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ESTEBAN LOAIZA: CONFESÓ La ASQUEROSA Razón Por La Que AYUDÓ Al NARCOTRÁFICO

Esa pelota la guardó la madre María del Carmen dentro de una caja de zapatos azul en el closet principal de la Casa de la Libertad durante 32 años. Y esa misma caja de zapatos azul, hoy en mayo de 2026, sigue guardada en una bodega de almacenaje pagada mensualmente por el propio Esteban Loaisa desde una pensión de empleado mexicano  que gana 00 mensuales en un puesto que no quiere que se publique.

La pelota tiene escrito con tinta negra destñida en la letra apretada de Gilberto Mota,  una sola frase de seis palabras. Este niño va a las mayores. Esa pelota la vamos a abrir más adelante. Esteban Loaisa firmó su primer contrato profesional con los piratas de Pittsburg a los 17 años. En agosto de 1989, un bono de $12,000, una camiseta nueva, un boleto de avión a Bradenton, Florida, donde estaban las instalaciones de ligas menores del equipo.

Esteban llegó a Bradenton con una maleta de cartón amarrada con un cordón. Hablaba inglés mejor que la mayoría de los mexicanos que llegaban a las ligas menores. Tiraba una recta de 92 millas por hora con una facilidad que asustaba a los entrenadores americanos. Tardó 5 años en debutar en las Grandes Ligas.

5 años de autobuses de larga distancia entre Bradenton, Carolina y los pueblos chicos del medio oeste donde estaban los equipos  filiales. Durmiendo en moteles baratos, comiendo en cadenas de comida rápida. llamando a su madre María del Carmen, cada domingo después de misa por un teléfono público de la calle, ahorrando centavo a centavo el dinero del bono inicial, sin gastar en nada que no fuera comida y guantes de repuesto, hasta que llegó el 21 de abril de 1995, 5:42 minutos de la tarde.

Three Rivers Stadium de Pittsburg.  Esteban Loaisa subió al montículo de Grandes Ligas por primera vez en su vida, vistiendo la camiseta amarilla y negra de los piratas  frente a 38,000 aficionados americanos que nunca habían escuchado su nombre. lanzó seis entradas, recibió dos carreras, ganó su primer juego en el mejor béisbol del planeta y al final del partido, cuando los reporteros le pusieron una grabadora enfrente, Esteban dijo en inglés con un acento de Tijuana que  apenas había suavizado en 5 años de Estados

Unidos. Una sola frase de ocho palabras. This is just the beginning. I want more. Aquí entra ahora el segundo caramelo. Porque esa grabadora donde Esteban Loaisa dijo esa frase, la grabadora del reportero del Pittsburg Post Gasset, que cubrió el partido esa noche sigue existiendo.

La cinta original almacenada en el archivo del periódico durante 24 años fue digitalizada en 2019 por un becario universitario que estaba inventariando el archivo histórico del  medio. La cinta digitalizada apareció en un podcast deportivo independiente  de Pittsburg en marzo de 2022 dentro de una serie sobre lanzadores latinos del Pittsburg de los años 90  y la voz de Esteban Loaisa esa noche registrada al detalle, escuchada hoy con el contexto de lo  que pasó 18 años después y él a la sangre porque dice exactamente lo  que dijo,

pero no dice lo que estaba pensando. Lo que Esteban Loaisa estaba pensando esa noche del 21 de abril de 1995, según le confesó muchos años después a un amigo de la infancia de Tijuana en una conversación privada que ese amigo nunca llegó a hacer pública, pero sí compartió parcialmente con un periodista mexicano en 2022, lo que estaba ocupando la cabeza de Esteban arriba de ese montículo  de Pittsburg era una cosa muy distinta a la confianza que mostró frente al micrófono.

pensaba en su padre en el taller mecánico de la avenida Revolución de Tijuana y en una promesa que le había hecho a María del Carmen un domingo de julio de 1983  después de misa, cuando él tenía 11 años recién cumplidos. La promesa fue que iba a sacar a su madre de Tijuana, que iba a comprarle una casa en San Diego, que iba a llevarla a vivir del otro lado de la garita sin tener que cruzarla nunca  más a las 5:30 de la mañana.

