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Cristina Onassis: La Mujer Más Rica del Mundo Que Murió En Una Tina

Para muchos matrimonios, un segundo hijo es una alegría compartida. Para los onasis es una operación protocolaria. Aristóteles querría otro varón, un heredero más, alguien que pueda un día manejar los barcos. En su cabeza, los hombres manejan los negocios. Las mujeres se casan, paren y sonríen para las fotos. Cuando le dicen que es una niña, hay testimonios de enfermeras recogidos décadas después que cuentan que Aristóteles se quedó unos segundos en silencio, luego asintió con la cabeza y simplemente preguntó si estaba sana. Eso fue todo. Ni alegría ni

lágrimas. Una niña sana. Un dato contable. Esa indiferencia del primer día marcará los primeros 30 años de la vida de Cristina. La infancia de Cristina no se parece a la de ninguna otra niña del mundo. Crece entre Londres, París, Mónaco, Nueva York y la isla de Escorpios. La propiedad privada que su padre compra en el mar Jónico cuando ella tiene 4 años.

Tiene su propia habitación en el yate familiar, un barco de 99 met de eslora llamado Cristina o bautizado así en su honor. En ese yate hay una piscina que se transforma en pista de baile por las noches. Hay una sala de cine privada. Hay un bar tallado con hueso de ballena cuyos taburetes están forrados con piel de los testículos de una ballena casada por el capitán del barco.

Aristóteles se lo cuenta a sus invitados riéndose. Entre esos invitados, la niña Cristina ve pasar a los hombres más poderosos del planeta. Winston Churchill pasa más de 400 días a bordo del Cristina o entre 1958 y 1963. Cristina a los 8 años juega al lado del ex primer ministro británico mientras él fuma sus puros cubanos.

A Frank Sinatra lo conoce antes que a la mayoría de sus primos. Elizabeth Taylor la pena una tarde en Montecarlo. María Cages, la soprano más grande del siglo, la mira con una mezcla de ternura y culpa que la niña Cristina no entiende todavía. Porque el mundo de Cristina es dorado por fuera, pero por dentro ya está fracturado.

Sus padres han dejado de hablarse. Aristóteles pasa más tiempo en el yate con amantes que en casa. Tina, humillada, empieza a beber en silencio. La niña Cristina crece en un silencio lleno de sirvientes. Come sola, duerme sola, juegas sola en habitaciones donde cada objeto tiene el precio de una casa. Cuando le hacen regalos son escandalosos.

A los 7 años le regalan por parte del rey Saú de Arabia Saudita dos ponis árabes con sillas de montar hechas a medida, pero no tiene con quién cabalgar. Tiene un hermano mayor, Alexander, 2 años más que ella, rubio, delgado, guapo, con los ojos claros de su madre. Aristóteles lo adora, lo nombra heredero desde que el niño tiene 4 años.

Lo lleva al despacho de Mónaco, le muestra los mapas de las rutas navieras, le habla de barcos durante horas. A Cristina casi no le habla. Ella lo observa todo desde un rincón. Alexander es amable con su hermana. Según testimonios de los empleados de Escorpios. La protege cuando los primos varones se burlan de su nariz. le enseña a nadar, le regala libros, pero también él vive bajo una presión que lo está aplastando.

Saber que serás algún día el dueño de un imperio de miles de millones a los 10 años. No es un regalo, es una condena. La ruptura de los padres llega en 1959. Cristina tiene 8 años. Está en Londres, interna en una escuela privada. Una mañana, su institut la llama al despacho. Tiene que volver a casa, le dice. Sus padres han decidido divorciarse.

Hay periodistas en la puerta. Hay fotos en todos los diarios. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Y es ahí, a los 8 años en un taxi camino a su casa. Cuando Cristina descubre el nombre que va a perseguirla durante 20 años, María Callas.

Los diarios hablan de ella, los fotógrafos gritan su nombre, los titulares en inglés, italiano y griego, dicen lo mismo. María Cayas, la soprano más famosa del mundo, es la amante de Aristóteles Onasis. Tina Onasis, la madre de Cristina, ha decidido divorciarse después de años de humillaciones. Todo el planeta lo comenta, todas las revistas lo ponen en portada.

Durante meses, Cristina va a la escuela con la cabeza baja, aguantando los susurros de las otras niñas, aguantando los titulares que aparecen en los kioscos. Para ella, María Callas no es una cantante, no es una leyenda, es la mujer que rompió a su madre. Es la mujer por la que su padre dejó de venir a casa.

Y a los 8 años, con una lógica infantil que se mantendrá intacta toda su vida, Cristina decide algo definitivo. Ella va a ser mejor que María Cayas. va a ser más delgada, más elegante, más amada por los hombres. Va a ser algún día la mujer que su padre quiera ver primero cuando entre en una habitación. Ese pensamiento tomado a los 8 años va a llevarla a dietas brutales, a cirugías plásticas, a relaciones destructivas y, finalmente, a una bañera en Buenos Aires.

Hay una escena que resume toda la infancia de Cristina después del divorcio. Tiene 10 años. Está en el yate Cristina O, anclado en el puerto de Monteclo. Su padre ha invitado a cenar a María Callas. Es la primera vez que la cantante sube al yate oficialmente como pareja de Aristóteles. Cristina no quiere bajar al comedor. Tina, su madre, ha sido excluida de la cena. Alexander tampoco quiere bajar.

Los dos hermanos se quedan en una cabina escuchando la música que sube desde el salón del yate. Aristóteles sube molesto y les ordena bajar. Alexander se niega. Cristina, en cambio, baja, se pone el vestido que le ha elegido la institutriz, se peina y entra al salón Not and one and. Allí está Maria Cayas con un vestido negro largo, los ojos perfilados de negro, las manos llenas de anillos.

La cantante la mira y le sonríe. Le dice algo amable en italiano. Cristina no le responde. Se sienta en la silla que le indican. Come en silencio. Y durante toda la cena, mientras María canta al lado del piano, mientras los invitados aplauden, Cristina la observa fijamente, la estudia. Perfector one memoriza cada gesto, cada inclinación del cuello y cada manera de sostener el vaso.

Años después, Cristina confesaría a una amiga que esa noche, a los 10 años entendió algo. Entendió que María Cayas no era solo una amante, era un tipo de mujer que ella, Cristina, nunca iba a poder ser. María era delgada. María era alta. María era famosa por sí misma, no por el apellido de nadie. Y Aristóteles la miraba con una adoración que jamás había dirigido hacia su propia hija.

Esa noche, Cristina volvió a su cabina y, según una confesión posterior a Elena, vomitó durante una hora lo poco que había comido. Fue la primera vez, tenía 10 años. Era el comienzo de un trastorno alimenticio que la acompañaría hasta la tumba. A los 17 años, Cristina hace algo que escandaliza a todo el personal del Palacio de Mónaco. Se opera la nariz.

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