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DIEGO ARMANDO MARADONA : Lo Que Jamás Te Contaron

Desde niño, Diego cargó con el peso de las expectativas de toda su familia. Él era el elegido, el que iba a sacarlos de la miseria. Esa presión, amigo, esa  presión  que empieza tan temprano, es un cáncer silencioso que te va comiendo por dentro. Cuando empezó a ganar dinero, lo primero que hizo fue comprarle una casa a sus padres. Les dio todo.

Pero también había culpa. culpa por haber escapado  cuando tantos se quedaron atrás. Esa culpa lo persiguió toda su vida y lo llevó a rodearse de un séquito inmenso  de gente que vivía de él, que le chupaba la sangre día tras día. En 1981, Boca Juniors pagó una fortuna por él. Diego volvía a casa,  al club de sus amores y la bombonera explotaba cada vez que tocaba la pelota.

Era felicidad pura, pero también era presión brutal, constante, asfixiante. Cada noche después de los partidos,  las tentaciones lo esperaban. Las fiestas interminables en Buenos Aires, donde la cocaína empezaba a ser la reina de las mesas VIP, donde los narcos poderosos de Argentina se mezclaban con futbolistas, empresarios y políticos.

Y Diego, que siempre fue un hombre de emociones extremas, se entregó a ese mundo con la misma pasión con la que jugaba al fútbol. Al principio era solo diversión, una rayita aquí, otra allá. Pero la cocaína es una mentirosa, amigo. Te hace sentir invencible hasta que ya no puedes vivir sin ella.

Y Diego empezó a necesitarla no solo en las fiestas, también en su día  a día, para entrenar, para dormir, para sentirse vivo. La droga se convirtió en su compañera inseparable, en su escape de la presión. Y entonces llegó Barcelona. 1982, el fichaje más caro de la historia en ese momento, 7 millones de dólares.

Pero Barcelona fue un infierno. Las lesiones lo persiguieron, los rivales lo pateaban sin piedad. En un partido contra el Athletic de Bilbao, le destrozaron el tobillo a patadas. Diego se levantó furioso y se fue a las manos con medio equipo  contrario. Lo expulsaron. Tardó meses en recuperarse. Pero lo peor no eran las lesiones físicas, era la hepatitis que  contrajo.

Era la depresión que lo consumía en las noches de Barcelona,  lejos de Argentina, rodeado de un idioma que no entendía y una prensa que lo crucificaba cada  día. Ahí la cocaína dejó de ser ocasional y se volvió necesaria. Diego empezó a rodearse de gente peligrosa en Barcelona, gente que  le conseguía la droga, que le organizaba las fiestas.

Su rendimiento en el campo empezó a ser irregular. Después de dos años caóticos,  lo vendieron y Diego sintió alivio porque el siguiente destino era Nápoles,  Italia, y ahí es donde se escribiría la leyenda más grande y la caída más brutal de todas. Cuando Diego llegó a Nápoles en 1984, la ciudad entera enloqueció.

75,000 personas lo recibieron en el estadio San Paolo como si fuera el Mesías.  Y en cierto modo lo era, porque Nápoles era la ciudad olvidada de Italia, la ciudad pobre del sur, despreciada por el norte rico y Diego se identificó con esa  ciudad inmediatamente. Él también venía del sur, de la  pobreza.

Nápoles y Maradona se enamoraron y juntos iban a conquistar el mundo. Diego transformó al Napoli en un equipo imbatible. llevó a ese club que nunca había ganado nada a conquistar dos títulos de Serie A, una Copa UEFA y a competir de igual a igual contra los gigantes de Europa. Cada domingo todo Nápoles paraba para ver jugar a Diego.

Lo adoraban, le rezaban, pintaban murales de él en cada esquina. Diego era más que un futbolista. Era el símbolo de que los pobres también podían ganar. Pero Nápoles también era una ciudad peligrosa. La Camorra, la mafia napolitana, controlaba todo y Diego se convirtió en un objetivo. Los capos de la camorra lo invitaban  a sus fiestas privadas, le ofrecían protección, le conseguían lo  que necesitara y lo que Diego necesitaba cada vez más era cocaína.

Se la daban gratis, por supuesto, porque tener a Maradona de su lado era más valioso que cualquier dinero. Diego se volvió íntimo de  figuras peligrosísimas del crimen organizado napolitano y cada vez se hundía más. En 1986 llegó el momento que lo inmortalizaría para siempre, el mundial de México. Argentina llegaba con dudas.

Diego llegaba cargando la presión de todo un país y lo hizo. En los cuartos  de final contra Inglaterra, Diego marcó dos goles que definirían su leyenda. El primero, la mano de Dios. Un gol ilegal que metió con la mano y que nadie vio. El segundo, el gol del siglo,  donde arrancó desde mitad de cancha, driblió a medio equipo inglés y metió  un gol tan perfecto que todavía hoy la gente llora al verlo.

Argentina ganó ese partido y luego ganó la final contra Alemania. Diego levantó la Copa del Mundo y  se convirtió oficialmente en el mejor futbolista de la historia. Pero ese triunfo también fue su condena. Porque después de ser Dios, ¿qué más te queda? Diego volvió a Nápoles convertido en una deidad viviente y las exigencias se multiplicaron.

Todos querían más de él y Diego no podía decir que no, pero su cuerpo empezaba a cobrarle factura. Las lesiones se acumulaban, el sobrepeso aparecía y desaparecía, y  la cocaína ya no era un escape ocasional, era una adicción feroz que lo consumía cada día. En Nápoles, Diego vivía una doble vida. En el campo era el héroe, fuera del campo era un hombre destruido.

Su manager, Guillermo Cópola, organizaba fiestas desenfrenadas donde la cocaína y el alcohol  corrían sin límites. Diego tenía aventuras con decenas de mujeres. dejaba embarazadas a algunas y las abandonaba,  no porque fuera mala persona, sino porque estaba perdido,  porque la droga lo hacía actuar como alguien que él no era y la mafia lo tenía atrapado.

Hay versiones que dicen que Diego les debía dinero por la droga, otras que dicen que lo chantajeaban con fotos comprometedoras. Lo cierto es que Diego no podía escapar. Cada vez que intentaba alejarse, alguien lo llamaba. Alguien le ofrecía otra fiesta, otra raya, otra noche de locura. Y él caía una y otra vez porque la adicción es así, amigo, no te suelta, te agarra del cuello y te ahoga lentamente.

En 1991, Diego dio positivo en un control antidoping, cocaína. La noticia explotó como una bomba en todo el mundo. El ídolo, el dios del fútbol, era un adicto. La FIFA lo suspendió por 15 meses. Nápoles empezó a darle la espalda. La prensa italiana lo destrozó. Diego cayó en una depresión profunda, se encerró en su casa, siguió consumiendo.

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