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Cantinflas humilló a Pedro Infante frente a todos… lo que pasó después nadie lo esperaba

Seguro, seguro, no te preocupes. Pero Cantinflas se preocupaba porque reconocía esa mirada. La había visto antes en otros actores. Era la mirada de alguien que estaba perdiendo la batalla contra sí mismo. Cantinflas comenzó a investigar discretamente. Habló con directores, con productores, con gente cercana a Pedro.

Lo que descubrió lo alarmó. Pedro Infante estaba viviendo tres vidas simultáneamente. Tenía una esposa oficial, María Luisa León. Tenía una relación paralela con la actriz Lupita Torrentera y sostenía un romance secreto con Irma Dorantes, una actriz 15 años menor que él. tres mujeres, tres familias, tres mundos que Pedro intentaba mantener separados y el peso de esa triple existencia lo estaba destruyendo. Pero no era solo eso.

Pedro también administraba una compañía de aviación y piloteaba aviones comerciales en sus días libres. Volaba de Ciudad de México a Mérida, a Acapulco, transportando pasajeros. ¿Por qué? Nadie lo comprendía. Era la estrella más grande de México. No necesitaba el dinero, no necesitaba el riesgo. Pero Pedro lo hacía.

Volaba porque en el aire, a 10,000 pies de altura, era el único lugar donde podía estar solo, donde nadie le exigía nada, donde no tenía que sonreír, donde podía simplemente existir. Cantinflas lo sabía y le aterraba. En febrero de 1956, dos meses antes de aquella noche en el patio de los cómicos, Cantinflas fue a buscar a Pedro a su casa.

Pedro, necesitamos hablar. Mario, ahora no es buen momento. No me importa. Vamos a caminar. Caminaron por las calles de la colonia del Valle durante dos horas. Cantinflas le habló directo. Te estás destruyendo, Pedro. No sé de qué hablas. Sí, sabes, las mujeres, los vuelos, el alcohol.

Estás corriendo hacia algo y no sé si es hacia adelante o hacia un abismo. Pedro se detuvo. Miró a Cantinflas con esos ojos que habían enamorado a millones. Mario, yo no soy como tú. Tú tienes todo bajo control. Tu vida es perfecta. Yo no sé controlar nada, solo sé vivir. Y si eso me mata, pues que así sea. Cantinflas sintió un frío en el pecho. No digas eso.

¿Por qué no? Todos nos vamos a morir algún día. Al menos yo voy a morir siendo yo, no siendo lo que otros quieren que sea. Esa conversación terminó sin resolución. Pedro se fue a su casa. Cantinflas se quedó parado en la calle mirándolo alejarse. Sabía que había perdido esa batalla, pero no iba a rendirse. Pasaron dos meses.

Pedro siguió haciendo películas, siguió volando, siguió bebiendo y Cantinfla siguió observando, aguardando el momento preciso para intervenir otra vez. Ese momento llegó la noche del 15 de abril de 1956. La noche de la celebración en el patio de los cómicos. Cantinflas llegó con un plan. No iba a hablar en privado esta vez. No iba a ser sutil.

Iba a hacer algo drástico, algo que nadie esperaba, algo que Pedro no podría ignorar. Iba a humillarlo públicamente frente a todos, porque Cantinflas había llegado a una conclusión desesperada. Si Pedro no atendía la preocupación, quizás escucharía la vergüenza. Si no reaccionaba al amor, quizás reaccionaría al dolor.

Era una apuesta, una apuesta terrible, pero Cantinflas no veía otra salida. Así que esa noche, cuando Pedro estaba en su momento más alto, rodeado de admiradores celebrando su película número 60, Cantinflas se aproximó. Caminó entre la multitud. La gente se hizo a un lado. Todos querían ver a los dos grandes juntos.

Cantinflas y Pedro, los reyes del cine mexicano. Pedro lo vio venir. Sonrió. Mario, pensé que no vendrías. Cantinflas no sonró. Aquí estoy, Pedro. Pedro notó algo en su tono. La sonrisa se le congeló un segundo, pero la recuperó rápido. ¿Ya tomaste algo? Ven, te invito un whisky. No vine a tomar, Pedro. Vine a verte. Pues ya me viste, dijo Pedro con esa risa fácil que usaba para todo.

Aquí estoy vivo y coleando. La gente alrededor empezó a percibir la tensión. Las conversaciones cercanas se fueron apagando. Uno por uno. Los invitados dejaron de hablar y comenzaron a mirar. Cantinflas dio un paso más cerca. Su voz era suave pero clara. Todos podían escuchar. Vivo. Sí, pero ¿por cuánto tiempo? El salón entero se quedó en silencio. Pedro parpadeó.

¿Qué dijiste? Lo que escuchaste, ¿cuánto tiempo más vas a continuar con esto? ¿Con qué? Preguntó Pedro. Su voz ya no era ligera, había un filo. Con esta actuación, respondió Cantinflas, el Pedro infante sonriente, el Pedro infante que puede con todo. El Pedro infante que no requiere ayuda. La gente se miraba entre sí.

Nadie entendía qué estaba ocurriendo. Esto era una celebración. ¿Por qué Cantinflas estaba atacando a Pedro? Creo que ya tomaste suficiente”, dijo Pedro intentando reír. “Yo no he tomado nada, Pedro, pero tú sí. He contado siete whiskys en dos horas. ¿También vas a contar mis respiraciones? Es una fiesta, Mario.

La gente bebe en las fiestas y en las filmaciones y en los vuelos. ¿También bebes ahí?” El rostro de Pedro cambió. Ya no había sonrisa, ya no había calidez. Solo había algo duro, defensivo. No sabes de lo que hablas. Sé exactamente de lo que hablo. Te estás destruyendo y todos aquí lo están viendo, pero nadie quiere decirlo.

Entonces lo digo yo. Cantinflas miró alrededor del salón. Todas las miradas estaban sobre ellos. Todos los grandes del cine mexicano. Jorge Negrete había fallecido 3 años antes. Dolores del Río estaba ahí paralizada. Pedro Armendaris, Arturo de Córdoba, María Félix en una esquina, observando con esos ojos que no perdían detalle.

Cantinfla se elevó la voz lo suficiente para que todos escucharan. Miren a su ídolo, miren al gran Pedro infante, el hombre que puede con todo, el hombre perfecto. ¿Saben qué es? Pedro dio un paso hacia él. Cuidado, Mario, es un payaso dijo Cantinflas. Las palabras cayeron como piedras en agua quieta.

Un payaso que hace reír a todos mientras por dentro se está muriendo. Un payaso que sonríe aunque esté roto. Un payaso que necesita el aplauso porque sin él no sabe quién es. El silencio era absoluto. Nadie respiraba. Pedro Infante estaba inmóvil. Su rostro había pasado del enojo a algo más profundo, dolor. Un dolor tan grande que era imposible disimularlo.

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