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Emma Coronel: metió un reloj GPS en la comida…y sacó al Chapo de la prisión más vigilada del mundo

fue el pionero del tráfico de metanfetaminas para la organización, mucho antes de que las metanfetaminas se convirtieran en el negocio que son hoy. Murió en julio del 2010, abatido por el ejército mexicano en un operativo en Zapopan,  Jalisco. Para que te hagas una idea de quién era Nacho Coronel, te lo cuento así.

Cuando el ejército lo mató, encontraron en su casa armas de oro macizo,  ametralladoras chapadas en diamantes y una colección de relojes de lujo valorada en millones de dólares. Ese era el tío de Ema y todavía había más. El hermano mayor de Ema,  Inés Omar Coronel Aispuro, también trabajaba para el cártel.

El hermano menor Edgar  también. Toda la familia, sin excepción vivía del mismo negocio. Los coronel llevaban dos generaciones viviendo del cártel. La sangre de Emma ya valía oro antes de que ella supiera leer. ¿Qué pasa cuando una niña crece en un sitio así? Lo más probable es que nunca lo entienda hasta que ya es demasiado tarde.

Porque para Ema, lo que tú y yo llamamos el narcotráfico, no era una noticia que veía en la televisión. Era el oficio del papá, eran las visitas que llegaban en avionetas al rancho, eran los hombres armados que dormían en la sala cuando había problemas. Era el silencio en la mesa cuando alguien preguntaba demasiado.

Cuando Emma tenía 11 años,  sus padres tomaron una decisión que parece contradictoria, pero que tiene una lógica brutal. La mandaron de vuelta a Estados Unidos a vivir un tiempo con familiares en California. La razón oficial para que aprendiera inglés. La razón verdadera, según le contaron a la periodista Anabel Hernández fuentes cercanas a la familia era  otra.

El padre y la madre querían que su hija tuviera salidas, que pudiera moverse por los dos lados de la  frontera, que tuviera una vida fuera del rancho si las cosas se ponían feas. Es decir, los padres de Emma ya sabían que las cosas se iban a poner feas algún día. Solo era cuestión de tiempo. Emma estuvo unos años en California.

aprendió inglés, vio cómo era una vida normal y después regresó a Durango, a la Angostura,  a las visitas del Primo Nacho, al rancho del padre, a los hombres armados y empezó a crecer. Cuando cumplió 16 años, Emma Coronel ya era una de las jóvenes más comentadas de la región. alta, morena, ojos claros, pelo largo.

Se inscribió en certámenes de belleza locales. Le iba bien. Su nombre empezó a sonar en pueblos donde antes no lo conocía nadie. Pero en esa zona del país, ser una joven hermosa con una familia conectada  al cártel más poderoso de México es un blanco, no siempre del tipo que te gustaría. Y un  día, en una pista de baile, en una fiesta de pueblo, en el año 2006, un hombre cualquiera se acercó  a Emma. Tenía 17 años recién cumplidos.

Estaba bailando con su novio y le dijo cinco palabras que iban a cambiarlo todo. El Señor  quiere bailar contigo. El baile que valió 12,000 millones. Para entender lo que pasó esa noche en la pista de baile, primero tienes que saber dos cosas sobre el hombre que pidió  bailar con ella. A principios del 2006, Joaquín el Chapo Guzmán tenía 49 años.

Llevaba 6 años fugado de la justicia mexicana. 6 años. En enero del 2001 se había escapado del penal de  Puente Grande en Jalisco, escondido en un carrito de lavandería, según la versión oficial, versión que, por cierto, casi nadie en México se cree, pero esa es otra historia.  Lo importante es que desde aquel día el Chapo era el hombre más buscado del  continente.

La DEA tenía una recompensa de 5 millones por su captura.  El gobierno mexicano, otra de 3 millones. Su cara estaba en carteles de Se busca  desde Tijuana hasta Tapachula. Y aún así, el Chapo se movía con tranquilidad por la sierra de Durango y Sinaloa, porque ahí,  en ese territorio mandaba él. El segundo dato es este.

El Chapo  Guzmán ya había estado casado dos veces. Tenía hijos de varias mujeres, se calcula que entre 12 y 13 en total, y se había casado por primera vez a los 20 años. Cuando aquella noche del 2006 entró en una fiesta de pueblo en Canelas,  Durango, no era un soltero buscando pareja.

Era un hombre poderoso que veía a una jovencita en la pista y daba una orden. Esa orden la recibió Emma Coronel mientras bailaba con su novio. El Señor quiere bailar contigo.  Aquí hay que detenerse un segundo y mirar bien la escena. Emma tenía 17 años recién cumplidos. Su novio estaba a su lado y al fondo del  salón, en una mesa rodeada de hombres, estaba sentado un señor bajito al que ella había visto entrar y salir del rancho de su padre desde  que era niña, pero al que nunca había prestado especial atención. Tampoco

entendía bien quién era. En las pocas entrevistas que Emma ha dado a lo largo de su vida, siempre ha repetido la misma versión. Ella creció escuchando el nombre de Joaquín  Guzmán lo era, pero nunca supo realmente lo que significaba ese nombre. Vamos a dejar esa versión apuntada y seguimos. Emma dijo que sí.

Aceptó el baile,  dejó a su novio en la pista y empezó a bailar con el hombre más buscado  del continente. Lo que pasó esa noche y en los meses siguientes está documentado en varios libros y reportajes. El más detallado es el del periodista Julio Sher Proceso número 1609. Cuento solo  los hechos.

El Chapo se obsesionó con Emma desde el primer momento. En las semanas siguientes empezó  a aparecer regularmente por la angostura. Llegaba con caravanas de camionetas. Llegaba  con bandas de tambora completas que tocaban toda la noche para ella. Le regalaba joyas, ropa, perfumes. La cortejaba al estilo de los grandes capos con dinero,  con espectáculo, con la presencia abrumadora de su poder.

