En el vasto y fascinante universo de la Época de Oro del cine mexicano, las luces de los reflectores solían iluminar con intensidad a los héroes, a los charros cantores y a las damas de belleza inalcanzable. Sin embargo, toda gran historia necesita una sombra para que la luz brille con mayor fuerza. Es en esa oscuridad cinematográfica donde reinó, de manera absoluta e incuestionable, Alejandro Ciangherotti. Conocido por el gran público como el “villano azul” o el despiadado “Coyote”, su capacidad para encarnar la maldad pura, la soberbia y la frialdad calculadora lo convirtió en una figura indispensable de la pantalla grande. Podía plantarse frente a leyendas de la talla de Pedro Infante o Mario Moreno “Cantinflas” sin que le temblara un solo músculo del rostro, robándose la escena con una mirada gélida que helaba la sangre de los espectadores.
Pero detrás de la máscara del antagonista perfecto, de los aplausos silenciosos de una audiencia que amaba odiarlo, se escondía un hombre profundamente complejo, atormentado y, en muchos sentidos, trágicamente incomprendido. La historia de Alejandro Ciangherotti no es el típico relato de una estrella que se embriagó de fama y fortuna. Es, por el contrario, una crónica desgarradora de lucha constante contra los prejuicios, de un amor inquebrantable que tuvo que sobrevivir al odio de una de las familias más poderosas del espectáculo, y de un final marcado por la soledad, el luto y el escándalo. Acompáñanos en este viaje exhaustivo y profundo por la vida de un gigante de la actuación cuya vida privada fue mucho más dramática, intensa y dolorosa que cualquiera de los guiones que le tocó interpretar.
Las Raíces de un Nómada: De Buenos Aires a las Carpas Mexicanas
Para comprender la verdadera esencia de Alejandro Ciangherotti, es necesario despojarse de uno de los mitos más grandes que lo rodearon durante toda su carrera. Aunque el público mexicano lo adoptó como suyo, considerándolo un producto puro y destilado de la cultura nacional, Alejandro no nació en tierras aztecas. Su primer llanto resonó muy al sur del continente, en la vibrante ciudad de Buenos Aires, Argentina, en el año 1912. Si la vida le hubiera concedido la inmortalidad que su arte logró, hoy superaría con creces el siglo de edad.
Rastrear con precisión quirúrgica los primeros años de su vida resulta una tarea titánica y casi imposible para los historiadores del cine. Gran parte de la documentación civil e identitaria de las personas nacidas en las dos primeras décadas del siglo XX terminó perdiéndose en el caos. La agitación social y política de la Revolución Mexicana, sumada a las inclemencias del tiempo y la falta de archivos digitalizados, dejó enormes lagunas en la biografía de numerosos artistas de aquella época dorada. Lo que los registros han logrado confirmar es que Alejandro, impulsado por una sed de aventuras y un llamado irrefrenable hacia el arte, llegó a México siendo apenas un muchacho, probablemente transitando los últimos años de su adolescencia.
Al cruzar la frontera de los 20 años, tomó una decisión que marcaría su destino para siempre: lanzarse al caótico, inestable, pero apasionante mundo del espectáculo. En aquel entonces, la industria cinematográfica en México era apenas un bebé dando sus primeros pasos tropezados. La verdadera escuela de actuación, el lugar donde se forjaban las leyendas a base de sudor, lágrimas y contacto directo con el pueblo, eran los populares “teatros de carpa”. Estas caravanas itinerantes, hechas de lona y madera, viajaban incansablemente llevando magia, comedia y drama a los barrios obreros de México y a los rincones más alejados de toda América Latina.

La vida en las carpas era dura, nómada y carente de lujos. Las compañías pasaban meses, a veces años enteros, girando sin descanso. Los actores no tenían un hogar fijo; su casa era el escenario y su familia eran sus compañeros de reparto. Fue en este ambiente donde Alejandro pulió su oficio. Aprendió a proyectar la voz sin micrófonos, a capturar la atención de públicos difíciles y a interpretar todo tipo de roles para sobrevivir. Este nomadismo artístico explica por qué tantos hijos de actores de esa generación nacieron en lugares tan dispares como Colombia, Perú o El Salvador. La vida los sorprendía en medio de una gira, y el telón nunca podía dejar de abrirse.
