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JORGE KAHWAGI : LA ASQUEROSA VERDAD QUE OCULTO MAS DE 25 AÑOS

Empezó a trabajar en los negocios del padre. Aprendió a moverse entre licencias, permisos,  contratos ante salas de funcionarios. A los 30 años ya manejaba operaciones grandes. Tenía dinero propio,  tenía coche, tenía mujeres, tenía todo lo que en México se considera una vida ganada. Pero el padre quería más.

quería un hijo que la gente reconociera en la calle, un hijo que sonara fuera de las oficinas, un hijo que fuera, en sus propias palabras, una marca. Y el padre  tenía un problema que el muchacho no conocía, un problema viejo de los años 80 que arrastraba desde antes de que Jorge naciera. Un problema que en la familia no se mencionaba y que en aquellos años empezaba a cobrar.

Aquí es  donde todo cambia. A finales de los 90, en una de esas comidas largas en el comedor principal de la casa, el padre puso sobre la mesa una idea, una idea que para cualquier hijo de empresario hubiera sonado a locura. Pero en esa familia las ideas del padre no se discutían, se ejecutaban. La idea era esta.

Jorge iba a ser boxeador profesional, no amateur, no deportista  de fin de semana, profesional, con pelea televisada, con apoderado, con ranking, con  cinturón. A los 32 años, sin haber peleado nunca en serio,  sin haber subido a un ring oficial en su vida, Jorge iba a debutar como peso crucero ante todo México.

Quien estaba en la mesa cuenta que Jorge se quedó quieto, que tardó en levantar la mirada del plato, que el padre no esperaba respuesta, que solamente dijo,  “Mientras se servía vino, ya hablé con Sulaimán. La fecha es en octubre.” y siguió comiendo. Jorge no dijo que no. Jorge nunca le decía que no a su padre. Aceptó. Empezó a entrenar.

contrató preparadores, pasó horas en el gimnasio, bajó grasa, subió músculo, cambió la forma de su cuerpo. Quienes lo vieron entrenar en aquella época cuentan que se entregaba con una rabia silenciosa, como si pegarle al saco fuera la única manera de gritarle a alguien sin que ese alguien lo escuchara. Pero hubo una semana en la que Jorge dudó, una semana en la que, según un viejo empleado de la casa, le dijo a su padre que no se sentía listo, que quería  posponer, que quería pensarlo mejor. Esa fue la única vez que Jorge

dudó y esa duda le costó muy caro. Una noche de septiembre de 2001, una semana antes del debut, Jorge estaba solo en su departamento. Pasaban del cuarto para las 11. Sonó el teléfono fijo, levantó. Del otro lado había una voz de hombre que no conocía,  tranquila, sin acento marcado.

Una voz que no gritaba, no insultaba, no amenazaba, una voz que solamente describía. Le dijo la dirección de la casa de su madre. Le dijo el nombre de la iglesia a la que iba todas las mañanas.  Le dijo el modelo del coche, le dijo el nombre del chóer, le dijo a qué hora salía y a qué hora regresaba, le dijo cuál era la calle donde el coche se detenía siempre por el semáforo.

Lo dijo todo en menos de 2 minutos, sin levantar la voz, sin pedir nada. Y al final, antes de colgar, dijo una sola frase: “Que tu papá te explique.” Jorge se quedó con el teléfono en la mano, no se movió durante mucho rato,  después se levantó, agarró las llaves del coche y manejó hasta la casa de su padre.

Lo que pasó esa madrugada en el despacho del padre no se ha contado nunca. Hasta hoy. Eran casi las 2 de la mañana cuando Jorge llegó. La servidumbre dormía. El padre estaba despierto. Estaba en el despacho del segundo piso, sentado detrás  del escritorio, con un vaso de whisky vacío y otro sin tocar, como si lo hubiera  estado esperando.

Jorge entró sin tocar la puerta, le dijo lo de la llamada, le repitió lo que la voz le había dicho. La iglesia,  la hora, el coche, el chóer, el semáforo. El padre no se sorprendió.  Esa fue la peor parte. El padre no se sorprendió, solamente se levantó, le sirvió un whisky a Jorge, se lo dejó en la mesa y le dijo cinco palabras que Jorge nunca olvidó.

Esto era inevitable, mi proyecto. Y entonces, esa madrugada le contó la primera versión de la verdad, solamente la primera capa, lo justo para que el muchacho de 33 años entendiera por qué tenía que subir al ring en octubre, por qué tenía que ganar. ¿Por qué no podía perder? ¿Y por qué,  sobre todo no podía retirarse cuando él quisiera? El padre le dijo que tenía un acuerdo viejo con gente, que esa gente iba a estar metida en  las peleas, que iban a ver bolsas de dinero entrando y saliendo de cada combate, que el rival

siempre iba a estar arreglado,  que él, Jorge, no tenía que preocuparse por ganar, solamente tenía que subir, lanzar el primer golpe fuerte y dejar que el otro cayera. Jorge le preguntó qué pasaba si decía que no.  El padre lo miró, no respondió, solamente tomó un trago de whisky y después dijo, “Tu mamá va a misa todas las mañanas, Jorge.

” Esa misma noche Jorge regresó a su departamento. No durmió. Al amanecer llamó a su preparador y le dijo que estaba listo, que la pelea seguía en pie, que iba a ganar. Lo que el padre no le contó esa madrugada fue todo lo demás. Esa primera versión era apenas el principio. Detrás había una historia  que el padre llevaba 15 años escondiendo.

Una historia que solamente saldría a la luz 25 años después, cuando ya fuera demasiado tarde. Pero eso lo vamos a entender al  final. El 10 de octubre de 2001, en la gran carpa de la Ciudad de México, Jorge Kawagi Makari subió por primera vez a un ring profesional. Vestía short blanco con franja dorada. Llevaba una bata con su apellido bordado.

Del otro lado lo esperaba un hombre llamado Perry Williams, un peso crucero estadounidense con récord modesto, traído desde un gimnasio de segunda en Texas. La pelea duró menos de 3 minutos. Jorge lanzó tres golpes. El tercero conectó en la mandíbula. Williams cayó. El referó.  Jorge ganó por knockout técnico. La gente aplaudió.

Su padre desde primera fila no se movió, no sonró. Solamente asintió una vez con la cabeza como quien aprueba  un trámite. Esa noche Jorge regresó al vestidor con la mano hinchada y los ojos rojos. No de emoción, de algo más difícil de nombrar. Un miembro del equipo de aquella primera pelea años después contaría  que cuando todos salieron a celebrar, Jorge se quedó solo en el vestidor, sentado en  una banca mirando los guantes en el suelo.

No habló durante 20 minutos. Cuando alguien volvió a buscarlo, nada más dijo, “Ya está, ya empezó.” Esas tres palabras ya  está, ya empezó, tienen un peso que vas a entender más adelante. Porque para Jorge esa primera pelea no fue el inicio de una carrera, fue el inicio  de una condena.

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