Y aquí entra un detalle que casi nadie cuenta bien. Ese mismo año, en 2007, en el pueblo se celebraba el certamen de la reina de la feria  del café y la guayaba. Emma se presentó y ganó. Pero hay quien dice dentro del propio pueblo que aquel certamen no fue del todo limpio, que cuando el Chapo Guzmán pone los ojos en una mujer, las cosas alrededor de esa mujer empiezan a moverse de cierta manera.

La corona en cualquier caso, llegó a manos de Ema  y la noche de la coronación, Joaquín Guzmán Lo era, apareció en el pueblo con tres bandas de música distintas tocando al mismo tiempo para celebrar a la nueva reina. Para que te hagas una idea de lo que es eso. Tres bandas en un pueblo de unas pocas  decenas de casas tocando simultáneamente a 49 años de edad de un hombre para una chica de 17.

Lo de las tres bandas en un pueblo de unas pocas decenas de casas  tocando simultáneamente para una chica de 17 años funcionaba como mensaje. Un mensaje a toda la sierra de que esa muchacha era suya. Y unos meses después llegó la boda. Emma Coronel se casó con Joaquín el Chapo Guzmán el 2 de julio del 2007.

Y aquí está la frase exacta que nos lo dice todo sobre cómo se calculan las cosas en este mundo. La boda se celebró ese día porque era el día en que Emma cumplía 18 años, es decir, el día en que dejaba de ser legalmente menor de edad en México. El cálculo estaba medido al día, a la hora, a la legalidad.

¿Quién asistió a esa boda? Hay testimonios que dicen que estuvieron varios de los grandes líderes del cártel de Sinaloa. Ismael el Mayo Zambada,  según la versión que después el mismo desmentiría a Julio Sherer. El propio padre de Emma, Inés Coronel, en plena  forma como operador del cártel. El tío Nacho Coronel, que aún vivía, faltaban 3 años para que el ejército lo abatiera en Jalisco.

Y, por supuesto, los hijos mayores del Chapo, los que después se conocerían como  los Chapitos, Iván Archivaldo, Jesús Alfredo, Ovidio  y Joaquín. Si miras esa boda con perspectiva, aquel día no fue solo un matrimonio, fue una fusión empresarial.  Dos dinastías del narcotráfico mexicano unían sus apellidos, los Guzmán y los Coronel.

Y la pieza que sellaba la unión era esa muchacha de 18 años recién cumplidos, vestida de blanco en un rancho perdido en la sierra de Durango. Lo del novio con el que Emma estaba bailando cuando le pidieron salir a la pista nunca volvió a saberse. Desapareció  de la historia. Hay distintas versiones sobre lo que le pasó, algunas más oscuras que otras, ninguna confirmada.

Y mejor así, porque en estos casos las versiones confirmadas suelen llegar acompañadas de un funeral. Ema había firmado, sin saberlo del todo, un contrato del que no iba a poder salir y los próximos años parecieron de cuento. Doña Ema. Los primeros años después de la boda fueron sobre el papel Los años dulces.

Ema Coronel se mudó a vivir con el Chapo, no a una sola casa, a varias. Porque cuando eres la esposa del hombre más buscado del continente, tu vida es una rotación constante de propiedades. Ranchos en la sierra de Sinaloa, casas seguras en Culiacán, refugios escondidos  en Durango, cabañas en lo alto de la montaña alimentadas por generadores eléctricos porque ahí no llega ni la luz.

Emma aprendió desde el principio que dormir dos noches seguidas en el mismo sitio era peligroso y aún así vivía como una reina. Vestidos de diseñador comprados por catálogo y enviados a la sierra. Joyas que llegaban en cajas selladas.  Camionetas blindadas. Todo terreno su último modelo, chóeres armados, escoltas, las 24 horas.

El dinero entraba por todas partes y se gastaba sin contarlo. Cuando Emma quería ir de compras, no iba a una tienda. La tienda venía a ella. Cuando quería un médico, no iba a un hospital.  El médico viajaba en avioneta hasta el rancho. Pero a los pocos meses,  Emma descubrió la otra cara del cuento.

En agosto del 2011, en un hospital privado de Lancaster, California, Emma dio a luz a gemelas. Las llamaron María Joaquina y  Emali Guadalupe. Y aquí entra un detalle que el FBI registró cuidadosamente.  Emma cruzó la frontera para parir en Estados Unidos, como hizo su propia madre 22 años antes con ella.

Las dos niñas,  igual que su mamá, fueron ciudadanas estadounidenses desde el primer minuto de vida.  Acuérdate de este dato, también va a ser determinante más adelante. El Chapo no pudo estar en el parto. Era el hombre más buscado del planeta. No podía pisar territorio estadounidense ni con escolta militar.

Pero hubo alguien que sí estuvo. Alguien que cargó a una de las gemelas en brazos y aceptó ser  su padrino. Ese alguien se llamaba Damas o López Núñez. Apodo. El licenciado era el segundo hombre más importante del  cártel de Sinaloa después del propio Chapo. Su mano derecha, el sucesor designado.

Recuerda ese nombre, Damas o López. Vas a oírlo muchas veces más en esta historia y siempre en momentos clave. El gesto del padrinazgo no es menor. En la cultura  del cártel, ser padrino de una hija significa entrar a la familia, significa  una responsabilidad de por vida, significa que si al padre le pasa algo, tú respondes por esa niña, que Damas o López aceptara ese papel decía dos  cosas.

La primera que confiaba ciegamente en el Chapo. La segunda, y esta es la que importa para nuestra historia, que confiaba en Ema.  Porque aquí empieza algo que casi nadie explica bien. La versión oficial dice que durante esos años Emma se dedicó a ser madre,  a cuidar a las gemelas, a acompañar a su marido, a ser otra vez la esposa florero.

