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José López Portillo: El Presidente que TRAICIONÓ a la Nación… Sus ASQUEROSAS Lágrimas.

silencio. López Portillo todavía no lloraba, todavía sonreía, todavía hablaba como un hombre elegido por la historia. Pero el desastre ya estaba naciendo, no en las calles, sino en los nombramientos, no en los bancos, sino en la idea de que México podía ser gobernado desde la sangre.

Y antes de que el peso se desplomara, antes de que la banca cayera bajo el puño del estado, antes de que una colina se volviera símbolo de vergüenza, hubo otro incendio más silencioso, el de la conciencia. Ese empezó cuando el poder dejó de preguntarse qué necesitaba el país y empezó a preguntarse a quién más de la familia podía acomodar.

Y entonces, mientras el  país todavía repetía la palabra abundancia como si fuera una oración, el poder empezó a mostrar su verdadero rostro. No en los discursos, no en las ceremonias, no en las fotografías oficiales donde todos sonreían con traje oscuro y mirada patriótica. El verdadero rostro apareció en los nombramientos, en los favores, en las puertas que se abrían para quienes estaban cerca del presidente y se cerraban para quienes solo tenían preparación, talento o advertencias incómodas.

Aquí entra una mujer que durante años fue presentada como símbolo de avance Rosa Luz alegría. La primera mujer en llegar a una Secretaría de Estado en México. Turismo, un cargo histórico, una fotografía para los libros, un triunfo que podía venderse como modernidad en un país gobernado por hombres. Pero detrás de esa imagen había una historia mucho más incómoda, una historia que el poder prefería pronunciar en voz baja.

Según versiones ampliamente comentadas en la época, Rosa Luz no llegó solo por capacidad política. Llegó también por la cercanía íntima que mantenía con López Portillo, una relación marcada por la diferencia de edad, por el peso del poder, por esa mezcla venenosa entre deseo, privilegio y cargo público. Piensa en eso un momento.

Mientras México escuchaba promesas de desarrollo turístico, de playas convertidas en progreso, de hoteles y divisas, en los pasillos del gobierno se murmuraba que el amor o lo que el poder llamaba amor también podía convertirse en nombramiento. Y no era cualquier nombramiento,  era una secretaría, presupuesto, viajes, comisiones, Acapulco, recepciones, aviones.

La vida pública y la vida privada empezaron a mezclarse hasta volverse una sola mancha. Lo que para el régimen era glamur, para muchos mexicanos era una burla. Porque cuando un presidente convierte sus afectos en estructura de gobierno, el país deja de ser una república  y empieza a aparecer una sala privada. Pero la tragedia de Rosa Luz no terminó con el sexenio.

Al contrario, cuando el poder se apagó, cuando el apellido presidencial dejó de protegerlo todo, la caída fue larga, amarga, pública. Años después, su nombre volvió ligado a episodios oscuros. crisis personales, reportes de deterioro emocional y más recientemente  a una agresión violenta que la dejó luchando por su vida.

La mujer que un día caminó entre ministros, escoltas y flashes  terminó convertida en otro recordatorio de lo que el poder hace con quienes usa. Primero los eleva, luego los abandona.  Pero esa no fue la herida más profunda, porque había otra mujer dentro del círculo familiar. Margarita López Portillo, la hermana del presidente.

Una mujer con apellido fuerte, con acceso directo al poder, con una autoridad que no venía de las urnas ni de una carrera técnica, sino de la sangre. Y esa sangre  en el México de López Portillo pesaba más que cualquier advertencia. Margarita recibió control sobre áreas sensibles de radio, televisión  y cine.

Canal 13. RTC, la pantalla pública, la memoria visual de un país.  Y ahí empezó otro desastre, no con un escándalo de Alcoba, sino con algo más grave, la administración de la cultura como si fuera propiedad familiar. Los expertos advertían. Los archivos requerían cuidado. Las películas antiguas no eran simples rollos guardados en estantes.

Eran memoria inflamable. Eran imágenes de décadas, eran rostros, voces, escenas, fragmentos de un México que ya no existía. Pero cuando el poder se siente intocable, las advertencias suenan como molestias. 24 de marzo de 1982. Cineteca nacional. Ese día el fuego hizo lo que la soberbia había preparado durante años.

Las llamas devoraron pasillos, salas, documentos, negativos. películas enteras. La gente corrió entre humo, gritos y confusión. Al menos cinco personas murieron, decenas resultaron heridas y miles de materiales cinematográficos desaparecieron para siempre. No se quemó solo un edificio, se quemó una parte de la memoria mexicana.

Y aquí está lo más brutal. Después del incendio,  no llegó una rendición de cuentas proporcional al tamaño de la tragedia. No llegó una sacudida moral, no cayó el sistema que permitió que una institución cultural quedara vulnerable bajo manos protegidas por parentesco. Todo quedó envuelto en explicaciones, silencios, evasiones, como si las cenizas también pudieran archivarse.

Por eso esta historia no trata solo de dinero, trata de algo más sucio. Trata de un poder capaz de convertir una relación privada en cargo público y una hermana presidencial en administradora de la memoria nacional. Trata de un país donde las advertencias no valían nada si chocaban con un apellido. Y antes de que México viera caer al peso, antes de que los bancos fueran señalados como enemigos, antes de que la colina del perro mostrara el tamaño del saqueo,  hubo una señal en el humo de la Cineteca.

Una señal simple y terrible.  Cuando el poder se reparte entre familia y favoritos, lo primero que arde no es el edificio, es la conciencia. Y si el fuego de la Cineteca mostró cómo la familia  podía quemar la memoria de un país, lo que vino después mostró algo todavía más oscuro, que el saqueo no vivía solamente en las oficinas, también caminaba armado por  las calles, también usaba uniforme, también tenía patrullas, escoltas, medallas  y una sonrisa protegida por el presidente. Aquí aparece Arturo Durazo

Moreno. El negro no era un funcionario cualquiera, no era un técnico de seguridad elegido  por su hoja de servicio impecable. Era el amigo de infancia de José López Portillo, el hombre que conocía la intimidad del poder antes de que el poder tuviera banda presidencial.  Y en el México del PRI esa cercanía podía valer más que cualquier carrera, más que cualquier examen, más que cualquier límite moral.

Cuando López Portillo llegó a la presidencia, Durazo subió  con él. De pronto, aquel hombre marcado por su paso por la Dirección Federal de Seguridad y señalado por su relación con estructuras represivas de la llamada guerra sucia  fue colocado al frente de la policía de la capital. Piensa en eso un momento. La ciudad más grande del país, millones de personas, barrios enteros, mercados, avenidas.

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