Posted in

DOLORES DEL RÍO: La DIVA que CONQUISTÓ el Mundo… y el HOMBRE que MURIÓ a su Sombra

fue la más famosa de su generación llega al final de su historia con más ausencias que presencias? En este vídeo verás las declaraciones de biógrafos como David Ramón que reconstruyeron su historia familiar, los registros de la prensa de Hollywood de los años 20 que documentaron la inversión de roles del matrimonio Martínez del Río, los testimonios de figuras como Diego Rivera y Frida Calo, que fueron sus amigos cercanos, y los archivos periodísticos alemanes que registraron la muerte de Jaime en Berlín en octubre de 1928,

sin dar una explicación que nadie encontró satisfactoria. Pero para entender por qué el primer esposo de la actriz más hermosa de México murió en Alemania 6 meses después de que ella lo dejara, primero hay que volver al principio. Porque para entender cómo se destruye a un hombre sin proponérselo, primero hay que entender qué hizo Hollywood con ese hombre.

Todo comenzó el 3 de agosto de 1904 en la ciudad de Victoria de Durango, en el estado del mismo nombre que en ese tiempo era uno de los más prósperos del norte de México. María de los Dolores Asuno y López Negrete llegó al mundo en una familia cuyo apellido abría puertas desde el Río Grande hasta la Ciudad de México.

Su padre era director del Banco de Durango. Su madre, Antonia López Negrete tenía un linaje que se remontaba a la nobleza virreinal de España. Era, en todos los sentidos de la expresión, una niña nacida en la cima, con todo lo que la cima ofrece y con todo lo que la cima cobra cuando la revolución llega. Porque en México de principios del siglo XX tener dinero, tener tierra, tener apellido, significaba también tener un blanco pintado en la espalda, cuando los que no tenían nada decidían que ya era suficiente.

Y Pancho Villa, que cruzaba Durango con sus tropas como cruzaba todo lo que se ponía en su camino, no hacía distinciones entre los apellidos que le convenía respetar y los que no. La familia Asuno perdió todo, no de una vez con la claridad de una sola catástrofe que permite medir exactamente lo que se fue,  sino de la manera más cruel que es poco a poco, con la amenaza constante de que lo siguiente que se pierda sea peor que lo anterior.

El padre huyó a Estados Unidos. Dolores y su madre tomaron el camino hacia la ciudad de México, y la niña, que había crecido entre sirvientes y vestidos importados y lecciones de baile, llegó a la capital con la maleta liviana  y con algo que no cabía en ninguna maleta, pero que pesaba más que todo lo demás.

la memoria de lo que había sido, la conciencia de que ese mundo existía y que ella lo había visto, y que de alguna manera, aunque no supiera todavía cómo, iba a construir  algo equivalente con las manos que le quedaban. En la Ciudad de México de los años de la revolución, Dolores creció con su madre en el ambiente específico de las familias de Abolengo, venidas a menos que sobreviven a los cataclismos históricos con la dignidad intacta y los recursos reducidos.

Participaban en los eventos de beneficencia que la clase alta capitalina organizaba con la misma regularidad con que organizaba misas y te podías pasar la vida entera en ese mundo sin que nadie te señalara directamente la distancia entre lo que habías sido y lo que eras ahora. Fue en uno de esos eventos de beneficencia en algún salón de la colonia Polanco a principios de los años X,  donde Dolores conoció a Jaime Martínez del Río. Recuerda esto porque es clave.

Jaime Martínez del Río no era cualquier hombre, era uno de los millonarios más conocidos del norte de México. Era escritor y abogado. Era 18 años mayor que Dolores.  Tenía el tipo de presencia que en el México de los años 20 se llamaba distinción y que consistía en una combinación de dinero, cultura y maneras que hacía que los hombres como él ocuparan siempre el centro de cualquier sala.

y vio a Dolores en ese evento de beneficencia con la mirada de quien reconoce algo extraordinario antes de que el mundo sepa que es extraordinario. Antes de Hollywood, antes de las portadas, antes de que ningún director de cine hubiera dicho su nombre en voz alta, vio a esa niña de 17 años con los ojos más grandes que ningún hombre de su generación había visto y tomó una decisión.

El 21 de abril de 1921 contrajeron matrimonio. Ella tenía 17 años, él tenía 35.  y se fueron de luna de miel a Europa, acompañados por la madre de Dolores. Ese detalle particular que dice ya desde el principio algo sobre la naturaleza de ese matrimonio, la presencia de la madre en la luna de miel, la necesidad de que alguien de la familia de ella viajara con ellos como si ni siquiera en el viaje más íntimo de su vida pudiera estar completamente sola con ese hombre que la amaba.

En España, ante el rey Alfonso XII y la reina Victoria, Dolores bailó dantas españolas. El rey la aplaudió, la reina la aplaudió y Jaime Martínez el Río, que había llevado a su joven esposa hasta ese salón real,  miró como todos los ojos en ese cuarto dejaban de mirarlo a él para mirarla a ella  y no dijo nada.

Aquí viene lo que casi nadie veía, porque el matrimonio de Dolores del Río y Jaime Martínez del Río tiene una primera etapa que la historia del cine cuenta siempre igual. El aristócrata mexicano que descubrió a la actriz, el hombre que la introdujo en los círculos de la alta sociedad que la llevaron a Hollywood, el padrino generoso que abrió las puertas correctas en el momento correcto.

Esa es la versión oficial, la versión que preserva la imagen de los dos. Pero hay otra versión que los documentos de la época registran con la precisión de quien no sabe que está documentando una tragedia, la versión de lo que le hizo Hollywood a ese hombre. Porque Jaime Martínez del Río llegó a Los Ángeles siendo el millonario de Durango, el escritor respetado,  el abogado que había construido su nombre durante décadas.

Y en Hollywood ocurrió algo que ningún hombre formado en el siglo XIX en el norte de México estaba equipado para procesar. Hollywood no lo conocía. Hollywood no le importaba quién había sido en México. Hollywood solo tenía ojos para la cara de su esposa y en un mundo donde lo que importaba era a quién conocías y quién te conocía a ti, Jaime descubrió con la lentitud cruel de los procesos que no tienen un momento exacto donde empiezan que había dejado de ser Jaime Martínez del río.

Se había convertido en el esposo de Dolores del Río. Hay un tipo específico de dolor que produce esa inversión, ¿no? el dolor de la pobreza, ni el dolor de la enfermedad, ni el dolor de la pérdida, el dolor de la irrelevancia, de descubrir que el nombre que llevas, el apellido que construiste, la identidad que tardaste 40ent y tantos años en forjar,  ya no es tuyo en el lugar donde vives.

que cuando dices tu nombre en una reunión, nadie lo reconoce, que cuando apareces en las fotografías eres el hombre que está al lado de la actriz, que cuando los estudios llaman a la casa y el teléfono suena es siempre para ella. ese dolor, ese proceso de borrado silencioso que Hollywood ejecutó sobre Jaime Martínez del Río sin proponérselo y sin ninguna malicia, porque así funcionaba ese mundo y así seguirá funcionando.

Fue construyendo dentro de ese hombre algo que los meses y los años y los éxitos cada vez más grandes de su esposa fueron haciendo más grande. un resentimiento, una desesperación, un tipo de oscuridad interior que las personas que lo conocieron en esos años describen en los registros que sobrevivieron con las palabras que se usan cuando no se quiere nombrar directamente lo que se está viendo.

Read More