Con la progresiva consolidación del cine sonoro en México, Alejandro fue haciendo la transición de las polvorientas carpas a los fríos sets de grabación. Los registros, siempre difusos, apuntan a que en 1926 apareció en su primera producción importante: The Heart of Glory, una cinta mexico-estadounidense donde compartió créditos con Manuel Calvo y Eduardo Gurgoa. La edad que tenía en ese momento sigue siendo un misterio; algunos aseguran que tenía 14 años, otros dicen que 18 o 20. Más allá de la exactitud matemática de las fechas, lo innegable es que Alejandro poseía un magnetismo único. Era un joven de atractivo físico evidente, con una voz profunda, un carisma innato y una presencia escénica que no pasaba desapercibida. Fueron precisamente estas cualidades las que atraparon, de manera irremediable, la mirada y el corazón de una joven actriz que cambiaría el rumbo de su existencia: Mercedes Díaz Pavía.
El Encuentro con la Realeza: El Amor y el Desprecio del Clan Soler
Mercedes no era una aspirante a actriz cualquiera que buscaba fortuna en las carpas; ella llevaba el teatro en la sangre, en el apellido y en la historia de sus ancestros. Era la menor de los diez hijos del matrimonio formado por Domingo Díaz García, un español originario de la recia tierra de Galicia, y de Irene Pavía Soler, nacida en la luminosa Valencia. Los descendientes de esta unión no tardarían en convertirse en la dinastía más influyente, respetada y poderosa del entretenimiento en México. Aunque legalmente todos llevaban el apellido paterno Díaz, decidieron adoptar el apellido materno, Soler, para forjar su camino artístico.
Así nacieron los legendarios hermanos Soler: Julián, Fernando, Andrés y el entrañable Domingo. Auténticos colosos de la Época de Oro, hombres que dominaron la taquilla, impusieron estilos de actuación y se convirtieron en figuras intocables de la cultura nacional. Junto a ellos, brillaban también sus talentosas hermanas: Irene, Gloria, Elvira y, la más pequeña, la luz de los ojos de la familia, Mercedes.
La familia Soler operaba casi como una institución monárquica del arte. Mucho antes de ser los reyes de la gran pantalla, ya eran una fuerza teatral viajera de proporciones épicas, recorriendo las Américas y partes de Europa. Debido a este estilo de vida nómada, Mercedes no vio la luz por primera vez en territorio mexicano, sino en Los Ángeles, California, durante una extensa gira de la compañía familiar por los Estados Unidos. Siendo la más pequeña (la “bebé” de un clan tan numeroso), Mercedes creció bajo una protección casi asfixiante. Era adorada, inmensamente consentida y resguardada de manera feroz por sus cuatro hermanos mayores, quienes actuaban no solo como hermanos, sino como guardianes, mánagers y protectores de su virtud y su futuro.
A este núcleo familiar hermético, leal a los suyos pero profundamente desconfiado de los forasteros, llegó el joven Alejandro Ciangherotti. Cuando sus caminos se cruzaron, ni Mercedes ni Alejandro eran las estrellas consagradas que serían años después. Eran, en esencia, dos jóvenes actores abriéndose paso a machetazos en una industria incipiente y voraz. Pero la conexión fue instantánea, eléctrica y profunda. Aunque el destino y los directores de casting se encargarían de encasillar a Alejandro como el villano por excelencia, en la vida real, lejos de las cámaras, era un hombre extraordinariamente diferente.
Quienes lo trataron en la intimidad lo describen como un sujeto encantador, sumamente educado, de voz suave, trato caballeroso y modales de aristócrata. Mercedes quedó absolutamente deslumbrada por su elegancia y su ternura, y Alejandro, por su parte, cayó rendido a los pies de aquella joven dulce y talentosa. Tras un romance apasionado que parecía sacado de un guion de cine, la pareja decidió desafiar las reticencias iniciales de la familia y pasaron por el altar en el año 1937.
