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ERIK LIRA: La TRAGEDIA que SOPORTO antes de GANAR la DECIMA

Lo que cambió no fue una decisión táctica, fue una lesión ajena. Un compañero del primer equipo de Pumas cayó lesionado. Andrés Lili ni lo llamo. Lo conocía bien a Lira de las Fuerzas Básicas. lo incluyó como titular en el medio campo al muchacho que habían formado durante años, que había estado en Necaxa, que había pasado  por Tabasco, que llevaba tiempo esperando sin hacer ruido.

La convocatoria llegó y con ella el debut con el primer  equipo universitario ante Atlas en la primera división, en el club donde había soñado jugar desde los 9 años. Hay cosas en el fútbol que no se pueden planear. Las lesiones ajenas que abren puertas, los momentos donde el orden habitual se rompe y de repente hay espacio para alguien que llevaba tiempo esperando que el espacio existiera.

Eric Lira aprovechó ese espacio con una contundencia que deja claro que no fue casualidad que él estuviera ahí. Pasó de ver a Pumas por televisión a debutar en primera división en cuestión de semanas. Esa no es una frase de efecto, es la descripción literal de lo que ocurrió, la frase que lo definió. El Guardianes 2020 fue el torneo más extraño que ha producido el fútbol mexicano.

Sin afición en los estadios, con la pandemia como telón de fondo permanente, con los jugadores viviendo en burbujas y el fútbol funcionando como una declaración de normalidad en un mundo que no era normal en nada. Y en ese torneo, Pumas llegó a las semifinales contra Cruz Azul, la máquina celeste que ese año era el equipo dominante, el favorito de todos los pronosticadores, el equipo que había construido una de sus mejores plantillas en años y Pumas, con jugadores que no eran los más caros ni los más conocidos, que tenían un

entrenador que apostaba por el colectivo sobre el nombre, que tenían en su plantel a un mediocampista joven llamado Eric Lira. La ida fue en el Estadio Azteca, terreno de Cruz Azul en ese torneo y Cruz  Azul ganó 4 a0. Cuatro goles de diferencia, una derrota que en el papel era inapelable, que cualquier análisis frío situaba como el final de la serie, que dejaba a Pumas en una posición en la que estadísticamente casi nadie remonta.

Después del partido, frente a las cámaras, salió a dar la cara a Eric Lira. No salió el entrenador, no salió el capitán más experimentado. Salió él con 20 años con el partido de ida perdido 4 a0 con la lógica del marcador diciendo que la serie estaba cerrada y dijo algo que el fútbol mexicano lleva años citando porque no se olvida fácilmente.

Si ellos nos metieron cuatro goles en su casa, nosotros podemos hacerle cinco en la nuestra. Revertir un marcador de 4-0 a favor del rival. Lo dijo sin ironía. Si la sobreactuación de quien quiere parecer valiente sin creerlo del todo, lo dijo como quien describe una posibilidad real, porque la mente de ese muchacho no procesa los límites como límites, sino como variables. Y Pumas fue a la vuelta.

Y contra todo pronóstico, Pumas ganó 4 a 1 y pasó a la final. Esa frase dicha a los 20 años frente a las cámaras después de perder 4 a0 es el retrato más claro que existe de lo que Eric Lira lleva adentro. Era la voz de mando de un chico de 20 años que siempre fue el capitán de sus fuerzas básicas y se convertiría en un futuro en un caudillo de la Liga MX.

Pumas llegó a la final de ese torneo, perdió contra Club León, pero lo que quedó de esa semifinal no fue el resultado final, fue la frase de Eric Lira y la remontada que le siguió. Y el fútbol mexicano aprendió ese día que había un mediocampista joven en la cantera universitaria que pensaba diferente. El salto a Cruz Azul.

La llegada de Eric Lira a Cruz Azul no fue el movimiento que nadie esperaba, fue el movimiento que algunos esperaban, pero que muchos no querían que ocurriera, porque Eric Lira era Pumas. Había crecido en ese club, había debutado ahí, había protagonizado una de las semifinales más memorables de los últimos años con esa camiseta y de pronto el club lo cedía, lo negociaba, lo dejaba ir hacia la institución celeste.

Para un sector de la afición universitaria, eso se procesó como una pérdida que dolía más allá de lo deportivo. Para Eric Lira, la decisión fue diferente a lo que él mismo esperaba. Dijo que no se veía en otro equipo que no fuera Pumas, pero que entendió que Cruz Azul era una oportunidad única y que no se arrepiente en absoluto de la decisión.

Lo que encontró en Cruz Azul superó lo que esperaba. Llegó con nervios, con el peso de entrar a un vestuario donde había referentes históricos, nombres que cargaban la institución y encontró un grupo que lo recibió de una manera que no anticipaba. Él mismo lo describió con una comparación que parece exagerada hasta que uno entiende el contexto.

Dijo que estar en Cruz Azul es como estar en Disney. Esa frase tiene varias capas. Es la frase de alguien que llega a un lugar donde las condiciones son superiores a las que había conocido, donde el entrenamiento ocurre en instalaciones que permiten un trabajo profesional diferente, donde el vestuario tiene una unidad que no se construye en una temporada, sino en años de proyecto común, donde uno puede concentrarse en jugar porque lo que rodea al juego funciona.

Desde un primer momento, bajo la dirección de Juan Reyoso Io y después en los procesos siguientes, Eric Lira fue ganándose el respeto que en los vestuarios de primer nivel no se regala por el nombre, sino que se construye partido a partido, entrenamiento a entrenamiento, en la manera de competir cuando el partido está difícil y en la manera de liderar cuando el equipo necesita que alguien tome la responsabilidad.

Se ganó ese respeto de la única manera en que se gana en el fútbol, jugando bien cuando más importaba. La prueba del carácter. El fútbol no es solo los momentos que valen un trofeo, es también los momentos que no están en ningún archivo de Hilouts, los que nadie celebra, los que definen lo que un jugador lleva dentro de una manera más honesta que cualquier gol en una final.

Cruz Azul atravesó etapas complicadas que Eric Lira vivió desde adentro. La llegada de Diego Aguirre al banquillo trajo resultados que no correspondían a lo que el proyecto prometía. Y uno de esos resultados fue de los que en el fútbol mexicano se recuerdan por razones que a ningún jugador celeste le gusta recordar. El 7 a0 ante el América.

Una derrota que no duele solo como número, duele como imagen, como relato, como la clase de noche en que todo lo que uno ha construido parece desmoronarse en 90 minutos. Eric Lira estuvo en esa cancha, vivió esa noche y lo que hizo después es exactamente lo que diferencia a un jugador que tiene carácter de uno que tiene talento.

Siguió no con palabras grandilocuentes ni con promesas de revancha que a veces encubren la herida, con trabajo, con la convicción de que los golpes grandes son parte del proceso y que el proceso continúa incluso cuando el marcador dice 7 a0. El mismo lo ha dicho en diferentes momentos con frases que resuenan porque no son las frases del futbolista que aprende a hablar bien para las cámaras.

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