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Cuando Clark Gable intentó comprar el amor de María Félix — Su respuesta fue devastadora

 Cuando la película terminó, Gabel se quedó sentado en la oscuridad. El proyeccionista encendió las luces y lo encontró ahí con el vaso vacío, los ojos húmedos. “Señor Gabel, la sala tiene que cerrarse. Vuelve a ponerla”, dijo Gabel. No entendí que vuelvas a poner la película toda el principio. El proyeccionista obedeció.

 Clark Gabel vio enamorada dos veces seguidas esa noche. Cuando salió del estudio, eran las 11 de la noche. Su chóer lo estaba esperando. A casa, señor Gabel. No, dijo Gabel al despacho de Louis Mayer. Lois Bmer Mayer estaba en su oficina como casi siempre, trabajando hasta tarde. Era un hombre pequeño, calvo, con ojos de tiburón y la sonrisa de un vendedor de autos usados.

Pero era el hombre más poderoso de Hollywood. Controlaba MGM, el estudio más grande del mundo. Tenía bajo contrato a Clark Gabel, Spencer Tracy, Judy Garland, Hen Kelly, Elizabeth Tylor. Lo que Mayer decidía se convertía en realidad. Cuando Gabel entró sin tocar, Mayer levantó la vista sorprendido.

 Clark, son las 11 de la noche. Quiero a María Félix, dijo Gabel sin sentarse. Mayer lo estudió. ¿Quieres a María Félix para una película? Quiero a María Félix. Mayor Intendio. No era un pedido profesional, era personal. Se recostó en su silla. Clark. María Félix no es como las actrices que conoces. No es Lana Tarner, no es Aba Garner.

 No puedes mandarle flores y esperar que caiga rendida. Lo sé, he visto su película. Es diferente. Es más que diferente. Es mexicana. Es orgullosa. Es imposible. Ha rechazado a Hollywood tres veces. Tres veces le hemos ofrecido contratos y tres veces ha dicho que no. Entonces, no le ofrezcas un contrato le dijo Gabel. Ofrecele todo.

 Mayer se quedó callado un momento, luego sonrió. Esa sonrisa de zorro que significaba que estaba calculando. “¿Puedo organizar un encuentro?”, dijo lentamente. “Tenemos un intermediario en México, Gregorio Ballerstein, su productor.” “Pero te advierto, Clark, esa mujer no se compra. No compro mujeres, Louis, las enamoro.

” Mayer lo miró con algo parecido a la compasión. Eso es lo que creen todos los hombres que la han conocido y todos han terminado igual, destruidos. Gabel no escuchó la advertencia. Pasó las siguientes semanas preparándose como si fuera a una misión militar. Investigó todo sobre María. Leyó cada entrevista publicada en inglés y en francés.

 Consiguió traducciones de artículos en español. supo de sus matrimonios, de su divorcio de Agustín Lara, de su personalidad avasallante, de las joyas que coleccionaba, de su amor por Cartier, de su desprecio absoluto por los hombres débiles. Supo que la habían comparado con Marl Dietrich, con Greta Garbo, pero que ella había dicho que no se comparaba con nadie, porque para compararse había que tener iguales y ella no los tenía.

 Gabel quedó fascinado. Cada dato que descubría lo atraía más. No era la belleza física que era innegable, era la actitud, era la arrogancha, era esa seguridad absoluta que él, el rey de Hollywood, nunca había encontrado en ninguna mujer. Las mujeres que conocía querían algo de él: fama, dinero, contactos, sexo, validación.

 María Félix, según todo lo que leía, no quería nada de nadie. Y eso para un hombre que lo tenía todo era irresistible. Mayer hizo las llamadas. Gregorio Bayerstein respondió con cautela. El señor Gabel quiere conocer a María Félix. Personalment. ¿Con qué propósito? Preguntó Gregorio. MGM quiere ofrecerle un contrato especial, un proyecto diseñado específicamente para ella. Gregorio conocía ese lenguaje.

Sabía que contrato especial significaba que alguien poderoso quería algo que no era solo profesional. ¿Cuánto ofrece MGM? Lo que ella pida. Gregorio casi se cae de su silla. Lo que ella pida. Lo que ella pida. El señor Gabel ha sido muy específico. Sin límite. Gregorio Calgo llamó a María.

 Doña María, tengo algo interesante. Clark Gabel quiere conocerla. María estaba en su departamento de la colonia Juárez fumando uno de sus cigarrillos franceses leyendo una novela de Franis Sagan. Clark Gabel repitió sin emoción. El rey de Hollywood. No es mi rey, respondió María. No tengo reyes. ¿Quiere venir a México a presentarle un proyecto de MGM? Que venga si quiere perder su tiempo, que lo pierda.

 Le digo que sí, dile que no le voy a facilitar nada. Si quiere verme, tendrá que trabajar para ello. Y Gregorio, avisó María que no traiga flores. Odio las flores que traen los hombres que quieren algo. Noviembre de 1948. Clark Gabel llegó a Ciudad de México en un avión privado de MGM. Lo acompañaban su asistente personal, Howard Strick Cling, jefe de publicidad de MGM y un traductor que Mayer había contratado específicamente para la ocasión.

 Se instalaron en la suite presidencial del hotel Reforma, el hotel más lujoso de la ciudad. Gabel miró por la ventana. La Ciudad de México se extendía bajo un cielo azul limpio con las montañas al fondo y el ruido de una ciudad que vibraba con una energía que Hollywood no tenía. Es hermosa dijo Gabel refiriéndose a la ciudad.

 Espera a conocerla a ella murmuró Howard. El primer día, Gabel intentó organizar una cena. Gregorio fue el intermediario. María aceptó, pero con condiciones. La cena será en el restaurante Ambasaders, dijo María. A las 9 de la noche yo elijo la mesa, yo elijo el vino y el paga. Gabel sonrió cuando le transmitieron las condiciones.

 Me gusta una mujer que sabe lo que quiere. Howard lo miró preocupado. Clark, esto no es un juego. Esa mujer es peligrosa. Todas las mejores lo son. Y así, quienes crecimos escuchando historias de mujeres que imponían sus reglas en un mundo que las quería sumisas, sabemos que María Félix era la encarnación de ese espíritu. Si alguna vez tu abuela, tu madre o tu tía te contó sobre una mujer que no se dejó, suscríbete porque aquí honramos a esas mujeres.

 Aquí contamos las historias que merecen ser contadas. La noche de la cena llegó. El restaurante Ambasaders era el lugar donde la élite de Ciudad de México cenaba, negociaba y se destruía mutuamente entre platos de aute cuisín y botellas de champañe francés. Gabel llegó a las 8:45. Pintual como un soldadú. Vestía un traje gris oscuro de sabíerou, corbata de seda azul marino, zapatos italianos brillantes.

 Se había peinado con gomina, como en sus películas, y olía a la colonia que Kerel le había regalado antes de morir. La misma que seguía usando porque era lo único que le quedaba de ella. Se sentó en la mesa que María había elegido, una mesa en una esquina elevada desde donde se veía todo el restaurante, pero donde nadie podía escuchar la conversación.

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