En pleno insomnio, a solo dos noches del arranque del evento deportivo más grande del planeta, la mente comienza a jugar pasadas extrañas. A escasas horas de que el balón ruede y el mundo entero contenga la respiración, la línea entre la realidad laboral y la pasión infantil se difumina. Escribo estas palabras tal vez sin ser plenamente consciente de que estoy a punto de atravesar esos momentos que, en un futuro cercano, miraré en retrospectiva como los días más gloriosos de mi vida. Las anécdotas, las experiencias compartidas, la locura de los estadios y los viajes que emprenderé, se convertirán en tesoros que guardaré para siempre.
Durante las últimas semanas, me he centrado de manera obsesiva en preparar y ordenar todo el equipo, las ideas y la logística para traer el mejor contenido posible, editar videos a la velocidad de la luz y meterme de lleno en el papel de creador digital y periodista. Sin embargo, en medio del estrés de los patrocinadores, los vuelos y las cámaras, olvidé algo fundamental: mucho antes de todo el caos laboral que se avecina, soy, por encima de todo, un aficionado más al fútbol. Un aficionado bastante “enfermito”, por cierto.
Este insomnio no es solo producto del nerviosismo o la incertidumbre de la cobertura; es, en su estado más puro, la angustia y el ansia incontenible porque ya llegue el pitazo inicial. Porque el fanático siempre ha estado y siempre estará antes que el creador de contenido en las redes sociales.
Y bien dicen por ahí, quienes entienden la verdadera magnitud de este deporte: los Mundiales no son cualquier cosa. Un Mundial define una era, marca una etapa inamovible en tu vida. Son eventos tan masivos y globales, vistos por miles de millones de personas simultáneamente, que paradójicamente, logran convertirse en la experiencia más personal e íntima que pueda existir. Todos recordamos Qatar, Rusia o Brasil, pero el valor sentimental de cada edición es un universo distinto en la mente de cada aficionado.
El Mundial como Máquina del Tiempo
El Mundial es la banda sonora de tu crecimiento. Es tu primer recuerdo borroso frente a un televisor gigante de tubo; es ese partido cardíaco visto a escondidas en el salón de clases junto a tus compañeros; es la primera playera pirata que tuviste de tu ídolo; es tu primer álbum de calcomanías completado a base de gastarte el dinero del recreo; son las clásicas “retas” con los amigos de la cuadra donde, por un par de horas, tú eras el jugador de moda. Es desvelarte, desmañanarte y paralizar absolutamente todas tus responsabilidades terrenales por ver un torneo que, de alguna u otra forma, se convirtió en tu Mundial.

Trasladar la mente a ese recuerdo específico equivale a presenciar tu propia evolución personal como ser humano. El chico que fui durante Sudáfrica 2010 es diametralmente distinto al de hoy. Han pasado 16 años, una eternidad, y sin embargo, también soy una persona completamente diferente al adolescente de Brasil 2014, al estudiante estresado de Rusia 2018 y al emprendedor de Qatar 2022. La Copa del Mundo es, en esencia, nostalgia pura inyectada en vena.
En la vida de todo fanático nunca ha faltado aquel señor entrañable, que puede ser tu papá, tu tío o un vecino, que te relataba con los ojos brillantes la mítica epopeya del Mundial del 86: las hazañas imposibles de Maradona en el Estadio Azteca y cómo el país se paralizó. Siempre apelan a ese recuerdo, a esa memoria dorada donde existe la tendencia natural a pensar que “el fútbol de antes siempre era mejor”. Hoy, a mis 25 años, a veces me atraviesa por la mente la idea de dividir mi biografía en periodos mundialistas. Me aterra y emociona pensar que, tal vez en muy poco tiempo, seré yo ese “señor nostálgico” relatando a las nuevas generaciones cómo el Mundial de Norteamérica 2026 fue insuperable, porque tuve el privilegio absoluto de vivirlo en persona, sintiendo la vibración del estadio bajo mis pies.
