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Emperatriz Masako: La Mujer Que Rechazó 5 Veces a un Príncipe… y Perdió 20 Años de su Vida

durante los siguientes 30 años iba a convertirse en una de las figuras más respetadas de la diplomacia japonesa contemporánea. Embajador del Japón ante las Naciones Unidas en los años 90. presidente del Tribunal Internacional de Justicia de la Aya entre 2009 y 2012. Y lo más importante para la pequeña Masaco, un padre que iba a creer absolutamente en el potencial intelectual de su hija desde el primer día.

Hay un detalle particular de los primeros años de Masaco que pocas biografías japonesas cuentan. Cuando ella tenía solamente 2 años, en 1965, su padre Hisashi Owada aceptó un puesto diplomático en la embajada del Japón en Moscú, Unión Soviética. La familia Ada se mudó a Moscú durante 2 años y la pequeña Masaco, según los testimonios cercanos a la familia, había aprendido a caminar y a decir sus primeras palabras en el contexto multicultural más complejo posible.

Una niña japonesa en una embajada de Tokio durante la Guerra Fría Soviética. Esa experiencia de la primera infancia vivida lejos de Japón en un país que la mayoría de los japoneses consideraban hostil iba a marcar profundamente la psicología de Masaco durante toda su vida adulta. Le enseñó algo que ninguna niña japonesa tradicional aprendía en esa época.

Le enseñó a sentirse cómoda en culturas extranjeras, a no temir la diferencia, a ver el mundo desde los 2 años como un espacio mucho más grande que el archipiélago japonés. A los 5 años, en 1969, la familia Oada se mudó a Nueva York, Estados Unidos. El padre Hisashi había aceptado un nuevo puesto diplomático en la embajada japonesa en Washington y la pequeña Masaco empezó la escuela primaria en una escuela pública estadounidense en Manhattan, donde fue la única niña japonesa de toda su clase durante los siguientes 3 años.

Aprendió inglés perfectamente, aprendió las costumbres americanas y, según contaría décadas después, una de sus compañeras de clase, en una entrevista a una prestigiosa revista estadounidense de Actualidad Internacional publicada en 1993, la pequeña Masaco era considerada por sus profesores estadounidenses como una de las niñas más inteligentes de toda la escuela.

Hay una escena particular de la infancia de Masaco en Nueva York que pocas biografías japonesas cuentan completamente. Durante el año escolar de 1972, cuando Masaco tenía 8 años, su maestra de tercer grado en la escuela pública de Manhattan, organizó una visita escolar oficial a las Naciones Unidas. Los 30 estudiantes de la clase, todos estadounidenses, excepto Masaco, fueron llevados en autobús escolar hasta el edificio de las Naciones Unidas en Manhattan.

Y durante la visita guiada, los estudiantes pudieron observar desde la galería pública una sesión oficial del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La pequeña Mao, según contaría décadas después su madre Yumiko, en una entrevista a uno de los periódicos japoneses de mayor circulación nacional publicada en 2006, regresó esa tarde a su casa de Manhattan con los ojos brillantes.

Le había dicho a su madre en japonés una frase que ningún padre japonés podría imaginar de una niña de 8 años. le había dicho, “Mamá, cuando sea grande, yo quiero ser una de esas personas que se sientan en esas sillas y que hablan por sus países. Yo quiero hablar por Japón en las Naciones Unidas.” Esa ambición profesional infantil formulada por una niña japonesa de 8 años en una sala de Manhattan en 1972 iba a definir todo el resto de su vida adulta.

