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Así TRAICIONARON los Poderosos a Emilio El Indio Fernández

Encerrado en una celda de concreto crudo en Torreón, Emilio el Indio Fernández esperaba que los altos mandos de Televisa y la industria acudieran a su rescate, pero el teléfono jamás sonó. Sus supuestos aliados le dieron la espalda intencionalmente, obligándolo a entregar sus últimos billetes para comprar su libertad y vaciar su patrimonio.

 El ídolo de hierro había sido desechado. Verano de 1976. Imagina el bochorno insoportable en una celda de concreto crudo en la intersección de Calzada Colón y Boulevard Revolución allá en la lejana prisión municipal de Torreón. Un gigante indiscutible del cine, un hombre que alguna vez dictó las reglas de la industria  del entretenimiento a su antojo, se encuentra ahora despojado de sus trajes a la medida, arrinconado sin derecho  a fianza, tras un altercado irreversible.

 Su mirada, antes altiva y dominante frente a los reflectores, ahora choca con impotencia contra los barrotes  oxidados. Esta humillación pública no fue un accidente cruel del destino, sino el resultado directo de un ego desmedido que se tragó  al artista entero. Para entender verdaderamente cómo el icono más venerado terminó  respirando el aire viciado de un calabozo, hay que retroceder vertiginosamente al pasado,  justo cuando su carácter explosivo apenas comenzaba a asomar los dientes.

Yendo de sus primeros enredos con la ley en territorio nacional, nuestro protagonista cruzó la  frontera para sobrevivir en Los Ángeles. Allí, lejos del aplauso, se ensuciaba las manos realizando pesados oficios de albañilería en las inmediaciones de los nacientes estudios californianos.  Cargaba bloques pesados mientras soñaba con dominar imperios creativos.

 Su gran golpe de suerte llegó en  1928. Fue entonces cuando su camino se cruzó con el de la aclamada actriz Dolores del Río. Ella, fascinada por su ruda presencia, lo introdujo rápidamente a la élite dorada y a su entonces esposo, el diseñador Cedric Gibons.  De este afortunado encuentro nació una poderosa leyenda urbana que él mismo se encargó de alimentar sin descanso,  la historia de que había prestado su anatomía perfecta para diseñar la mundialmente famosa estatuilla dorada. Entregada en las

galas,  este relato infló su vanidad a un nivel internacional, convenciéndolo ciegamente de que era  una figura intocable. Pero la soberbia siempre cobra una factura altísima. Una década después, en 1938, su temperamento incontrolable provocó un grave altercado de índole  balística contra el técnico Luis Granán López.

 sintiendo el peso inminente de la justicia, empacó sus maletas rápidamente para emprender una huida preventiva hacia la Habana. Cuba fue en ese exilio forzado en 1941, donde el destino le puso enfrente a Gladis Lucila Fernández y Duate mientras  caminaba por el malecón. Gladis era apenas una inocente joven de 15 años.

 conduciéndola a través de una intensa manipulación  psicológica, logró persuadirla para que abandonara su vida y lo acompañara de regreso al continente.  Sin embargo, la rígida familia cubana de la chica no se dio. Le impusieron un ultimátum férreo o firmaba un acta de matrimonio formal a que el 12 de julio O Gladis jamás saldría de la isla.

 Firmó los papeles por pura conveniencia legal. Su retorno en 1942 fue un éxito arrollador. El estreno de la cinta, La isla de la Pasión lo consagró ante las cúpulas  de poder, inyectándole una peligrosa y falsa sensación de inmunidad frente a los tribunales. En diciembre de aquel año, el nacimiento de su primogénita Adela Fernández y Fernández marcó el inicio  oficial de su dinastía.

Los ingresos millonarios comenzaron a inundar sus cuentas, permitiéndole erigir una fortaleza diseñada para durar 1000 años.  Pero lo que ocurrió detrás de esos inmensos muros provocaría la huída más dramática de la industria y desataría una guerra que dejaría a sus herederos en la miseria absoluta.

Emilio "El Indio" Fernández: el cineasta mexicano al que una historia lo situó como el modelo detrás de la estatuilla de los premios Oscar - Infobae

 Para la vulnerable Gladis, la promesa ilusoria de una vida de ensueño, se transformó de inmediato en una destructiva  dinámica de asfixia emocional a puerta cerrada. Para materializar su inmenso poderío, el director contrató a Manuel Parra, un  prestigioso arquitecto de la época, con una sola instrucción: edificar un Olimpo  de piedra.

Así nació la Monumental Casa ubicada en la calle Ignacio Zaragoza número 51 en el corazón de Coyoacán. Hablamos de una asombrosa propiedad de 2,880 m² de  pura ostentación, coronada caprichosamente por 17 inmensas chimeneas que dominaban el paisaje urbano. Aquel castillo rústico no era un hogar, era un monumento dedicado exclusivamente a su propio ego, un refugio donde sus caprichos reemplazaban a las leyes del país.

 Decidido a complementar este estatus de intocable, exhibía un  desfile constante de soberbia automotriz. compró una envidiable flota de vehículos de  importación que humillaba abiertamente a sus colegas del gremio. Se paseaba por la ciudad manejando un impecable cadilac, el dorado  negro alternaba los fines de semana con un elegante cadillac serie 62 convertible y terminaba  de aplastar las envidias llegando a los estrenos en un imponente Lincoln Continental Blanco. Descapotable.

 Quien lo viera bajar de esas máquinas de lujo, entendería que estaba ante un hombre que creía poder comprar el mismísimo horizonte.  Esas máquinas serían las últimas que pagaría con dinero limpio. Con el respaldo económico  asegurado, decidió cambiar las piezas de su vida privada.

 El reemplazo de la  musa original fue verdaderamente despiadado. Hacia 1948, una adolescente llamada Columba Domínguez, de apenas 16  años, cruzó las pesadas puertas de madera de la mansión para desplazar definitivamente a Gladis de su lugar en la jerarquía del hogar. Lo hizo sin miramientos y, sobre todo sin obtener jamás una firma matrimonial por la vía civil.

 Las mujeres en su entorno  eran tratadas como simples accesorios que decoraban sus inmensas habitaciones, fácilmente intercambiables.  Cuando la novedad se desgastaba. Esta tiranía no se limitaba a las cuatro paredes de Coyoacán, la  exportaba directamente a sus áreas de trabajo. Su estilo de dirección se basaba en el puro terror psicológico aplicado en el plató.

 Ejercía una presión implacable sobre figuras ya  consolidadas de la pantalla. Un claro ejemplo fue la destructiva exigencia  profesional a la que sometió a su antigua protectora, Dolores del Río, durante los intensos rodajes que compartieron, la llevaba al límite de la desesperación mental para extraer  sus lágrimas, disfrutando someter cruelmente a quien antes le había abierto las codiciadas puertas del éxito.

 A su alrededor  cultivó un nutrido círculo de aduladores que jamás se atrevían a contradecirlo. una auténtica corte de  acólitos se congregaba semanalmente en las ruidosas fiestas de Coyoacán, consumiendo sus inagotables recursos mientras le aplaudían ciegamente su estilo rústico, un espejismo que gradualmente lo  desconectaba de la cruda realidad de los nuevos estudios.

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