O me detengo a pensar en el futuro lejano, en el Mundial de 2030. ¿Quién seré en 2030? ¿Dónde estaré parado? Tal vez esta edición de 2026 sea mi última Copa del Mundo vivida como un joven soltero, con la libertad de viajar sin ataduras, sin estar casado, e incluso sin hijos que dependan de mí. Hoy ese escenario me parece lejanísimo, pero si hay algo que el fútbol me ha enseñado, es que cuatro años son una eternidad disfrazada de un suspiro.
Retrocediendo el Reloj: Qatar 2022 y la Locura del Podcast
Tiremos el tiempo hacia atrás por un momento y los invito a hacer el mismo ejercicio de introspección.
Recuerdo Qatar 2022 con una nitidez casi tangible, como si hubiese sido ayer por la tarde. Sin embargo, era un tipo muy diferente. En primer lugar, lucía un cabello muchísimo más largo (del cual hoy me arrepiento un poco), estaba significativamente más delgado y mi filosofía de vida se resumía en pensar exclusivamente en el “hoy”, viviendo un día a la vez por pura supervivencia e incertidumbre.
Recién había arrancado la aventura del podcast junto a mis grandes amigos y compañeros, Ángel y Ricky. Llevábamos apenas menos de un año trabajando juntos. Las vistas en YouTube habían empezado a despuntar de forma exponencial e inesperada justo antes de la Copa. De repente, llegaron los primeros patrocinios reales y, con ellos, nuestra primera repartición seria de dinero fruto del trabajo en redes: algo así como 2,500 dólares por persona, una fortuna para nosotros en aquel entonces. No teníamos ni la más remota idea de qué sería del podcast una vez finalizado el torneo en Qatar, por eso nos enfocábamos en sobrevivir al día a día.
Movidos por la locura y la ambición, nos fuimos a Estados Unidos a encerrarnos a piedra y lodo durante casi un mes entero. Nuestra rutina era brutal: hacíamos reacciones en vivo a los partidos más importantes, grabábamos, editábamos y publicábamos un episodio por día, sin descanso, apostando todas nuestras fichas y nuestros ahorros por ese torneo. Y valió la pena. Lo disfruté como un loco desquiciado, sobre todo el clímax absoluto: ver por fin a mi gran ídolo coronarse campeón, ver a Lionel Messi levantar ese anhelado trofeo de la Copa del Mundo en una de las finales más espectaculares, dramáticas y perfectas de la historia del fútbol.

Sin embargo, siendo completamente honesto, no es el torneo que más he disfrutado en mi vida. El simple hecho de que se haya jugado entre los meses fríos de noviembre y diciembre le arrebató ese sazón veraniego inconfundible, esa atmósfera festiva de vacaciones que todos asociamos con los Mundiales. Además, la pesada responsabilidad laboral me mantenía constantemente preocupado de que todo saliera bien a nivel técnico y de producción, robándome concentración del juego en sí mismo.
Han pasado apenas tres años y medio desde Qatar, y a pesar de que siento el recuerdo fresco, la lista de diferencias respecto a ese Padilla es kilométrica. Abri el canal de “Padigol”, el podcast creció hasta alcanzar niveles de audiencia y profesionalismo que jamás hubiese imaginado en mis sueños más optimistas. Logramos la codiciada placa de los 100,000 suscriptores de YouTube; viajamos en innumerables ocasiones a la Ciudad de México grabando contenido con las figuras que antes solo admirábamos a través de la pantalla; cubrimos en el terreno la Copa América, la Copa Oro y recorrimos ciudades como Monterrey y Houston. Grabamos más de 600 capítulos, logramos trabajar para una importante televisora realizando más de 200 emisiones en menos de año y medio, un ritmo verdaderamente frenético.
En ese lapso, como equipo y como personas, nos perdimos, nos reencontramos, nos preparamos intelectualmente y gastamos hasta el último centavo de nuestros ahorros para poder estar listos para este 2026. Así resumiría mi vertiginoso viaje desde 2022 hasta el día de hoy.
Y claro, debo admitir que si para mí Qatar no fue el Mundial perfecto, tal vez para otros millones de fanáticos represente la gloria total. El Mundial, insisto, es un evento de magnitud global, pero su impacto es profundamente subjetivo y personal.
