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JAVIER SOLÍS: La Vida Secreta que Nadie Se Atrevió a Contar

Y cuarto, ¿qué quedó después del silencio cuando cuatro mujeres aparecieron reclamando ser su esposa legítima y un país entero tuvo que decidir si quería seguir adorando la voz o empezar a mirar al hombre que la producía? Pero antes de llegar a la muerte, antes de llegar al hospital, antes de la jarra de agua y el expediente perdido, hay que volver al principio, hay que volver al hambre, porque la historia de Javier Solís no comienza con un micrófono, comienza con un estómago vacío.

Gabriel Siria Levario nació el 4 de septiembre de 1931 en el número 165 de la calle Simón Bolívar, Ciudad de México. Su padre, Francisco Siriamora, era panadero. Su madre, Juan Alevario Plata, era comerciante. Fue bautizado el primero de octubre en el sagrario metropolitano, el primero de tres hermanos. Y antes de que cumpliera 2 años, su padre los abandonó sin aviso, sin explicación, sin despedida.

Un día había un hombre en la casa y al día siguiente ya no. La madre, sola, con hijos pequeños y sin recursos suficientes, tomó una decisión que marcaría la vida de Gabriel para siempre. lo dejó al cuidado de su hermano en el barrio de Tacubaya. Y Gabriel creció llamando padres a sus tíos, sin entender del todo porque los verdaderos no estaban ahí.

Guarda ese detalle. Es el primero de muchos abandonos que van a atravesar esta historia. El padre que se fue, la madre que no pudo quedarse y un niño que aprendió antes que nada una lección brutal, que las personas que deberían quedarse a veces son las primeras en irse. Ese vacío va a explicar muchas cosas que vendrán después.

Va a explicar por qué un hombre adulto se inventó un origen que no era suyo, porque se  casó tantas veces sin divorciarse nunca, como si acumular familias pudiera llenar el hueco que dejó no tener una completa. ¿Y por qué?  Cuando llegó la fama y llegaron los aplausos. Siempre hubo algo adentro que no terminaba de sanar, pero eso viene después.

Por ahora lo que hay es un niño en Tacubaya, un barrio popular de la Ciudad de México donde las calles olían a tortilla, a aceite quemado, a polvo y a esfuerzo. Gabriel estudió hasta quinto año de primaria, no porque no quisiera seguir, sino porque la necesidad aprieta antes que los sueños. La casa de sus tíos tenía más carencias que recursos y él entendió muy pronto que si quería comer tenía que trabajar.

A los 11 años entró a una panadería llamada El imperio, como si el destino quisiera repetir el oficio del padre que se fue. Después fue ayudante de carnicero, después cargador de canastas en el mercado, después lavador de autos. Cada trabajo era una manera de sobrevivir un día más, pero en ninguno de esos trabajos encontró lo que buscaba.

Porque Gabriel Siria Levario buscaba algo que no se compra con un salario. Buscaba que alguien lo mirara y ahí fue donde apareció el box. Lo que pocos saben es que antes de ser el rey del bolero ranchero, Gabriel soñaba con ser boxeador profesional. No era un capricho de niño. Se entrenó durante 6 años. 6 años de golpes, de spatring, de cuerda, de saco, de esa disciplina brutal que exige el ring.

Alternaba la carnicería por las mañanas con el gimnasio por las tardes. Peleaba en combates de aficionados con la convicción de alguien que cree que los puños son la única salida. Pero un día le abrieron una ceja y una oreja en el mismo combate. La Sang corrió por la cara y algo dentro de él se quebró. No fue el dolor, fue la certeza de que por ese camino no iba a llegar a ningún lado.

El mismo lo contó años después. Dijo que su ilusión más grande era ser boxeador profesional, pero que después de esa pelea no le quedaron ganas de volver a subirse al ring. Y entonces, como pasa tantas veces en las historias que importan, la puerta que se cerró no dejó oscuridad, dejó un pasillo porque Gabriel cantaba.

Cantaba desde niño, cantaba en los festivales de la escuela, cantaba en las esquinas del barrio, cantaba mientras cortaba carne, cantaba como cantan los que no saben hacer otra cosa con lo que sienten. Y en la escuela había descubierto algo, que cuando cantaba la gente se detenía, que cuando su voz llenaba un salón los ojos se movían hacia él, que en ese momento brevísimo en el que una canción conecta con alguien, el niño abandonado dejaba de estar solo.

Un día el dueño de la carnicería donde trabajaba, un hombre llamado David Lara Ríos, lo escuchó cantar mientras despiezaba un costillar y entendió que ese muchacho tenía algo que no se aprende en ninguna escuela, ni se compra en ninguna tienda. David Lara Ríos hizo algo que no tenía obligación de hacer.

Le pagó clases de canto con el maestro Noé Quintero, un profesor de vocalización que había formado a cantantes reconocidos de la época. Piensa en lo que significa eso. Un carnicero invirtiendo su propio dinero en el talento de un empleado que ganaba 17 pesos diarios sin contrato, sin garantías, sin saber si ese muchacho iba a llegar a algo o se iba a quedar cortando carne el resto de su vida.

Esa decisión fue el primer eslabón de una cadena que terminaría en los escenarios más grandes de América Latina, porque sin esas clases, Gabriel habría seguido en la carnicería y el mundo habría perdido a Javier Solís sin saber que lo había perdido. Con las herramientas que le dio Noe Quintero, Gabriel empezó a participar en concursos de aficionados.

Se puso como nombre artístico Javier Lukin y cantaba tangos, rancheras, lo que le pidieran. ganaba premios modestos, a veces un par de zapatos donados por una zapatería del barrio. No tenía estilo propio, no tenía identidad vocal, lo que tenía era urgencia.  Y el mismo Solís lo resumió años después con una frase que lo explica todo.

Dijo que la vocación artística se inició por hambre. A principios de 1948, Gabriel seguía trabajando como carnicero en la providencia en la colonia Condesa, 17 pesos al día, pero por las noches salía a la calle como si fuera otra persona. Se iba a la plaza Garibaldi, a la calle Honduras, y cantaba con grupos de mariachis que lo invitaban a acompañarlos. No tenía sueldo fijo.

Sus ingresos eran las propinas que la gente le dejaba después de escucharlo. A veces unas monedas, a veces nada. Pero cada noche, frente a ese público improvisado de borrachos, enamorados, trasnochadores y almas perdidas, Gabriel iba afinando algo que todavía no tenía nombre, pero que ya empezaba a pesar.

Después cantó en los restaurantes el Tenampa y el Guadalajara de noche, haciéndose acompañar del mariachi América de Alfredo Cerna. formó parte del dúo Guadalajara y luego del trío Flamingo, que después se llamaría trío México, con sus amigos Pablo Flores y Miguel Ortiz Reyes. Cada formación era un escalón, cada noche era una audición, cada propina era un voto de confianza de alguien que no sabía su nombre, pero reconocía su voz.

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