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El Precio de la Integridad: La Tragedia Oculta de Pernell Roberts, el Adam Cartwright que Desafió a Hollywood y Murió en la Soledad

El 24 de enero de 2010, el sonido del océano Pacífico golpeando las costas de Malibú, California, fue el único testigo del último suspiro de un hombre que alguna vez tuvo al mundo entero a sus pies. Pernell Roberts falleció a los 81 años, consumido por un implacable cáncer de páncreas. A su lado, su cuarta esposa, Eleanor Criswell, sostenía la mano de quien fuera uno de los rostros más reconocibles de la televisión mundial. Sus cenizas, por voluntad propia, fueron esparcidas en la inmensidad de ese mismo océano, un final poético y solitario para un actor que siempre nadó contra la corriente.

El hombre que había interpretado a Adam Cartwright en la legendaria serie “Bonanza” durante seis intensas temporadas, el mismo que había protagonizado el que probablemente sea el abandono más sonado y polémico en la historia de la televisión estadounidense de los años 60, moría rodeado de un círculo íntimo tan reducido que cabía en una sola habitación. Para cuando Roberts cerró los ojos por última vez, todos sus legendarios compañeros del rancho La Ponderosa ya se habían adelantado en el camino: Dan Blocker en 1972, el patriarca Lorne Greene en 1987, y el carismático Michael Landon en 1991. Sobrevivió a todos. El actor que abandonó el barco antes de tiempo fue el único que llegó a ver cómo terminaba realmente la historia.

Pero reducir la vida de Pernell Roberts a su participación en “Bonanza” sería cometer el mismo error que él tanto despreciaba en la industria del entretenimiento: conformarse con la superficie. Su vida es un tapiz complejo tejido con hilos de brillantez actoral, convicciones morales inquebrantables, tragedias familiares insoportables y una búsqueda constante de significado en un mundo obsesionado con la fama vacía.

Para entender verdaderamente quién era el hombre detrás del personaje, debemos retroceder a sus raíces. Waycross, Georgia, un 18 de mayo de 1928. Pernell Elvin Roberts Jr. nació en el seno de una familia trabajadora, siendo el único hijo de un modesto vendedor de refrescos Dr. Pepper y su esposa, Minnie Myrtle Morgan. La condición de ser hijo único no es un mero dato biográfico; es una pieza fundamental del rompecabezas emocional que definiría su futuro. La soledad inherente de no tener hermanos moldeó en él un carácter introspectivo, una necesidad de buscar su propia voz en el mundo. Curiosamente, este niño que creció sin hermanos terminaría interpretando al hermano mayor en la familia más famosa de Estados Unidos, y más tarde, tendría un solo hijo al que perdería trágicamente. La historia de su vida está plagada de estas rimas crueles y poéticas.

Durante su juventud, Roberts encontró refugio en la música y la expresión. Tocaba el cuerno y participó activamente en producciones teatrales escolares y comunitarias, descubriendo tempranamente que el escenario era un lugar donde las emociones podían ser controladas, dirigidas y comprendidas. Su paso por Georgia Tech fue breve; el mundo académico tradicional no podía contener su energía. En 1946, en un movimiento que sorprendió a muchos, se alistó en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Allí, durante dos años, no solo encontró la disciplina militar que forjaría su fuerte carácter, sino que continuó alimentando su alma artística tocando la tuba y el cuerno en la banda de los Marines. Era un hombre de contrastes: el rigor de lo militar combinado con la sensibilidad del artista.

Tras su servicio, la Universidad de Maryland se convirtió en su verdadero campo de entrenamiento actoral. Fue allí donde se sumergió en las profundidades del teatro clásico, interpretando papeles complejos en obras de peso monumental como “Otelo” y “Antígona”. Roberts no era un improvisado en busca de fama; era un actor de método antes de que el término se comercializara, un estudioso de la condición humana. Fiel a su naturaleza impaciente y decidida, abandonó la universidad antes de graduarse cuando sintió que las aulas ya no tenían nada más que enseñarle. Las oportunidades en el teatro de verano lo llamaban, y Pernell nunca fue un hombre de esperar.

