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El Fallo Histórico por las Víctimas y el Descarado Robo Que Indigna a Todo el País

El Fallo Histórico por las Víctimas y el Descarado Robo Que Indigna a Todo el País

En el vasto y a menudo turbio teatro de la política nacional, hay eventos que no solo marcan un antes y un después en los titulares de las noticias, sino que tocan las fibras más sensibles de la memoria histórica de una nación. ¿Qué sucede cuando la burla sistemática al dolor más desgarrador se topa, de frente y sin frenos, con el peso implacable de la justicia? En las últimas horas, Colombia ha sido testigo de un episodio judicial y político sin precedentes que ha dejado a la extrema derecha contra las cuerdas y a la ciudadanía en un estado de estupefacción. Por un lado, una orden de cárcel inmediata para una de las figuras más polémicas de la oposición; por otro, el destape de una red de presuntas empresas fantasma diseñadas para drenar los recursos públicos bajo la fachada de una campaña presidencial “exitosa”. El aire se corta con cuchillo y la tensión electoral ha alcanzado su punto de ebullición. Pero para comprender la magnitud del abismo que se está abriendo bajo los pies de ciertos candidatos, debemos retroceder a los hechos que originaron este terremoto. Una historia de botas tiradas a la basura, dinero público desaparecido y un “empresario” que podría estar al borde del colapso total. La verdadera interrogante que nos acecha al final de este relato determinará el futuro de nuestra democracia.

Para dimensionar el primer gran choque que ha sacudido las estructuras políticas, debemos recordar uno de los actos más dolorosos y repudiados de la historia legislativa reciente. Hace unos meses, el Congreso de la República fue escenario de una conmemoración simbólica impulsada por las madres de los jóvenes víctimas de ejecuciones extrajudiciales, dolorosamente conocidos como “falsos positivos”. El acto consistía en una instalación artística con botas campesinas, representando a los inocentes arrebatados a sus familias. Fue entonces cuando Miguel Abraham Polo Polo, con una actitud que muchos calificaron de soberbia y desalmada, decidió pisotear la memoria de las víctimas. Afirmó públicamente que la cifra de 6.402 (incluso ahora elevada a casi 8.000 casos reconocidos) era una farsa, que esos crímenes no existían y, en un acto de agresión visual sin precedentes, recogió las botas con la intención de arrojarlas a un canasto de basura.

Ese acto vil, que buscaba ganar aplausos en las galerías más radicales de la derecha, se ha transformado hoy en su peor pesadilla judicial. La Corte Constitucional, en un fallo que reafirmó la dignidad de las víctimas, le había ordenado a este personaje ofrecer disculpas públicas y restaurar el daño causado a la instalación de las madres. Fiel a su estilo desafiante, creyendo estar por encima del bien y del mal, Polo Polo decidió ignorar a la máxima corte del país.

La arrogancia tiene un precio y, en un Estado Social de Derecho, tarde o temprano se cobra. Un juez civil del circuito de Bogotá, ante el evidente y reiterado desacato a la tutela emanada por la Corte Constitucional, no tembló al firmar la orden: tres días de arresto. Para muchos ciudadanos y defensores de derechos humanos, tres días tras las rejas parecen un castigo minúsculo comparado con la magnitud de la ofensa a las madres que llevan más de una década buscando los huesos de sus hijos. Sin embargo, en términos simbólicos y políticos, ver a la figura emblemática del negacionismo obligada a cumplir una condena de privación de la libertad es un triunfo monumental para la justicia transicional y un mensaje clarísimo: la memoria de las víctimas no se profana impunemente.

La caída de Polo Polo del pedestal de la inmunidad mediática es un síntoma de un mal mucho mayor que está infectando las entrañas de la campaña presidencial de la extrema derecha. Mientras el país digería la noticia del arresto, otra bomba de proporciones catastróficas estallaba en el panorama electoral, apuntando directamente a la cabeza de la candidatura conservadora: Abelardo de la Espriella.

El renombrado periodista Daniel Coronell, conocido por su rigurosidad investigativa, encendió las alarmas con una revelación que huele a corrupción a kilómetros de distancia. La investigación dejó al descubierto un presunto esquema de saqueo a los fondos públicos a través de la campaña presidencial de De la Espriella. Según los hallazgos de Coronell y la revista Cambio, la campaña del candidato habría registrado pagos astronómicos, cercanos a los 1.300 millones de pesos, dirigidos a una empresa de papel. Una entidad fantasma bautizada como “Nova Soporte Integral”, que supuestamente prestó servicios a la campaña durante la primera vuelta electoral.

El mecanismo, conocido tristemente en la política latinoamericana, funciona así: se crean empresas fachada, sin nómina real, sin infraestructura física y sin capacidad operativa. Estas empresas emiten facturas multimillonarias por servicios vagos o inexistentes prestados a la campaña. Luego, gracias al sistema de reposición de votos que rige en Colombia, el Estado (es decir, el dinero de todos los contribuyentes) le devuelve a la campaña ese dinero supuestamente invertido. En términos crudos, es una maniobra para sacar plata del bolsillo de los ciudadanos y trasladarla a las arcas privadas del candidato bajo un manto de legalidad administrativa.

