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CUQUITA: El INFIERNO que vivió con VICENTE… y el ASQUEROSO SECRETO del HIJO que no ERA SUYO.

Era guapo, era carismático. Tenía una voz que cuando la escuchabas en una sala pequeña hacía que la gente dejara de hablar sin saber exactamente por qué, pero no era nadie todavía. Cuquita lo vio antes de que fuera nadie. Eso es lo que la historia de ella tiene de más importante y de más ignorado al mismo tiempo, que ella no eligió a un ídolo, eligió a un hombre, a un muchacho de  pueblo con deudas y con sueños y con una voz que todavía no había encontrado el escenario que merecía y que ese hombre con el tiempo se  convirtió en algo tan

grande que la persona que lo había elegido cuando no era nadie quedó sepultada bajo el peso de lo que se convirtió. Se casaron en 1963 en una ceremonia sencilla en Guadalajara, sin grandes lujos,  sin el fasto que décadas después rodearía cualquier evento que llevara el nombre Fernández, una boda de gente joven y humilde que prometía cosas que en ese momento probablemente ambos creían de verdad.

Los primeros años fueron difíciles. Vicente seguía luchando por abrirse paso en una industria que tardó tiempo en reconocerlo. Los rechazos de las disqueras  eran la constante. Las puertas de Televisa se cerraban. Los productores que lo escuchaban decían que su voz era demasiado parecida a la de José Alfredo Jiménez o a la de Pedro Infante y que el mercado no necesitaba una copia.

Cuquita  sostenía la casa, trabajaba, criaba a Vicente Junior, que llegó en 1964.  Después a Gerardo, después a Alejandro, el que décadas después se convertiría en el potrillo y en una figura tan grande como su padre. administraba lo poco que había con la eficiencia específica  de las mujeres, que saben que el dinero no aparece solo y que alguien tiene que hacer las cuentas, aunque nadie le pregunte cómo.

Mientras Vicente golpeaba puertas en la industria, Cuquita sostenía el mundo que existía fuera de esas puertas.  Esa dinámica establecida en los primeros años de matrimonio, cuando ambos eran pobres y el futuro era incierto, fue la que definió los 55 años siguientes. No cambió cuando Vicente se hizo famoso.

No cambió cuando el dinero llegó y el rancho creció y los hijos se convirtieron en figuras públicas por derecho propio. La estructura siguió siendo la misma. Él hacía afuera, ella hacia adentro. El gran salto llegó en 1968 cuando rehacía Víctor le dio la oportunidad que había buscado durante años.

El primer disco fue un éxito moderado, el segundo  fue mayor y en 1971, con canciones que el interior del país adoptó con la velocidad de algo que llevaba años esperando ser nombrado, algo cambió de manera definitiva. La radio empezó a tocarlo sin parar. Las estaciones del interior del país, que tenían  audiencias enormes de trabajadores y campesinos y familias que comían escuchando la radio a mediodía, encontraron en Vicente Fernández exactamente lo que llevaban años necesitando.

Un hombre que cantara como ellos hablaban, con orgullo de rancho, con el lenguaje del amor que duele y del desamor  que se bebe, con esa manera de pararse en el escenario que no pedía permiso a nada ni a nadie. Y entonces empezaron las giras. Las primeras fueron cortas. Semanas fuera de Guadalajara, Cuquita se quedaba  con los niños, administraba la casa, esperaba que llegara el domingo para hablar por teléfono.

Después las  giras se volvieron meses. Después los meses se volvieron prácticamente el año completo y el rancho Los Tres Potrillos,  que Vicente compró con sus primeras ganancias importantes en los años 70, como símbolo del hombre que había llegado desde la pobreza hasta la prosperidad, se convirtió en el espacio donde Cuquita vivía  y Vicente visitaba. Visitaba.

Esa es la palabra correcta. Cuquita vivía en los tres  potrillos. Vicente visitaba los tres potrillos. Esa distinción no es semántica. Es la diferencia entre una vida construida en un lugar y una vida que pasa por ese lugar cuando el escenario lo permite. Cuquita conocía cada rincón del rancho con la intimidad de quien lo ha habitado cada día durante décadas.

Sabía dónde rechinaba el piso. Sabía en qué meses llovía de manera que inundaba el patio. Sabía los nombres de los trabajadores que llevaban años ahí y los nombres de sus hijos y las historias de sus familias. Vicente llegaba y el rancho se llenaba de presencia y de ruido y de la energía específica del ídolo que regresa.

Y después Vicente se iba y el rancho volvía a hacer lo que era siempre, el espacio de Cuquita, el lugar donde ella era la autoridad real, aunque nadie lo dijera con esas palabras. Décadas después, cuando la prensa le preguntó cuándo había podido realmente disfrutar de su esposo, Cuquita respondió con una honestidad que los  periodistas no esperaban.

dijo que desde el 2012, el año en que Vicente se retiró de los escenarios.  Ese dato, dicho con la naturalidad de quien describe algo que ya es parte del pasado, es más brutal que cualquier  escándalo, porque significa que durante casi 50 años de matrimonio, desde los años 60 hasta el 2012,  Cuquita no tuvo a su esposo de manera real y cotidiana.

Lo tuvo de visita. Lo tuvo en las canciones que escuchaba por la radio como todo México. Lo tuvo en las fotografías que llegaban de las giras y en las llamadas telefónicas que en los años 70 y 80 eran costosas y complicadas y que no podían sustituir lo que una presencia física podía dar.

Lo tuvo también en las noticias que llegaban de otras maneras, porque mientras Vicente estaba en esas giras, mientras México lo convertía en el símbolo del amor eterno y de la fidelidad ranchera y de todos los valores que sus canciones predicaban,  Cuquita sabía algo que el público no quería saber, que las canciones y la vida son dos cosas distintas,  que el hombre que cantaba mujeres divinas frente a 70,000 personas no llegaba solo a los hoteles donde se hospedaba después de los conciertos, que el charro de Went Titán,

el que decía que la familia era lo más sagrado, tenía una manera muy específica de definir sagrado que no incluía la fidelidad como condición indispensable. Los rumores empezaron pronto, antes de que Vicente Fernández fuera el rey, cuando todavía era apenas el cantante que empezaba a llenar palenques en el interior del país, mujeres en cada ciudad, aventuras que duraban lo que duraba la gira, algunas que duraban  más, algunas que tuvieron consecuencias que la familia tardó años en profesar y que la prensa tardó años

en confirmar.  Cuquita los escuchaba, tenía amigas que también los escuchaban. tenía trabajadores del rancho que sabían cosas y que sabían también que no era conveniente decirlas con demasiada claridad.  Y Cuquita tomó una decisión. No la tomó en un momento dramático. No hubo una escena de confrontación que cambiara todo.

No hubo un ultimátum ni una maleta hecha en mitad de la noche. La decisión se tomó de manera gradual, con la lentitud específica de las personas que van entendiendo que la vida  que tienen no corresponde exactamente a la vida que imaginaron y que tienen que decidir qué hacen con esa distancia. La decisión fue quedarse, quedarse y establecer las reglas dentro de esa decisión.

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