Alejandro, quizás cegado por el amor y la ilusión, albergaba la esperanza de que, al unirse legalmente al clan Soler, su carrera también recibiría un impulso. Sus cuñados ya estaban en la rampa de lanzamiento hacia la inmortalidad cinematográfica, y él creyó que lo acogerían como a un hermano más. La realidad, sin embargo, le asestó un golpe de una crueldad brutal.
El mismo día de la boda, apenas terminada la ceremonia y cuando la felicidad debía ser la única protagonista, los cuatro hermanos Soler (Julián, Fernando, Andrés y Domingo) se presentaron en bloque ante el nuevo matrimonio. Lo que desde lejos podía parecer una felicitación calurosa y familiar, fue en realidad una advertencia fría, calculada y cargada de hostilidad. Los Soler no fueron a celebrar; fueron a marcar territorio. “Mechita” era su debilidad, y le dejaron claro a Alejandro que, si ella derramaba una sola lágrima por su culpa, si sufría el más mínimo desencanto, tendría que enfrentarse a la ira combinada de los cuatro hombres más poderosos del cine mexicano.
Alejandro, manteniendo esa compostura de cristal que siempre lo caracterizó, aguantó el desaire con educación y estoicismo. Prometió amarla y cuidarla todos los días de su vida, pero en ese preciso instante comprendió una dolorosa verdad que lo acompañaría hasta la tumba: sus cuñados jamás le darían su bendición, su apoyo ni su cariño. A los ojos de la dinastía Soler, Alejandro Ciangherotti nunca sería familia; sería eternamente el intruso, el extranjero oportunista que se había atrevido a robarles a su hermana menor.
El Nacimiento de un Legado en una Habitación de Hotel
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A pesar del clima gélido y tenso que imponía la familia política, la joven pareja se aferró a su amor y continuó su camino. Siguieron adelante con sus agotadoras giras teatrales y sus primeros pasos en un cine que comenzaba a reclamar su atención. Eran dos almas artísticas buscando estabilidad en un mundo diseñado para el caos. En 1939, la vida les regaló la noticia más hermosa: Mercedes estaba esperando su primer hijo. La ilusión de formar su propia familia, lejos de las sombras de los Soler, los llenó de esperanza.
Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor muy particular para los artistas nómadas. Mientras se encontraban en plena gira teatral por tierras colombianas, los dolores de parto sorprendieron a Mercedes. No había tiempo para planificaciones, ni para buscar el hospital más prestigioso de la ciudad. El niño tenía tanta prisa por llegar al mundo que Mercedes dio a luz en la habitación del hotel donde se hospedaban, asistida de emergencia por un médico local y por los propios empleados del establecimiento que corrieron a llevar sábanas y agua caliente.
Allí, entre paredes prestadas y baúles de vestuario, nació su primer hijo, a quien llamaron Fernando Ciangherotti (legalmente registrado más tarde como Fernando Ciangherotti Díaz). La inmensa ironía de esta historia es que ese niño, nacido en un hotel de Colombia de padre argentino y madre nacida en Los Ángeles, crecería para convertirse en Fernando Luján, uno de los actores mexicanos más icónicos, respetados y profundamente enraizados en la cultura nacional.
Conscientes de la importancia de la identidad, Alejandro y Mercedes regresaron a México en cuanto la salud de la madre y el bebé lo permitieron. Llevaron al niño a Topolobampo, en el estado de Sinaloa, para registrarlo legalmente y otorgarle la nacionalidad mexicana. Años más tarde, la pareja dio la bienvenida a dos hijos más: Alejandro Junior (quien continuaría el legado bajo el nombre de Alejandro Ciangherotti II) y la pequeña Mercedes.
