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Carolina de Mónaco: La Maldición de Grace Kelly… lo Perdió Todo Otra Vez

Leía a Sartr, a Simón de Bouvois, a Camu. Tenía amigas, salía a discotecas. Escuchaba a los Rolling Stones a todo volumen en su pequeño departamento de la Hill St. Louis. Por primera vez en su vida parecía tener algo parecido a la libertad, pero la libertad en una princesa dura poco. Los paparazzi ya la seguían a todas partes.

Las revistas calculaban cuándo se enamoraría, con quién, cómo. La empezaron a llamar la princesa rebelde. A los 20 años era la mujer más fotografiada de Europa después de su madre y a los 21 ya estaba haciendo algo que nadie en el palacio se esperaba. Estaba enamorada profundamente de un hombre completamente equivocado.

Y antes de seguir contándoles esta historia, déjenme hacerles una pregunta. ¿Desde dónde nos están viendo? Cuéntenos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen, porque esta historia, la que están a punto de escuchar, es una historia que toca a familias de todos los rincones del mundo.

La historia de una hija que perdió a su madre demasiado pronto. La historia de una mujer que sobrevivió a lo imperdonable. La historia de cómo el dolor más grande puede esconderse detrás de la sonrisa más perfecta. Volvamos a París. 1976. una discoteca llamada Regins, una de las pistas más exclusivas de la capital francesa.

Música disco, champaña francesa. Y un hombre sentado en una mesa al fondo que sabe perfectamente quién es la chica que acaba de entrar. Se llama Philip Junot. Tiene 38 años, ella 20. Él es banquero, al menos eso dice, mujeriego conocido, amante de los aviones, los carros rápidos y las mujeres jóvenes. Ella es Carolina de Mónaco, la heredera, el sueño dorado de cualquier hombre ambicioso de Europa.

Cuando él se acerca a su mesa, Carolina sonríe. Cuando él la invita a bailar, ella acepta. Cuando él le susurra algo al oído al final de la canción, ella se ríe y cuando él le pide su número de teléfono, ella se lo da. Esa misma noche, en el Palacio de Mónaco, suena un teléfono. Una asistente toma el mensaje.

La princesa Grace Kelly, al saber con quién ha estado bailando su hija, palidece. Porque Grace ya conoce a hombres como Philip Junot. Los conoció en Hollywood, los conoció en sus propios años de juventud. Sabe leer en una sola foto lo que un hombre quiere de una mujer. Y lo que Philip Yunot quiere no es a Carolina, es lo que Carolina representa.

Pero Carolina está enamorada y nadie le va a quitar este amor por nadie. Las peleas en el palacio son constantes durante meses. El príncipe rainiero le prohíbe a su hija ver a ese hombre. Grace Kelly. intenta razonar con ella, llevarla de viaje, distraerla. Carolina llora, grita, encierra a sus padres en discusiones interminables. La prensa olfatea el conflicto.

Cada salida de Carolina con Philip es portada de revista. Cada ausencia alimenta los rumores. Finalmente, en el verano de 1977, los padres cedeno, a una condición, que la pareja espere, que se conozca mejor, que pruebe el tiempo. Carolina acepta, Philip acepta, pero Carolina ya ha tomado su decisión. El 28 de junio de 1978 en el Palacio de Mónaco, Carolina de Mónaco se casa con Philip Junot en una ceremonia civil al día siguiente, una boda religiosa en la catedral.

Vestido de Christian Dior, 800 invitados, reyes, presidentes, estrellas de Hollywood. Las cámaras transmiten la ceremonia a más de 100 países. Es uno de los matrimonios más vistos del siglo en directo. Las fotos son perfectas. La princesa radiante, el novio sonriente, los padres de la novia dignos.

Pero hay un detalle que casi nadie nota. En la foto oficial de la boda, Grace Kelly no está mirando a la cámara, está mirando a su hija. Y en su mirada hay algo que se parece mucho al miedo. Tenía razón. La luna de miel duró menos de un año. Philip Junot empezó a desaparecer del departamento parisino de la pareja. Volvía tarde.

Volvía con olor a perfume, que no era el de Carolina. La prensa que nunca dejó de vigilar empezó a publicar fotos. Felipe en Centropé con una modelo, Felipe en una piscina con dos mujeres, Felipe en aviones privados en compañía sospechosa. Carolina lo intentó. Lo intentó como solo lo intenta una hija de Grace Kelly, sonriendo en público, llorando solo cuando estaba sola, convenciéndose a sí misma de que iba a cambiar. No cambió.

En el otoño de 1979, una revista francesa publicó una serie de fotos de Philip YouT en una piscina en Estados Unidos, completamente desnudo, abrazado a una modelo americana. Las fotos dieron la vuelta al mundo en 48 horas. En Mónaco, en el palacio rosado, Grace Kelly se encerró en su habitación durante un día entero.

Carolina lo supo por una asistente, lo leyó en el periódico y entonces hizo lo que su madre nunca le había enseñado a hacer, pero que sabía en lo más profundo que era lo único correcto. Hizo las maletas, tomó un avión y volvió a casa. El 9 de octubre de 1980, 2 años y 3 meses después de la boda más comentada de Europa, Carolina de Mónaco anunció oficialmente su divorcio.

Tenía 23 años. Era la primera princesa Grimaldi en divorciarse en cuatro siglos de dinastía. Los periódicos católicos la atacaron. El Vaticano se negó a anular el matrimonio durante años. En todos los rincones de Europa se hablaba del fracaso de la heredera de Mónaco. En las sobremesas, las señoras chasqueaban la lengua.

Pobre Grace, mira lo que la chica le ha hecho pasar. Pero en el palacio nadie la culpó. Nadie. Ni el padre severo, ni la madre actriz, ni el hermano, ni la hermana pequeña, que entonces tenía 15 años y empezaba ya a coleccionar sus propias rebeldías. Grace Kelly abrazó a su hija el día que volvió. La abrazó largo, sin decir nada. Y entonces, por primera vez desde que Carolina era niña, Grace lloró delante de ella. No de tristeza, de alivio.

Has hecho lo más difícil, mi amor. Has tenido el valor de empezar de nuevo. Carolina volvió a Mónaco, se mudó a una casa pequeña en la periferia, empezó a tomar clases de psicología infantil, a escribir, a dedicarse a obras benéficas, a reconstruirse. Y poco a poco, durante esos primeros meses de 1981, una luz volvió a sus ojos.

Salió a cenar con amigos, asistió a inauguraciones. Sonrió en una fiesta en Roma sin que la sonrisa fuera para las cámaras. Lo que ella no sabía, lo que nadie sabía, es que la cuerda más alta de la cuerda de su vida estaba a punto de partirse. El 13 de septiembre de 1982, una mañana cualquiera, Grace Kelly sale del palacio al volante de su rover marrón.

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