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CHALINO SÁNCHEZ: La ASQUEROSA Verdad detrás de su ASESINATO… Y Todo Sigue sin Explicarse

Luego vino lo que cambió todo por primera vez. Hay una historia que rodea a Chalino desde siempre. Una historia que algunos dicen que es verdad y otros no se atreven a confirmar del todo, pero que sus propios familiares nunca desmintieron con firmeza. Y que explica por qué Rosalino Sánchez Félix cruzó la frontera de manera ilegal siendo apenas un adolescente cuando todavía no terminaba de ser hombre del todo. Su hermana Juana fue violada.

un hombre de la zona, un tipo al que la gente del lugar describía como mafioso local, alguien con la influencia suficiente para hacer lo que quería sin rendir cuentas a nadie. En los ranchos de Sinaloa de esa época, ese tipo de hombre existía. Tenía dinero, tenía contactos, tenía el peso suficiente para que la gente mirara hacia otro lado cuando hacía lo que hacía.

Y ese hombre abusó de Juana  y Chalino lo mató. Tenía alrededor de 15 o 16 años. La versión más extendida dice que lo buscó, lo encontró y le disparó sin aviso, sin juicio, sin espera. En ese mundo, en ese rancho, en esa cultura.  La respuesta a ese tipo de ofensa era la que fue. Una lógica brutal que no necesita justificación dentro de su propio código, pero que el mundo de afuera mira con otros ojos.

Lo que vino después era inevitable. huir, cruzar, desaparecer antes de que las consecuencias de lo que había hecho llegaran de vuelta a su puerta con otro tipo de violencia encima. En 1977, con 17 años, Rosalino Sánchez cruzó ilegalmente a Estados Unidos, ayudado por un coyote a través de la frontera de Baja California.

No traía nada, absolutamente nada, ni nombre conocido al otro lado, ni contactos,  ni dinero, ni papeles, ni plan, solo el peso de lo que había dejado atrás y la urgencia de poner tierra y alambre de por medio entre él y lo que era. Piensa en ese momento, 17 años, haber matado a un hombre, dejar a tu madre, a tus  hermanos, tu rancho, tu tierra, tu idioma, tu todo.

Cruzar de noche por el desierto con extraños que te cobran por guiarte y que no te deben ninguna lealtad. Llegar al otro lado sin saber exactamente dónde estás, ni a dónde vas, sin nadie que te espere, sin nadie que sepa que llegaste. Eso fue Chalino Sánchez. Antes de ser Chalino Sánchez, llegó a California.

Los campos agrícolas de Coachela aparecen en varias versiones de su historia de esos primeros años. Trabajo duro, físico, bajo el sol de California, con salarios mínimos y sin documentos que te protegieran de nada. El tipo de trabajo que hace invisible a quien lo hace, que te convierte en parte de un paisaje que los demás miran sin ver.

Pero Rosalino tenía algo que la mayoría de los jornaleros no tenía en esa misma posición. Tenía memoria y tenía una cabeza que funcionaba distinto, que guardaba historias, que encontraba ritmo en las cosas que pasaban alrededor. Eventualmente llegó a Inglewood, en el área de Los Ángeles. Ahí vivía una tía suya y ahí empezó a construirse algo parecido a una vida, aunque todavía muy lejos de lo que sería después.

En Los Ángeles trabajó en lo que pudo, lavaplatos. lavacarros, los trabajos de los que nadie habla porque nadie quiere hacerlos y porque los que los hacen son invisibles  por diseño. Pero también fue metiéndose poco a poco en otra cosa. Según varias fuentes, llegó a vender droga en pequeñas cantidades, nada que lo convirtiera en narco, nada que lo pusiera en la cima de ningún cartel, pero sí lo suficiente para sobrevivir en un mundo donde los inmigrantes ilegales tenían pocas opciones y menos protección todavía. Y en algún momento de todo eso

conoció a Maricela. Maricela Vallejos Félix  era de Mexicali, Baja California. vino al encuentro de Rosalino a través de conexiones familiares. Los dos se enamoraron, se casaron y con el tiempo vinieron los hijos Adán Santos Sánchez Vallejo y Cintia Sánchez Vallejo. Rosalino tenía esposa,  tenía hijos, tenía algo que cuidar más allá de sí mismo, un futuro que todavía no sabía que  iba a cambiar de una manera que él tampoco imaginaba.

Entonces llegó el 5 de  diciembre de 1984. Ese día encontraron el cuerpo de Armando Sánchez en un cuarto de hotel en Tijuana, un disparo de arma de fuego, muerto solo en una ciudad de paso que no perdonaba a nadie y que guardaba los secretos de miles de historias como la de Armando sin pestañar. Armando era el hermano mayor, el que se había convertido en pollero, en pasador de gente a través de la frontera, un negocio tan viejo como la frontera misma, peligroso, ilegal, pero para muchos sinaloenses sin opciones, era la única ruta disponible hacia algo que se

pareciera a una salida. Armando era grande, rudo, sabía moverse en ese mundo, conocía los caminos y a las personas que los controlaban y aún así lo mataron. Los motivos exactos nunca quedaron del todo claros. Hay versiones que apuntan a una traición interna, a un negocio que salió mal, a alguien que decidió que Armando sabía demasiado o debía demasiado, pero los detalles se perdieron.

Como se pierden tantas cosas en ese mundo donde nadie habla con la prensa y las investigaciones llegan hasta donde conviene llegar y no un centímetro más allá. Rosalino recibió la noticia desde California y algo en él se quebró de una manera que no tenía cómo repararse rápido. Cuentan que alrededor de esa época también pasó por la cárcel.

El encierro coincidió con la muerte de Armando, aunque los motivos exactos del encarcelamiento no quedaron documentados con precisión en ningún registro público. Delitos menores, probablemente el tipo de cosas que le pasan a los inmigrantes sin papeles en California cuando cruzan ciertas líneas en un mundo que no les da muchas opciones para no cruzarlas.

Y fue en prisión donde Rosalino Sánchez Félix encontró su voz. Literalmente empezó a escribir canciones, a componer corridos. Nadie le enseñó una técnica formal, nadie le explicó el formato desde una academia. Él sabía que había una estructura, una manera de contar historias con música que llevaba siglos en México. Los corridos eran el periodismo de los que no tenían acceso a los periódicos, el noticiario oral de los ranchos y las fronteras, la forma en que una comunidad sin voz pública procesaba lo que le pasaba y Chalino lo entendió

instintivamente de una forma que no podía explicar con palabras, pero que sus manos encontraban cuando tomaban un papel y un lápiz. empezó a escribirle corridos a los otros presos, historias de sus vidas, sus hazañas, sus tragedias, sus amores, sus crímenes, por unos pocos dólares o por favores dentro de la cárcel, esa economía pequeña y concreta que existe en todos los encierros del mundo.

Y la gente lo quería porque Chalino tenía algo que no se aprende en ningún conservatorio ni en ninguna escuela de música. Sabía cómo hacer que una historia dolorosa sonara digna. sabía convertir la derrota en algo que quien la había vivido pudiera escuchar sin sentir vergüenza. Sabía poner épica donde otros solo veían fracaso.

Una vez libre, salió con un puñado de corridos escritos a mano y con la certeza de que eso era lo que quería hacer con lo que le quedaba de vida. No sabía cuánto iba a hacer eso. Nadie lo sabe nunca. El primer paso fue encontrar a alguien que lo grabara. Ángel Sánchez, un productor que operaba en Los Ángeles, le abrió las puertas de los estudios San Ángel.

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