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GARRINCHA: Lo Que Nunca Contó A Nadie

Garrincha  no decía nada. Agarraba la pelota y los dejaba en el piso,  uno por uno, con esas piernas que supuestamente no servían. A los 12 años, Garrincha ya no jugaba con niños, jugaba con los hombres de la fábrica. Tipos de 30, 40 años, curtidos, violentos, le pegaban, le hacían faltas duras. Le gritaban.

Garrincha sonreía, les hacía un caño  y seguía. “Ese niño no siente dolor”, decía uno de los sotabajadores. O no le  importa. Las dos cosas eran verdad. Hay una historia que Garrincha contó  solo una vez. En 1979, 3 años antes de morir, una entrevista para una revista que casi nadie leyó. Le preguntaron, “¿Cuándo supiste que eras bueno?” “Nunca  supe que era bueno”, dijo. Yo solo jugaba.

Los otros decían que era bueno. “¿Nunca te diste cuenta?” Me di cuenta cuando dejé de ser mané y me convertí en garrincha. Ese día entendí que ya no era yo. ¿Y cuándo fue  eso? 1953, el día que firmé con botafogo. Silencio. ¿Te arrepentiste? Todos los días desde entonces. Guardá esa respuesta.

La vas a entender después. 1953.  Garrincha tenía 19 años. Trabajaba en la fábrica. De noche jugaba en el equipo del pueblo. Un día llegó un ojeador de Botafogo, uno  de los grandes de río. Venía buscando a otro jugador. Vio a Garrincha. “Quiero que vengas a probar”, le dijo. Garrincha no  quería. Estaba bien en Pau Grande.

Tenía su trabajo, su familia, sus amigos, su novia,  Nair. Su padre lo convenció. “Andá, probá. Si no funciona, volvés. Garrincha fue a Río de Janeiro, primera vez que salía de Pau Grande. La prueba fue un desastre. Los entrenadores de Botafogo lo vieron llegar. Las piernas torcidas, la forma extraña de caminar.

“Esto es una broma, dijo uno. Le dieron una pelota. Hace algo.” Garrincha agarró la pelota, dejó a tres jugadores en el piso en 10 segundos. Pateó al ángulo. ¡Gol! Silencio. El entrenador principal se acercó. ¿Cómo te llamas? Manuel. No,  tu apodo. Garrincha, quédate. Mañana firmas contrato. Pero hay algo que nadie cuenta de ese día.

Cuando Garrincha volvió a Pao  Grande a buscar sus cosas, fue a ver a Nair, su novia de la adolescencia, la única  mujer que lo conocía antes de ser garrincha. Me voy al río”, le dijo. “Volvés.” No sé.  Nair no dijo nada, lo miró y lloró. “¿Por qué lloras?”, preguntó Garrincha. “Porque ya no sos el mismo. No cambié nada.

Todavía no, pero vas a cambiar. Y cuando vuelvas, si volvés, ya no me vas a conocer, ni a vos mismo.” Garrincha no entendió.  Tenía 19 años. ¿Cómo iba a entender? Nair tenía razón. Nunca volvió a ser el mismo. Botafogo, 1953  a 1965. 12 años donde Garrincha se convirtió en el mejor del mundo. No el más famoso.

Ese era  Pelé. No el más efectivo. Ese también era Pelé, pero el mejor. El que hacía cosas que nadie más podía hacer. Garrincha jugaba por derecha, siempre por derecha. agarraba la pelota, esperaba que el defensor se acercara y entonces  pasaba una vez, dos veces, tres veces. Por el mismo lado, el defensor sabía que iba a pasar por derecha.

Todo el  estadio sabía y no importaba, no lo podían parar. Era humillante, confesó un defensor después. Sabías lo que iba a hacer y no podías hacer nada. Pelé era científico, Garrincha era artista, Pelé pensaba, Garrincha sentía.  Pelé entrenaba. Garrincha improvisaba. Y durante 5 años, Garrincha fue feliz porque todavía era Manée jugando en  el descampado, solo que ahora había 50,000 personas mirando.

Pero en 1958  algo cambió. Brasil clasificó al Mundial de Suecia. El primero que Brasil ganó, Pelé tenía 17 años,  Garrincha 24. Y lo que pasó en ese mundial  no fue solo fútbol, fue el día donde Brasil le quitó la vida a Garrincha sin que él se diera cuenta. El día que dejó de ser humano, Suecia, junio de 1958,  Brasil nunca había ganado un mundial, tres finales perdidas.

El complejo de ser el país del fútbol que no  podía ganar. La presión era brutal. Si no ganamos, no vuelvan, decían en Brasil. El técnico Vicente Feola tenía un problema. Demasiados jugadores buenos. A quién ponía. Los primeros partidos Garrincha  estaba en el banco. Pelé también. Brasil ganó, pero sin brillo,  sin magia.

Para el tercer partido contra la Unión Soviética,  Feola decidió arriesgarse. Puso a Pelé de titular y a Garrincha. Lo que pasó en los primeros 20 minutos de ese partido cambió la historia del fútbol. Garrincha agarró la pelota por derecha, encaró al defensor soviético. Lo pasó una vez,  dos veces, tres veces. El defensor se cayó.

El estadio estalló. Centro al área. Pelé cabecea.  ¡Gol! Siguiente jugada. Garrincha otra vez. Gambeta. Otro defensor en el piso. Centro. ¡Gol! Brasil ganó 3 a0. Garrincha y Pelé habían llegado. Pero hay algo que pasó en ese  partido que nadie cuenta. En el minuto 15, Garrincha hizo un caño a un defensor.

El tipo se enojó, lo pateó. Falta dura. garrincha en  el piso. El árbitro no vio nada. El defensor se paró sobre él. Hacé eso otra vez y te rompo. Garrincha se levantó, sonró y en la siguiente jugada le hizo otro caño al mismo tipo. El estadio enloqueció. Los compañeros festejaron, los periodistas escribieron, “Garrincha no tiene miedo.

” Pero había algo más profundo, algo que Garrincha confesó después  en esa entrevista de 1979. No lo hice porque no tenía miedo, lo hice porque no me importaba. ¿Qué no te importaba? Si me rompía, si me lastimaba, si me mataban, no me importaba, porque cuando jugaba no estaba ahí. ¿Dónde estabas? En Pau Grande, con los pibes  donde nadie me pedía nada.

Esta es la segunda revelación que te prometí al principio, el día exacto donde Garrincha dejó de ser humano para Brasil. Brasil ganó ese mundial. Pelé fue la estrella, Garrincha fue la magia. Cuando volvieron a Brasil, el Seers país se enloqueció. Desfile en río, un millón de personas en las calles, gritos, llantos, banderas. Pelé tenía 17 años.

Entendía que era grande, pero también entendía que tenía que cuidarse, que tenía que durar. Garrincha tenía 24 y no entendía nada. Lo paraban en la calle. Querían fotos, querían autógrafos, querían tocarlo. “Sos un dios”, le decían. Garrincha sonreía, firmaba, pero por dentro algo se rompió. “Ese día dejé de ser Mané”, confesó.

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