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CHRISTIAN EBERE: La TRAGICA HISTORIA de la REVELACION de CRUZ AZUL

De los 13 jugadores de su academia que fueron a esas pruebas, solo uno quedó seleccionado, él. Lo que siguió fueron 8 meses de concentración con la selección sub-17, sin teléfono, sin televisión, enfocados únicamente en el fútbol, en el trabajo colectivo, en la construcción de un equipo que iba a representar a Nigeria en el torneo más importante de esa categoría en el mundo.

Las eliminatorias africanas, la Copa África Sub17 y después el Mundial. En ese vestuario, en esos meses de preparación y de competencia, Cristian Everes se cruzó con dos nombres que el fútbol mundial iba a pronunciar muchos años después con mucho más frecuencia. Samuel Chucese, el extremo que llegó al Milan de Italia y Víctor [carraspeo] Osimen, el delantero que fue a Nápoli y que se convirtió en uno de los nueve centrales más temidos del fútbol europeo.

Los tres formaban el ataque de esa Nigeria sub-17 y Ever Osimen no solo compartían el tridente ofensivo, compartían habitación. Dormían en la misma habitación. Hablaban de fútbol, de la vida, de lo que cada uno quería. Dos jóvenes nigerianos que en ese momento no podían saber del todo lo que el fútbol iba a depararles.

El Mundial Sub17 del 2015 los consagró. Nigeria ganó el torneo, derrotó a Malí en la final y se coronó campeón del mundo en esa categoría. Y en el camino hacia esa final, en las semifinales, Nigeria derrotó a México por marcador de 4 a2 en la disputado el 5 de noviembre de 2015. El partido se celebró en el estadio municipal de Concepción y Cristian Ever marcó un gol que en ese momento era parte del relato colectivo de una selección campeona y que con el tiempo iba a tomar otro significado.

El gol [carraspeo] de un chico de IMO, Nigeria, que se había subido a un autobús de madrugada después de rendir un examen escolar y que ahora estaba en un mundial sub-17 marcándole a México, país que en un futuro le abriría las puertas para desplegar su fútbol. El primer sueño roto. Después de un Mundial ganado, después de compartir el ataque con Chuku S y Osimen, después de marcar en semifinales contra México, lo que debería seguir es el club europeo, el contrato firmado, el siguiente capítulo de una carrera que acaba de validarse en

el escenario más grande de su categoría. Para Chuese siguió así, para Osimen siguió así, para Cristian Ever camino tomó una dirección diferente. Hubo una oferta, el Sint Truiden de Bélgica, un club real. de una liga real. Una oportunidad concreta de dar el salto profesional en Europa con toda la historia del Mundial Sub-17 como carta de presentación.

Las conversaciones avanzaron y entonces llegó el momento en que el representante de Ever pidió más dinero del que el club estaba dispuesto a pagar y el pase se cayó. No por el rendimiento, no por una lesión, no porque el club hubiera cambiado de idea sobre el jugador, sino porque alguien que estaba del lado de Cristian, alguien que debería haber estado cuidando sus intereses, tomó una decisión que cerró una puerta que en ese momento era quizás la más importante que se le iba a abrir en esa etapa de su carrera.

La diferencia entre el representante que trabaja para el jugador y el representante que trabaja para sí mismo. Cristian Ever iba a aprender esa lección de la manera más dura posible, pero eso vendría después. Lo que vino luego fue Argentina. Llegó a un centro de alto rendimiento en Canning, en el conurbano bonaerense, buscando mantenerse en forma, buscando opciones, buscando que alguien con posibilidades concretas lo viera jugar y decidiera apostar.

Y lo que encontró fue a Rosario Central. El club Rosarino lo incorporó para su reserva. Entre los 18 y los 20 años, Cristian Ever vivió en Rosario, entrenó en las inferiores de uno de los clubes históricos del fútbol argentino y marcó goles que sus compañeros de ese periodo todavía recuerdan, incluyendo uno ante News, en el clásico Rosarino Juvenil, que en Rosario es un partido que no tiene escala intermedia entre el triunfo y el desastre.

Pero justo en ese momento se produjo otra tragedia. La rodilla no aguantó. Una lesión frenó lo que hasta ese momento había sido un proceso de reconstrucción. Y cuando la rodilla no aguanta, cuando el cuerpo te para en el momento en que todo parecía estar encaminando hacia la dirección correcta, los clubes cambian sus cálculos con una velocidad que a veces resulta brutal para el jugador que está del otro lado de esa ecuación.

Rosario Central no le renovó, lo dejó libre. Y en ese momento Cristian Ever17, que había dormido en la misma habitación que el hombre que después llevaría al Nápoles a ganar un escudeto, que había marcado ante México y ante Newwells, tenía 20 años y no tenía club. Suema, nunca rendirse. Brasil fue el siguiente capítulo y Brasil fue durante un tiempo el capítulo más oscuro.

Juventude lo incorporó la Serie Brasileña. Un intento de retomar la carrera en un contexto diferente, en un fútbol diferente, con la esperanza de que el salto de categoría llegara con regularidad y trabajo. Pero Juventud lo cedió al Ajeadense y en el Ajeadense apenas disputó seis partidos y entonces llegó la pandemia.

El mundo se cerró, los estadios se cerraron, las ligas se suspendieron, los contratos se congelaron o se cancelaron. Y en medio de ese caos global que afectó a todas las personas en todos los países de maneras distintas, Cristian Never quedó atrapado en Brasil con los documentos vencidos, sin poder jugar porque los papeles no estaban en orden y con un representante que fue desapareciendo de a poco hasta no aparecer más.

No fue una separación formal, no hubo una conversación, no hubo un documento firmado. El representante sencillamente dejó de responder, dejó de gestionar, vendió la casa que compartían y desapareció. Y Cristian se quedó solo, sin trabajo, sin dinero, sin papeles, sin el hombre que se suponía que estaba de su lado.

En un país extranjero, con un idioma que no era el suyo, en medio de una pandemia que había vuelto todo más difícil de lo que ya era, hubo un periodo en que tuvo que vivir en la casa de un amigo del gimnasio donde entrenaba. No un compañero de equipo, no alguien de la industria del fútbol, un amigo del gimnasio. El tipo de ayuda que se recibe cuando uno ya no tiene a donde más acudir y alguien que no tiene obligación de hacer nada decide tender la mano porque sí, porque eso es lo que hacen algunas personas cuando ven que otro ser humano la está pasando muy mal.

Cristian pensó en irse a Nigeria no como plan de vida, sino como la única opción que veía desde donde estaba parado. Pensó que el fútbol quizás no había sido para él, que había hecho todo lo que tenía que hacer, que había trabajado, que había creído, que había viajado solo en un autobús de madrugada para llegar a una prueba de selección y que había ganado un mundial y que de todas formas ahí estaba en Brasil, sin documentos, sin representante, sin club y con la sensación de que el fútbol le había dado lo suficiente como para saber lo que

podía haber sido y lo suficiente como para entender que quizás no iba a poder llegar a serlo. Es un momento que muy pocos futbolistas hablan abiertamente, el momento del fondo real. No, el fondo de Estuve en el banco durante un torneo, ni el fondo del entrenador no me tenía en cuenta.

El fondo de verdad, el fondo donde uno se pregunta si tiene sentido seguir. Cristian Everes se hizo esa pregunta y lo que le respondió en algún momento que el mismo probablemente no podría fechar con exactitud fue que sí, que tenía sentido seguir, que se iba a quedar, que iba a encontrar la manera y la manera llegó con nombre y apellido, el renacer de las cenizas.

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