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El Tiro por la Culata: Cómo las Redadas Migratorias Destruyeron 668,000 Empleos y Le Dieron la Razón a Claudia Sheinbaum

La Caída de un Mito: La Realidad Golpea a Washington

Durante años, la retórica política en los Estados Unidos se ha alimentado de una narrativa tan persistente como dañina: la idea de que la expulsión masiva de migrantes, particularmente de origen mexicano, traería como consecuencia directa un país más fuerte, más próspero y económicamente más seguro para sus ciudadanos nacidos en territorio estadounidense. Se nos ha repetido hasta el cansancio, a través de estridentes discursos en horario estelar y campañas millonarias, que el cierre de fronteras y las deportaciones masivas eran la panacea para los males económicos de la clase trabajadora. Sin embargo, la verdad, que suele ser terca e implacable, acaba de salir a la luz.

Lo más sorprendente de esta revelación de última hora no es solo la contundencia de los datos, sino su origen. Esta vez, la desmitificación no proviene de un periodista mexicano, ni de un funcionario de la Cuarta Transformación, y mucho menos de alguien afín a la presidenta Claudia Sheinbaum. El golpe de realidad ha sido asestado por una de las instituciones de análisis económico y político más respetadas, prestigiosas y profundamente arraigadas en el propio territorio estadounidense: la Brookings Institution.

Lo que este informe revela deja completamente sin piso político a Donald Trump y a los arquitectos de las políticas de deportación masiva. Demuestra, con números fríos, cálculos precisos y registros oficiales, que la guerra declarada contra los migrantes mexicanos no está golpeando a México; está, de manera irónica y devastadora, golpeando y desangrando a los propios Estados Unidos. Las cifras que desglosaremos a continuación no solo cambian por completo la conversación internacional, sino que exponen el fracaso monumental de una política construida sobre el odio y no sobre la razón económica.

668,000 Empleos Borrados del Mapa: El Costo Real del Odio

Vamos directo al dato que ha sacudido los cimientos de Washington y que ha encendido las alarmas en Wall Street. Según el exhaustivo informe publicado por la Brookings Institution, las redadas ejecutadas por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en 86 ciudades estadounidenses provocaron la pérdida fulminante de 668,000 empleos.

Es imperativo detenerse un momento para asimilar la magnitud de esta cifra. Hablamos de más de medio millón de puestos de trabajo borrados del mapa económico en cuestión de meses. Sin embargo, el detalle que verdaderamente incomoda al discurso xenófobo y que ha provocado un silencio sepulcral en los sectores más conservadores es la distribución de esas pérdidas. De todos esos empleos evaporados por las políticas de terror, entre 51,000 y 297,000 pertenecían a trabajadores nacidos en los Estados Unidos.

No eran empleos de migrantes. No eran puestos de trabajo de indocumentados. Eran, en gran medida, ciudadanos estadounidenses de nacimiento, con todos sus papeles en regla, que perdieron su sustento y su tranquilidad financiera por culpa directa de una política gubernamental que, paradójicamente, prometía protegerlos a capa y espada. ¿Cómo es posible que una redada diseñada para expulsar extranjeros termine enviando al desempleo a un ciudadano nacido en Ohio, Texas o California? La respuesta obedece a una lógica económica aplastante que el discurso político prefirió ignorar.

El Efecto Dominó: Una Economía Profundamente Entrelazada

Para entender este fenómeno, debemos abandonar la visión simplista de que la economía es un juego de suma cero donde si un extranjero es despedido, un ciudadano local automáticamente ocupa su lugar. La realidad empresarial es un ecosistema interdependiente.

Cuando una empresa pierde de golpe, de la noche a la mañana, a una parte sustancial de su mano de obra migrante debido a una redada o al miedo a la misma, la compañía no puede simplemente seguir operando al mismo ritmo. Los engranajes se detienen. Ante la falta de personal esencial, la empresa se ve forzada a reducir turnos de trabajo, recortar operaciones logísticas y, en casos extremos pero comunes, cerrar líneas completas de producción. Cuando una línea de producción cierra, los recortes no discriminan nacionalidad; alcanzan a todos los empleados, incluyendo a los nacidos en territorio estadounidense que supervisaban, administraban o dependían de esa línea.

