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Guy Williams El Zorro: Su Vida en Argentina, Sus Amores y el Misterio de Su Muerte

Pero cambiar el nombre no cambia lo que uno es por dentro. Y Guy Williams, aunque aprendió a presentarse al mundo con nombre anglosajón, nunca dejó de ser Armando catalano en la manera en que entendía la lealtad, la familia, el amor y el deber. Esas cosas no se cambian con un trámite. En los años 40 empezó a trabajar como modelo.

No era una carrera, era una escalera. Las agencias lo contrataban por el físico, los fotógrafos lo buscaban por la cara y él usaba cada sesión para aprender cómo funciona la imagen, cómo se construye un personaje frente al lente, cómo se domina el espacio de un encuadre. Hacía pequeños papeles en televisión, apariciones menores que no dejaban huella, pero que iban sumando experiencia.

y fue en ese periodo donde conoció a Janis Cooper. El flechazo ocurrió durante una campaña publicitaria, los dos trabajando como modelos, los dos conscientes desde el primer día de que algo había pasado entre ellos, que no estaba en el guion. Janis era modelo, actriz ocasional y tenía esa combinación de belleza y temperamento fuerte que en los hombres de la época producía fascinación inmediata.

Se casaron. En 1952 nació su primer hijo, Steve. En 1956, el segundo, Anthony. Era la vida que se suponía que debía vivir un hombre de su época, familia, trabajo, estabilidad. Pero Guy Williams no era un hombre de su época. Era un hombre que estaba esperando algo que todavía no había llegado. Cojuntos construyeron una vida que desde afuera parecía la definición del sueño americano.

Casa en Hollywood Hills de estilo español. Tres plantas, piscina, jardín. Los niños yendo al colegio en el barrio correcto. Cenas con otros actores y sus esposas los sábados. La apariencia de normalidad burguesa que Hollywood exigía a sus figuras como condición tácita para seguir perteneciendo al club. Pero detrás de esa fachada impecable, Guy Williams seguía siendo Armando Catalano, el chico del barrio italiano de Manhattan, que no terminaba de encajar del todo en ningún molde que la industria le ofreciera.

Era demasiado culto para los roles de acción pura, demasiado físico para los dramas intelectuales, demasiado latino en su temperamento para los galanes anglosajones, demasiado americanizado para los roles que exigían autenticidad latina. Ma era un hombre entre categorías. Y en Hollywood estar entre categorías es casi tan peligroso como no tener talento.

En esos años de espera, Guy Williams desarrolló una disciplina interior que muchos de sus contemporáneos no tenían. No se quejaba, no perdía el tiempo en la amargura, leía mucho, se mantenía en forma, seguía apareciendo en las audiciones con la misma presencia que había tenido el primer día. Había algo casi estoico en su manera de enfrentar el tiempo en Hollywood, ese tiempo muerto y ansioso que destruye a actores mucho más frágiles que él.

Janis lo sostuvo en ese periodo con la fortaleza práctica de una mujer que entiende que los sueños de su marido son también los de ella. La casa en Hollywood Hills funcionaba, los niños crecían, la vida doméstica era estable, incluso cuando la vida profesional era un laberinto de promesas y esperas. Vivía en tierra de nadie. Demasiado americano para los europeos, demasiado mediterráneo para los Yankees.

Un hombre que había aprendido a habitar esa ambigüedad con elegancia, pero que en el fondo esperaba encontrar un lugar donde esa ambigüedad dejara de ser una desventaja y se convirtiera en exactamente lo que se necesitaba. Ese lugar existía, estaba a miles de kilómetros y todavía no lo sabía. Pero entonces, en los pasillos de los estudios de Burbank, alguien mencionó su nombre en la sala de reuniones equivocada o en la correcta, dependiendo de cómo se mire.

1956, Walt Disney tiene un problema. La cadena AC le ha pedido una nueva serie de televisión. Disney, que ya había demostrado con The Mickey Mouse Club que la televisión podía ser una máquina de hacer dinero y fans simultáneamente. Quiere algo grande, algo que tenga acción, aventura, romance, un héroe físico que las familias puedan ver juntas el viernes por la noche.

Alguien que sea al mismo tiempo elegante y peligroso, culto y capaz de partirle la cara a un villano sin despeinarse. El personaje ya existe. Viene del pulp fiction de los años 20. Don Diego de la Vega, un aristócrata californiano que de día finge ser un cobarde inútil y de noche se convierte en el zorro, el enmascarado que defiende a los pobres de la tiranía con una espada y una firma en forma de Z.

El problema de Disney no es el personaje. El problema es encontrar al actor que lo encarne. Porque el zorro no puede ser cualquier cosa. Tiene que tener físico para las escenas de esgrima. Tiene que tener presencia para las escenas de galanteo. Tiene que ser convincente como aristócrata español en California y al mismo tiempo creíble como luchador callejero con capa.

Es en resumen, uno de los roles más difíciles de castear en la historia de la televisión americana de su época. desfilaron actores, muchos, algunos demasiado pequeños para la capa, otros demasiado grandes para la máscara, otros con la cara correcta, pero sin la agilidad, otros ágiles, pero sin el carisma que necesitaba don Diego.

Y entonces entró Guy Williams. Hay versiones distintas sobre cómo fue exactamente ese primer encuentro con Walt Disney. Da, pero todas coinciden en un punto. Cuando Disney lo vio, algo se cerró en su cabeza con un clic definitivo. Este era el hombre, la altura, el porte, los ojos oscuros con ese destello de inteligencia, la manera en que llenaba el espacio de una habitación sin hacer nada en particular.

Walt Disney, hombre de intuiciones violentas y certezas absolutas, tomó su decisión en minutos, pero Disney también era un hombre de negocios y no le iba a dar el papel de su nueva producción estelar a alguien que no pudiera respaldar con el cuerpo lo que prometía con la cara. La condición fue clara. Antes de que el contrato se firmara, Guy Williams tenía que entrenarse.

Esgrima profesional, equitación de acción. Y por alguna razón que dice mucho sobre la visión de Disney para el personaje, clases de guitarra. A, don Diego de la Vega tenía que ser un caballero completo, un hombre que peleaba como guerrero y tocaba como artista. La dualidad no podía ser un truco de edición, tenía que estar en el cuerpo del actor. Williams aceptó sin dudarlo.

El maestro de esgrima que Disney contrató para entrenarlo no era cualquier persona. Era Fred Cavens, un belga que llevaba décadas siendo el arquitecto secreto de los grandes duelos del cine de Hollywood. Cavens había entrenado a Douglas Fairbanks, a Erol FN, a Tyron Power. Si había una escuela para pelear con espada frente a una cámara de manera que se vea real, elegante y cinematográfica al mismo tiempo.

Esa escuela la había fundado Fred Cavens. La metodología de Caven era específica y exigente. No enseñaba esgrima deportiva, no enseñaba esgrima histórica, enseñaba esgrima cinematográfica, que es una disciplina completamente distinta. Cada movimiento tiene que verse bien desde el ángulo de la cámara. tiene que ser legible para el espectador, tiene que tener un ritmo que la edición pueda usar y al mismo tiempo tiene que ser lo suficientemente real para que los actores no se lastimen gravemente y para que el público no lo detecte como falso. Guys resultó ser un

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