Una ambición que su padre Hishasi, lejos de descartar como un capricho infantil, decidió alimentar deliberadamente durante los siguientes 10 años. Le compró libros sobre las relaciones internacionales, le pagó cursos de idiomas extranjeros, le enseñó personalmente los protocolos diplomáticos japoneses y según contaría décadas después la propia Masaco, en una de las raras entrevistas que dio antes de su matrimonio, le repitió durante toda su adolescencia una sola frase que iba a quedar grabada en su memoria.

le decía Masaco, “Las niñas más inteligentes de Japón también pueden representar a su país. No dejes que nadie te diga lo contrario.” Una pausa rápida. Cuéntanos desde qué ciudad o país está siguiendo esta historia. Cada comentario ayuda a que llegue a más personas que aman estas historias. Cuando en 1979, a los 15 años Masaco Oada regresó finalmente a Tokio para terminar su educación secundaria en el Japón, era ya una adolescente completamente diferente de cualquier otra adolescente japonesa de su generación. Hablaba perfectamente

inglés, ruso, francés, alemán y obviamente japonés. Había vivido 7 años seguidos en el extranjero. Había estudiado en escuelas públicas estadounidenses, en escuelas alemanas, en colegios privados europeos y, según los testimonios cercanos, había desarrollado una personalidad extraordinariamente cosmopólita que en el Japón conservador de los años 70 era todavía considerada como una excepción ranísima.

Su padre Hisashi, sin embargo, no estaba completamente satisfecho con la educación japonesa tradicional disponible en Tokio en ese momento y después de varios años de discusiones familiares, decidió en 1981 enviar a su hija Masaco de regreso a Estados Unidos para terminar el último año de educación secundaria. La eligió específicamente para asistir al Belmont High School de Massachusetts, considerado uno de los mejores institutos públicos estadounidenses para estudiantes extranjeros sobresalientes.

Masaco pasó el último año de educación secundaria en Belmont, Massachusetts, viviendo en una casa de hospedaje familiar estadounidense. Y en 1982, a los 18 años ocurrió algo que iba a determinar para siempre el resto de su vida adulta. Masaco Oada fue aceptada oficialmente en la Universidad de Harvard para estudiar economía, una de las universidades más prestigiosas del mundo entero.

Una universidad que aceptaba menos del 5% de los candidatos internacionales en 1982. Hay un detalle particular del momento en que Masaco recibió la carta oficial de aceptación de Harvard en 1982, que pocas biografías japonesas cuentan completamente. Según una entrevista publicada décadas después en uno de los diarios japoneses de mayor referencia nacional en la primavera de 2007, su padre Hisashi Owada al recibir la noticia había llamado por teléfono internacional desde Tokio a su hija en Massachusetts y le había dicho una sola frase en japonés,

una frase corta que en la cultura japonesa tradicional tenía un peso simbólico extraordinario. le habría dicho, “Masaco, ahora ya eres mejor que tu padre.” Y eso es lo único que un padre verdadero puede desear para su hija. Esta frase dicha por un diplomático japonés tradicional a su hija mayor, en una llamada telefónica internacional en 1982 captura toda la dinámica intelectual de la familia.

Una familia que, contra todas las normas patriarcales del Japón conservador, había decidido apostar todo su capital social y emocional en la educación intelectual de una hija mujer, sin reservas, sin condiciones, sin esperar que ella se convirtiera eventualmente en una esposa tradicional japonesa. Y Masaco durante los siguientes 4 años iba a cumplir con creces la confianza que su padre había depositado en ella.

Entre 1982 y 1985, Masaco Oada estudió economía en la Universidad de Harvard. Fue una estudiante extraordinaria. recibió la mención magna cumlaude al graduarse. Su tesis universitaria final dedicada a las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Japón durante los años 70 fue considerada por sus profesores estadounidenses como uno de los trabajos académicos más originales presentados por una estudiante internacional ese año.

Y lo más importante para su carrera futura. Durante esos 4 años en Harvard, Masaco desarrolló un círculo internacional de amistades académicas que iba a acompañarla durante el resto de su vida profesional. Hay un detalle particular de los años Harvard de Masaco que pocas biografías japonesas cuentan completamente, según los testimonios cercanos de varios de sus compañeros de clase publicados décadas después en una biografía no autorizada del año 2005, Masaco Ada era considerada durante esos años en Harvard como una mujer extraordinariamente reservada en su vida

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