La crianza de estos tres niños fue una aventura bohemia y extraordinaria. Crecieron respirando el polvo de los escenarios, durmiendo en camerinos improvisados, jugando entre cables, luces y telones, y observando a sus padres transformarse en mil personajes distintos. A pesar de vivir en un entorno de caos creativo y constante movimiento geográfico, Alejandro y Mercedes se desvivieron por construir un núcleo familiar sólido, cálido y lleno de amor. No podían enviar a sus hijos a una escuela tradicional, por lo que contrataron tutores privados que les impartían lecciones en los rincones de los teatros, entre función y función.
Fue en esta época de crianza cuando Mercedes demostró la inmensidad de su amor y tomó la decisión más valiente, y quizás la más difícil, de su vida. Teniendo el talento, los contactos y el apellido para convertirse en una estrella del celuloide, Mercedes decidió retirarse de la actuación para siempre. Guardó sus guiones, guardó sus vestidos de escena y se dedicó en cuerpo y alma a su hogar. Quiso ofrecerles a sus hijos y a su marido esa paz, estructura y calor de hogar que la vida nómada de la farándula siempre les había negado.
Alejandro, por su parte, asumió el rol de proveedor con una seriedad absoluta. Aunque a menudo era descrito como un hombre de carácter fuerte y normas severas en casa, sus hijos siempre lo recordaron, hasta el final de sus días, como un padre ejemplar, profundamente amoroso y responsable hasta la obsesión. Jamás permitió que a su familia le faltara un plato de comida o un techo seguro. Sabía perfectamente que los todopoderosos hermanos Soler no moverían un solo dedo para ayudarlo si caía en desgracia, así que dejó de esperar milagros y se dedicó a “picar piedra”. Trabajó incansablemente en la industria cinematográfica, aceptando roles que otros despreciaban, perfeccionando su técnica y ganándose, a base de esfuerzo puro, el respeto incondicional de los directores, técnicos y de la misma audiencia.
El Villano Inolvidable: El Estigma de la Perfección
Al despuntar la década de 1940, el rostro de Alejandro Ciangherotti ya era una presencia habitual y reconocible para los miles de espectadores que abarrotaban las salas de cine en todo México. Su carrera fue prolífica, pero siempre estuvo marcada por un estigma doloroso: nunca, bajo ninguna circunstancia, se le permitió ser el galán de la película. Su destino cinematográfico estaba sellado en la oscuridad. Mientras sus cuñados, los Soler, acaparaban los protagónicos, ganaban fortunas y se llevaban a la chica al final de la cinta (incluso a edades avanzadas), a Alejandro lo relegaban invariablemente al papel de villano, de antagonista sin escrúpulos o de secundario de lujo.
La envidia, un sentimiento profundamente humano, lo picó en más de una ocasión. En el silencio de su hogar, Alejandro se atormentaba preguntándose por qué la industria le negaba las oportunidades que les regalaba a otros con menos talento. Sabía que sus capacidades histriónicas estaban a la par, o incluso superaban, a las de los grandes nombres de la época. Sin embargo, no permitió que la amargura lo paralizara. Volcó toda esa frustración contenida en su trabajo, entregando actuaciones magistrales en cintas memorables como Bohemios, Canaima, o No basta ser charro. Trabajó codo a codo con los gigantes, incluyendo a Mario Moreno “Cantinflas” en Si yo fuera diputado y Abajo el telón.
Pero si hay un papel que lo inscribió con letras de fuego en el panteón de la cinematografía mexicana, fue el de “El Coyote” en la legendaria película Los tres huastecos (1948). En esta obra maestra de Ismael Rodríguez, Alejandro se enfrentó cara a cara con el ídolo máximo de México, Pedro Infante. Su interpretación del malvado y calculador Coyote, el hombre que le disputaba el amor a la heroína y que hacía sufrir a la pequeña y adorada “Tucita” (María Eugenia Llamas), fue tan visceral, tan perfecta y tan cargada de autenticidad, que el público cruzó la línea entre la ficción y la realidad.