Rusia 2018: La Tensión Académica y el Heroísmo Tricolor
Si continuamos retrocediendo en el tiempo, llegamos a Rusia 2018. Probablemente fue mi Mundial más complejo, extraño y caótico a nivel personal. Lo viví en medio de una lucha encarnizada para evitar ser expulsado de mi preparatoria. Me encontraba rindiendo asfixiantes exámenes extraordinarios y acudiendo a mis últimas oportunidades para aprobar matemáticas y física, materias que amenazaban mi futuro académico.
Estaba cursando mi segundo año de preparatoria, tenía apenas 17 años y la vida me llevó a viajar a Guatemala junto a varios amigos para realizar una especie de servicio social comunitario. Mi experiencia de aquel Mundial estuvo fracturada geográficamente. Aún estando en México, vi junto a toda mi familia reunida en casa de mi tía el histórico y ensordecedor gol de “El Chucky” Lozano, ese triunfo monumental que hizo temblar la tierra frente a la poderosa Alemania.
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Días después, ya en una escuela rural de Guatemala, rodeado de mis amigos mexicanos, celebramos la sufrida victoria ante Corea del Sur. Y en un humilde albergue de ese mismo país centroamericano, viví la angustia del cierre de grupos: la desastrosa derrota frente a Suecia y el milagroso, casi divino pase a octavos de final gracias a la heroica salvación de la propia Corea derrotando a los germanos.
El cierre de esa historia mundialista ocurrió en un escenario peculiar: en el aeropuerto, a punto de regresar a México, sentados en un McDonald’s, presenciamos la amarga eliminación de la selección ante el Brasil de Neymar. A pesar de todo, conservo recuerdos imborrables de esos días: el dramático empate entre Portugal y España, el frenético Argentina vs Francia que disfruté en la casa que rentábamos en Guatemala, y una anécdota hilarante que encapsula lo que significa un Mundial.
Aquel famoso Inglaterra vs Croacia me tomó por sorpresa en el momento más inoportuno. Tuve que acompañar a mi papá, de muy mala gana, al centro de León para pagar una multa de tránsito. Nos estacionamos frente a una tienda departamental Coppel y, al entrar rumbo al estacionamiento, nos tocó presenciar en la pared de televisores a la venta el espectacular golazo de tiro libre de Kieran Trippier. Eso también es un Mundial: el recuerdo súper específico, casi fotográfico, anclado a un lugar inesperado. Seguramente en ese momento yo estaba echando chispas, rabiando internamente por estar en un centro comercial en lugar de estar cómodo en mi sofá disfrutando de una semifinal histórica. Sin embargo, hoy atesoro ese recuerdo precisamente por lo atípico de la situación.
El Mundial no solo se trata de la táctica, el gol antológico o el triunfo de tu país. El Mundial es tuyo. Es el recuerdo y el sentimiento personal e intransferible. La verdadera memoria radica en responder a las preguntas: ¿Con quién estabas en ese momento? ¿En qué lugar estabas sentado? ¿De qué tamaño era la televisión? ¿Por quién estabas apostando?
Brasil 2014: El Vicio Absoluto y el Despertar del Fanático
Llegamos a Brasil 2014. Es, sin temor a equivocarme, mi momento cumbre con estos torneos, mi mayor recuerdo y la época de mayor disfrute sin filtros de mi vida. Estaba cursando mi primer año de secundaria, un joven de apenas 13 años. Afortunadamente, en mi escuela existía la maravillosa bendición logística de que, durante la época de exámenes finales, simplemente presentabas tu prueba y tenías permiso para irte a tu casa. Entrábamos a las 7:00 de la mañana, tenías 45 minutos para las asignaturas sencillas y una hora y media para las complejas. En absolutamente todos los exámenes, yo me aseguraba de terminar y entregar justo antes de que el árbitro pitara el inicio del primer partido del día.

Si, por decir algo, el partido inaugural entre Brasil y Croacia se jugaba a las 10:00 a.m., yo, como muy tarde, a las 9:00 a.m. ya estaba atrincherado en mi casa. Tenía 13 años y mi nivel de consciencia futbolística estaba en su punto más álgido. Creo que ese fue mi momento más genuinamente “enfermito” y obsesivo con este deporte. No me conformaba solo con ver el partido; necesitaba consumir religiosamente las aburridas previas y los exhaustivos análisis post-partido.
