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Frida Kahlo nunca fue surrealista. La mentira que el mundo repite hace 70 años

Frida tenía 3 años cuando todo eso ocurrió y aunque era demasiado pequeña para entenderlo,  lo vivió en el ambiente tenso de una casa donde el dinero empezó a escasear y donde su madre se convirtió en una administradora férrea y despiadada de lo poco  que había. La revolución no fue un acontecimiento lejano para la familia Calo. Las balas llegaron al barrio.

Los zapatistas y los carrancistas se enfrentaron a metros de  la casa azul. Y fue la propia madre de Frida, quien según recuerda la pintora en sus diarios, abrió las ventanas de la calle Allende para dar entrada a  los heridos zapatistas. Los curaba en la sala de estar y les daba gorditas de maíz, que era lo único que se podía conseguir de comer en Coyoacán  durante aquellos días.

Frida, que tenía entre 3 y 10 años mientras todo  esto ocurría, creció viendo la revolución desde la ventana de su casa y esa  imagen de heridos cruzando el umbral de su hogar y de su madre curándolos en silencio, se quedó grabada en ella con una profundidad  que sus cuadros reflejarían décadas después.

Hay un detalle sobre la relación de Frida con  su propio nacimiento, que dice mucho sobre quién fue siempre. Durante años,  Frida mintió sobre su fecha de nacimiento. No nació en 1910, nació en 1907. Pero ella insistía en decir que había nacido en 1910, el año del inicio de la Revolución Mexicana.

“Nací con la revolución”, decía. Y cuando alguien le señalaba que los documentos oficiales decían lo contrario, Frida los miraba con esa mezcla de desafío  y diversión que era su sello y respondía que los documentos  se equivocaban. Quería ser hija de la revolución. Quería que su vida empezara con el México  nuevo, no con el México de Porfirio Díaz.

Y esa necesidad de reescribir su propio origen dice más sobre su carácter que cualquier biografía oficial. Ahí, entre libros y debates y un México  que empezaba a cambiar tras la revolución, Frida Calo comenzó a construirse. Era inteligente, irreverente  y completamente incapaz de pasar desapercibida. Se unió a un grupo de jóvenes intelectuales que se hacían llamar Los Cachuchas,  una pandilla de estudiantes brillantes y rebeldes que leían a Marx.

Discutían  de arte y desafiaban a sus profesores con una naturalidad que escandalizaba. Frida era la única mujer que se sentaba en esa mesa como igual,  en el sentido más completo de la palabra, no tolerada, no admirada desde la distancia por ser la rareza del grupo, sino sentada  en la misma mesa, con la misma voz, defendiendo sus ideas con la misma intensidad y recibiendo el mismo respeto intelectual que  cualquiera de los hombres que la rodeaban.

En un México donde las mujeres que pensaban en voz alta eran consideradas una inconveniencia social, eso no era un detalle menor, era una declaración. Pero la preparatoria no era solo un lugar de libros y debates, era el epicentro del Renacimiento cultural de México tras la revolución. El gobierno de Álvaro Obregón había encargado a los grandes muralistas, Rivera, Orosco, Siqueiros, decorar los edificios públicos con pinturas  que contaran la historia de México a un pueblo mayoritariamente analfabeto. Y el

anfiteatro de la preparatoria era uno de los escenarios principales de ese proyecto. Diego Rivera llevaba meses pintando allí la creación cuando Frida llegó a estudiar en 1922. Ella tenía 15 años.  Él tenía 36. Y Frida, que entonces todavía firmaba sus cuadernos  como Frieda Cone, que todavía no era la mujer de las flores en el pelo  y las cejas juntas, lo observaba desde las gradas con esa atención  total que le era característica.

Lo que muy poca gente sabe es que la relación entre Frida y Diego en esa época no era de  admiración silenciosa, era de provocación directa. Frida le robaba la comida del almuerzo mientras él pintaba,  le gritaba cosas desde abajo, le hacía burlas delante de sus ayudantes y Diego, que estaba acostumbrado a que todos lo reverenciaran, no sabía muy bien cómo manejar a aquella adolescente sin filtros, que parecía completamente inmune a su fama.

La directora de la escuela tuvo que llamar a Frida al despacho más de una vez por sus travesuras con el muralista y Frida salía del despacho con la misma sonrisa con que había entrado. Ese espíritu, esa incapacidad física para comportarse como se esperaba de ella, esa forma de ocupar el espacio que le correspondía y también el que no le correspondía.

Era algo  que Frida llevaba dentro desde la infancia, desde los 9 meses postrada con la polio, desde los años con la pierna más corta y los niños llamándola pata de palo. Desde el día en que su padre decidió  que esa niña no iba a quedarse en casa abordando, sino que iba a boxear y a nadar y a  debatir con los mejores estudiantes del país.

Hay una frase que Frida dijo de su padre en una entrevista y que resume mejor que ninguna biografía lo que Guillermo Calo  fue para ella. Era el ser más interesante que he conocido en mi vida y el más valiente. No dijo el más  bueno, no dijo el más cariñoso, dijo el más interesante y el más  valiente. Y eso viniendo de Frida Calo es el mayor elogio que alguien podía recibir.

Y en esos pasillos de la preparatoria, con 16  años y el pelo cortado como hombre y una sonrisa que no pedía permiso.  Frida Calo vio por primera vez a Diego Rivera, un hombre enorme, ya  famoso, que pintaba murales en las paredes del edificio. Ella lo observó durante  semanas.

Le dijo a sus amigas con esa mezcla de broma y certeza que la caracterizaba que algún día tendría un hijo de ese hombre. Nadie la tomó en serio. Sus amigas rieron. Diego Rivera ni siquiera sabía que existía y el mundo seguía girando ajeno a que aquella adolescente de mirada intensa  y pierna coja que lo observaba todo desde los pasillos de la preparatoria, estaba a punto de convertirse en la mujer más influyente que México haya dado al mundo.

Así funciona  la historia casi siempre. Los que cambian todo empiezan siendo invisibles para quienes los rodean. El mundo estaba a punto de demostrar que Frida Calo nunca debió ser subestimada. Pero antes de  que eso ocurriera, la vida tenía preparado para ella el golpe más brutal que un cuerpo humano puede recibir y sobrevivir.

¿Crees que Frida Calo habría llegado a ser quién fue si su vida hubiera sido fácil? ¿O fue precisamente el dolor lo que la construyó?  El accidente que la convirtió en artista. El 17 de septiembre de 1925 era un día normal en Ciudad de México. Frida Calo tenía 18 años. Estudiaba en la Escuela Nacional Preparatoria y ese día regresaba a casa en autobús  junto a Alejandro Gómez Arias, su novio de entonces.

Era un autobús de madera de esos que recorrían las calles de la capital con demasiados pasajeros y poca precaución. Frida y Alejandro encontraron sitio y se sentaron juntos. Él le rodeó los hombros con el brazo.  Ella apoyó la cabeza. Eran jóvenes, eran felices y el mundo todavía no les había enseñado todo lo que era capaz de hacer.

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