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JUAN CARLOS: Franco lo eligió para ser rey — y él destruyó todo lo que Franco construyó

Poco después, durante unas vacaciones familiares, ocurrió el accidente que marcó a la familia para siempre. El hermano menor de Juan Carlos, el infante Alfonso, murió de un disparo accidental mientras los dos hermanos manipulaban una pistola. Juan Carlos tenía 18 años, Alfonso 14. Las circunstancias exactas nunca fueron completamente aclaradas en público y la familia nunca habló de ello de manera abierta.

Ese silencio, esa herida sin palabras oficiales, acompañó a Juan Carlos el resto de su vida. Volvió a España, siguió con su formación, siguió con las audiencias con Franco, siguió aprendiendo. En 1962 se casó con la princesa Sofía de Grecia, hija del rey Pablo Io y la reina Federica. La boda se celebró en Atenas con toda la pompa que las casas reales europeas podían montar cuando querían y fue uno de los primeros momentos en que Juan Carlos apareció en el mundo como algo más que el joven educado por Franco.

Sofía era inteligente, preparada, con una formación europea sólida que contrastaba con el ambiente más cerrado en que Juan Carlos había crecido. La relación entre ellos fue durante muchos años la columna vertebral de su vida pública. Aunque los años demostraron que las columnas vertebrales también pueden tener fracturas que no se ven desde fuera.

Franco no fue al banquete de boda. Bueno, en realidad esto hay que matizarlo. No fue Atenas, claro, pero su sombra estuvo presente en todo el evento de una manera que los fotógrafos no capturaron, pero que todos los presentes conocían. El régimen prestó al prometido su legitimidad española. El prometido prometió implícitamente seguir siendo el heredero del régimen.

Un intercambio de servicios entre un dictador que envejecía y un príncipe sin opciones, celebrado con champaña y uniformes militares griegos. Y entonces llegó 1969. El 22 de julio de ese año, Franco presentó ante las Cortes el Parlamento de Papel de la dictadura, esa institución decorativa donde los procuradores votaban lo que se les decía que votaran, la propuesta de nombrar a Juan Carlos, su sucesor, a título de rey, no como príncipe de Asturias, no como heredero segunda legitimidad dinástica, sino como sucesor designado por el propio Franco en virtud de las

leyes fundamentales del régimen. Era una distinción crucial. Juan Carlos no sería rey porque era el hijo de don Juan y nieto de Alfonso XI. Sería rey porque Franco lo decía. La legitimidad venía del dictador, no de la sangre. O más precisamente, Franco estaba usando la legitimidad de la sangre, pero envolviéndola en la legitimidad del régimen, creando una amalgama jurídica que significaba en la práctica que Juan Carlos le debía el trono a Franco y a nadie más.

Las Cortes votaron, aprobaron la propuesta con la eficiencia característica de los parlamentos, donde votar en contra es una manera de averiguar exactamente cuánto poder tienes y en cuánto tiempo te lo quitan. Juan Carlos prestó juramento ante Franco y ante los procuradores. Juró lealtad a los principios del movimiento nacional y a las leyes fundamentales del reino.

Lo juró con la misma cara con que había aprendido durante 20 años a decir lo que se esperaba que dijera. Don Juan en Estoril lo oyó por la radio. Lanzó un comunicado protestando. Nadie le prestó demasiada atención. Acababa de perder de manera definitiva y revocable. La única apuesta que había estado jugando durante tres décadas.

Su hijo era el sucesor de Franco. Él era el hombre que había puesto a su hijo en esa posición y que ahora quedaba fuera de ella. La ironía era tan perfecta que casi parecía diseñada. Franco murió el 20 de noviembre de 1975. tardó en morirse más de lo que nadie esperaba con esa obstinación que había caracterizado toda su vida pública.

El proceso fue largo, médicamente agresivo, clínicamente notable por la cantidad de intervenciones que lograron mantener con vida a un hombre de 82 años con la salud destrozada durante semanas, que se convirtieron en una pesadilla para su familia y en algo difícil de nombrar para el país. Fue exactamente un espectáculo, pero tampoco algo privado.

España entera miraba los boletines médicos con una mezcla de sentimientos que ningún ciudadano de una democracia normal podría entender del todo. Miedo, esperanza, alivio anticipado, culpa por el alivio, más miedo. Cuando finalmente murió, el presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro, apareció en televisión con cara de haber llorado, que quizás era verdad.

y anunció la muerte del caudillo con una voz rota que recorrió todos los televisores de España. Era una mañana de noviembre, fría, gris, con esa luz plana de Madrid en otoño que hace que todo parezca más real y más triste de lo que ya es. Dos días después, Juan Carlos de Borbón fue proclamado rey de España. La ceremonia de proclamación el 22 de noviembre de 1975 fue en sí misma un documento histórico de la situación imposible en que se encontraba el nuevo rey en el Palacio de las Cortes, rodeado de los procuradores franquistas que le habían votado 6 años

antes, de militares con uniformes llenos de medallas, de ministros del régimen que esperaban continuidad. Juan Carlos pronunció un discurso en el que habló de reconciliación, de diálogo, de una monarquía para todos los españoles. Las palabras vistas desde hoy son bastante claras en sus intenciones. Vistas desde aquel noviembre de 1975, en ese salón lleno de franquistas que aplaudían, sonaban lo suficientemente ambiguas como para que cada cual oyera lo que quería oír.

Esa fue siempre la habilidad central de Juan Carlos, hablar en un idioma que tenía múltiples lecturas simultáneas. Los franquistas escuchaban continuidad, los demócratas escuchaban esperanza, los monárquicos escuchaban legitimidad. Y Juan Carlos, mientras todos aplaudían versiones distintas del mismo discurso, sabía exactamente qué quería decir.

La España que heredaba era un país que inspiraría pesadillas a cualquier político con sentido de la realidad. Para empezar, lo económico. La crisis del petróleo de 1973 había golpeado fuerte. El milagro económico de los 60 estaba agotando. La inflación disparada, el desempleo creciendo. El desarrollismo franquista, ese modelo de crecimiento sin libertades que había transformado España de país rural a país industrial en 20 años había llegado a sus límites estructurales.

Y eso era solo la parte más fácil del problema. Políticamente el panorama era aún más complicado. Eta llevaba años matando y su campaña de atentados no se había detenido con la muerte de Franco. Se intensificaría en los meses siguientes. El ejército estaba lleno de generales que consideraban que su misión histórica era preservar la unidad de España por los medios que fueran necesarios y tenían opiniones muy concretas sobre lo que unidad significaba.

Los partidos políticos seguían siendo ilegales. El Partido Comunista operaba en la clandestinidad, pero tenía una estructura y una presencia real que el régimen nunca había conseguido erradicar. Los sindicatos libres no existían legalmente. La prensa tenía censura más laxa que en los 50, pero todavía real. Y luego estaba Europa.

La Europa democrática miraba a España con una mezcla de lástima condescendiente y desinterés práctico. El año anterior, en 1974, Portugal había tenido la revolución de los claveles y había pasado de dictadura a democracia en un proceso convulso, pero real. Grecia había salido de la dictadura de los coroneles también en 1974.

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