La actuación fue tan sublime que Alejandro Ciangherotti logró lo impensable: el público comenzó a odiarlo de verdad en las calles. Caminar por la Ciudad de México se convirtió en un desafío. Recibía insultos, miradas cargadas de desprecio y, en ocasiones, la gente se alejaba de él con temor genuino. Encarnaba la soberbia, la violencia machista y la altivez con tanta naturalidad que el imaginario colectivo asumió que el actor no estaba actuando, sino mostrándose tal cual era. Se rumoreaba en las panaderías y en las plazas: “Si es tan malvado en la pantalla, no quiero ni imaginar el monstruo que debe ser con su esposa a puerta cerrada”.
Cualquier otro actor se habría deprimido ante tal nivel de rechazo social. Pero Alejandro poseía la madurez emocional y artística para entenderlo de manera diferente. Lejos de ofenderse, abrazaba el odio del público como la crítica más favorable que podía recibir. Él entendía que despertar sentimientos tan viscerales, tan primitivos y reales en la audiencia, era la prueba irrefutable de que su interpretación rozaba la perfección. Cuanto más asco y desprecio generaban sus personajes, más confiaba en su propio arte.
Esta maestría para la maldad garantizó que el trabajo nunca le faltara, pero acentuó el agudo contraste con su verdadera personalidad. En la intimidad, Alejandro era un hombre silencioso, de una pulcritud que rayaba en lo obsesivo. Iba siempre impecable, luciendo trajes a la medida, zapatos lustrados y corbatas perfectamente anudadas, sin importar si iba a un rodaje, a un simple ensayo o a cenar en su casa. Sus allegados bromeaban diciendo que parecía una figurita de porcelana. Tras esa fachada gélida y ese porte aristocrático, habitaba un padre que se desvivía por llevar a sus hijos al parque, y un esposo que miraba a Mercedes con la misma adoración del primer día.
Y sin embargo, la sombra de los Soler seguía asfixiándolo. Los domingos, la dinámica familiar se convertía en un suplicio psicológico. Sus ilustres cuñados se presentaban en su casa, llenando el espacio con su ruidosa presencia y su aura de estrellas. Mimaban a sus sobrinos y conversaban animadamente con Mercedes, pero la actitud hacia Alejandro era de un desprecio glacial. Las visitas parecían inspecciones policiales diseñadas para comprobar que “el monstruo” no estuviera maltratando a la princesa de la familia. Lo ignoraban deliberadamente, le negaban la palabra y lo reducían a un mero espectador en su propia casa.
Este maltrato constante no pasó desapercibido para los hijos de Alejandro. Los niños, dotados de una gran sensibilidad, veían cómo el mundo idolatraba a sus tíos, mientras su padre, un hombre digno y talentoso, era humillado en silencio. Fue por este profundo rechazo, por este dolor heredado, que los hijos de Alejandro tomaron una decisión radical cuando decidieron dedicarse a la actuación: se negaron en rotundo a utilizar el todopoderoso apellido Soler. Sentían que ese linaje solo le había traído lágrimas y desdén a su padre.
De hecho, fue el propio Alejandro quien, en un acto de profundo amor y sabiduría, les sugirió que buscaran nombres artísticos distintos. Argumentaba, con elegancia, que “Ciangherotti Soler” era demasiado largo para las marquesinas, pero en el fondo, su intención era otra: quería que sus hijos brillaran por sus propios méritos, libres del peso opresivo de la dinastía y de las deudas emocionales del pasado. Así fue como su primogénito, devoto de la Virgen de Luján, Patrona de Argentina (la tierra natal de su padre), adoptó el nombre de Fernando Luján, forjando su propia y brillante historia.
A pesar de los desplantes, los chismes de la industria y la crueldad de la familia política, el matrimonio se mantuvo firme como una roca. Mercedes nunca dejó de defender al amor de su vida. Años después, para silenciar las habladurías que aún persistían, ella declararía con profunda emotividad: “Alejandro jamás me levantó la voz ni me puso una mano encima. Nunca me trató con dureza. Cuando él estaba grabando y yo llevaba a los niños al set para esperarlo en su camerino, a él se le iluminaba el rostro de una manera hermosa al vernos. Nos acogía con una ternura infinita”. La mujer que mejor lo conoció certificaba que detrás del villano más odiado de México latía el corazón de un hombre extraordinario.

