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Chavela Vargas, a los 81 años confesó que amó a Frida Kahlo y el precio que pagó por ello.

Noches en terminales de autobús donde la única luz  era la de un fluorescente parpadeando en el techo. No hay ningún relato glamuroso de ese viaje porque Chabela nunca lo romantizó.  Dijo una sola vez que fue lo más duro que había hecho en su vida y lo dijo como quien constata un hecho, sin quejarse, sin buscar lástima.

Llegó. Eso era lo que importaba. ¿Por qué  México? Porque México en los años 40 era lo que Hollywood era para el mundo entero, el lugar donde una mujer sin nada podía convertirse  en alguien. La época de oro del cine mexicano estaba en pleno apogeo. María  Félix llenaba las pantallas.

Pedro Infante llenaba los teatros y la música  ranchera, el bolero, el sonaban en cada cantina, en cada radio, en cada esquina de Ciudad de México como una promesa permanente de que la vida podía ser más grande que el pueblo donde naciste. Eso era lo que Isabel Vargas Lisano quería. En 1948, con 19 años, cruza la frontera y llega a Ciudad de México.

No tiene a nadie esperándola. No tiene un plan concreto. Tiene una maleta pequeña, muy  poco dinero y una capacidad para aguantar la incomodidad que solo tienen las personas que ya aprendieron desde muy pequeñas  que nadie va a rescatarlas. Los primeros meses son duros de una forma que no tiene nada de romántico.

Duerme donde  puede, en cuartos de renta baratos, en colonias donde el ruido no para nunca, come cuando hay, cuando no hay, no come. Y empieza a moverse por la ciudad buscando cualquier sitio que le deje cantar. cantinas, bodas, fiestas de barrio, reuniones donde alguien necesita música y  no puede pagar a nadie con nombre.

Hay una noche en concreto en una cantina de la colonia Guerrero llamada La Faena, que Chabela contó muchos años después con detalle. Llega a medianoche con un amigo músico. La sala está llena de hombres que beben tequila y juegan  dominó. Nadie la mira cuando entra. le ceden un taburete junto al piano vertical desafinado del fondo.

Chabela tiene 20 años. Lleva pantalones, lo que en 1948 en una cantina de Ciudad de México, convierte a cualquier mujer en una rareza inmediata. Se sienta, pide tequila. Y cuando el pianista termina su tema, ella se levanta sin pedir permiso y empieza a cantar macorina. La sala primero no entiende qué está pasando.

Es una mujer cantando una canción que en esa época cantaban los hombres a las mujeres, cantándola con la voz grave hacia el público,  con los pies bien plantados en el suelo y sin sonreír. A los 30 segundos, la cantina entera está en silencio.  A los 2 minutos, hay hombres con los ojos llorosos, sin saber por qué.

Cuando termina, alguien pone un billete encima del piano y luego otro y luego otro. Esa noche Chavela se va a casa con más dinero del que ha visto en 6 meses. Pero lo importante de esa noche no es el dinero. Es que por primera vez en su vida, una sala entera de gente que no la conoce de nada acaba de elegirla sin condiciones, sin pedirle que se vista distinto, que cante distinto,  que sea distinta por lo que ya es.

A los 20 años, en una cantina de la colonia Guerrero, Isabel Vargas Lisano descubre que  el escenario es el único lugar del mundo donde no le piden permiso para existir  y ese descubrimiento decide el resto de su vida. En esas cantinas de Ciudad de México, de finales de los 40 aparece el tequila por primera vez como ritual,  como lenguaje compartido con los hombres que también beben mientras cantan.

Chavela siempre explicó su relación con el tequila de una forma que a mucha gente le costaba entender, que el tequila le habría algo dentro que de otra forma no se abría y que desde ese lugar más hondo cantaba mejor. Puede sonar a justificación, pero hay algo en esa descripción que cuadra con lo que dicen todos los que la vieron cantar en esos años.

que Chabela en un escenario con un vaso encima del piano era una fuerza de la naturaleza que cantaba con una entrega física que la mayoría de artistas no tienen, que cuando cerraba los ojos y empezaba la llorona o paloma negra, la sala entera dejaba de respirar. La voz era extraordinaria, eso estaba claro desde el principio, pero Ciudad de México en los años 40 y 50 era una ciudad donde voces extraordinarias había miles.

Lo que hacía diferente a Chabela era otra cosa, una forma de estar en el escenario, una forma de mirar al público que hacía sentir a cada persona en la sala que le estaba cantando a ella, solo a ella. Eso no se aprende, se trae desde algún sitio. Y el sitio desde donde lo traía Chabela era exactamente ese, una infancia donde aprendió que para que alguien te mire tienes que hacer algo que no puedan ignorar.

Para 1952 ya tiene nombre en los circuitos  de cantinas y peñas de la ciudad. Famosa todavía no. Pero la gente que sabe de música en México sabe quién es Isabel Vargas. Sabe que si vas a verla un martes por la noche a una cantina de Coyoacán, vas a salir distinto de cómo entraste. Y Coyoacán en 1952 es un barrio muy específico.

Es el barrio donde vive Frida Calo. Es el barrio de la Casa Azul. Y lo que pasa cuando esos dos mundos se tocan. ¿Cómo se conocen? ¿Qué ocurre entre ellas? ¿Y por qué ese encuentro acaba marcando toda la vida de Chabela de una forma que no va a poder sacudirse nunca? Eso es exactamente lo que viene  ahora.

Pero antes de llegar ahí hay un dato que muy poca gente conoce. Cha Vargas vivió durante años en Ciudad de México completamente  sola con su secreto, sin nombrarlo, sin poder nombrarlo. En un México de los años 50,  donde eso no tenía nombre público, o si lo tenía, era un insulto. Lo que significa que cuando llega a Coyoacán y entra por primera vez en ese mundo de artistas e intelectuales que rodea a Frida Calo,  algo en ella reconoce por primera vez un lugar donde quizás ese secreto puede dejar de

ser un secreto. Eso lo cambia todo. La casa azul Coyoacán en los años 50 funcionaba como un estado mental con calles, un lugar donde los pintores discutían de política hasta las 4 de la mañana. donde los poetas bebían con los muralistas, donde las ideas más incómodas de México encontraban mesa y silla.

Y en el centro de todo ese mundo había una casa con las paredes  pintadas de azul intenso y una mujer que recibía a todo el que  llegara con algo verdadero que ofrecer. Chabela llega a la casa azul una noche de principios de los 50 porque un amigo pintor la arrastra.  José Reyes Mesa, muralista tan pequeño, uno de los grandes del movimiento pictórico  mexicano de esa época y la persona que en esos años era para Chabela lo más parecido a una familia  que había tenido desde que dejó Costa Rica. Bebían juntos, se peleaban

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