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SORAYA JIMÉNEZ : DESTRUIDA POR MÉXICO A SUS 35 AÑOS

SORAYA JIMÉNEZ : DESTRUIDA POR MÉXICO A SUS 35 AÑOS

La verdad salió a la luz. Sydney. Año 2000. Todo México lloró cuando levantó 225 kil y se convirtió en la primera mujer en la historia del país en ganar un oro olímpico. Era la heroína nacional, pero ese mismo oro fue su sentencia de muerte. Hoy abrimos uno de los expedientes más violento y dolorosos del deporte mexicano.

 La fábrica que exprimió a Zoraya Jiménez hasta dejarla seca. Cómo el sistema la empujó y la hundió en escándalos de dopaje y documentos falsificados para sostener la mentira del éxito mientras le arrancaba el cuerpo por dentro. Y lo más trágico, su final. Sin el pulmón derecho, 14 cirugías en una sola rodilla, en la ruina y abandonada como basura por la misma federación que se hizo grande a su costa.

Un infarto fulminante que la encontró sola en su departamento. Una mujer de 35 años con el cuerpo de una anciana devorada por el oro. Lo que está en juego en esta historia no es solo la vida de una atleta. Es el mecanismo exacto con el que México fabrica héroes deportivos, los aplaude, los exprime y los olvida con una frialdad que solo se entiende cuando ves el ciclo completo desde adentro.

Todos conocen el segundo de Sydney. Todos han visto la foto del salto con los brazos al cielo. Pero nadie te explica que ese oro, ese preciso momento de gloria  fue el inicio del final. que a partir del 18 de septiembre del año 2000, el reloj que contaba hacia la destrucción de Soraya Jiménez Mendiville  empezó a correr más rápido, que el sistema deportivo mexicano la usó, la aplaudió y la tiró a la basura en exactamente ese orden, con exactamente esa frialdad.

En este video encontrarás la triste realidad de lo que le pasó y de como una campeona olímpica fue abandonada a sus 35 años. Eso es lo que vas a entender hoy y necesitas escucharlo hasta el final porque la parte más importante de esta historia no está en Sydney, está en lo que vino después.

 Está en los 14 años que nadie  cuenta. Todo empezó en Naucalpán de Juárez, Estado de México, el 5 de agosto de 1977, en una familia  completamente ordinaria, sin dinero de sobra, sin apellidos conocidos en el mundo del deporte. Nació Soraya Jiménez Mendivil, hija de José Luis Jiménez, contador público de una empresa distribuidora de gas y de María Dolores Mendivil, conocida en la familia como doña Lolita, y nació junto a su hermana gemela, Magali, dos niñas exactamente iguales, nacidas el mismo día, en la misma ciudad, en el mismo cuarto, en el mismo

hogar. Una de ellas iba a convertirse en el nombre más importante del deporte mexicano femenino del siglo XX.  La otra iban a estar presente en cada triunfo, en cada derrota. Y al final, cuando ya no quedara casi nada, iba a ser uno de los pocos que seguían mirando de cerca. Piensa en ese Naucalpán  de finales de los 70, ciudad dormitorio del Estado de México, pegada al Distrito Federal, llena de familias como la de Zoraya.

 Familias de clase media trabajadora, donde el padre sale a las 7 de la mañana, la madre organiza la casa y los hijos crecen entre la escuela, la calle y los pocos espacios deportivos que el municipio puede sostener con el presupuesto que le alcanza. No había gimnasios privados con entrenadores especializados. No había becas ni programas de detección de talentos que funcionaran de verdad en esos rincones.

 Había canchas de basquetbol, áreas verdes y la voluntad de una niña que desde muy pequeña demostró que tenía en el cuerpo más fuerza de la que nadie esperaba. Soraya no nació siendo pesista. Eso es fundamental entenderlo  porque cambia completamente la manera de leer esta historia. Nadie nace siendo pesista. Es un deporte que huele a esfuerzo desde el primer entrenamiento, que duele desde el primer día, que exige del cuerpo humano más que casi cualquier otra disciplina olímpica.

 Y Soraya llegó a él después de buscar por varias puertas, ninguna de las cuales se abrió completamente. Primero fue el basketbol. Ella y Magali jugaban juntas y competían juntas en selecciones infantiles y juveniles de su colonia.  Soraya tenía talento real para la cancha, manos rápidas,  buena lectura del juego, una competitividad que se notaba desde los primeros partidos y que a los 10 u 11 años ya anticipa lo que esa persona va a hacer a los 20 cuando la presión es de verdad, pero la estatura no le ayudó.

En el basketbol competitivo, 1 o 2 cm  pueden ser la diferencia entre llegar y quedarse a un paso. Y Soraya se quedó en ese limbo donde el talento existe, pero el cuerpo no  coopera exactamente con lo que el deporte demanda para subir al nivel que una quiere alcanzar. Por lo tanto, buscó otra puerta, badminton, después natación.

 No era una niña que se rindiera fácilmente. Eso quedó claro desde muy temprano. Seguía buscando, seguía probando, seguía encontrando en el movimiento y en la competencia algo que la jalaba de vuelta cada vez que pensaba en dejarlo todo. Había algo en ella que necesitaba el desafío  físico, que necesitaba poner su cuerpo contra algo que costara y ver qué pasaba.

 hasta que alguien la vio levantar algo y entendió que ahí había fuerza  real, no la fuerza promedio de una adolescente, algo diferente, algo que quien sabe lo que está buscando reconoce de inmediato. Y así, entre finales de los 80 y principios de los 90,  Soraya Jiménez Mendiville descubrió la alterofilia, un deporte que en México era casi invisible para las mujeres, que existía en los márgenes del sistema deportivo  mexicano sin dinero, sin atención, sin cobertura mediática  y durante muchos años sin ni

siquiera la posibilidad teórica de llegar a unos Juegos Olímpicos. Grábate esto. En 1997, el Comité Olímpico Internacional aprobó formalmente la participación de mujeres en alterofilia dentro de los Juegos Olímpicos. Eso quiere decir que cuando Soraya comenzó a entrenar en serio, cuando tenía 15 o 16 años y empezaba a descubrir que podía levantar lo que ninguna de sus compañeras podía  ni intentar, ni siquiera era claro que algún día iba a poder competir en unos juegos. Estaba entrenando para un sueño

que todavía no tenía fecha oficial en el calendario olímpico mundial y siguió de todas formas. Los primeros años de su carrera fueron duros de una manera que muy poca gente entiende desde afuera. El levantamiento  de pesas femenino en México no era un deporte que recibiera recursos reales del sistema.

No había infraestructura  adecuada, no había programas de becas robustos para mujeres en esa disciplina y las instalaciones eran lo que el presupuesto de un sistema deportivo que priorizaba otras cosas podía ofrecer, que no era  mucho. Soraya entrenaba con lo que había, con la dedicación  que tenía y con el respaldo de una familia que, sin ser adinerada, entendió que su hija tenía algo extraordinario y lo  apoyó en la medida de sus posibilidades.

Fue su padre José Luis trabajando en Gacera, Grupo Uribe, quien eventualmente consiguió que esa misma empresa la patrocinara. No era un contrato millonario, era lo suficiente para que una atleta joven pudiera competir, viajar y seguir entrenando sin que la familia tuviera que sacrificarlo absolutamente todo, cada vez que había una competencia importante.

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