Lo que documenta  el libro de Anabel Hernández, Emma y las otras señoras del narco, publicado en  2021, cuenta otra cosa. Hernández llevaba 16 años investigando al cártel de Sinaloa cuando escribió ese libro. Las fuentes que consultó dentro de la propia organización le confirmaron un detalle  que cambia toda la lectura de esos primeros años.

Emma no era una esposa pasiva,  era una esposa que escuchaba en las reuniones del rancho,  en las cenas con los lugtenientes, en las conversaciones que se daban en la sala mientras ella supuestamente entretenía a las niñas. Emma  estaba ahí y Emma absorbía. Aprendía nombres, aprendía rutas, aprendía cuánto  cuesta un cargamento, cuánto se paga a un juez, cómo se mueve el dinero del cártel desde la sierra hasta los bancos de Panamá.

Aprendía quién es leal, quién es sospechoso,  quién está a punto de traicionar. Aprendía sobre todo en quién confiaba el Chapo y en quién no. Y mientras Ema aprendía, el Chapo la observaba. Aquí hay un dato que merece pausarse. Joaquín Guzmán lo era.  Según declararon varios testigos en su juicio del 2018 en Brooklyn, era un hombre con un defecto enorme.

No confiaba en casi nadie.  Su tío y socio histórico, Juan José Esparragosa, el azul, lo había traicionado.  Según los rumores, sus propios hijos tenían ambiciones que él vigilaba con cuidado. Hasta su compadre  Damaso López, el padrino de Emali, iba a terminar enfrentándose a los chapitos  en una guerra interna que dejó cientos de muertos.

Pero había una persona en la que el Chapo confiaba sin reservas,  una sola. Y esa persona era Emma. Cuando lo capturaron por primera vez en febrero del 2014  en un hotel de Mazatlán, donde estaban él, Ema y las gemelas, el FBI registró algo  curioso en los meses siguientes. El Chapo escribía cartas a sus colaboradores desde  la cárcel, cartas de su puño y letra, y en varias de esas cartas repetía la misma instrucción a Damas o López, a  sus hijos, a sus operadores.

Trata todos los asuntos directamente con mi esposa. Ella te dirá lo que hay que hacer. Esa  frase transcrita en los expedientes del distrito de Columbia bajo el caso 1, 21, MJ00240,  vale más que 1000 testimonios. El hombre que dirigía un cártel con presencia  en más de 50 países, que movía toneladas de cocaína, heroína  y metanfetaminas, que tenía una fortuna estimada por Forbes en más  de 1000 millones de dólares, daba una orden clara a su segundo al mando. Todo  pasa por

ella. ¿Por qué Ema y no los chapitos? Porque los  chapitos eran hijos y los hijos compiten por la herencia. Iván Archivaldo quería más poder. Jesús Alfredo quería más territorio. Ovidio quería más libertad. Joaquín,  el más joven, quería su parte. Y todos ellos, en el fondo, sabían que su padre algún día no estaría y se preparaban.

Emma no competía, Emma dependía. Si el Chapo caía, ella caía con él. Si el Chapo se mantenía, ella se mantenía. Su lealtad no era una decisión moral, era una decisión matemática. Y el Chapo, que de matemáticas del poder sabía más que nadie, lo entendía perfectamente.  A los 24 años, Emma Coronel ya no era la chica del baile.

Era el único cable directo entre Joaquín Guzmán Lo era y su organización. La persona a la que sus hijos le decían doña Ema con cierto respeto,  la que asistía a las reuniones más sensibles. La que viajaba a Culiacán a entregar mensajes, la que conocía las rutas del dinero, la que sabía dónde estaban los escondites y los archivos.

Y todo eso pasó antes de que el Chapo fuera capturado. Lo que pasó después, cuando lo encerraron en el altiplano  y todo el aparato del cártel se vino abajo, demostró que aquella mujer joven, callada, guapa, había aprendido bien. Porque a partir de febrero del 2014, Ema Coronel se convirtió  en algo que nadie había visto antes en la historia del narcotráfico mexicano.

Se convirtió en el cerebro operativo del cártel desde fuera de la cárcel. Mazatlán, febrero del 2014. La noche del 21 de febrero del 2014, Emma Coronel  se acostó en una habitación del cuarto piso del hotel Miramar en Mazatlán, Sinaloa. Una habitación normal de un hotel normal frente al Pacífico.

Al otro lado de la cama dormía Joaquín Guzmán. En la habitación de al lado dormían sus gemelas, María Joaquina y Emali. Tenían 2 años y medio. Lo que Emma no sabía es que aquella era la última noche que pasaría con su marido en libertad. Llevaban semanas moviéndose entre casas de seguridad de  Culiacán, cambiando de techo cada dos días.

La marina  mexicana llevaba meses pisándole los talones a el Chapo. Habían encontrado un sistema de túneles bajo las casas seguras del capo. Pasadizos  que conectaban siete propiedades distintas en Culiacán. Todos disimulados bajo las bañeras con puertas  hidráulicas que se abrían desde abajo.

Un día antes, el Chapo había escapado por uno de esos túneles minutos antes de que los soldados derribaran la puerta. Por eso había llegado a Mazatlán para descansar, para ver a sus gemelas, para pasar una noche tranquila antes de seguir huyendo. Esa decisión, según los expertos de inteligencia mexicana, fue su error más grave. A las 4:30 de la madrugada, las fuerzas especiales de la Marina rodearon el hotel Miramar.

No hubo disparos, no hubo gritos. Subieron por la escalera hasta el cuarto piso con las botas envueltas en tela para no hacer ruido. Cuando entraron a la habitación 401, Joaquín Guzmán dormía en la cama  sin armas, sin escolta, sin túnel de escape y a su lado estaba Emma. La detención duró 17 minutos sin un solo tiro disparado.

