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El Rey que nunca coronaron — Ovidio Granados

El rey que nunca coronaron,  Ovidio Granados. Un hombre sin corona fue el rey más grande que el vallenato jamás produjo. Eso no es una opinión.  Es lo que la historia demuestra cuando uno se toma el tiempo de mirarla bien. Y hoy vamos a mirarla bien. Su nombre era Ovidio Enrique Granados Melo.

El mundo del vallenato lo conocía como el viejo villo. Y hay algo en su historia que incomoda, algo que  fascina, algo que no encaja con la forma en que normalmente se cuenta la historia del vallenato. Porque Ovidio Granados participó tres veces en el festival de la leyenda Vallenata. Tres veces.

 y las tres veces terminó en el mismo lugar. Segundo, siempre segundo. El festival nunca lo coronó, pero lo que nadie  cuenta es lo que ocurrió después, lo que Ovidio construyó fuera del palco, lo que la fábrica de acordeones más importante de Alemania viajó hasta Valleupar para ver con sus propios ojos.

 Lo que Diomedes Díaz, el hombre más grande de toda la historia del vallenato,  entendió antes que el propio festival y lo que sus hijos, su hermano y sus nietos convirtieron en el legado más poderoso que cualquier familia haya dejado en la historia del género. Hay una pregunta que este video va a responder. Una pregunta que el título ya plantea.

 ¿Por qué el festival nunca coronó a Ovidio Granados? ¿Fue injusticia? ¿Fue mala suerte? O fue exactamente lo que necesitaba pasar para que él construyera algo más grande que cualquier corona. Quédese porque la respuesta no es la que usted espera. Hoy va a descubrir lo que realmente ocurrió en la noche de 1968. El detalle que casi nadie cuenta, la versión que los libros omiten.

 Va a descubrir la decisión que Ovidio tomó después de la tercera derrota y que los más grandes nombres del vallenato consideran el acto de sabiduría más grande de la historia del género. A entender por qué la fábrica alemana Honor envió a sus técnicos hasta el patio de una casa en Valleupar para aprender de un hombre sin corona y va a descubrir la tragedia silenciosa  que Ovidio cargó décadas dentro de su casa, la que las fotos en la pared de su taller guardaban sin decir nada.

Para entender todo eso, hay que ir al principio, a un corregimiento llamado Mariangola, donde el acordeón no era un instrumento, era la sangre de la familia.  Y si todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora. Presiona el botón de suscripción y activa la campanita. Aquí hay investigación. Cada video que lanzamos vas a ser el primero en saberlo.

 Quédate porque esta historia apenas comienza. Hay lugares donde ciertas habilidades nos enseñan, se heredan, se respiran desde  niño sin que nadie se dé cuenta de que está pasando algo. Mariangola es uno de esos lugares, un corregimiento pequeño, a unos 40 minutos al sur de Valledupar, en el corazón del César. Ovidio lo describía siempre con la misma frase, sin adornos, con esa calma suya que no necesitaba exagerar para decir la verdad.

 el pueblo más bello del mundo, y producía de todo. Y entre todo lo que producía, lo que más producía era acordeoneros. El abuelo de Ovidio se llamaba Juancito Granados. En toda la región lo conocían como el gallo de Camperucho. No era un apodo cualquiera. Era un nombre que se ganaba en las parrandas, en las noches largas donde los acordeoneros medían su talento frente a la gente.

 El padre Juan Francisco Granados Ochoa también tocaba. El tío materno Martiniano Melo también. Era una familia donde el acordeón no era una opción de vida. Era el idioma con que hablaban cuando las palabras no alcanzaban. Pero el padre de Ovidio no quería que su hijo tocara, no por falta de amor, por miedo. Conocía ese mundo.

Sabía lo que le hacía a un hombre que después me iba a hacer flojo, recordaba Ovidio con esa sonrisa tranquila suya. Fue la madre Isabel Melo quien entendió lo que el padre no quería ver. Primero el tío Agustín le regaló un acordeón viejo. Luego ella, en silencio le compró uno.

 Viendo a mi tío, eso se me grababa, decía  Ovidio, y se le grabó tan profundo que nunca más pudo separarse. Nadie le enseñó a tocarlo, nadie le enseñó a repararlo.  Puro oído y vista. El que tiene la vocación no necesita clase. Y aquí hay algo que muy poca gente sabe, algo que cambia la forma de leer todo lo que viene después.

La madre de Ovidio, Isabel Melo, tenía parentesco directo con Alejandro Durán. Alejo Durán,  el mismo hombre con quien Ovidio compartiría la tarima en 1968, el mismo hombre que esa noche se llevaría la primera corona de la historia del vallenato. El destino había escrito ese encuentro mucho antes de que existiera un festival y Ovidio lo  sabía.

 Y aún así fue, porque los hombres con vocación no le huyen al destino, lo miran de frente. Injusticia del destino o ironía  de la historia. Que la madre de Ovidio fuera pariente del hombre que le ganaría la corona más importante. Solo dos opciones. Deja tu respuesta en los comentarios. Queremos leer cada una. 1959. Ovidio tiene 18 años.

 Ya conoce el acordeón mejor que cualquier músico de su generación y tiene algo más, hambre. Junto a Miguel Janet, Wicho Sánchez y Rodolfo Castilla funda Los Playoneros del César. No un proyecto de fin de semana, un conjunto de trabajo, de parranda, de camino, de esos grupos que construyen el vallenato desde adentro, desde las noches largas y los pueblos pequeños donde la música es lo único que queda cuando el sol se va.

 Casi una década en la estrada antes del festival. Parrandas, fiestas,  serenatas a lo largo del Caribe colombiano. Dos álbumes grabados, Alegres Creaciones en el 68, solo por quererte en el 69.  Canciones de compositores como Wicho Sánchez y Edilberto Daa. Un estilo que se consolidaba limpio,  preciso, técnico, con una expresividad que venía de adentro y no necesitaba adornos para llegar.

Esos años formaron algo en Ovidio que ningún festival podía medir, un oído absoluto, una paciencia que no se quebraba bajo presión y una relación con el acordeón que ya iba más allá de lo musical, porque Ovidio ya no solo tocaba el instrumento, ya lo entendía por dentro, ya sabía  qué le pasaba cuando perdía el tono, ya sabía dónde estaba el daño antes de que el daño se notara.

 Lo que nadie sabía entonces es que ese conocimiento iba a ser con los años mucho más importante que cualquier corona. Pero en el 68 lo que había era un festival, el primero de la historia y Ovidio Granados estaba entre los favoritos. Valle Dupar, 27 de abril de 1968. Lo que nadie sabía esa noche es que estaban escribiendo la primera página de la historia más importante de la música folklórica colombiana.

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