poética justicia de que las cosas pequeñas terminaron siendo más ruidosas que las grandes. España sigue funcionando. En la historia de España ya es bastante.
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