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El IMPERIO HILTON la COMPAÑÍA que DOMINÓ la HOTELERÍA mundial

Una tendencia al alcoholismo que empeoraba con cada año que pasaba, con cada sequía que arruinaba las cosechas, con cada promesa incumplida de una vida mejor. Mary mantenía a la familia unida con mano de hierro, rezando el rosario cada noche y administrando cada centavo como si fuera el último, y probablemente lo era.

A los 15 años, Conrad ya había desarrollado una ambición feroz que asustaba incluso a su madre. No quería quedarse en San Antonio, no quería pasar el resto de su vida vendiendo azúcar y clavos a mineros y rancheros. Quería algo más grande, aunque todavía no sabía exactamente qué. Leía con voracidad cada periódico viejo que llegaba al pueblo.

Devoraba historias sobre los magnates del Este, sobre Rockefeller y Carnegui, sobre hombres que habían nacido sin nada y habían construido imperios. Su padre le decía que dejara de soñar, que los hombres como ellos no estaban destinados a esas cosas, pero su madre, Mary, pensaba diferente. Una noche, después de que todos se habían ido a dormir, llamó a Conrad a la cocina y le dijo algo que él nunca olvidaría.

Hijo, Dios te dio hambre, no de comida, sino de algo más grande. No desperdicies ese hambre, aliméntala. Conrad no entendió completamente lo que ella quería decir en ese momento, pero esas palabras se grabaron en su alma como un tatuaje invisible. Los años siguientes fueron una mezcla caótica de pequeños negocios y fracasos espectaculares.

Conrad intentó todo lo que se le ocurrió para hacer dinero. Vendió periódicos, trabajó como cajero en el banco local, incluso intentó cultivar patatas en un terreno que su padre había comprado con optimismo irracional. Las patatas se pudrieron. El banco lo despidió por ser demasiado agresivo con los clientes morosos.

Los periódicos no generaban suficiente para pagar ni sus propios zapatos. Cada fracaso era como un puñetazo en el estómago. Pero Conrad aprendió algo crucial de cada golpe. Aprendió que el fracaso no era el final, era simplemente información. Cada negocio fallido le enseñaba qué no hacer la próxima vez y habría una próxima vez. Siempre la había.

Entonces llegó 1917 y con él la Primera Guerra Mundial. Conrad, que ya tenía 29 años, fue reclutado y enviado a Francia como teniente del ejército estadounidense. Pasó 2 años en las Punserisa, trincheras enlodadas de Europa, viendo horrores que nunca podría describir completamente, perdiendo amigos en explosiones que borraban cuerpos enteros de la existencia.

Pero incluso en medio del infierno de la guerra, Conrad encontraba tiempo para pensar en negocios. Jugaba póker con otros soldados y les ganaba sus pagas. Compraba cigarrillos en la cantina militar y los revendía a precio inflado a los que estaban desesperados. Incluso en las trincheras, incluso cuando las bombas caían tan cerca que podía sentir el calor en su cara, Conrad Hilton estaba haciendo dinero.

Sus compañeros lo llamaban loco, él los llamaba perdedores. Cuando la guerra terminó en 1918, Conrad regresó a Nuevo México con algo de dinero ahorrado y una determinación renovada, pero lo que encontró al volver lo devastó. Su padre Augustus había muerto durante su ausencia. El alcohol había ganado finalmente la batalla que libraba desde hacía décadas.

Mary estaba sola, envejecida prematuramente, manteniendo la tienda a duras penas con la ayuda de los hijos menores. Conrad sintió una mezcla de culpa y rabia. Culpa por no haber estado allí. rabia porque su padre nunca había logrado nada significativo, nunca había escapado de ese pueblo miserable, nunca había sido más que un comerciante de pueblo que bebía para olvidar sus sueños rotos.

Conrad juró que él sería diferente. Juró que jamás permitiría que la mediocridad lo definiera. Juró que construiría algo tan grande que nadie nunca pudiera olvidar el nombre Hilton. Pero, por supuesto, jurar es fácil. Hacer es otra cosa completamente diferente. Conrad sabía que necesitaba un plan, una oportunidad real, no solo sueños grandilocuentes.

Había ahorrado unos $,000 durante la guerra, una suma respetable, pero insuficiente para cualquier negocio verdaderamente ambicioso. Durante meses evaluó opciones. Pensó en comprar más tierra. Consideró abrir otra tienda, incluso contempló mudarse a California. donde todo el mundo parecía estar haciéndose rico de la noche a la mañana, pero nada le parecía correcto.

Nada encendía ese fuego en su vientre que Mary le había dicho que alimentara. Y entonces, en mayo de 1919, Conrad subió a Pustoa, a un tren con destino a Cisco, Texas, con la vaga idea de comprar un banco. Había oído que un banco local estaba en venta y pensó que poseer un banco sería el primer paso sólido hacia la respetabilidad y la riqueza. El viaje en tren duró dos días.

Conrad fumó cigarrillo tras cigarrillo, mirando el paisaje árido pasar por la ventana, ensayando mentalmente la negociación que tendría con los dueños del banco. Cuando llegó a Cisco, Texas, en la tarde del 22 de mayo de 1919, lo primero que notó fue el caos. El pueblo estaba repleto de gente, trabajadores petroleros, especuladores, prostitutas, jugadores, todos apiñados en las calles polvorientas como hormigas, en un hormiguero enloquecido.

Texas estaba en pleno boom petrolero y Cisco era uno de los epicentros de esa fiebre. Conrad fue directamente a ver al dueño del banco, pero cuando mencionó la compra, el hombre lo miró como si estuviera loco. Comprar el banco, muchacho. Cambié de opinión. Este negocio vale el triple ahora con todo este petróleo.

No lo vendo ni por 20 veces lo que pedía antes. Conr sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Había viajado dos días para nada. Había gastado dinero en el pasaje del tren para nada. Estaba furioso, frustrado, listo para tomar el siguiente tren de vuelta a Nuevo México y rendirse de una vez por todas. Pero esa noche, mientras intentaba encontrar una habitación donde dormir antes de irse, sucedió algo que cambiaría no solo su vida, sino la historia de toda una industria.

No había habitaciones disponibles, ninguna. Los hoteles de Cisco estaban tan llenos que la gente dormía en los pasillos, en las escaleras, incluso en el patio trasero sobre colchones improvisados. Conrad fue de hotel en hotel, cada vez más desesperado, hasta que finalmente llegó al Mobley Hotel, un edificio destartalado de 40 habitaciones en el centro del pueblo.

El propietario, un hombre exausto llamado Mley, le dijo que no tenía nada disponible, pero que si estaba dispuesto a esperar, podría alquilar una cama cuando el ocupante actual se fuera a su turno de trabajo a las 8 de la noche. Conrad, sin opciones, aceptó. Se sentó en el vestíbulo polvoriento del Mobley y observó, y lo que vio lo dejó boquia abierto.

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