El enfriamiento es más lento. No era verdad. Lo sabía yo y probablemente lo sabía ella, pero era la 1:44 de la madrugada y ninguno de los dos quería entrar en lo que implicaba. Procedí con el traslado, coloqué el cuerpo en la camilla, cubrí con la segunda sábana de protocolo, aseguré los laterales. Todo correcto, todo dentro del procedimiento. Salí al pasillo.
El olor a flores seguía ahí, más denso que antes. Empujé la camilla hacia el ascensor de servicio. Son 42 m pu la habitación 214 hasta el ascensor, por un pasillo en ligera curva. Los había recorrido 942 veces. Sabía exactamente cuántos pasos eran. 57 con mi zancada. En el paso 22 algo cambió. No hay otra forma de decirlo.
Algo cambió en el aire alrededor de la camilla. No en mí. En el espacio inmediato, la temperatura del pasillo, que era la temperatura normal de un hospital en octubre, la que yo había respirado durante 19 años, bajó de golpe. No de manera gradual, de golpe, como cuando abres una puerta que da al exterior en invierno.
Me detuve, saqué el termómetro, lo sostuve a la altura del pecho en el aire, sin contactar ninguna superficie. 16,2ºC en el pasillo de la cuarta planta, lo normal para esa hora en ese hospital en octubre. Lo apoyé sobre la sábana que cubría el cuerpo de Carlo. 37,8 había subido. Un cuerpo fallecido en traslado a las 2 de la madrugada, 47 m de la morgue.
La temperatura había subido de 37,1 a 37,8 en el tiempo transcurrido desde la habitación. Eso no existe en ningún manual de tanatología. El enfriamiento cadavérico es irreversible y progresivo a temperatura ambiente constante o inferior a la temperatura corporal. No sube, nunca sube. Si sube es porque hay actividad metabólica y si hay actividad metabólica el paciente no está muerto.
Pero Carlo Acutis estaba muerto, lo habían certificado dos médicos. El protocolo estaba firmado. Yo había visto muchos muertos. Y lo que estaba en esa camilla tenía el aspecto el peso y la inmovilidad de un cuerpo sin vida. Y sin embargo, el termómetro decía 37,8. Me quedé paralizado en el pasillo durante un tiempo que no supe calcular.
Luego hice lo único que sabía hacer. Seguí empujando. El ascensor de servicio está al final del pasillo. Entré con la camilla, pulsé el botón del subsuelo. Las puertas se cerraron y entonces en el ascensor ocurrió lo que me hizo entregar el uniforme esa noche. El ascensor de servicio del San Gerardo es un cubo de acero inoxidable de 2 m por 2 m, sin ventanas, sin flores, sin ninguna fuente de olor externa posible, completamente sellado cuando las puertas están cerradas.
El olor a flores se intensificó hasta el punto de que tuve que apoyarme en la pared. No era un olor difuso, era específico, localizado, emanando de la dirección de la camilla. Lo medí de la única forma que pude. Me acerqué a la camilla hasta quedar a 20 cm de la sábana y lo noté con fuerza. Me alejé 2 m hasta la pared opuesta y era casi imperceptible.
Me acerqué de nuevo, intenso, limpio, sin mezcla de los olores hospitalarios que impregnan cualquier tela después de días en una habitación de oncología. El ascensor tardó 42 segundos en bajar al subsuelo. Los conté. Cuando las puertas se abrieron y empujé la camilla hacia el pasillo de la morgue, el olor desapareció tan rápido como había empezado, como si hubiera quedado encerrado en el ascensor.
Entregué el cuerpo al funcionario de turno de la Morgue. Firmé el registro de traslado. Número 943. Le escribí el último palito en el cuaderno. Luego fui al vestuario, me quité el uniforme, lo doblé, lo metí en una bolsa de plástico y lo dejé en el mostrador de administración con una nota que decía baja voluntaria, efecto inmediato, Dante Morilli.
Firmé, salí, no volví en 7 años. En ese tiempo hice otras cosas. Trabajé en un almacén de distribución en Cesto San Giovanni, luego en una empresa de limpieza industrial. cosas físicas, silenciosas, sin muertos, sin olores que no tuvieran fuente, sin termómetros que dieran números imposibles. No hablé de esa noche con nadie, ni con mi hermana, que vivía en Bérgamo, y me llamaba cada domingo, ni con el médico que me recetó los somníferos 6 meses después de la baja.
Le dije que era estrés acumulado, que 19 años de traslados habían pasado factura, que necesitaba cambiar de entorno. Era parcialmente verdad. Lo que no era verdad era que lo hubiera dejado atrás, porque los números no se van. 37,1, 37,3, 37,8. una progresión ascendente en un cuerpo fallecido, una progresión que no tiene nombre en ningún texto de medicina forense porque no debería existir.

Yo los recordaba con la precisión con que recuerdo el número de rayas en el cuaderno. Los tenía grabados de la misma forma que uno recuerda el número de matrícula de un coche que lo estuvo a punto de atropellar. Lo que me devolvió a Monza fue la noticia de la beatificación en 2012, cuando empezaron a circular en los periódicos los artículos sobre Carlo Acutis y el proceso canónico en la diócesis de Milán.
Reconocí el nombre, no de inmediato. Lo leí en un titular y algo se movió en algún lugar que yo había cerrado con llave. Tardé tr días en conectar el nombre con la habitación 214 y el número 943 en el cuaderno. Luego empecé a leer todo lo que encontré. El niño de Milán, que había documentado 162 milagros eucarísticos en una exposición que recorría el mundo, el chico del ordenador y la Eucaristía, el primero de su generación en los altares.
Y yo, que lo había llevado por un pasillo de 42 m con un termómetro en la mano y el olor a flores en la nariz, no había dicho nada en 6 años. En 2013 volví al San Gerardo, no para trabajar, solo para recoger lo que había dejado en el taquillón del vestuario de celadores aquella noche, que nunca fui a buscar porque salí por la puerta lateral con lo puesto, un candado pequeño, unas zapatillas de repuesto, un libro de crucigramas a medio hacer y en el fondo del taquillón, debajo del libro de crucigramas, una hoja de papel doblada en cuatro. La
recogí sin pensar. La desdoblé en el pasillo con la luz fría del fluorescente del vestuario. La letra era grande, inclinada, con la presión desigual de alguien que escribe deprisa. Decía, para el que contó los 42 segundos en el ascensor, los contó bien. Esto es para cuando vuelva a buscar lo que dejó. Ese día es el día en que está leyendo esto.
Vaya a Asís, baje a la cripta, lleve el termómetro. Mida a qué hora del día los números dejan de subir y sepa que el olor que notó en el pasillo era real y que tenía nombre. Se llamaba Nardo. Lo mencionan en el evangelio de Juan, capítulo 12, versículo 3. Dante Morilli, usted es la última persona que lo acompañó. Eso no se olvida, Carl.
Me apoyé en la pared del vestuario y no me moví durante mucho tiempo, 42 segundos en el ascensor. Los había contado yo solo, en silencio, sin decírselo a nadie, sin escribirlo en ningún lugar. Nardo, una planta aromática de la familia de las Valerians, originaria del Himalaya, utilizada en la antigüedad para ungir a los muertos y a los consagrados.
