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CARRERO BLANCO: su coche voló 20 metros — lo que encontraron dentro nadie lo esperaba

El servidor no construye su propio poder paralelo. No filtra información a los enemigos del jefe para mejorar su posición. No tiene reuniones que el jefe no sabe. El servidor es el jefe cuando el jefe no está y luego vuelve a ser servidor en cuanto el jefe regresa. Franco lo nombró subsecretario de la presidencia en 1941.

Era un cargo técnico sin glamour, sin visibilidad pública, perfectamente adecuado para un hombre que nunca había querido glamur ni visibilidad. Desde ese despacho, Carrero Blanco empezó a hacer lo que haría durante los 30 años siguientes. Leer todo, saber todo, controlar los flujos de información que llegaban al dictador y filtrar, ordenar, decidir qué era urgente y qué podía esperar.

Era en la práctica el cerebro administrativo del franquismo. Los ministros aprendieron rápido que para llegar a Franco había que pasar por Carrero. Los generales aprendieron que ciertas decisiones militares requerían su visto bueno informal antes de llegar a la firma del caudillo. Los tecnócratas del Opus Day, que transformarían la economía española en los años 60, llegaron al poder en parte porque Carrero Blanco los apadrinó, porque vio en su pragmatismo tecnocrático y en su catolicismo fervoroso la combinación perfecta para

modernizar España sin cambiar sus fundamentos ideológicos. Modernizar la economía, congelar la política. Ese era el plan. España podía tener autopistas, frigoríficos, turistas en la Costa Brava, pero no podía tener partidos políticos, sindicatos libres, libertad de prensa ni desde luego ninguna discusión sobre el futuro del régimen.

La modernidad material como anestesia política y Carrero Blanco era el anestesista jefe. ¿Era consciente de la brutalidad de ese proyecto? Casi con seguridad. ¿Le importaba? Esa es la pregunta que los historiadores siguen haciéndose. Lo que los documentos muestran es que para él el orden no era un medio, era un fin en sí mismo. El desorden, la incertidumbre, el debate abierto eran el mal.

No metafóricamente, el mal en sentido teológico, la manifestación terrenal del caos que amenazaba la civilización cristiana. Un hombre así no negocia con la historia, un hombre así choca con ella. y la historia. El 20 de diciembre de 1973 vino a buscarlo en persona. Hay una imagen que resume toda la relación entre Franco y Carrero Blanco, mejor que cualquier documento, cualquier discurso, cualquier análisis político.

Es una fotografía de los años 50 en un acto oficial en el Palacio del Pardo. Franco está en el centro como siempre con su uniforme de capitán general, su postura de hombre que ha decidido que la historia termine aquí y no más lejos. Y detrás, ligeramente a la derecha, casi en el borde del encuadre, hay un hombre de traje oscuro que mira al frente con expresión neutra.

No sonríe, no gesticula, está ahí disponible, siempre disponible. Ese hombre es carrero blanco y esa posición, ese lugar justo detrás del poder visible, ese su lugar natural durante tres décadas. para entender como un marino cntabro sin ninguna de las credenciales tradicionales del poder franquista, sin ser general victorioso de la guerra civil, sin ser ministro de un gran cartera, sin ser figura pública reconocible, se convirtió en el segundo hombre más poderoso de España.

Hay que entender cómo funcionaba Franco, y Franco funcionaba de una manera que desconcertaba propios y extraños. desconfiaba sistemáticamente de quien parecía querer demasiado. Quien mostraba ambición de forma demasiado evidente acababa relegado, transferido, neutralizado. El dictador tenía un radar exquisito para detectar a quién construía poder propio y ese radar nunca fallaba.

Carrero Blanco nunca activó ese radar, nunca, porque nunca tuvo una agenda propia en el sentido en que otros se la tenían. Su agenda era la de Franco. Sus ambiciones eran las ambiciones del régimen. Su visión del futuro era exactamente la misma que la del caudillo. España católica, anticomunista, jerárquica, inmune al liberalismo y a sus tentaciones.

No había separación entre los dos proyectos, porque para Carrero Blanco nunca había existido la posibilidad de tener un proyecto diferente al del hombre al que servía. Franco lo percibió y lo promovió con una constancia que dice mucho sobre cuánto valoraba esa cualidad en un mundo lleno de subordinados con segundas intenciones.

En 1951 lo nombró ministro de la presidencia, un cargo que en el organigrama formal del régimen sonaba a gestión burocrática, pero que en la práctica era algo completamente diferente. El ministro de la presidencia coordinaba la acción de todos los demás ministerios. Era el nodo central de la red de gobierno, el punto por donde pasaban todos los hilos antes de llegar a Franco.

Carrero Blanco convirtió ese cargo en el instrumento de control más sofisticado del régimen. Su método era el siguiente. Información. Carrero Blanco leía todo. Recibía informes de todos los ministerios, de los servicios de inteligencia, de las embajadas, de los gobernadores civiles de cada provincia, de los rectores de las universidades, de los obispos más políticamente activos.

construyó a lo largo de los años una imagen de España más completa y más detallada que la que tenía ningún otro miembro del gobierno. Y con esa información construyó algo invaluable, la capacidad de anticiparse. Sabía antes que nadie cuando un ministro estaba perdiendo el control de su cartera.

Sabía antes que nadie cuando una situación laboral podía estallar en huelga. Sabía antes que nadie cuando el descontento estudiantil en Madrid o Barcelona estaba alcanzando un umbral peligroso y con ese conocimiento podía actuar, ajustar, presionar, proponer a Franco los cambios necesarios antes de que las crisis se volvieran incontrolables.

Era, en el sentido más literal de la palabra, el sistema nervioso del franquismo. Pero había algo más, algo que los historiadores han tardado en valorar en su justa medida. Carrero Blanco era el guardián ideológico del régimen en un momento en que el régimen estaba siendo presionado desde dentro para cambiar.

Los años 60 en España fueron años de transformación económica brutal. El plan de estabilización de 1959, el desarrollismo, el turismo de masas, la emigración, el surgimiento de una clase media urbana que no había vivido la diarra civil y que no entendía por qué tenía que seguir viviendo sin libertades políticas básicas.

Dentro del propio gobierno había gentes que pensaban que era hora de abrir algo la mano. Tecnócratas que argumentaban que la estabilidad económica requería cierta liberalización política. Reformistas que veían en la apertura controlada una manera de modernizar el régimen y darle longevidad. Incluso militares que empezaban a pensar que la Europa democrática que financiaba el milagro económico español no iba a tolerar indefinidamente un régimen de partido único.

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