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Diana de Gales: La Historia Que la Corona No Quiere Que Conozcas

Su padre se volvió a casar en 1969 con Rein. Condesa de Darmoth. Una mujer que los hijos apodaron en privado, Rein la pesada. Era fría, dominante y llegó a reorganizar la casa y la vida familiar con una eficiencia que no dejaba espacio para la melancolía de cuatro niños que echaban de menos a su madre. Diana la odió con la intensidad silenciosa que solo tienen los niños que no tienen permitido gritar.

La infancia de Diana transcurrió en internados. Primero Riddlesworth Hall, luego West Heath School. Era una estudiante mediocre. suspendió sus exámenes de nivel ordinario dos veces y abandonó la escuela a los 16 años sin graduarse, no porque fuera poco inteligente, sino porque era una niña emocionalmente sola que no encontraba en los libros lo que buscaba, que alguien la mirara de verdad.

Lo que sí encontró fue el ballet. Desde pequeña, Diana amaba bailar. Su profesora, Anne Alan, diría años después que el ballet estaba en su alma, que le daba una libertad que no encontraba en ningún otro lugar. Quería ser bailarina profesional, pero creció demasiado rápido. A los 16 años medía 1,78, demasiado alta para el ballet clásico.

Otra puerta cerrada. Otra vez el mundo diciéndole que lo que quería no era posible. A los 17 años fue a Suiza un semestre a una escuela de institut de Manet. Duró pocos meses. No había nada que aprender allí que le importara. Volvió a Londres. Se instaló en un apartamento pequeño en Earl Court con tres amigas.

Trabajó de cuidadora de niños. limpiaba casas ajenas, cocinaba para familias que no eran la suya. Una chica de 19 años, alta, tímida, con una sonrisa que se inclinaba hacia abajo cuando estaba nerviosa, sin saber todavía que el mundo entero iba a aprender a reconocer esa sonrisa. Fue su hermana mayor, Sara, quien la presentó al príncipe Carlos.

Irónicamente o quizás trágicamente, Sara había tenido ella misma una aventura breve con Carlos a finales de los años 70. Cuando la relación terminó, Sara lo comentó sin medir las consecuencias en una entrevista de revista. Carlos la dejó inmediatamente y fue entonces cuando fijó su atención en la hermana pequeña.

Y lo que nadie subraya suficiente es esto. Antes del compromiso, Carlos y Diana se habían visto apenas una docena de veces. 12 encuentros, 12 conversaciones breves en actos sociales, cacerías, cenas de protocolo. No se conocían, no habían tenido tiempo de conocerse. Y el duque de Edimburgo, el padre de Carlos, le escribió una carta presionándole para que hiciera lo correcto, que se decidiera o que dejara de ver a Diana para no dañar su reputación.

Carlos eligió casarse no por amor, por obligación y quizás en algún rincón de su conciencia por cobardía. Febrero de 1981. Carlos le propone matrimonio. Diana tiene 19 años. Carlos tiene 32. Hay una versión oficial de ese momento que habla de romance y destino. Y luego está lo que realmente pasó. Días antes del compromiso, durante una visita al castillo de Sandrinham, Carlos le puso sola mano en la cintura a Diana y le dijo, “Un poco gordita por aquí, ¿verdad? Esa frase, esa frase de cinco palabras dicha con la ligereza de quien comenta

el tiempo. Esa frase le cambió la vida. Diana lo contaría ella misma en sus propias palabras grabadas en secreto años después. Eso disparó algo en mí. Esa misma semana empezó la bulimia. La primera vez que le tomaron medidas para el vestido de novia, Diana, tenía 73 cm de cintura. El día de la boda, 5 meses después, medía 60 cm, 13 cm menos.

El mundo lo vio como la delgadez radiante de una novia enamorada. Era el cuerpo de una mujer que llevaba meses vomitando. Aquí está la primera revelación de este bit, la que casi nadie menciona cuando hablan de la boda del siglo. El 29 de julio de 1981, 750 millones de personas en todo el mundo se sentaron frente al televisor para ver el matrimonio más esperado de la historia moderna.

Era el cuento de hadas del siglo, la chica común que se convertía en princesa, el príncipe heredero que encontraba a su prometida. La catedral de Saint Paul resplandecía. La cola del vestido medía 7,5. Tafetán marfil, encaje de Carricos. Lentejuelas bordadas a mano. El mundo contuvo el aliento. Y Diana caminó por ese pasillo con los nervios en el estómago, con los nombres de Carlos equivocados en los votos.

Dijo Philip Charles en lugar de Charles Philip. y con la cabeza llena de una pregunta que nadie más en esa catedral sabía que existía. Porque semanas antes, en el escritorio de Carlos, Diana había encontrado una pulsera. Una pulsera con las iniciales entrelazadas de él y de Camilla. Un regalo de despedida. Carlos se la iba a dar a Camilla Parker Balls antes de la boda.

Diana lo vio, lo preguntó. Carlos no lo negó y la boda se hizo igualmente. Hubo algo más, algo que Diana contaría también en esas cintas secretas. Días antes de casarse, buscó a dos de sus damas de honor y les dijo llorando que no quería hacerlo, que no podía seguir adelante. Ellas se rieron. Pensaron que eran nervios de novia.

Le dijeron que era demasiado tarde para echarse atrás, que su cara ya estaba en los sellos de correos. Su cara estaba en los sellos de correos y ella tenía 19 años, una pulsera con iniciales ajenas grabada en la memoria y un vestido de 7 met y medio que ya no podía devolver. La luna de miel fue en el yate Britania, navegando por el Mediterráneo.

14 días. El mundo imaginó champán, sol, intimidad recién nacida. Lo que realmente ocurrió fue esto. Diana vomitaba tres o cuatro veces al día. Carlos leía filosofía encubierta. Las obras completas de Car Jung que Camilla le había regalado. Pasaban las noches separados. Y cuando Carlos sacaba las fotos de Camilla de su cartera para mirarlas, Diana lo veía y no decía nada porque no sabía qué se hacía en esos casos.

porque nadie le había enseñado. Lo que nadie subraya es que Diana tenía 19 años cuando se casó. 19. Una edad en la que la mayoría de las personas todavía están descubriendo quiénes son. Ella se instaló en una institución de 500 años de antigüedad con sus propias reglas, sus propios códigos, su propio silencio estructurado.

Y no había nadie a su lado que le explicara las reglas. Nadie que le dijera qué hacer cuando el marido llega tarde. Nadie que le dijera cómo se navega por los pasillos del palacio de Buckingham cuando eres nueva y no tienes aliados. Nadie que le dijera simplemente que no estaba sola. Pidió ayuda y fue a ver a los médicos del palacio.

Les dijo que tenía bulimia, que se autolesionaba, que no dormía. Le recetaron antidepresivos. Le dijeron que se adaptara. fue a la reina Isabel Segunda y le contó que Carlos seguía viendo a Camilla. La reina la escuchó y no hizo nada. Los años siguientes fueron una espiral silenciosa. Por fuera, la princesa más fotografiada del mundo.

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