La década de 1950 lo vio llegar a Nueva York, el epicentro del teatro mundial. Durante casi diez años, Roberts construyó una reputación sólida e intachable en Broadway, participando en producciones aclamadas que requerían una resistencia emocional y física que solo los grandes del escenario poseen. Su talento no pasó desapercibido, y en 1958, el cine llamó a su puerta. Debutó en la pantalla grande junto a la icónica Sophia Loren y Burl Ives en “Deseo bajo los olmos”. Todo parecía indicar que estaba destinado a convertirse en un actor de carácter en el cine, pero el destino, vestido de sombrero y espuelas, tenía otros planes.

En 1959, la cadena NBC estrenó “Bonanza”. Pernell Roberts fue elegido para interpretar a Adam Cartwright, el hijo mayor, ingeniero, arquitecto, y la voz de la razón en el clan. La serie fue un fenómeno cultural sin precedentes, catapultando a sus protagonistas a niveles de fama estratosféricos. Pero lo que para la mayoría de los actores habría sido la cima de su carrera, para Roberts se convirtió rápidamente en una prisión dorada, una trampa creativa de la que necesitaba escapar desesperadamente.

El conflicto era profundo y multifacético. Estructuralmente, Roberts encontraba absurdo e insultante para su intelecto actoral que tres hombres adultos y formados vivieran en un estado de adolescencia perpetua, rindiendo cuentas constantemente a un padre viudo y pidiendo permiso para cada decisión de sus vidas. Venía del teatro clásico, donde los personajes experimentaban arcos narrativos, caían, se levantaban, evolucionaban o se destruían. Adam Cartwright, por el contrario, era una figura estática en un mundo estático diseñado para el consumo masivo y reconfortante del público estadounidense de la Guerra Fría. “No me he desarrollado en absoluto desde que comenzó la serie”, declaró abiertamente en una de sus entrevistas más polémicas. “Tengo un papel impotente”.

Pero su descontento no se limitaba a su personaje. Roberts era un hombre de principios férreos, un adelantado a su tiempo. En plena efervescencia por los derechos civiles en Estados Unidos, chocaba constantemente con los productores por la falta de diversidad racial en el elenco, por el tratamiento simplista y estereotipado de las minorías en los guiones, y por lo que él consideraba “televisión basura”, una producción en masa que sacrificaba el arte en el altar del rating comercial. Era un activista en un medio que solo quería vender detergentes a familias complacientes.

Cuando en 1965 su contrato llegó a su fin, tomó una decisión inaudita: abandonó el programa más visto del país. La maquinaria de Hollywood, que no perdona a quienes rechazan su corona, comenzó de inmediato a construir una narrativa en su contra. Lo pintaron como un divo intratable, un actor amargado que despreciaba a sus compañeros. Los rumores de supuestas enemistades, especialmente con Michael Landon, inundaron la prensa. El propio Landon alimentó esta narrativa en 1973 durante una aparición en el programa “The Tonight Show”, donde, ante la pregunta de si hubo resentimientos tras la partida de Roberts, respondió con una sonrisa irónica: “No, en realidad no. Ni siquiera recuerdo cuándo se fue”. Las risas de la audiencia enmascararon una supuesta rivalidad histórica.

