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El día que Agustín Lara se burló de María Félix en la calle – Su respuesta dejó a todos temblando

Llevaba apenas 4 años haciendo películas, pero ya había filmado doña Bárbara, la mujer sin alma, la devoradora. Ya era la doña, ya caminaba por las calles de Ciudad de México como si fueran suyas, porque en cierto sentido lo eran. Los hombres se detenían cuando la veían pasar. Las mujeres la miraban con una mezcla de admiración y envidia que solo provocan las verdaderas reinas.

Alta, esbelta, con esos ojos que parecían capaces de incendiar lo que miraban, María Félix no era solo bella, era magnética, era inevitable. Era la clase de mujer que entra a un cuarto y todo el mundo deja de hablar. Cuando se casaron en 1945, México enloqueció. Era la unión perfecta, la voz de México con el rostro de México.

Agustín le había compuesto María Bonita durante su luna de miel en Acapulco con Pedro Vargas estrenándola en Serenata frente al mar y la canción se convirtió en himno nacional no oficial. Todo México la cantaba. Todo México celebraba esa unión. Pero detrás de las cámaras, detrás de las sonrisas en las portadas de las revistas, detrás de las fiestas llenas de champañe y aplausos, el matrimonio se estaba pudriendo desde adentro.

Agustín Lara era cheloso, no celoso como un hombre enamorado, celoso como un hombre enfermo, celoso de una manera que empezaba con preguntas suaves, con dónde estabas y con quien hablabas, y terminaba con gritos a las 3 de la mañana, con acusaciones delirantes, con objetos rotos contra las paredes del departamento de Polanco, donde vivían.

Agustín no soportaba que María trabajara. No soportaba que otros hombres la miraran en la pantalla, que actores la tomaran de las manos en las escenas, que directores le dijeran cómo moverse, cómo hablar, cómo sentarse. Cada película que María filmaba era una tortura para Agustín. Cada escena romántica era una traición.

Cada estreno era una humillación. Tú no me necesitas a mí”, le decía Agustín en las noches de pelea. “Tienes a tus directores, a tus fans, a tus actorcitos de quinta que se derriten cuando los miras.” María intentaba calmarlo. “Austín, son películas, esa actuación. No es real. Nada de lo que haces es real”, respondía él.

ni tus películas ni este matrimonio. Y después se sentaba al piano y tocaba durante horas canciones tristes, canciones de despecho, canciones que sonaban como llanto convertido en música. Y María se quedaba sola en la otra habitación, escuchando la música de su marido atravesar las paredes, preguntándose como un hombre que podía crear tanta belleza con los dedos podía ser tan cruel con las palabras.

Los amigos cercanos sabían. Lupita, la asistente de María, lo sabía mejor que nadie. Doña María le decía cuando la encontraba llorando después de una pelea. Usted no tiene que aguantar esto. Nadie tiene que aguantar esto. María se secaba las lágrimas con cuidado. El maquillaje siempre intacto. La dignidad siempre de pie, aunque por dentro estuviera destrozada. Es mi esposo, Lupita.

Le di mi palabra ante Dios. Su palabra ante Dios. repetía Lupita con una mezcla de tristeza y rabia. Dios no le pidió que se dejara destruir, pero María aguantaba. Aguantaba porque en esa época divorciarse era escándalo mortal. Aguantaba porque amaba a Agustín, o al menos amaba al hombre que Agustín había sido cuando le compuso María Bonita frente al mar.

cuando la miraba con esos ojos de poeta consumido y le decía que ella era lo más hermoso que existía en el mundo, aguantaba porque tenía la esperanza de que ese Agustín regresara, de que los celos pasaran, de que la música sanara lo que la inseguridad había enfermado. Pero ese Agustín no iba a regresar y María lo descubriría de la peor manera posible.

Los meses previos al incidente habían sido particularmente brutales. Agustín había empezado a beber más de lo habitual. que ya era mucho. Llegaba borracho a las 4 de la mañana, oliendo a tequila, a perfume ajeno, a noches que María prefería no imaginar. Y entonces empezaban las peleas. Agustín le decía cosas horribles, que estaba envejeciendo, que su belleza se marchitaba, que sin él no sería nadie, que antes de conocerlo era solo una cara bonita de álamos, sonora, una pueblerina que tuvo suerte. María callaba.

Se mordía la lengua, apretaba los puños debajo de las cobijas y se repetía a sí misma que no iba a rebajarse, que no iba a pelear con un borracho, que una reina no discute con quien no está a su nivel. Pero cada insulto dejaba marca. Cada palabra cruel era una cicatriz invisible que se sumaba a las anteriores.

Y María Félix podía hacer muchas cosas. Podía ser paciente, podía ser estratégica, podía ser elegante en su sufrimiento, pero tenía un límite. Todo ser humano tiene un límite. Y Agustín estaba a punto de encontrarlo. La semana antes del incidente, algo cambió en María. Lupita lo notó primero. Doña María ya no lloraba después de las peleas.

ya no se encerraba en su cuarto, ya no miraba por la ventana con esos ojos perdidos que la hacían parecer una heroína trágica de sus propias películas. En lugar de eso, María estaba calmada, demasiado calmada. Sonreía con una sonrisa que Lupita no le conocía. Una sonrisa fría, calculada como la sonrisa de un cirujano antes de operar.

“Señora”, le dijo Lupita una mañana mientras le servía el café. “Está muy tranquila. Mi preoccupa. María la miró por encima de la taza. Ya terminé de tener miedo, Lupita. Y la asistente sintió un escalofrío porque conocía a María Félix desde hacía años y sabía que María sin miedo era la criatura más peligrosa de México.

Si recuerdas esa época dorada del cine mexicano, si creciste escuchando las canciones de Agustín Lara en la radio de tu casa mientras tu madre cocinaba, entonces esta historia te va a tocar el corazón. Suscríbete para que sigas escuchando estas memorias que merecen ser contadas. Noviembre de 1946, jueves por la tarde.

María y Agustín salieron de una comida en el restaurante Ambasaders, uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, ubicado sobre Paseo de la Reforma. Habían comido con un grupo de amigos, productores de cine, músicos, gente de la industria. Agustín había bebido. No estaba borracho todavía, pero tenía esa ebriedad peligrosa que lo hacía sentirse más ingenioso, más fuerte, más inmune a las consecuencias de lo que decía.

Salieron a la calle. El aire de noviembre era fresco, el sol se estaba poniendo detrás de los edificios y las sombras de los árboles de reforma se alargaban como dedos sobre la banqueta. El grupo caminaba junto, riendo, conversando. María iba del brazo de una amiga, la actriz Miroslava Estern, que había filmado con ella recientemente.

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