La Voz de un Maestro y el Ocaso de una Época
Con la llegada de la década de 1950 y 1960, la industria del entretenimiento comenzó a mutar. El cine de oro empezaba a perder su brillo original y un nuevo monstruo dominaba los hogares: la televisión. Alejandro, demostrando una inmensa versatilidad y una ética de trabajo envidiable, no se quedó estancado en la nostalgia. Dio el salto a la pantalla chica participando en éxitos pioneros como la telenovela María Guadalupe. Su imponente presencia y su capacidad dramática lo llevaron a integrar los elencos de producciones de gran calibre como La Constitución, Los Miserables y La Carreta. Mientras el Canal 8 era absorbido por la incipiente Televisa para formar un monopolio mediático sin precedentes, Alejandro se mantuvo como una pieza fundamental, un actor de carácter que le otorgaba peso y credibilidad a cualquier proyecto.
Pero la genialidad de Alejandro Ciangherotti guardaba un as bajo la manga, un talento oculto que sorprendió a propios y extraños, y que hoy en día es venerado por los conocedores de la industria: el doblaje de voz. Conforme los años pasaban y su carga de trabajo frente a las cámaras disminuía paulatinamente hacia finales de los años 60, Alejandro incursionó en las oscuras y solitarias salas de doblaje. Allí, despojado de su imagen física y confiando únicamente en la potencia expresiva de sus cuerdas vocales, le dio vida en español a personajes icónicos de la televisión estadounidense.
Prestó su voz profunda y varonil a figuras como Ronald Reagan en la serie Combate, y demostró un inesperado y maravilloso talento para la comedia animada al participar en clásicos inmortales como Los Supersónicos, Los Picapiedra y la mítica serie de anime Meteoro (Speed Racer). Su labor en el atril de doblaje reveló una riqueza histriónica que los directores de cine rara vez le permitieron explotar. Era la prueba definitiva de que el “Coyote”, el villano encasillado, era en realidad un camaleón capaz de adaptarse a cualquier género, desde el drama más oscuro hasta la comedia más ligera.
Sin embargo, el destino, que le había escatimado el cariño de su familia política y el papel del héroe, le tenía reservado el golpe más devastador de toda su existencia. En febrero de 1971, una tragedia repentina partió su vida en dos. Mercedes Soler, la mujer por la que soportó décadas de humillaciones, la madre de sus hijos, su ancla y su gran amor, falleció de manera súbita a causa de una trombosis. Mercedes había dejado su propia huella en 24 películas antes de retirarse, pero su legado más grande fue la familia que construyó. Su partida dejó a Alejandro sumido en una depresión oscura y en una soledad asfixiante. El mundo, sin ella, había perdido todo su sentido.
El Último Escándalo: Un Final Trágico y Desgarrador
El luto de Alejandro fue profundo, pero lo que ocurrió después sacudió los cimientos del puritano mundo del espectáculo mexicano de la época. Apenas dos años después de haber enviudado, a la edad de 61 años, Alejandro Ciangherotti sorprendió, y para muchos, ofendió a la sociedad al anunciar sus intenciones de contraer matrimonio nuevamente. La noticia cayó como una bomba, pero lo que desató un escándalo de proporciones bíblicas fue la identidad y la edad de la novia.
Se trataba de Margarita Díaz Mora, una joven de apenas 23 años. Margarita no era una desconocida; era hija de la famosa y querida actriz de la Época de Oro, Margarita Mora, y del poderoso editor de la revista Cinema Mundial, Isaac Díaz Araiza. La diferencia de 38 años de edad entre Alejandro y Margarita fue la excusa perfecta para que la industria del cine y la familia Soler desataran toda su artillería contra él.
