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JORGE SANCHEZ: La HISTORIA del LATERAL del TRI que DESLUMBRO a CAFU y el MUNDO

A los 18 años, el niño que paseaba ponis pisaba por primera vez el escenario con el que había soñado en las calles de su colonia. Pero el fútbol queda con una mano, quita con la otra. Después de aquel arranque prometedor, llegó lo más cruel que puede vivir un joven, la banca. un cambio de entrenador, una nueva idea y de pronto aquel titular volvía a mirar los partidos desde afuera, alternando incluso con las categorías juveniles.

Muchos, en su lugar se habrían hundido. Él apretó los dientes y esperó, porque esperar era lo único que sabía hacer desde niño. Y la recompensa llegó desde el lugar más grande del fútbol mexicano. En 2018, el Club América tocó a su puerta y ahí, en el equipo más exigente y más observado del país, floreció de verdad.

Se ganó la titularidad, marcó su primer gol como profesional y en apenas unos meses levantó todo lo que había para levantar, el título de liga, la copa nacional y el campeón de campeones. El muchacho de la alacena vacía ahora ganaba trofeos con las Águilas y se convertía en una de las mejores laterales del país. Lo que vino después fue el salto que casi ningún mexicano se atreve a soñar.

La selección lo llamó por primera vez en 2019 de la mano de Gerardo Martino y desde entonces la camiseta verde dejó de soltarlo.  Colgó del cuello la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio, esa gesta que emocionó a un país entero y muy pronto se subió al avión rumbo a su primera Copa del Mundo, la de Qatar 2022, donde fue titular en dos de los tres partidos y disputó 176 minutos con la responsabilidad de defender a México en el escenario más grande del planeta.

Sin embargo, nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir, porque el verdadero sueño, el que de niño ni siquiera se había permitido pensar, tocó a su puerta ese mismo año. El Ajax de Amsterdam, uno de los clubes más históricos y prestigiosos de Europa, pagó por él y lo llevó a Países Bajos para reencontrarlo con su compatriota, Edson Álvarez.

El chico que paseaba ponis en Torreon se vestía ahora con la camiseta de una leyenda del continente. Y entonces llegó la noche que lo desbordó. Cuando pisó por primera vez una cancha de la Champions, la competencia más grande que existe entre clubes, con esa música que le pone la piel de gallina a cualquier futbolista no pudo contener las lágrimas.

Pero aquí es donde la historia empieza a torcerse, porque llegar a Europa es una cosa y sostenerse en Europa es otra completamente distinta. En el Ajax nunca terminó de ser indiscutible y pronto lo mandaron a préstamo al puerto de Portugal, donde apenas sumó minutos y las oportunidades se le escaparon entre las manos. El sueño europeo, que había arrancado con lágrimas de gloria se fue apagando en una banca lejos de casa.

Aquel lateral que en México ganaba títulos empezaba a diluirse en el anonimato del viejo continente. El regreso parecía la salida lógica. En 2024 volvió a la Liga MX para incorporarse a Cruz Azul y por momentos recuperó su mejor versión, ese carrilero que casi tocaba la portería rival de tanto atacar.

Con la máquina levantó el título continental de la zona, otro trofeo grande para su vitrina, pero las lesiones volvieron a jugarla en contra. Perdió terreno y hubo un momento en el que hasta un compañero le arrebató el puesto que parecía suyo. La sensación de que su carrera se había estancado empezaba a instalarse en todos, menos en él.

Por eso, a inicios de 2026, tomó una última gran apuesta, cruzar de nuevo el océano y firmar con el Paoc de Grecia, decidido a demostrar que todavía tenía cuerda para rato en Europa. lo que encontró al llegar. Sin embargo, no fue lo que le habían prometido, y esa decepción, que casi nadie contó con todas sus letras, terminaría convirtiéndose en el telón de fondo de la polémica más grande de su vida, porque justo cuando su presente en los clubes se tambaleaba, apareció en el horizonte la cita más importante que un futbolista mexicano puede imaginar y con

ella la pregunta que dividiría al país entero. Convocado al mundial 2026. Cuando Javier Aguirre publicó la lista de los 26 elegidos para el mundial en casa, hubo un hombre que encendió las alarmas antes que casi cualquier otro. No era el de un delantero cuestionado ni el de un veterano en el ocaso, era el suyo.

Y la pregunta que estalló en redes, en programas de televisión y en las mesas de análisis fue tan directa como incómoda. De verdad merecía estar ahí. Los números, mirados en frío, contaban la historia de un futbolista con jerarquía. Rondaba los 60 partidos con la selección mayor desde su debut. Había ganado prácticamente todo lo que México conquistó en los últimos años, la Copa Oro en dos ediciones y el título de la zona, y cargaba con la experiencia de un mundial ya jugado.

Pocos en el plantel tenían tanto Rose Internacional como él. Sobre el papel era un currículum imposible de discutir, pero el papel y la cancha no siempre coinciden y ahí empezaba el problema. llegaba al mundial arrastrando un ciclo europeo que nunca despegó del todo, con pocos minutos, con un rol cambiante en Grecia y con la molestia de sentir que en su club no le habían cumplido lo prometido.

En un torneo donde Aguirre había jurado que solo llevaría a quienes estuvieran al 100% y con ritmo de competencia, la duda era legítima. ¿Estaba realmente en forma o pesaba más su apellido que su presente? Como si eso fuera poco, su último ensayo antes del torneo dejó heridas abiertas. En el amistoso de preparación frente a Serbia, en pleno triunfo del equipo, su actuación individual quedó bajo la lupa.

Se le señaló en jugadas puntuales, se le vinculó con el gol del rival y esos errores no pasaron desapercibidos para una afición que ya venía con la lupa puesta sobre él. Bastó ese tropiezo para reavivar todo el debate justo cuando peor le convenía. La crítica no vino solo de las redes anónimas. Voces con peso, Hugo Sánchez y otros históricos convertidos en analistas lo fulminaron sin piedad.

cuestionando su marca, sus fallas y su aporte, recordando que ya lo habían señalado meses atrás y que el tiempo,  según ellos, les estaba dando la razón. Para ese sector, su convocatoria no era un premio al mérito, sino una apuesta caprichosa que se sostenía más en la nostalgia que en el rendimiento.

Su actuación en el mundial, una muralla impasable. Llegó el día de la inauguración, el partido más esperado por México en cuatro décadas y Javier Aguirre tomó una decisión que muchos leyeron como una sentencia. Frente a Sudáfrica, en el arranque del Mundial en casa, el lateral de Torreón se quedó en la banca. El técnico eligió a su competidor para abrir la fiesta y México ganó ese estreno por dos goles a cero sin que él pisara el césped.

Para sus detractores, aquello fue la confirmación de todo. Si ni siquiera jugaba el primer partido, quedaba claro que no era el elegido, que la crítica tenía razón, que su lugar en la lista había sido un error. Pero aquí es donde la historia da su giro más inesperado, porque a partir del segundo partido, cuando el torneo se puso serio y cada minuto empezó a valer una vida entera, Aguirre hizo exactamente lo contrario de lo que todos esperaban.

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