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Imposible que una mexicana me gane, gritó la velocista británica y la mexicana voló en los 200 mts

Por 20, 30 segundos, mientras sus piernas volaban sobre la tierra y el viento golpeaba su cara, Ana Sofía era libre. Su talento era obvio desde el principio. En las carreras informales que organizaban en la primaria, Ana Sofía le ganaba a todos, niños y niñas, sin importar si eran dos o tres años mayores que ella.

Corría descalsa porque sus zapatos estaban tan desgastados que era mejor no usarlos. Corría sin técnica, sin entrenamiento, solo con pura intuición y eseedo natural que algunos atletas tienen y otros pasan toda una vida tratando de desarrollar. Cuando tenía 9 años, un maestro de educación física de otra escuela vino a Cotaxtla para un torneo interescolar.

Vio a Ana Sofía correr los 100 met en la categoría infantil y casi se cae de espaldas. La niña descalsa con un sor deportivo que era tres tallas más grande y una playera desteñida, había corrido esa distancia en un tiempo que la pondría en competencia nacional. Sin entrenamiento, sin técnica, sin zapatos deportivos, era talento puro en bruto.

El maestro, que se llamaba Roberto Delgado y que había sido corredor semiprofesional en su juventud antes de una lesión que terminó su carrera, buscó a la familia de Ana Sofía después de la competencia. encontró su casa de blog sin terminar con piso de tierra donde la familia entera dormía en dos cuartos. Habló con sus papás.

“Su hija tiene un don”, les dijo. Yo nunca he visto a alguien tan joven correr así de rápido, naturalmente. Con el entrenamiento correcto, podría ser alguien, alguien importante, competir en olimpiadas juveniles, tal vez más. El papá de Ana Sofía, don Miguel, era un hombre callado, endurecido por años de trabajar bajo el sol inclemente de Veracruz.

Miró al maestro con escepticismo. ¿Y eso de qué no sirve? No se puede comer medallas. La niña tiene que ayudar aquí. Pero la mamá de Ana Sofía, doña Carmen, una mujer pequeña, pero con una voluntad de acero, pensaba diferente. Si mi hija tiene un don, tiene que usarlo. Dios no da talentos para desperdiciarlos. Se volteó hacia el maestro Delgado.

¿Qué necesita mi hija? Necesita entrenar. Necesita zapatos deportivos apropiados. Necesita competir en torneos para ganar experiencia. Necesita. El maestro hizo una pausa sabiendo que lo que iba a decir era complicado. Necesita mudarse a Jalapa, donde hay pistas y entrenadores certificados y programas deportivos.

El silencio que siguió fue pesado. Mudarse a Jalapa significaba gastos que la familia no podía pagar. Significaba que Ana Sofía tendría que dejar a su familia. Significaba un sacrificio enorme para una posibilidad que no estaba garantizada. Pero doña Carmen ya había decidido. Lo vamos a hacer. No sé cómo, pero lo vamos a hacer.

Y así, con esa terquedad maternal que mueve montañas, empezó la odisea de Ana Sofía Ramírez. Durante los siguientes dos años, Ana Sofía viajaba 4 horas diarias, dos de ida y dos de vuelta, para entrenar en Jalapa con el maestro Delgado. Salía de su casa a las 4 de la mañana para tomar dos autobuses que la llevaran a la pista.

Entrenaba de 7 a 9 de la mañana antes de ir a la escuela. Después de clases, entrenaba otras dos horas antes de hacer el viaje de regreso a Cotaxtla, llegando a su casa pasadas las 8 de la noche. Hacía su tarea a la luz de una vela cuando se iba la luz. dormía 5 horas y repetía el ciclo al día siguiente. El maestro Delgado no le cobraba, no podía.

Sabía que la familia no tenía dinero. Entrenaba a Ana Sofía gratis porque veía en ella algo especial, algo que no había visto en 30 años de trabajar con jóvenes atletas. La niña no solo era rápida, era hambrienta. Tenía esa determinación que no se puede enseñar, que viene de crecer sabiendo que tienes que pelear por cada cosa que quieres en la vida.

Cuando Ana Sofía tenía 11 años, compitió en su primer campeonato nacional juvenil. Llegó con zapatos deportivos que el maestro Delgado había comprado de segunda mano con un uniforme que doña Carmen había cocido ella misma con tela barata del mercado. Las otras niñas llegaron con uniformes profesionales, con equipos de entrenadores, con papás que podían pagar hoteles y comida.

Ana Sofía durmió en la estación de autobuses la noche antes de su carrera porque no tenían dinero para hotel y les ganó a todas. Corrió los 100 m juvenil en 11.8 segundos, estableciendo un nuevo récord nacional para su categoría. Los jueces tuvieron que revisar tres veces el tiempo porque no podían creer que una niña de 11 años, de un pueblo que nadie conocía, hubiera corrido tan rápido.

Pero los números no mienten. Ana Sofía Ramírez acababa de anunciarle al atletismo mexicano que había llegado. Eso fue cuando su vida cambió. Después del campeonato nacional, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte finalmente volteó a verla. Le ofrecieron una beca deportiva completa. Podría mudarse a un centro de alto rendimiento en la Ciudad de México, entrenar con los mejores entrenadores del país, estudiar en buenas escuelas, todo pagado.

Era el sueño de cualquier atleta joven, pero significaba dejar a su familia. A los 11 años mudarse a una ciudad monstruosa a 1000 km de distancia. Doña Carmen lloró durante tres días seguidos. Don Miguel no quería dejarla ir. Es muy chica. decía, “¿Qué si algo le pasa?” Pero Ana Sofía ya había decidido con esa determinación que heredó de su madre, dijo, “Tengo que ir. Es mi oportunidad.

Voy a correr para sacarnos de aquí para que ustedes nunca más tengan que preocuparse por dinero. A los 11 años, Ana Sofía Ramírez se mudó sola a la Ciudad de México. Vivía en los dormitorios del Centro de Alto Rendimiento con otras atletas juveniles. Estudiaba por las mañanas y entrenaba por las tardes.

Extrañaba a su familia con un dolor físico que la despertaba llorando algunas noches. Llamaba a su casa una vez por semana desde un teléfono público llorando con su mamá durante los 5 minutos que duraba su tarjeta telefónica, pero entrenaba como poseída. 6 días a la semana, 4 horas diarias, levantamiento de pesas para fortalecer las piernas, ejercicios de explosividad, técnica de salida, técnica de curva, análisis de video, nutrición especializada, fisioterapia.

Por primera vez en su vida, Ana Sofía tenía acceso a entrenamiento profesional de verdad y su cuerpo respondió de maneras que ni los entrenadores esperaban. A los 13 años rompió el récord nacional juvenil de 200 m. A los 15 el de 100 m. A los 17 fue invitada a su primer campeonato mundial juvenil en Finlandia. Ahí por primera vez Ana Sofía compitió contra velocistas de todo el mundo.

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