Los cotilleos maliciosos inundaron los pasillos de Televisa y las redacciones de las revistas del corazón. Se esparció el venenoso rumor de que aquel romance no había surgido desde la viudez, sino que Alejandro había traicionado a Mercedes mucho antes de su trágica muerte. Aunque jamás se presentó una sola prueba de esta supuesta infidelidad, el estigma de la sospecha lo persiguió sin piedad. Para sus hijos, que aún lloraban la reciente pérdida de su madre, el impacto de ver a su padre casarse con una mujer que podía ser su hija menor fue un golpe emocional brutal. Las relaciones familiares se tensaron al máximo, y la incomprensión reinó.
El escándalo se alimentó incluso de los detalles más pequeños del enlace. Las invitaciones de boda, diseñadas ingeniosa y provocativamente como si fueran boletos de entrada a una función de teatro, llevaban impreso en letras grandes un lema que sonaba a desafío: “El amor no tiene edad”. Muchos en el gremio pensaron que se trataba de una broma publicitaria para una nueva obra teatral; la sorpresa fue mayúscula al descubrir que la invitación era real.
La cereza de este amargo pastel mediático fue la intervención del ídolo máximo de México, Mario Moreno “Cantinflas”. El comediante, quien era el padrino de bautizo de la joven Margarita, se opuso furiosamente y de manera frontal al matrimonio. Utilizó toda su influencia y peso en la industria para intentar detener la boda, considerando que la unión era una aberración. Sin embargo, a pesar del rechazo de Cantinflas, del repudio continuo de los hermanos Soler, del distanciamiento de sus propios hijos y del juicio implacable de la prensa, Alejandro y Margarita se casaron.
Amigos muy íntimos y cercanos a Alejandro defendieron su decisión hasta el último momento. Aseguraban, con conocimiento de causa, que el actor no buscaba provocar a la sociedad ni manchar el recuerdo de Mercedes. Lo que Alejandro buscaba desesperadamente era escapar de la aterradora soledad que lo consumía desde la viudez. Quería sentir afecto, quería compañía en el ocaso de su vida, y Margarita se lo ofreció.
Lamentablemente, este último acto de rebeldía y búsqueda de felicidad fue dolorosamente efímero. Apenas dos años y meses después de haber pronunciado su segundo “sí, acepto”, el cuerpo de Alejandro, desgastado por una vida de intensas emociones, trabajo incesante y batallas silenciosas, no resistió más. El 29 de agosto de 1975, a la edad de 64 años, Alejandro Ciangherotti exhaló su último aliento.
Sus restos fueron depositados en el legendario Panteón de la ANDA (Asociación Nacional de Actores), en el corazón de la Ciudad de México, descansando finalmente entre aquellos colegas que en vida lo respetaron como actor, pero que rara vez lo comprendieron como hombre. Dejó tras de sí un legado titánico: 57 películas, 18 telenovelas de éxito masivo, innumerables horas de doblaje y, lo más importante, una dinastía de actores (encabezada por Fernando Luján y seguida por sus nietos) que continúan enalteciendo la profesión hasta el día de hoy.
La vida de Alejandro Ciangherotti es un enigma envuelto en celuloide. ¿Por qué la industria lo encasilló para siempre en el papel del hombre arrogante y malvado? Quizás porque su talento era tan avasallador que resultaba peligroso darle el papel de héroe; quizás porque la vida le exigió interpretar el papel del hombre fuerte para soportar el desprecio de su entorno. Hoy, libre de los prejuicios de su época, la realidad brilla con fuerza: fue un hombre que amó profundamente, que crio hijos exitosos en un ambiente hostil, y que entregó su alma al arte escénico.
La biografía de “El Coyote” nos recuerda de manera dolorosa que la vida íntima de los ídolos de la pantalla suele ser mucho más compleja, frágil y dramática que las ficciones de dos horas por las que les pagamos una entrada de cine. Detrás de la mirada asesina del villano azul, siempre latió el corazón de un hombre que solo quería ser aceptado.