El narco más buscado del mundo entregado en pijama, esposado contra una pared frente a su mujer. ¿Qué hizo Ema en esos 17 minutos? Aquí entran versiones distintas y todas son interesantes. Según el  reporte oficial de la Marina, Ema se mantuvo en silencio durante el operativo sin llorar, sin gritar, sin suplicar. Algunos de los marinos que participaron en la captura en testimonios posteriores filtrados a la prensa mexicana dijeron que les llamó la atención lo serena que estaba esa mujer joven con dos niñas dormidas en la habitación de al lado

viendo cómo se llevaban a su marido. Otros dicen que sí hubo una escena, que el Chapo, justo antes de que lo sacaran de la habitación se acercó a Ema  y le susurró algo al oído. Algo breve. Pocas palabras. Esas palabras nunca se hicieron públicas, pero a partir de aquel momento, todo lo que Ema hizo durante los siguientes meses parece responder a una sola instrucción.

Mantén el cártel  en pie. Le dejaron salir del hotel con las niñas. Le permitieron volver a la sierra. Le dijeron, según fuentes  del propio cártel citadas por Anabel Hernández, que en aquel momento la Marina pudo haberla detenido a ella también, pero no lo hizo. Las autoridades mexicanas tomaron una decisión deliberada, dejarla libre.

Querían ver hacia dónde se movía. Querían  ver con quién hablaba, querían usarla como cebo para llegar al resto de la organización. Lo que las autoridades mexicanas no calcularon es que esa mujer joven,  que les habían dejado libre por considerarla irrelevante, iba a convertirse en el principal motor  de fuga del hombre que acababan de capturar.

A los pocos días, Ema  estaba en Culiacán, reunida con Iván Archivaldo y Jesús Alfredo, los hijos mayores de El Chapo, reunida con Damas o López, el padrino de Emali, el segundo al mando del cártel. La reunión, según  el testimonio que Damaso López dio en Brooklyn 5 años después bajo juramento frente al juez Brian Kogan, fue  corta.

Emma se sentó en una sala con los hijos y con Damaso. No hubo preámbulos, no hubo conversaciones de cortesía. Ema habló primero, dijo cuatro frases que cambiaron la historia. Joaquín no quiere ser extraditado,  quiere salir de ahí. Vamos a sacarlo y vamos a hacerlo ya. Después de esas cuatro frases, lo siguiente que se discutió en aquella sala fue cómo  construir un túnel debajo de la prisión de máxima seguridad más vigilada de México.

Ema tenía 24 años. Hay un momento en la vida en que las personas se convierten en lo que iban a hacer desde el principio. Para muchos ese momento llega tarde. Para Emma llegó aquella noche en aquella habitación de hotel mirando cómo  se llevaban a su marido en pijama. Esa fue la noche en que dejó de ser una esposa y se convirtió en el nodo central del cártel de Sinaloa.

Durante los  siguientes 17 meses, Ema Coronel iba a hacer cosas que ninguna mujer del narcotráfico mexicano  había hecho antes. Iba a transmitir órdenes directas de su marido a los lugarenientes. Iba a  manejar millones de dólares en efectivo. Iba a sobornar funcionarios penitenciarios. Iba a comprar terrenos cerca de la cárcel más segura del país.

Iba a coordinar reuniones secretas en hoteles y sobre todo iba a meter en una celda de máxima seguridad un reloj con GPS escondido entre la comida. Lo que viene a continuación es la historia de cómo se hace eso, cómo se planea una fuga desde fuera de los muros más vigilados del país, cómo se compra  a un guardia, cómo se construye un túnel sin que los detectores sísmicos lo registren y cómo una mujer de 24 años, sin formación, sin experiencia militar, sin entrenamiento de inteligencia lo coordina todo. Pero antes de llegar a la

fuga hay que entender una sola pieza más. La pieza  que el FBI tardó 7 años en armar. La pieza que demostró con todas las pruebas en la mesa que Ema Coronel no era una intermediaria casual, era el centro de la operación y esa pieza estaba escrita a mano, firmada y guardada en una caja de evidencias del FBI en Washington, El cable invisible.

En la oficina del FBI en Washington DC, en algún momento entre 2018 y 2020, un agente especial llamado Eric Mcguire estaba revisando una caja de evidencias. Documentos del juicio contra Joaquín Guzmán Lo era, cartas, mensajes interceptados, transcripciones de testimonios. Muire llevaba años trabajando.

En este  caso era uno de los agentes que más sabía sobre la estructura del cártel de Sinaloa. Y aquella tarde sobre su escritorio  tenía un papel, un solo papel manuscrito firmado. Esa carta acabó siendo la prueba que metió a Ema Coronel en la cárcel, pero antes de leerla hay que entender una cosa. Las cartas son raras en el mundo del narcotráfico.

Los  capos no escriben, no firman, no dejan rastro de su puño y letra, porque cada palabra escrita es una prueba en un juicio. Y aún así, el Chapo Guzmán, encerrado en una celda del altiplano,  decidió  papel y lápiz. ¿Por qué lo hizo? Porque no podía hablar por teléfono.  No podía recibir visitas sin supervisión, salvo las de su esposa.

No podía usar internet. no podía dar órdenes verbalmente sin que algún guardia lo escuchara. La única forma que tenía de seguir dirigiendo su organización desde aquella celda era escribir cartas y mandárselas a alguien  que pudiera entregarlas en persona, en silencio, sin levantar sospechas.

Esa persona era Emma. La carta que el agente Muire tenía sobre el escritorio  aquella tarde está transcrita textualmente en el expediente del caso 121  MJ00240 en el distrito de Columbia. La firma es de Joaquín Guzmán Loera,  el destinatario, un narcotraficante de Durango identificado como Cleto, que llevaba años produciendo heroína para el cártel.

