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FIDEL CASTRO gastaba MILLONES en helados mientras Cuba pasaba hambre

Y muchas veces llegas al frente de la cola después de esperar toda la mañana y ya no hay. Se acabó. Solo quedan los sabores que nadie quiere. vuelve mañana y empieza de nuevo. Mientras tanto, Fidel Castro tiene su propia fábrica de helados con 24 sabores disponibles, las 24 horas del día. Gabriel García Márquez, el Premio Nobel colombiano, que fue amigo cercano de Fidel durante más de tres décadas, documentó esta obsesión en varias entrevistas y escritos a lo largo de su vida.

García Márquez visitaba Cuba con frecuencia y era uno de los pocos extranjeros que tenía acceso al círculo íntimo del poder. En una ocasión que el escritor relató múltiples veces, durante una cena en el palacio de la revolución que se extendió hasta las 3 de la madrugada, Fidel se comió 18 bolas de helado de un solo sabor. 18. García Márquez quedó tan impresionado, tan perturbado, podríamos decir, que lo mencionó en múltiples ocasiones como ejemplo de la personalidad obsesiva y compulsiva del líder cubano, un hombre que cuando quería algo lo quería sin

límites. Pero aquí viene lo que no te dijeron. La obsesión de Fidel con los helados no era solo un capricho personal, una debilidad privada de un hombre poderoso. Era una política de estado, una inversión masiva de recursos públicos en satisfacer el antojo del comandante. En 1981, Cuba importó una planta completa de producción de helados de Suecia, maquinaria de última generación.

Técnicos escandinavos que vinieron a instalarla y capacitar al personal. El costo exacto nunca se hizo público en los informes del gobierno, pero fuentes del exilio cubano con acceso a documentos internos estiman que la inversión superó los 20 millones de dólares de la época. 20 millones de dólares para fabricar helado en un país donde la gente hacía fila durante horas para comprar un pan. Y eso no es todo.

Fidel estaba convencido de que Cuba podía producir más sabores de helado que cualquier otro país del mundo. Era una competencia personal contra el capitalismo, una forma de demostrar la superioridad del socialismo tropical. Quería romper el récord mundial. No el récord de alfabetización, aunque de ese también presumía.

No el récord de viviendas construidas para los pobres. No el récord de hospitales por habitante, el récord de sabores de helado. Esa era su prioridad. Fíjate bien en esto porque es clave para entender la mentalidad del régimen. En 1983, la revista Bohemia, el principal medio de propaganda del gobierno revolucionario, publicó un artículo celebrando con bombos y platillos que Cuba había desarrollado más de 60 sabores de helado diferentes.

60 sabores distintos en un país donde conseguir un huevo para el desayuno era una odisea burocrática. El artículo incluía fotos de las modernas instalaciones, entrevistas con los técnicos orgullosos de su trabajo, estadísticas de producción que sonaban impresionantes. Lo que no mencionaba, lo que cuidadosamente omitía, era que la mayoría de esos sabores solo estaban disponibles para la élite del Partido Comunista y para las tiendas de diplomáticos donde el pueblo no podía entrar.

La heladería Copelia, ese monumento al socialismo tropical que aparece en todas las postales de la Habana, se convirtió en el símbolo perfecto de las contradicciones de la revolución. Desde afuera, desde la perspectiva de un turista con cámara fotográfica, era impresionante. Un edificio modernista que parecía una nave espacial aterrizada en medio de un parque.

Diseño de vanguardia, capacidad para 1000 clientes sentados en sus diferentes salones y terrazas. Las colas daban la vuelta a la manzana y se extendían por el parque. Los turistas sacaban fotos pensando que capturaban la alegría del pueblo cubano. Los funcionarios del gobierno presumían las estadísticas de cuántos millones de helados se servían al año.

Pero lo que no mostraban las fotos, lo que no aparecía en los reportajes de los periodistas amigos, era lo que pasaba adentro. Había dos tipos de filas en Copelia. Esto es un hecho documentado por cientos de testimonios. Una fila para los cubanos que pagaban en pesos cubanos. La moneda sin valor real del pueblo.

Otra fila para los turistas y funcionarios que pagaban en dólares americanos. La moneda prohibida, que sin embargo, todo el mundo quería. Los que pagaban en dólares entraban directo, sin esperar, a los salones con aire acondicionado. Los que pagaban en pesos esperaban horas bajo el sol abrasador, apretados en filas que avanzaban con desesperante lentitud.

Y cuando finalmente cruzaban la puerta después de cuatro o cinco horas de espera, muchas veces solo quedaban dos o tres sabores disponibles. El chocolate importado era para los de dólares, la vainilla de verdad era para los extranjeros, la mantequilla aguada con saborizante artificial era para el pueblo. Detente un segundo a pensar en lo que esto significa en términos de ideología.

El gobierno revolucionario que prometió acabar con las diferencias de clase, que fusiló a burgues acusándolos de explotar al pueblo, que nacionalizó hasta la última bodega del país en nombre de la igualdad, creó un sistema donde el helado se convirtió en marcador de estatus social. Si tenías dólares, comías helado de verdad con ingredientes importados.

Si eras un cubano común que cobraba su salario en pesos, comías lo que sobraba y dabas gracias. Y mientras tanto, mientras el pueblo esperaba su ración de helado aguado, Fidel seguía obsesionado con su proyecto personal. Quédate conmigo, porque aquí viene una de las partes más absurdas de toda esta historia.

En los años 90, durante el llamado periodo especial, la obsesión de Fidel con los productos lácteos alcanzó niveles que rozan lo psiquiátrico. Cuba estaba en crisis total. Era el peor momento económico en la historia de la revolución. La Unión Soviética había colapsado en 1991 y con ella desaparecieron los subsidios que durante 30 años habían mantenido a flote la economía artificial de la isla.

De la noche a la mañana, Cuba perdió el 80% de su comercio exterior. No había petróleo, no había repuestos para las máquinas, no había fertilizantes para los campos, no había nada. La gente comía cáscaras de plátano hervidas para llenar el estómago, cazaban gatos callejeros y los guisaban con lo que encontraban.

Mataban los caballos de los coches de turistas para tener carne. Las familias inventaron el picadillo de cáscara de toronja. que se preparaba moliendo la parte blanca de la cáscara y mezclándola con lo que hubiera disponible para simular carne molida. El transporte público desapareció porque no había combustible para los autobuses y la gente caminaba kilómetros bajo el sol para ir a trabajar en empleos que ya casi no pagaban nada.

Pero lo peor aún no había ocurrido. En medio de esa crisis, con cubanos literalmente muriendo de desnutrición y enfermedades relacionadas con el hambre, Fidel Castro lanzó uno de sus proyectos más delirantes. La vaca enana. Sí, escuchaste bien. La vaca enana. La idea que Fidel presentó con toda seriedad ante sus científicos y funcionarios era crear una raza de vacas miniatura que pudieran vivir en los patios y jardines de las casas cubanas.

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