Recuerdo vívidamente haber creado una hoja con el calendario completo de la fase de grupos hecho a mano, la cual enmiqué cuidadosamente con plástico duro para evitar que se arruinara y asegurarme de no perderme un solo encuentro. Lancé una advertencia seria y casi dictatorial a toda mi familia: mientras hubiera un partido transmitiéndose por televisión, absolutamente nadie me podía sacar de la casa. Ni salidas a comer los fines de semana, ni visitas obligadas a la casa de mis abuelos, ni compromisos sociales; nada era más importante. Mi mundo se redujo a la pantalla de la tele y a los 22 futbolistas de frente.
Mi objetivo principal fue ver absolutamente todos los partidos del torneo en vivo, a excepción de los de la última fecha de grupos que, por reglamento, se jugaban de manera simultánea. Y si la memoria no me falla, logré mi cometido, fracasando solo en dos o tres ocasiones. Fue un verano verdaderamente único, mágico y desestresante.
Ese Mundial culminó con un recuerdo nostálgico imborrable: en la cochera de mi casa invité a mis amigos más cercanos a ver el partido por el tercer lugar y, después, armamos un torneíto de “retas” en el jardín trasero. Esa fue, de hecho, la despedida de mis cuates, ya que un par de semanas después me marcharía a estudiar a los Estados Unidos durante todo un año. A los pocos días de esa despedida, en esta misma sala donde me encuentro grabando este texto, vi junto a mis abuelos la agónica final entre Alemania y Argentina. Allí presencié, con el corazón roto, cómo Messi perdía su oportunidad en los tiempos extras gracias al gol de Götze.
Sudáfrica 2010: El Primer Gran Amor Futbolero
Cerrando este viaje por la memoria llegamos a Sudáfrica 2010, mi bautismo de fuego mundialista. Si Brasil 2014 fue especial por el nivel de vicio desmedido que desarrollé hacia el deporte, Sudáfrica fue el primer amor, y el primero, como dictan los poetas, siempre se lleva una parte de tu corazón.
Recuerdo la fascinación por el balón “Jabulani” y su vuelo impredecible; atesoro en la mente haber llenado mi primer álbum Panini; tengo grabada a fuego en la retina la imagen del icónico cabezazo de Puyol contra Alemania en las semifinales. Recuerdo perfectamente la final coronando a España, que coincidió alegremente con la fiesta de cumpleaños de mi mamá. Guardo la emoción del gol del Chicharito a Francia, gritado a todo pulmón en la casa de mi amigo Antillón; la ceremonia de inauguración que vi con muchos de mis amigos del colegio sentados en el piso de este mismo cuarto, porque en aquel entonces ni siquiera existía este sillón.
Me acuerdo, como si fuera ayer, del sólido cabezazo de Heinze para darle la victoria a Argentina contra Nigeria; del escandaloso gol no concedido a Frank Lampard contra los alemanes, mientras estaba de visita en la ciudad de Celaya y mi abuelo enfurecía gritando que eso era un “robo a mano armada”, simplemente porque quería que ganaran los ingleses por llevarle la contraria al mundo. Obviamente, también recuerdo las interminables charlas en los recreos de la escuela debatiendo sobre los zapatazos imparables del uruguayo Diego Forlán y criticando la pobre capacidad goleadora que mostraron tanto Cristiano Ronaldo como Messi en aquel exótico torneo africano.
Ese es el resumen de lo que viví, cómo lo viví y dónde viví mis cuatro experiencias pasadas con la Copa del Mundo. Las cuatro fueron diametralmente distintas y, curiosamente, las cuatro se desarrollaron bastante lejos de la “fiesta verdadera”, viéndolo todo a través de una pantalla.
2026: Ser Niño Otra Vez y Vivir el Sueño
Hoy, el destino ha decidido cambiar las reglas del juego. Me tocará estar allí, de cerca, muy de cerca, sintiendo el sudor y viviendo en primera persona ese sueño que acariciaba desde que vi rodar el Jabulani. Mi objetivo principal y mi compromiso ineludible es traer a este canal y al del podcast el mejor contenido que me sea humana y técnicamente posible. Planeo grabar reacciones viscerales desde el propio estadio para el podcast, emitir mis opiniones y crónicas apasionadas para el canal Padigol y trabajar al máximo nivel.
