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Decían que jamás resistiría el calor… y la mexicana sorprendió al mundo en los 10,000 metros

Estas atletas de países tercermundistas siempre empiezan muy rápido porque no entienden de estrategia, porque no conocen su lugar en el mundo del atletismo y después se desploman estrepitosamente cuando llega el momento de la verdad. Será divertido verla sufrir cuando llegue el calor real y se dé cuenta de que está jugando en una liga que no le corresponde.

La conversación continuó durante varios minutos más, cada palabra como una apuñalada que se hundía más profundamente en el orgullo de Adriana. Hablaban de ella como si fuera invisible, como si fuera una mascota exótica que alguien había metido en los Juegos Olímpicos para hacer reír a los verdaderos atletas.

discutían sus posibilidades con la misma seriedad con la que hablarían del clima, como si su presencia en la competencia fuera un chiste interno que solo ellas entendían. “Seguramente ni siquiera entiende inglés”, dijo una de ellas con una risa que sonó como vidrio molido. “Estos atletas de Latinoamérica vienen aquí como turistas deportivos a hacerse la foto y ya no tienen ni la menor idea de lo que significa competir al más alto nivel.

Y luego se quejan de que no los toman en serio, añadió la entrenadora británica. Pero es que realmente, ¿qué podemos esperar de países donde no hay ni infraestructura deportiva? Es casi cruel dejarlos competir contra atletas que se han preparado toda la vida con métodos científicos y recursos de primer mundo.

Adriana sintió como la sangre se le subía a la cara, pero no de vergüenza, de rabia pura, del tipo de rabia que te quema por dentro. pero que también te da una claridad mental que no sabías que podías tener. Siguió caminando como si no hubiera escuchado nada, pero cada fibra de su ser estaba vibrando con una intensidad que nunca había experimentado.

Esa noche, encerrada en el cuarto pequeño y funcional de la villa Olímpica, que compartía con una atleta de tiro con arco que roncaba suavemente en la cama de al lado, Adriana no pudo cerrar los ojos ni por un segundo. Las palabras de esas mujeres daban vueltas en su cabeza como un tormento musical que se repetía sin parar.

Países tercermundistas. Se va a desplomar. Será divertido verla sufrir. No entiende su lugar en el mundo. Turistas deportivos. Cada frase era un latigazo que la mantenía despierta, pero también la llenaba de una determinación férrea que jamás había sentido en sus 23 años de vida. Era como si todas las humillaciones que había vivido, todos los momentos en que había dudado de sí misma, todos los obstáculos que había tenido que superar para llegar hasta ahí, se hubieran condensado en una sola noche para forjar algo nuevo dentro de

ella, algo peligroso, algo imparable. se levantó de la cama a las 3 de la mañana y caminó descalza hasta el espejo del baño. Se miró fijamente durante largos minutos, estudiando cada detalle de esa cara que las europeas consideraban inferior. Vio a esa mujer de 23 años, nacida en un pueblo donde ni siquiera había pista de atletismo, donde había aprendido a correr en caminos de tierra que se volvían lodasales en época de lluvias y hornos de fuego en los veranos.

Criada por una madre soltera que trabajaba 14 horas al día cociendo uniformes escolares para mantener a cuatro hijos, que jamás se quejaba, pero cuyas manos estaban deformadas por años de manejar una máquina de coser antigua que sonaba como una ametralladora, una mujer que había llegado hasta los Juegos Olímpicos corriendo en carreteras desiertas donde los únicos espectadores eran los burros que pastaban en los campos y los niños que salían de sus casas para gritarle, “¡Corre, Adriana, corre!” cuando la veían pasar como una sombra veloz bajo el sol que derretía el

asfalto. “Mañana”, se dijo a sí misma con una voz que sonaba diferente, más profunda, más peligrosa. “Mañana les voy a enseñar de qué están hechas las mexicanas. Mañana van a saber que cometieron el peor error de sus vidas al subestimarme. Pero lo que Adriana no sabía, lo que nadie podía haber predicho, era que el infierno apenas estaba comenzando y que ese infierno iba a ser su mejor aliado.

La mañana de la carrera amaneció con un calor que cortaba la respiración como una navaja caliente. A las 8 de la mañana ya se marcaban 38ºC en los termómetros oficiales y la temperatura seguía subiendo con una persistencia que parecía sobrenatural. Los meteorólogos hablaban de una cúpula de calor sin precedentes, de condiciones que no se habían visto en Atenas en más de 50 años.

Los comentaristas deportivos de las televisiones de todo el mundo no tardaron en especular sobre los efectos devastadores que ese calor extremo tendría en las atletas. Las cámaras mostraban imágenes del asfalto de la pista ondulando como agua, creando espejismos que distorsionaban la realidad. “Este va a ser un factor determinante en la carrera de hoy”, decía el comentarista principal de la transmisión internacional.

Un hombre mayor con décadas de experiencia cubriendo atletismo olímpico. Con estas temperaturas estamos hablando de condiciones que van más allá de lo que cualquier atleta ha enfrentado en una competencia de este nivel. Las atletas africanas, acostumbradas a climas cálidos pero secos, van a sufrir con esta humedad.

Las europeas del norte van a estar en una desventaja terrible. Podríamos ver abandonos masivos si la temperatura sigue subiendo así. Los médicos deportivos daban entrevistas alarmantes sobre los riesgos de correr en esas condiciones. Hablaban de golpes de calor, de deshidratación severa, de la posibilidad real de que alguna atleta sufriera un colapso que pusiera en riesgo su vida.

Las ambulancias estaban posicionadas estratégicamente alrededor de la pista con sus motores encendidos y el personal médico en alerta máxima. En la zona de calentamiento, que se había convertido en un horno al aire libre, donde el aire parecía líquido y cada respiración era un esfuerzo consciente, las atletas de élite mundial mostraban signos evidentes de preocupación.

Algunas se refugiaban bajo las escasas sombras disponibles, otras se aplicaban hielo constantemente en la nuca y las muñecas, tratando desesperadamente de mantener su temperatura corporal bajo control. Paula Radcliff, la superestrella británica y récord mundial de la maratón femenina, se veía pálida y tensa. Había pedido que le pusieran toallas húmedas sobre los hombros y bebía agua con sales cada pocos minutos, pero sus ojos mostraban una preocupación que no era típica en alguien de su calibre.

Sus entrenadores la rodeaban como guardaespaldas, creando sombra artificial con paraguas y abanicos portátiles. Las atletas etiíopes y kenianas, legendarias por su dominio en las distancias largas, consultaban constantemente con sus equipos médicos. Aunque venían de países cálidos, las condiciones en Atenas ese día estaban fuera de cualquier parámetro normal.

El aire era tan denso que parecía tener consistencia física y la humedad se combinaba con el calor de una manera que hacía que cada movimiento fuera un esfuerzo sobrehumano. Pero había algo que nadie había considerado, algo que las estadísticas no mostraban y que los expertos, con toda su ciencia y sus análisis sofisticados habían pasado por alto completamente.

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