Este escándalo ha destrozado la narrativa principal de De la Espriella. Durante años, este abogado se ha vendido al público como el paradigma del empresario exitoso, el magnate implacable que no necesita de la política para enriquecerse, el hombre que viste trajes europeos y bebe vinos costosos financiados por su propio imperio. Sin embargo, la realidad financiera revelada en los últimos días expone a un personaje que, lejos de ser el Rey Midas de los negocios, parece estar nadando en un mar de deudas y fracasos corporativos.

Aquí es donde la investigación periodística da un giro que raya en lo patético. Al revisar los estados financieros públicos en las Cámaras de Comercio, se descubrió que de las 36 empresas que conforman el rimbombante “Universo De la Espriella” en Colombia, ¡35 reportan pérdidas netas! Desde sus empresas de merchandising hasta su publicitada línea de rones y vinos, todo opera en números rojos. La única que apenas sobrevive con utilidades, irónicamente, es su bufete de abogados. El gran “gurú” del éxito empresarial resulta tener un historial gerencial desastroso.

Frente a un panorama de empresas quebradas y una campaña que supuestamente gastó 38.000 millones de pesos en la primera vuelta, la pregunta que surge es escalofriante. ¿Qué habrías hecho tú en esta situación si fueses un ciudadano a punto de votar, al enterarte de que el supuesto salvador económico del país es incapaz de sostener sus propias empresas sin reportar quiebras, y que ahora busca recuperar sus fortunas perdidas cobrando cuentas fantasma al Estado colombiano?

La respuesta del progresismo no se hizo esperar. El Presidente Gustavo Petro, en una intervención tajante, anunció que no se quedará cruzado de brazos viendo cómo intentan robar al país en sus narices. Petro elevó el tono de la discusión al nivel internacional. Denunció que De la Espriella y su círculo están orquestando una persecución política sistemática utilizando la justicia (e incluso buscando apoyo en la justicia de Estados Unidos) para acorralar al progresismo. El mandatario colombiano catalogó esta persecución como un posible “crimen contra la humanidad” bajo el Estatuto de Roma, comparando la situación con el trágico genocidio político que sufrió la Unión Patriótica (UP), donde más de 6.000 militantes fueron asesinados.

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Petro fue enfático: si la justicia colombiana, a menudo lenta y cuestionada por su pasividad ante los poderosos, no actúa de oficio frente a estas pruebas de desfalco electoral y persecución, él mismo, en su calidad de Jefe de Estado y defensor de los derechos humanos, acudirá a la Corte Penal Internacional. Es un choque de trenes monumental. Por un lado, un candidato que jura lealtad a tribunales extranjeros, y por otro, un presidente dispuesto a llevar el caso a los más altos estrados del derecho penal internacional en La Haya.

Mientras la tormenta perfecta se cierne sobre su jefe político, los alfiles de De la Espriella intentan apagar el incendio con baldes de gasolina. Germán Calderón España, conocido defensor de la campaña derechista, intentó presionar a la revista Cambio exigiendo una rectificación. Su argumento de defensa fue, por decir lo menos, risible. Afirmó que la empresa “Nova Soporte Integral” no es fantasma porque, según un comunicado emitido por la misma empresa, está “legalmente constituida”. Como si tener un registro en papel y una firma notarial impidiera que una empresa sea utilizada como vehículo para el fraude. Las empresas fachada siempre están legalmente constituidas; ese es precisamente el truco para engañar a las autoridades electorales.

El tono desesperado de los portavoces de la extrema derecha, atacando al periodismo investigativo y tildando a los comunicadores de “activistas ideológicos sesgados”, demuestra que el golpe dolió donde más importa: en la credibilidad. Están tratando de convencer a sus bases de que ya ganaron la presidencia, intentando generar un ambiente de triunfo inminente para ocultar la debacle administrativa y moral que se esconde detrás de los telones de su campaña.

¿Crees que un candidato que maneja 35 empresas en quiebra y es acusado de usar facturas falsas tiene la capacidad moral y administrativa para manejar el presupuesto general de la nación?

A medida que el reloj avanza hacia la segunda vuelta electoral, donde el progresismo encabezado por Iván Cepeda busca capitalizar los escándalos de su oponente, los ciudadanos colombianos se encuentran ante una de las encrucijadas más determinantes de su historia reciente. Las cartas están sobre la mesa. No estamos hablando de simples diferencias ideológicas sobre cómo manejar la economía o la seguridad. Estamos presenciando el colapso de un castillo de naipes construido sobre el negacionismo histórico, el desprecio por el dolor de las víctimas y un presunto modelo de saqueo corporativista a las arcas del Estado.

La orden de arresto contra Miguel Polo Polo es mucho más que una anécdota judicial; es el preludio de que el manto de impunidad que cubría a la extrema derecha está empezando a rasgarse. Y la caída de la farsa empresarial de Abelardo de la Espriella es la prueba reina de que el populismo de derecha, adornado con lujos extravagantes y discursos beligerantes, a menudo esconde las más profundas incompetencias y voracidades financieras.

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