La historia de América Latina está marcada por figuras que, impulsadas por una ambición desmedida y una astucia letal, lograron transformar naciones enteras en su tablero de ajedrez personal. Una de esas figuras, quizás una de las más oscuras y complejas, es Manuel Antonio Noriega Moreno. Las últimas imágenes públicas que el mundo tiene de él lo muestran como un anciano derrotado, frágil y encarcelado, una sombra patética del hombre que alguna vez hizo temblar a Centroamérica. Sin embargo, detrás de ese final sombrío se esconde una vida de espionaje, narcotráfico, traiciones internacionales y una tiranía brutal que culminó en una de las intervenciones militares más impactantes del siglo XX.
Para entender cómo un solo hombre pudo tejer una red de poder tan inmensa que involucró a la CIA, a los cárteles de la droga y a gobiernos de todo el mundo, debemos viajar a sus orígenes y desentrañar los pasos del dictador infame al que el pueblo panameño apodó, con mezcla de burla y terror, “Cara de Piña”.

De la pobreza absoluta a las altas esferas militares
El hombre que llegaría a ser intocable no nació rodeado de privilegios. Manuel Noriega vio la luz el 11 de febrero de 1934 en Terraplén Felipe, uno de los barrios más marginados de la Ciudad de Panamá. Hijo de un contador y una lavandera, quedó huérfano a los cinco años y fue criado por su madrina en una habitación minúscula. Su infancia estuvo marcada por la escasez, el maltrato y las burlas constantes debido a las profundas cicatrices de acné en su rostro.
Sin embargo, Noriega encontró en el estudio un refugio y un arma. Como un alumno brillante en el prestigioso Instituto Nacional, forjó dos grandes ambiciones: convertirse en psiquiatra y llegar a ser presidente de Panamá. La realidad social de la época, fuertemente marcada por la presencia estadounidense en la Zona del Canal, despertó en él un resentimiento nacionalista. Las mejores oportunidades, incluidas las cuotas universitarias para estudiar medicina, estaban reservadas para la élite blanca y acomodada, cerrándole las puertas a su primer sueño.
Lejos de rendirse, Noriega redirigió su ambición hacia la Guardia Nacional, la vía más rápida para obtener autoridad y respeto. Tras conseguir una beca en 1958 para la Escuela Militar de Chorrillos en Perú, se empapó de la doctrina anticomunista de la Guerra Fría. Allí descubrió su verdadera vocación: la inteligencia militar. Aprendió todo sobre infiltración, vigilancia, interrogatorios y el manejo de informantes. Al graduarse en 1962, ya no era solo un joven resentido; era un estratega equipado con las herramientas necesarias para destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.
A la sombra de Torrijos: El nacimiento del espía perfecto
El destino de Noriega cambió para siempre cuando fue destinado a la ciudad de Colón y conoció al comandante Omar Torrijos, la figura militar más influyente de Panamá. Noriega, astuto y calculador, se convirtió rápidamente en su hombre de confianza. Aunque sus instintos violentos casi le cuestan la carrera tras un escándalo en un prostíbulo, Torrijos lo protegió, viendo en él a un ejecutor implacable.
Bajo el ala de su mentor, Noriega asumió el control del G2, la temida rama de inteligencia militar. Su poder fue decisivo durante el golpe de Estado de 1968, que catapultó a Torrijos al poder absoluto. Recompensado con un ascenso a teniente coronel, Noriega entendió la máxima regla del poder moderno: la información es el arma más letal.
Fue en esta época cuando sus operaciones llamaron la atención de Estados Unidos. En plena Guerra Fría, la CIA necesitaba ojos y oídos en Latinoamérica para frenar la expansión del comunismo liderado por la Cuba de Fidel Castro. Noriega se convirtió en su espía estrella. A cambio de jugosos pagos, entregaba información vital sobre organizaciones de izquierda. Pero su lealtad no tenía bandera. Simultáneamente, se alió con el gobierno cubano para venderles secretos de la CIA. Llegó a comercializar información con hasta diez gobiernos distintos, demostrando que su única verdadera lealtad era hacia sí mismo y su propia cuenta bancaria.
El salto al poder absoluto y los pactos con el diablo
El 31 de julio de 1981, el avión de Omar Torrijos se estrelló en circunstancias que hasta el día de hoy generan sospechas de atentado. Aunque nunca se presentaron cargos formales, el nombre de Noriega circuló en los pasillos más oscuros del poder. Con el camino despejado, en agosto de 1983, asumió como comandante de la Guardia Nacional, consolidándose como el nuevo líder indiscutido de Panamá.
Torrijos había prometido una transición a la democracia a cambio de recuperar el Canal de Panamá. Noriega, al darse cuenta de que una democracia real amenazaba su reinado, organizó elecciones fraudulentas en 1984, instaurando un gobierno títere. Controlaba las fuerzas armadas y, por extensión, todo el aparato estatal.
Con el poder total en sus manos, Noriega diversificó sus oscuros negocios. Estableció contacto directo con Pablo Escobar y el Cártel de Medellín, facilitando el tránsito de cocaína y operaciones de lavado de dinero en los bancos panameños a cambio de millones de dólares. Simultáneamente, permitía que Estados Unidos armara a la guerrilla de los Contras nicaragüenses utilizando territorio panameño. Noriega se había convertido en un dios omnipotente que jugaba a dos bandos: era el aliado indispensable de Washington en su guerra contra el comunismo y el socio VIP del narcotráfico internacional.
La brutalidad de un régimen acorralado
Todo dictador que basa su poder en el miedo se encuentra tarde o temprano con voces que no se dejan silenciar. El médico y exguerrillero Hugo Spadafora fue uno de ellos. Denunciaba abiertamente a Noriega como un narcotraficante y tirano. En septiembre de 1985, el cuerpo de Spadafora fue encontrado decapitado y con brutales signos de tortura dentro de una bolsa de correo estadounidense en la frontera con Costa Rica.
Este asesinato político fue un punto de inflexión. El pueblo panameño perdió el miedo y salió masivamente a las calles. La respuesta del régimen fue implacable: censura brutal a los medios de comunicación, persecuciones, torturas y el uso de escuadrones paramilitares conocidos como los “Batallones de la Dignidad” para golpear a los manifestantes.

La situación empeoró cuando Noriega traicionó a su propia mano derecha, el coronel Díaz Herrera, negándose a cederle el poder como habían acordado. Díaz Herrera, enfurecido, expuso públicamente los fraudes electorales, el narcotráfico y la vinculación de Noriega en las muertes de Torrijos y Spadafora. Panamá se sumió en el caos. Estados Unidos, presionado por los escándalos y perdiendo el control sobre su antiguo informante, le retiró el apoyo, cortó los pagos de la CIA y lo acusó formalmente de lavado de dinero y narcotráfico en tribunales federales.