Esteban Loaisa cumplió esa promesa en 1998. 3 años después de su debut  en Pittsburg, ya con un sueldo de $620,000 anuales firmado con los Rangers de Texas, Esteban compró una casa de dos pisos en la colonia Bonita de San Diego, California, por $48,000 de aquella época. Llevó a su madre María del Carmen y a su padre Esteban a vivir ahí.

Les puso los muebles, les compró un coche nuevo,  les pagó un seguro médico privado de Estados Unidos, pero algo cambió en Esteban Loa ese mismo año de 1998. Y ese cambio que entonces nadie notó, que durante 20 años permaneció oculto a los ojos de la prensa deportiva. Es la primera puerta que se abre hacia todo lo que iba a venir después.

Aquí es donde aparece el primer aviso del descenso.  Aquí entra una persona en la vida de Esteban Loaisa, cuyo nombre nunca apareció en los  expedientes oficiales, cuya cara nunca salió en las fotografías de los reportajes, cuya existencia solamente conocía un círculo muy pequeño de personas  dentro del entorno del Pitcher.

una persona que lo iba a acompañar durante los siguientes 20 años de su vida en silencio absoluto, sin que la prensa lo nombrara una sola vez,  hasta el día exacto en que Esteban Loaisa fue arrestado en febrero de 2018. Esa persona se llamaba, según el propio Esteban, le confesó al amigo de la infancia en aquella conversación privada de Tijuana,  Roberto Mendoza Salazar.

Un hombre de Tijuana, dos años mayor que Esteban, conocido en los círculos cerrados de la frontera con un apodo que jamás iba a aparecer en ningún periódico americano  ni mexicano. Un hombre que en 1998 era empleado intermedio de una agencia de transporte  de mercancía entre Tijuana y San Diego, registrada como empresa legal, pero ya entonces utilizada por intereses cuya naturaleza Esteban Loaisa.

A sus años  tampoco entendía del todo. Roberto Mendoza apareció en la vida de Esteban una noche de mayo de 1998 en un restaurante de Coronado, California.  Esteban cenando con su esposa de aquella época, una mexicana de Tijuana llamada Cristina Ochoa, con la que se había casado en 1997. Roberto Mendoza llegó a la mesa sin invitación.

se presentó como amigo lejano  del padre de Esteban. Dijo que tenía un mensaje de Tijuana y se sentó durante  47 minutos a conversar con la pareja. Esa conversación, según el amigo de la infancia, terminó con Esteban firmando una servilleta de papel donde Mendoza le pidió que apuntara su número de teléfono privado.

Esteban firmó la servilleta, le entregó el papel a Mendoza y a partir de esa noche, durante los siguientes 19 años seguidos, Roberto Mendoza Salazar fue acompañando a Esteban Loaisa desde la distancia. Llamadas ocasionales, visitas raras a los estadios cuando Esteban jugaba en Texas, regalos pequeños pero específicos en Navidad y una sola petición concreta en mayo de 2003 que cambió la trayectoria moral de Esteban Loaisa sin que él entonces se diera cuenta del peso real de lo que aceptaba.

La petición fue que Esteban prestara su nombre, su pasaporte mexicano y su firma. durante una sola operación de importación legal de tres camiones de electrodomésticos desde Tijuana hacia San Diego. Una operación que, según le explicó Mendoza por teléfono esa tarde, le iba a generar a Esteban una comisión limpia de $50,000 en efectivo, sin riesgo, sin papeleo público, solo prestar la firma para que la operación pasara la aduana sin levantar sospechas, dado que un hombre famoso del béisbol mexicano facilitaba el trámite.

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