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Édith Piaf: La Explotaron Desde Niña… y Murió Cantando para Pagar las Deudas que Otros Habían Hecho

Pesa poco llora fuerte. Y Aneta la mira durante un tiempo que nadie documentó y luego se va. No se sabe exactamente cuándo. No hay una fecha, no hay una nota de despedida. Aneta simplemente no está. La bebé queda al cuidado de la abuela materna Ema Said Ben Mohamed, una mujer de origenver argelino que vive en el barrio de Barbés.

Emá bebé. Eso también está documentado. Y cuando el bebé llora de hambre, hace lo que sabe hacer, lo que tiene a mano, lo que le parece que funciona, le da vino rebajado en agua. Eso es la revelación. Uno. No metáfora, no exageración, no interpretación dramática de los biógrafos. Vino en lugar de leche.

Porque el vino calma. Porque el vino es barato. Porque el vino hace que el bebé deje de llorar y la abuela pueda seguir con lo suyo. Porque nadie estaba mirando. Y porque en los barrios pobres de París de 1916, un bebé que llora no genera compasión, genera ruido. Edit Giovan Gaion sobrevive a ese primer año. Así empieza la historia de la voz más grande del siglo XX, sobreviviendo a lo que no debería sobrevivir ningún bebé.

El padre Luis Gaón era acróbata callejero, un hombre que se ganaba la vida haciendo piruetas en los mercados, en los patios de los edificios, en cualquier lugar donde hubiera suficiente espacio y suficiente gente para dejar una moneda. No era un hombre de recursos. Pero cuando vuelve del frente y encuentra a su hija en el estado en que Ema la tiene, hace lo que puede.

La lleva con su propia madre, con la única persona que conoce que tiene un techo estable y comida en la mesa. La madre de Luis se llama Leones Con. Vive en Bernay, en Normandía. Tiene una casa grande. Tiene mujeres que trabajan para ella. Y lo que tiene es un burdel. Ahora mismo tu reacción probable es de horror.

Espera, porque lo que pasó en ese burdel de Bernay entre los años 1917 y 1923 es una de las cosas más hermosas y más injustas de toda esta historia y merece que la contemos despacio. Las mujeres que trabajaban en casa de Leontín eran mujeres que la sociedad francesa de principios del siglo XX consideraba lo más bajo, lo más deshonroso, lo más prescindible.

Mujeres sin apellido que valiera algo, sin familia que las defendiera, sin historia que las protegiera. Mujeres que existían para servir a hombres que al salir de allí no reconocerían su existencia en la calle. Esas mujeres se hicieron cargo de Edit. La vistieron, la peinaron, la pasearon por el pueblo los domingos por la mañana como si fuera la cosa más natural del mundo.

Le enseñaron a leer con paciencia. Le cantaron por las noches cuando no podía dormir. Le enseñaron los nombres de las cosas. Le explicaron que el mundo era grande, aunque ellas nunca hubieran podido verlo. La quisieron sin condiciones, sin beneficio propio, sin que nadie se los pidiera, sin que nadie se lo agradeciera. Fueron su primera familia real.

Y Edith lo supo. Lo supo toda su vida. Cuando triunfó, cuando tuvo dinero, cuando pudo elegir con quién rodearse, siguió eligiendo a personas que el mundo rechazaba. No porque no pudiera elegir mejor, sino porque ella sabía mejor que nadie, que el mundo rechaza exactamente a las personas que más saben querer. Con aproximadamente 3 años, la niña desarrolla una queratoconjuntivitis severa.

Es una infección ocular grave que sin tratamiento adecuado avanza sin detenerse. En Bernay, en esos años, el tratamiento adecuado no existe para niñas sin familia con recursos. La infección avanza, la visión se deteriora. En cuestión de meses, Edith Piaf queda completamente ciega. Leontine lleva a la niña a ver médicos de la zona.

La respuesta es siempre la misma. No hay nada que hacer. La infección es demasiado avanzada. Habrá que resignarse, habrá que acostumbrarse a una vida sin vista. Las mujeres del burdel de Bernay no aceptan esa respuesta. Durante semanas juntan sus propinas. Cada propina de cada cliente, guardada en algún lugar seguro, contada, separada del resto, no para ellas, no para comprarse algo que llevaran meses queriendo.

Para Edit Juntan suficiente dinero para llevarla en peregrinación al santuario de Santa Teresa de Lisiu, a menos de 40 km de Bernay. Eso es la revelación dos. No fueron los padres de Edit Piaf los que la llevaron a rezar por su vista. No fue ningún benefactor de buena familia. Fueron las mujeres a las que nadie respetaba las que ahorraron cada céntimo que ganaban de la única manera en que podían ganar dinero para llevar a esa niña ciega a un santuario y pedirle a una santa que la curara.

Y Edith recuperó la vista. Nugrado a Omeiche. no con años de tratamiento médico posterior. En los días siguientes a la peregrinación, la niña empezó a ver la queratoconjuntivitis que los médicos habían declarado irreversible, retrocedió. Los ojos de Edit Piaf, que habían estado cerrados al mundo durante meses, se abrieron.

Nadie puede explicarlo médicamente. Y Edith Piaf no intentó explicarlo. Habló del milagro el resto de su vida como algo absolutamente cierto. Como el hecho más sólido de toda su historia. Llevó siempre una imagen de Santa Teresa de Lisier consigo en los camerinos, en los hoteles, en los hospitales, en la villa de Placcier, donde murió.

Nunca dudó, nunca vaciló. La santa la había curado y eso era todo. Pero lo que más importa de ese momento, lo que explica quién fue Edit Piavf durante el resto de su vida, no es el milagro médico. Es lo que vio en el momento en que la vista volvió. El primer rostro que sus ojos recuperados enfocaron fue el de una de esas mujeres llorando de alegría, con los ojos llenos de lágrimas y la boca abierta en una sonrisa que no cabía en la cara.

Una mujer que el mundo despreciaba, llorando de alegría porque una niña que no era suya podía ver de nuevo. Piénsalo despacio. La primera imagen que ve una niña ciega al recuperar la vista es el llanto de felicidad de alguien que la quiere sin recibir nada a cambio. Las personas que el mundo rechazaba fueron las primeras que la amaron sin condiciones, sin beneficio, sin expectativa, sin otra razón que el amor mismo.

Y Edith Piaf pasó el resto de su vida buscando exactamente eso, ese amor sin condiciones, ese amor que duele de tan real porque no pide nada a cambio. Buscándolo en hombres que no siempre eran capaces de dárselo. Buscándolo en el público que llenaba sus alas. buscándolo en el único lugar donde siempre lo encontraba, en los escenarios, en la oscuridad, con esa voz que salía de un cuerpo que no era grande, pero que llenaba cualquier espacio como si fuera infinito.

Con siete u 8 años, Luis Gaion vuelve a Bernay y lleva a Edit consigo. Es acróbata. Esa es su vida. Y a partir de ahora, Edit forma parte de esa vida. Se convierten en un número callejero, el acróbata y la niña que canta. Actúan en los mercados, en los patios de los edificios, en las plazas de pueblo. Luis hace sus piruetas.

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