Sin embargo, me he prometido solemnemente algo: no me puedo olvidar de vivir. No me puedo distraer de la experiencia. No puedo enfocarme única y exclusivamente en que la toma esté enfocada o el audio limpio. Tengo que disfrutar a plenitud de lo que he luchado por conseguir todos estos años.
Sé perfectamente que en estos momentos millones de mexicanos prefieren adoptar una postura cínica y enfocarse en temas políticos (como la gestión de Claudia Sheinbaum), criticar duramente la pésima y corrupta organización, prever posibles bloqueos y marchas, o burlarse del evidente ridículo deportivo y administrativo que nuestro país está haciendo como anfitrión. Y sí, es válido y está bien que analicemos la situación desde el sentido más maduro, sociológico, político y logístico.
Pero por el amor de Dios, ruego que dejemos que ese Padilla del 2010 se adentre y posea el cuerpo del Padilla del 2026. A ese niño no le importaba ni un rábano la infraestructura logística, los estadios multimillonarios, los problemas de transporte o los horarios comerciales de las televisoras. Nada de eso importaba, solo le interesaba ver rodar el balón en el césped.
A ese niño no le quitaba el sueño saber que la Selección Mexicana no había completado un buen proceso formativo bajo el mando de los directivos. Le preocupaba única y exclusivamente que se ganaran los benditos partidos; se ilusionaba, gritaba y soñaba con el quinto partido. Hoy, a mis 25 años, quiero darme permiso para dejarme ir. Hoy exijo vivir de la misma forma ingenua e intensa esos momentos deportivos. Quiero soñar con el “Tri”, quiero ilusionarme como un novato, quiero volver a creerles a pesar de todo.
Y si el destino dicta que terminemos perdiendo vergonzosamente, aunque mi corazón futbolero termine hecho pedazos y destruido, no importa, porque la magia radica en el hecho de que esto solo sucede una vez cada cuatro años. Y si hoy el universo me está brindando esta rara oportunidad de volver a ser un niño otra vez, les aseguro que la tomaré con ambas manos. No sé, nadie lo sabe, si esta será mi última oportunidad de disfrutarlo con esta libertad.
Un Llamado a la Afición: Abrace la Locura
Para todos aquellos afortunados que tendrán el inmenso privilegio de estar sentados en las butacas de los estadios, les daré un consejo de oro: no se enfoquen ni se amarguen por el caos del tráfico en las avenidas, por el desmadre logístico en las filas de acceso, por calcular cuántas cervezas pueden comprar o por lamentarse del exorbitante precio de los alimentos. Piensen, por un maldito segundo, en lo inmensamente “chingón” que se siente estar respirando ese aire. Valoren todo lo que tuvieron que trabajar, ahorrar y sacrificar en sus vidas cotidianas para poder pagar ese costoso boleto. Si el partido resulta ser un aburrido empate a cero y no cumple con sus expectativas, recuerden esto: es uno cada cuatro años. La atmósfera y el contexto hacen que cada partido sea irrepetible y único en la historia humana.
Para los millones que, desde la comodidad de sus casas, verán absolutamente todos los demás encuentros, el consejo es el mismo. A pesar de que el cartel indique un modesto Haití vs. Escocia, un aparentemente aburrido Cabo Verde vs. Arabia Saudita, o un ríspido Irán vs. Nueva Zelanda… ¡Es un maldito partido de Mundial!
Hoy se vale paralizar la rutina. Hoy nos merecemos el desvelo. Hoy nos toca disfrutar. Quiero, y les pido que hagan lo mismo, mantener en todo momento presente en mi cabeza la idea de que algún día, ya viejo y cansado, diré con lágrimas en los ojos que estos fueron mis momentos dorados de la juventud. Necesito ser consciente de ello para así poder saborearlo en tiempo real mientras me está sucediendo, y no extrañarlo cuando ya se haya esfumado.