El texto exacto traducido del español original dice así. Con respecto a Cleto, incrementa la producción para que rinda. Salúdame a Cleto. Dile que por favor me eche la mano para que la primera venta sea mi parte porque tengo muchos gastos  aquí. Aparte de la instrucción comercial, lo que importa de esta carta es otra frase, una frase que aparece más abajo y que el FBI marcó con un círculo rojo.

La madre de las gemelas les dirá algo a ustedes y a mis hijos. Por favor, esté alerta,  compadre. Ella te lo explicará. La madre de las gemelas. Ese era el nombre en clave, el sobrenombre que  el Chapo usaba para referirse a Emma cuando daba órdenes por escrito. No usaba  mi esposa, tampoco Emma.

La identificaba como la madre de las gemelas. Un nombre operativo, un alias, el tipo de identificación que se usa cuando alguien forma  parte del núcleo duro de una organización criminal. Y cuando esa frase llegó a Cleto en Durango, lo que pasó después fue  exactamente lo que decía la carta. Ema viajó hasta el rancho donde Cleto producía la heroína.

Se reunió con él, le transmitió las órdenes específicas que su marido le había dado. ¿Cuánto  producir? ¿A qué precio vender? ¿A quién pagar primero, cuánto guardar para los gastos de la cárcel? Cleto obedeció. Y aquí está el  detalle que el FBI pudo demostrar con números. Durante los meses que siguieron a aquella visita.

Según los registros de la Fiscalía Federal, Cleto entregó a Ema Coronel las ganancias de más de 5 kg de heroína.  5 kg en valor de mercado al por mayor en Estados Unidos. Esos son aproximadamente medio millón de dólares en efectivo que Emma recogió. Personalmente,  ¿te haces una idea de lo que significa esa cifra? Significa que Emma no estaba  transmitiendo mensajes románticos entre su marido y sus operadores.

Estaba moviendo dinero del narcotráfico, recibiéndolo en mano, decidiendo qué hacer con él. Esa es la definición exacta  en el Código Penal estadounidense de lavado de dinero proveniente del narcotráfico, cargo que después le valió uno de los tres delitos por los que se declaró culpable  en 2021.

Pero la carta de Cleto era solo una, había más. El FBI documentó al  menos otra docena de comunicaciones similares en los años que el Chapo estuvo preso en el altiplano entre 2014 y 2017. Cartas a otros productores de marihuana en la sierra, cartas a transportistas de cocaína en la frontera, cartas a operadores en Guadalajara, en Tijuana, en Ciudad Juárez.

Y en todas ellas aparecía la misma instrucción. Hablen con la madre de las gemelas. Ella sabe lo que hay que hacer. En el juicio del Chapo en Brooklyn,  el exdirector de operaciones del cártel, Damaso López, el licenciado, testificó bajo juramento sobre el alcance real de aquellas órdenes y lo que dijo fue demoledor.

López contó que durante el tiempo que el Chapo  estuvo en el altiplano, Ema Coronel asistió a reuniones operativas del cártel,  reuniones donde se decidía quién vivía y quién moría, reuniones donde se discutía qué jueces sobornar, qué políticos pagar, qué rutas cerrar y cuáles abrir.  Y en cada una de esas reuniones, Ema se sentaba en el lugar reservado al jefe, porque ese era su rol cuando el Chapo  no podía estar.

Hubo un episodio en particular que López describió en  detalle. Sucedió a finales del 2014. El cártel tenía un problema serio. Uno  de los productores de la sierra había empezado a vender por su cuenta saltándose la línea de mando. Era un riesgo grave. Si la práctica se extendía,  otros operadores podían imitarlo y la disciplina interna del cártel se iría al suelo.

Los chapitos  querían responder con violencia. Iván Archivaldo proponía un castigo ejemplar. Jesús Alfredo estaba  de acuerdo, pero antes de actuar alguien levantó la mano y pidió esperar. Esa persona era Emma. Según el testimonio  de López, Emma dijo lo siguiente: “Mi marido quiere que primero se hable con él, que se le dé una oportunidad de explicarse y si no quiere explicarse,  entonces se decide qué se hace.

” Los chapitos discutieron,  pero al final hicieron caso. El operador en cuestión fue convocado. Habló, pagó la deuda pendiente y volvió a la línea. No hubo muertos. Aquella decisión, según los analistas que después estudiaron el caso, salvó al cártel de Sinaloa de una guerra interna prematura.

Una guerra que iba a estallar de todas formas 3 años más tarde, pero que en aquel momento  habría sido suicida. Y la decisión la tomó una mujer de 25 años, sin formación militar, sin experiencia en gestión de crisis, hablando en nombre de su marido y siendo obedecida por hombres que habían matado a docenas de personas.

Lo de Emma Coronel no  era posición decorativa, era poder operativo, documentado, con pruebas escritas a mano y selladas en cajas de evidencia del FBI. Pero todo lo que llevamos contado hasta  ahora, todas las cartas, todas las reuniones, todas las decisiones sobre la vida y la muerte de operadores del cártel palidece frente a lo que Emma hizo a partir del verano del 2015.

Porque ese verano, una mañana de sábado, Joaquín Guzmán Loera,  se metió en la ducha de su celda del altiplano, una celda en la prisión de máxima seguridad más vigilada del país, una celda con cámaras de vigilancia las 24 horas, una celda de la que nadie había escapado en la historia y desapareció el reloj escondido en la comida.

Para entender lo que pasó aquella mañana de julio en el altiplano, hay que volver atrás unos meses, a finales del invierno del 2014, a una reunión secreta en una casa de Culiacán. En esa casa estaban sentadas cinco personas. Cinco. Iván Archivaldo Guzmán, el mayor de los chapitos.  Jesús Alfredo Guzmán, el segundo, Ovidio Guzmán, el tercero,  Joaquín Guzmán López, el más joven, y Ema Coronel.