Sin embargo, la historia real entre los dos hombres era infinitamente más compleja y humana que los titulares sensacionalistas. Años más tarde, Betty Endicott, miembro del equipo de la serie “Trapper John, M.D.”, revelaría un encuentro que destroza el mito del odio entre ambos. Un día, sin previo aviso, Michael Landon apareció en el set de grabación donde Roberts trabajaba. Se acercó en silencio por la espalda y le dio un toque en el hombro. Al darse la vuelta y verlo, Pernell no mostró amargura ni sorpresa fría; se levantó de un salto y lo abrazó con una fuerza abrumadora. Pasaron horas sentados en un rincón, riendo, recordando y hablando como dos viejos amigos. “Estas cosas no suceden cuando odias a alguien”, sentenció Endicott. La narrativa del conflicto vendía revistas, pero la realidad era la de dos profesionales que, a pesar de sus diferencias, compartían el lazo imborrable de haber sobrevivido juntos al huracán de la fama absoluta.

Mientras Pernell luchaba sus batallas públicas en los pasillos de las productoras, en su vida íntima se gestaba una historia mucho más dolorosa. En 1951, el mismo año en que se casó con Vera Mowry, una brillante profesora de teatro, nació su único hijo: Jonathan Christopher Roberts. El matrimonio duró apenas ocho años. Cuando se divorciaron en 1959, justo el año en que “Bonanza” comenzaba a devorar el tiempo de su protagonista, Jonathan tenía solo ocho años.

La exigencia implacable de la carrera de Pernell impuso una distancia cruel entre padre e hijo. Mientras millones de familias encendían sus televisores cada semana para ver a Adam Cartwright siendo el hijo perfecto y sensato en un rancho idílico, el propio hijo del actor crecía con la ausencia marcada de su padre. La paradoja es desoladora: el hombre que sacrificó su lugar en la televisión por mantener su integridad moral y artística, sacrificó, casi sin darse cuenta, los años más formativos de la vida de su único hijo.

Jonathan creció y se convirtió en un hombre brillante. Estudió en el Franconia College de New Hampshire, sumergiéndose en la filosofía y la antropología. Padre e hijo parecían habitar mundos diferentes, separados por el resentimiento silencioso de las ausencias pasadas. Sin embargo, encontraron un puente inesperado que los unió en la etapa adulta: la pasión por las motocicletas. Las carreteras abiertas, el rugido de los motores de la Harley Davidson y la BMW, se convirtieron en su lenguaje común. Sobre dos ruedas, no había necesidad de explicar el pasado; solo existía el camino por delante.

A finales de la década de 1980, Pernell Roberts estaba haciendo esfuerzos inmensos y conscientes por reparar la relación con Jonathan. Las piezas parecían estar encajando. El padre ausente y el hijo herido estaban finalmente aprendiendo a ser simplemente dos hombres compartiendo la vida. La reconciliación estaba en marcha, palpable y real. Pero el destino intervino con una brutalidad incomprensible. En 1989, a la edad de 38 años, Jonathan Christopher Roberts perdió la vida en un devastador accidente de motocicleta.

La muerte de un hijo es una tragedia que desafía el lenguaje, pero perder a un hijo justo en el momento en que se está logrando cerrar la brecha de toda una vida, es un golpe capaz de apagar el alma. Para Pernell, esta pérdida no fue un duelo ordinario. Fue el dolor agónico de las conversaciones que nunca se terminarían, de los perdones que quedaron suspendidos en el aire, del tiempo que ya no existiría. Según sus biógrafos y personas más cercanas, Roberts jamás se recuperó del impacto emocional de esta pérdida. Llevó ese dolor en silencio, incrustado en el pecho, hasta el último de sus días.

Quizás esta búsqueda constante de un ancla emocional explique la inestabilidad de su vida romántica. Pernell Roberts se casó cuatro veces. Tras su divorcio de Vera Mowry, contrajo matrimonio con Judith Anna LeBrecque (1962-1971), luego con Kara Knack en su relación más larga (1972-1996), y finalmente con Eleanor Criswell en 1997. Sus relaciones eran el reflejo de un hombre que buscaba desesperadamente una estabilidad que las presiones de su propia mente y su carrera a menudo saboteaban. No era incapacidad para amar; era la dificultad de hacer coexistir a un hombre de convicciones absolutas con las concesiones necesarias que requiere la vida en pareja.

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