El estudio respaldado por la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER) cuantificó esta tragedia sin rodeos ni eufemismos. El dato es escalofriante por su precisión matemática: por cada seis trabajadores migrantes que dejaron de laborar, se perdió además un empleo ocupado por un ciudadano estadounidense. Es un efecto de arrastre brutal; uno arrastra inexorablemente al otro hacia el abismo del desempleo.

El economista Giovanni Perry, de la prestigiosa Universidad de California, lo explicó utilizando un ejemplo cotidiano que cualquier persona puede entender: la industria de la construcción. En la construcción, todo está milimétricamente conectado. Si debido a las redadas desaparecen de un día para otro los albañiles, los peones y los trabajadores que cimentan la obra, la construcción se paraliza. Al paralizarse, deja de haber necesidad de contratar electricistas, ingenieros, arquitectos y supervisores de obra. Y aquí radica la clave: esos puestos de nivel técnico y gerencial, los de mayor salario, son los que ocupan en su abrumadora mayoría los ciudadanos estadounidenses.

En términos sencillos: cuando se va el migrante mexicano que pone el primer ladrillo, se cae toda la cadena productiva y laboral que está por encima de él. Así de simple, así de devastador para la economía de los Estados Unidos.

Números Oficiales: La Imposibilidad de Refutar la Verdad

Para los escépticos que intenten desestimar estas cifras acusándolas de ser especulaciones académicas, el informe es categórico. Que quede perfectamente claro: estos no son cálculos improvisados en una pizarra, ni estimaciones hechas desde un escritorio alejado de la realidad. Los autores de la investigación llegaron a estas conclusiones cruzando rigurosamente múltiples bases de datos oficiales.

Utilizaron los registros de arrestos del proyecto de datos de deportación, el cual rastrea minuciosamente las detenciones reales llevadas a cabo por el servicio de inmigración (obtenidas mediante solicitudes federales de transparencia y libertad de información). Cruzaron estos números con las estimaciones de empleo de la firma especializada Lightcast, y finalmente, lo validaron con los registros federales de nómina. Estamos hablando de números oficiales respaldando números oficiales. Es la propia contabilidad del gobierno de los Estados Unidos admitiendo, en blanco y negro, su colosal error estratégico.

El propio informe de la Brookings Institution describe que estas redadas no fueron simples controles de rutina. Adoptaron tácticas de “conmoción y pavor” (shock and awe). Fueron operativos teatrales, diseñados explícitamente para ser vistos en televisión, para generar un ambiente de terror psicológico sostenido; operativos mucho más agresivos que cualquier control migratorio implementado por gobiernos anteriores. Y ese miedo infundido en la población, lejos de fortalecer la musculatura económica de la nación, la paralizó por completo.

La Marcha Atrás de Trump: La Súplica de los Empresarios

Por si alguien aún piensa que este desastre económico es un asunto aislado o temporal, existe un capítulo en esta historia que nadie en la derecha política estadounidense quiere reconocer en voz alta, porque destruye su narrativa central. El propio Donald Trump, el político que hizo de las deportaciones masivas su estandarte más rentable, su grito de batalla en cada mitin, tuvo que dar marcha atrás en la práctica.

En un momento de la administración, se ordenó pausar sigilosamente las redadas en sectores estratégicos: el campo agrícola, los hoteles y los restaurantes. ¿La razón? No fue un ataque repentino de empatía o piedad. Fue porque sus propios aliados empresariales, los líderes republicanos del sector productivo que financian sus campañas, fueron a tocarle la puerta de emergencia para suplicarle que detuviera la maquinaria.

Estos empresarios le dijeron, sin medias tintas y con los libros de contabilidad en la mano, que sin esos trabajadores migrantes mexicanos, sus negocios se venían abajo en cuestión de semanas. El presidente que se presentó ante las cámaras como el gran salvador y defensor del trabajador estadounidense terminó ofrendando y sacrificando su propia política estrella porque los titanes del capital no aguantaron el golpe económico. Sin embargo, para muchas comunidades y pequeñas empresas, el daño ya estaba hecho y sus ramificaciones siguen creciendo en el presente.

La Inflación: La Factura del Odio en el Supermercado

El impacto de expulsar a la fuerza laboral que sostiene el país no se limita a los cheques de nómina cancelados; se traslada directamente a los precios que paga cada familia. La gobernadora de la Reserva Federal, Adriana Kugler, advirtió en un discurso reciente que la caída abrupta en la fuerza laboral migrante comenzó a frenar drásticamente el crecimiento del empleo, advirtiendo que esto podría acelerar la inflación hacia finales del año.

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