Sobre la mesa,  un plano dibujado a mano, el plano de una cárcel, el plano del Centro Federal de Readaptación Social número uno en Almoloya de Juárez,  Estado de México. El altiplano. La reunión duró varias horas. Lo que se  discutió lo sabemos hoy gracias al testimonio jurado de Damaso López en Brooklyn y a los documentos del FBI consultados  por el agente Eric McGuire en su declaración del caso.

Tenían que  construir un túnel, un túnel que partiera de un terreno valdío comprado en las inmediaciones de la prisión. Un túnel que avanzara durante meses sin que los detectores sísmicos del penal lo registraran. Un túnel que tenía que terminar  en un punto muy específico, justo debajo de la regadera de la celda donde dormía Joaquín Guzmán  lo era.

Y aquí venía el problema técnico más grande de toda la operación. ¿Cómo sabes dónde está la regadera de una celda  concreta dentro de un edificio de máxima seguridad? Los planos de el altiplano  son secretos militares. Las cámaras de vigilancia se controlan desde una sala blindada.

Los guardias rotan cada pocas semanas para evitar que nadie pueda sobornarlos a largo plazo. Equivocarse en el cálculo significaba salir del túnel en el patio o en el pasillo o en otra  celda significaba un fracaso catastrófico. Los ingenieros contratados por  los chapitos plantearon la pregunta y Emma propuso la solución.

Necesitaban un reloj. Un reloj que su marido pudiera llevar puesto dentro de la celda. un reloj equipado con  sistema de posicionamiento global, un GPS que emitiera la señal desde el cuerpo  del propio Joaquín. Si lo tenían en su muñeca, los ingenieros sabrían exactamente dónde cabar. Margen de error, centímetros.

Faltaba un detalle, cómo meter ese reloj dentro de una prisión de máxima seguridad. Lo que vino a continuación está descrito  en el expediente federal del distrito de Columbia y confirmado por Anabel Hernández en su libro del 2021. Emma Coronel pagó un soborno a un guardia del altiplano. La cantidad exacta nunca  se hizo pública.

Lo que sí se sabe es que ese guardia se encargaba de revisar la comida que entraba a la celda del Chapo, comida que  su esposa le llevaba en cada visita conyugal. Una de esas tardes de visita, Emma cruzó los controles del penal con un cargamento normal de productos, café, galletas, frutas y un envase  opaco con tapa, con algo dentro.

El guardia lo abrió, hizo el gesto de revisarlo y lo cerró. No registró nada en el informe.  Dentro de ese envase iba el reloj. El Chapo lo recibió, se lo puso  y desde aquel momento la señal del GPS empezó a emitirse desde su celda. Los ingenieros del túnel  fuera de la prisión ajustaron las coordenadas, continuaron cavando hacia ese punto exacto, calcularon el ángulo,  calcularon la profundidad y siguieron.

El plan tenía un solo problema más, el sonido. El Chapo le contó a Damas o López en uno de sus mensajes que podía escuchar  perfectamente el ruido de la excavación, las herramientas raspando la roca, las pisadas, los golpes secos de los picos. Si él podía escucharlo, los guardias también.

Y eso era cuestión de tiempo. Por eso se decidió que la operación se ejecutaría un fin de semana, concretamente un sábado por  la tarde. Las visitas oficiales no estaban autorizadas ese día.  El número de funcionarios en servicio era menor. La rutina del penal estaba en su punto más relajado, era la ventana  ideal y por eso fue el sábado 11 de julio del 2015.

A las 8:52 de la noche, según el reloj de las cámaras del  penal, Joaquín Guzmán Loera, caminó hasta la ducha de su celda. La cámara registró el momento exacto en que  se metió dentro. Los siguientes 18 minutos hay registro continuo sin movimiento. Cuando los guardias, alertados  por la falta de actividad entraron a la celda a las 9:10 de la noche, encontraron lo siguiente: la ducha  vacía, un agujero en el suelo donde antes había azule lejos y una escalera de mano que  descendía hacia un túnel

iluminado con cables eléctricos colgando del techo. Por dentro, ese túnel medía 100 m. Tenía ventilación.  Tenía iluminación, tenía raíes y sobre los raíes una motocicleta modificada con un asiento detrás para que pudiera viajar acostado y avanzar a toda velocidad. El Chapo recorrió el túnel en menos de 15 minutos.

Salió a una vivienda inacabada en un terreno valdío justo  enfrente del penal. Esa propiedad, la que conectaba con el punto exacto bajo la regadera, había  sido comprada meses antes a un agricultor llamado Lázaro. La compra la había realizado Ema Coronel en efectivo, según los documentos del distrito  de Columbia.

En esa casa lo esperaba un vehículo. El vehículo lo trasladó hasta San Juan del Río en Querétaro. Allí lo recibieron dos hermanos pilotos, Héctor y Julio Takashima Valenzuela. Una avioneta cesna lo llevó de regreso a la sierra de Sinaloa. A los 35 minutos del momento en que la cámara registró que entraba a la ducha, Joaquín Guzmán Loera volaba sobre el centro de México como hombre libre.

México entero se enteró al día siguiente por la prensa. El presidente Enrique Peña Nieto, que estaba de viaje oficial en París, recibió la noticia con cara de bochorno internacional. Las redacciones de medio mundo se preguntaban cómo era posible, cómo se construye un túnel de 100 m  sin que nadie lo detecte, ¿cómo se calcula con tanta precisión la ubicación de una celda concreta?  ¿Cómo se mete un reloj con GPS dentro de una prisión de máxima seguridad? La respuesta a las tres preguntas era la

misma y nadie la dijo en voz alta hasta 5 años después, cuando Damaso  López se sentó en una corte de Brooklyn y juró decir la verdad. La respuesta  era una mujer joven, callada, guapa, que viajaba al altiplano dos veces por semana con cestas de comida para su marido.