Mi bitácora marca el inicio de la gran aventura: mi primera experiencia mundialista en vivo será el día 14 de junio, presenciando el choque entre Alemania y la sorprendente Curazao en el monumental estadio de Houston. Y mi última parada, si todo sale según lo planeado, será más de un mes después, el 15 de julio, presenciando las tensas semifinales en Atlanta. Para ese momento, estaré seguramente desgastadísimo físicamente de tanto viajar en avión, padeceré de profundas ojeras por dormir escasas horas, estaré estresado de editar cientos de videos; pero en todo momento mantendré la lucidez de saber que esto que estoy viviendo en carne propia no es algo normal, es un privilegio celestial.
Quiero extenderles la invitación más grande y sincera que he hecho en mi vida: están invitados más que nunca a disfrutar intensamente de este frenético verano junto a nosotros. Únanse a Pato, Ricky, Ángel y a mí en el podcast. Tendremos episodios calientitos los lunes, los miércoles, los viernes, o en cualquier maldito día que juegue la Selección de México. Tendrán disponibles nuestras reacciones crudas y directas a cada uno de los nueve encuentros que tendremos la suerte de presenciar desde las entrañas del estadio. Haremos directos (streams) en plataformas casi diario comentando los pormenores.
Están invitados más que nunca a disfrutar junto al equipo de Padigol, junto al inmenso talento de Lalo, Cris, Luigi y nuestros incansables editores, de todos los análisis tácticos minuciosos, la crónica apasionada y romántica de los viajes, el resumen detallado de cada ronda definitoria, y todo el material audiovisual que vendrá incluso cuando se apague la llama del torneo.
Pero por encima de los videos y las visitas, están invitados más que nunca a disfrutar, gritar, abrazar y sentir como si fuesen niños de diez años una vez más durante todo este mes de torneo. Porque el reloj no perdona y esta oportunidad no se nos presenta siempre. Porque cuando la final concluya y la pólvora del confeti se disipe, cada verano llega a su fin, y de manera cruel pero inevitable, pondremos melancólicamente la mira en el ya lejano 2030, momento en el que habrá que volver a abrir el cochinito para empezar a ahorrar otra vez con la esperanza de estar ahí.
Si este Mundial de Norteamérica resulta ser tu cuarto, el quinto, el sexto, tu séptimo de la suerte; o si, por el contrario, eres de la nueva generación y es apenas el segundo o el tercero de tu vida… disfrútalo con la misma intensidad como si fuera el primero. Lo que pase dentro del rectángulo verde, las injusticias arbitrales y los fracasos seguramente influirán en tu estado de ánimo, es innegable. Pero yo te ruego que tú lo vivas sin dejar que tu felicidad dependa enteramente de lo que dicten 22 millonarios corriendo tras un balón.
Júntate con los amigos de toda la vida, abraza a tus familiares, busca desesperadamente la anécdota y el evento diferente, satura tus ojos viendo absolutamente todo el fútbol que puedas, atáscate de previas y análisis, enférmate sanamente de fútbol y encárgate de crear, con tus propias manos, esa memoria única y personalísima.
Haz de esta Copa del Mundo tu gran recuerdo, tu tesoro emocional, para volver dentro de exactos 4 años y agregarle a tu enciclopedia mental de las ediciones pasadas todo lo que en un futuro lejano y nostálgico le relatarás emocionado a tus hijos. Cuéntales sobre el melancólico último Mundial del astro Messi y de la leyenda de Cristiano Ronaldo; háblales del extraño primer torneo que albergó a 48 naciones hambrientas de gloria; de la caótica y primera ocasión en la historia que se jugó repartido en el territorio de tres países gigantes; de la siempre polémica vuelta de la Copa a México; de la mágica y vibrante inauguración en el tres veces mundialista Estadio Azteca; de las lágrimas por el paso del ‘Tri’; de las nuevas y deslumbrantes figuras que nacieron frente a nuestros ojos, de los golazos imposibles, de los partidazos de infarto…
O simplemente, háblales de tu loca obsesión que te llevó al grado incomprensible de estar clavado frente al televisor un martes por la mañana viendo un exótico Egipto vs. Jordania, o un Argelia vs. Irak. Construye tu propio recuerdo único, mágico y exclusivo del Mundial México, Estados Unidos, Canadá en este ya histórico 2026. ¡Que ruede el balón y que viva el fútbol!