Esa mujer tenía 25 años y acababa de coordinar la fuga más espectacular en la historia del narcotráfico  mundial. La traición de El Chapo y la furia de Ema. La libertad del Chapo duró 6 meses. El 8 de enero del 2016, en una vivienda de Los Mochis, Sinaloa, la Marina mexicana volvió a rodearlo. Esta vez no hubo silencio, hubo balacera.

cinco muertos del lado del cártel, un marino herido y al final otra vez Joaquín Guzmán lo era entregado al gobierno mexicano, otra vez en el altiplano  y otra vez Ema Coronel poniéndose a trabajar. Lo que vino después está documentado en el caso 121 MJ240 del distrito de Columbia.

En una de las acusaciones más detalladas que el FBI ha presentado contra una persona en este caso, y lo que cuenta es una segunda operación de fuga prácticamente idéntica a la  primera. Emma volvió a reunirse con los chapitos, volvió a contratar ingenieros.  Volvió a comprar un terreno cerca del penal distinto al anterior.

Volvió a entregar dinero en mano a un colaborador identificado en el expediente como  testigo colaborador 1. ill00ón en cinco bultos  recibidos directamente por ella en efectivo y volvió a pagar sobornos. Esta vez, según los archivos federales,  el plan incluía un movimiento más sofisticado. Ema sabía que la atención de la prensa estaba puesta sobre el altiplano.

Sabía que después de la fuga anterior, el penal había duplicado guardias, sensores,  controles. Por eso intentó que las autoridades trasladaran a su marido a otra prisión más fácil de penetrar,  concretamente al penal federal de Ciudad Juárez. Para conseguirlo, según  declaró Damaso López en Brooklyn, el cártel pagó , millones de dólares a una alta funcionaria del sistema  penitenciario federal mexicano.

Parte de ese soborno salió del propio dinero que EMA manejaba. El plan estaba prácticamente listo.  El nuevo túnel avanzaba. Los ingenieros calculaban, los sobornos se movían, pero el gobierno mexicano se les adelantó. El 19 de enero del 2017, en la mañana, sin previo aviso, los oficiales del penal entraron a la celda de Joaquín Guzmán.

Le dijeron, “Cámbiese, nos  vamos.” No le explicaron a dónde. Lo subieron a un convoy, lo subieron a un avión y cuando el Chapo se dio cuenta de lo que estaba pasando, ya estaba sobrevolando la frontera norte. La extradición a Estados Unidos se ejecutó  en cuestión de horas, sin notificación previa, precisamente para evitar que el cártel tuviera  tiempo de reaccionar.

Aquella mañana, Ema estaba en Sinaloa. Cuando se enteró por la televisión, lo único que dijo,  según relatos cercanos, fue una frase corta: “Ya no podemos hacer nada.” El segundo intento de fuga murió ahí y empezó el último capítulo de la historia entre Ema y Joaquín, el más doloroso,  el que ningún narco corrido cuenta.

En noviembre del 2018, en una sala  de la Corte Federal de Brooklyn, frente al juez Brian Kogan, comenzó el llamado juicio del siglo. 12 semanas de testimonios, 56 testigos, cientos de horas de evidencia y Ema Coronel sentada en la primera fila asistiendo a cada sesión con vestidos  elegantes y gafas oscuras. Lo que escuchó en esa sala  durante esas 12 semanas le destruyó la imagen que ella misma había construido del  hombre con el que llevaba 11 años casada.

Apareció una mujer llamada Lucero Guadalupe Sánchez  López, diputada local del estado de Sinaloa por el Partido Conservador PAN, apodada en los medios mexicanos como la Chapodiputada. Lucero testificó que había sido amante de Joaquín  Guzmán durante varios años, que había viajado con él, que había recibido regalos y que cuando el Chapo la conoció en una fiesta en Sinaloa, Emma ya era su esposa y madre de las gemelas.

Y después de Lucero apareció otra y después otra. Las amantes del Chapo desfilaron una tras otra por aquella sala. Los testigos describieron el patrón. Joaquín Guzmán lo era, según declararon agentes de la DEA en la sala, tomaba pastillas de Viagra como si fueran caramelos. era,  en palabras textuales del agente Carl Pike adicto a las mujeres.

Sus visitas a distintas amantes en distintas ciudades fueron exactamente  lo que terminó facilitando varias de sus capturas. Las autoridades lo seguían porque sabían a quién iba a visitar. Ema escuchaba todo esto desde su asiento, sin moverse, sin llorar en  público, con la cara congelada. Y en una de las sesiones, la pieza más dura.

El propio Damaso López, padrino de su hija Emily, hombre de confianza de su marido,  testigo cooperante con el gobierno de los Estados Unidos a cambio de reducir su condena, se sentó en el estrado y empezó a hablar. Las cartas, el reloj con GPS, los túneles, las reuniones, los millones de dólares manejados en efectivo y una y otra vez el nombre de EMA.

Página tras  página de testimonio jurado, todas las pruebas que después se iban a usar en su contra. Su compadre la estaba enterrando. El 12 de febrero del 2019, el jurado declaró a Joaquín Guzmán culpable de todos los cargos. Cadena  perpetua. Lo trasladaron a la prisión federal Supermax de Florence en Colorado.

La cárcel más vigilada del mundo. La cárcel de la que,  según el FBI nadie ha escapado nunca. Y Ema se quedó sola sin marido, sin protección y según las  fuentes que después consultó a Anabel Hernández dentro del propio cártel, en una situación financiera muchísimo peor de la que cualquiera habría  imaginado, porque los chapitos, que en teoría tenían que cuidarla a ella y a sus hijastras, le cerraron el grifo.

Iván Archivaldo, Jesús Alfredo, Ovidio y Joaquín tenían sus  propios intereses. y la viuda en vida de su padre, esa mujer joven que ya no servía  como puente con nadie, dejó de ser una prioridad. Emma se quedó con las dos gemelas, sin dinero suficiente y con  un teléfono pinchado por el FBI desde hacía meses.

El 22 de febrero del 2021, exactamente 7 años después de la detención de El Chapo en Mazatlán,  Emma Coronel aterrizó en el aeropuerto internacional Desser cerca de Washington. DC bajó del avión y avisó a un agente del FBI. Venía a entregarse. No la arrestaron, se entregó. Las fuentes que entrevistó a Anabel Hernández confirmaron lo que muchos sospechaban.

Ema estaba desplazada del cártel, estaba enojada por las traiciones, estaba sola y sobre todo sabía que las gemelas, ciudadanas estadounidenses desde el primer día  de vida, tenían más futuro al norte de la frontera que en una sierra controlada por hombres que ya no la consideraban familia. sobre el novio con el que Emma estaba bailando aquella noche del 2006 en aquella fiesta de pueblo.

Antes de que un emisario se acercara y dijera la frase del Señor, las versiones siguen siendo las mismas. Nadie sabe qué fue de él  con certeza nadie lo ha vuelto a ver públicamente. Y los pocos que cuentan algo en la sierra lo cuentan con la voz muy baja. Algunas preguntas no se contestan, se respetan.

Mayo del 2026, realmente está fuera. Hoy, mientras grabamos este video, en mayo del 2026, Ema Coronel Ispuro vive  en California. Tiene 36 años. Sus gemelas, María Joaquina y Emily Guadalupe, tienen 14. Van al colegio en algún punto del sur de Estados Unidos,  cuya ubicación exacta nadie conoce. Por motivos obvios de seguridad, EMA sigue en libertad condicional.

La sentencia original marcaba la fecha del  30 de septiembre del 2027 como final de su supervisión por parte del gobierno federal estadounidense.  Pero el 30 de enero de este año, su abogada Mariel Colón Miro presentó  una petición formal ante el Tribunal Federal de Washington, DC, para terminar  antes esa libertad condicional, 17 meses antes.

La petición argumenta tres cosas. que EMA ha cumplido la totalidad  de sus obligaciones, que ha pagado la multa de un ,illón y medio de dólares impuesta en su sentencia y que las restricciones actuales de movilidad le impiden retomar  plenamente su vida laboral y profesional. El tribunal todavía no ha respondido. Mientras  tanto, en enero de este mismo año, la Marina Mexicana desmanteló un laboratorio de metanfetaminas en Petatlán,  Guerrero, y el nombre que apareció en el operativo fue el del hermano mayor de

Ema. La sangre coronel sigue siendo sangre  coronel. Si la petición es aceptada, Ema Coronel quedará completamente libre en algún momento de este 2026, sin condiciones, sin supervisión, sin restricciones de viaje, sin la prohibición vigente de tener contacto con miembros del cártel de Sinaloa, prohibición que incluye al propio  Joaquín Guzmán Lo era, que sigue cumpliendo cadena perpetua en la prisión Supermax de Florence, Colorado, sin posibilidad alguna de salir de ahí.

Mientras tanto, en Sinaloa, el cártel que ella ayudó a sostener durante años está en plena guerra interna.  Los chapitos, encabezados ahora por Iván Archivaldo contra la facción del Mayo Zambada, que fue detenido  en 2024 en territorio estadounidense en circunstancias todavía no del todo aclaradas.

Ovidio Guzmán, el padrino de Emma como referencia familiar más cercana a las gemelas, espera su propio juicio en Chicago, programado para julio de este 2026. Los Chapitos, Los Mayos, los Beltrán, cinco facciones distintas disputándose el imperio que Joaquín Guzmán construyó  durante 30 años y miles de muertos en los últimos 18 meses.

¿Está Ema realmente fuera de todo esto? Las autoridades estadounidenses dicen  que sí. Su abogada lo repite en cada entrevista. Sus redes sociales muestran a una mujer que viaja, que cuida de sus hijas, que negocia el rodaje de una serie biográfica en la que Rafael Amaya interpretará a su marido. La versión oficial es de redención, de reconstrucción,  de vida normal.

Lo que él le susurró aquella madrugada en el hotel de Mazatlán antes de que se lo llevaran esposado sigue siendo hasta hoy un secreto entre los dos.  Y mientras Ema comparte videos cortos en redes sociales preguntando si debería abrir un canal de YouTube en la Angostura, Durango, los vecinos siguen sin hablar de la familia coronel delante de los desconocidos.

En la sierra, las plantas de amapola siguen creciendo, los túneles siguen excavándose y las mujeres jóvenes,  hermosas, con ojos claros, siguen bailando en las fiestas de pueblo, esperando, quizás sin saberlo, que un emisario se acerque alguna noche y pronuncie una frase muy concreta: “El Señor quiere bailar contigo porque las dinastías del narco mexicano no se acaban, se transforman, cambian de cara, cambian de apellido,  cambian de generación.

Y si una mujer de 24 años fue capaz de coordinar la fuga más espectacular en la historia del crimen organizado moderno, sin formación militar, sin entrenamiento de inteligencia,  sin más herramienta que un reloj escondido en un envase de comida. Lo que viene ahora, mientras tú  ves este video, lo está moviendo otra mujer cuyo nombre todavía no conocemos.

Si eres capaz de cualquier cosa por amor, como hizo Ema en su momento, suscríbete al canal y dinos quién te gustaría que fuese nuestra siguiente protagonista. Tenemos muchas otras historias ocultas esperando ser contadas. M.

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