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CANELO ÁLVAREZ: LA ASQUEROSA VERDAD QUE MARISOL GONZÁLEZ OCULTÓ MÁS DE 13 AÑOS

Si no había producto vendido, no había cariño. Esa segunda lección, aprendida en un autobús de Juanacatlán a los 7 años iba a convertirse 20 años después en la regla con la que el muchacho pelirrojo iba a tratar a cada mujer que entró en su vida. Cada relación funcionaba como una venta. Si ya estaba cerrada, había que abrir la siguiente. Sin remordimiento, sin pausa.

A los 10 años, Santo Saúl empezó a entrenar boxeo con su hermano mayor, Rigoberto. Rigoberto Álvarez tenía 18 años cuando lo metió por primera vez al gimnasio. Era un gimnasio modesto de la colonia Las Pintas. Olía a sudor viejo y a vaselina. El piso del cuadrilátero estaba parchado con cinta gris y había una frase escrita con marcador negro en la pared del baño que el niño nunca olvidó.

Aquí no hay segundas oportunidades. Rigoberto tenía un sueño, convertirse en campeón mundial. Para conseguirlo, había abandonado la escuela, había dejado el negocio familiar de las paletas y había convencido a sus padres de que el boxeo era el único camino para sacar a la familia de la pobreza. A los 14 años, Santo Saúl ya tenía 30 peleas a Mateur ganadas.

A los 15 empezó a entrenar formalmente con miras a profesional. A los 16 se quitó la sudadera con capucha por primera vez. Salió a la calle con el pelo rojo descubierto y le dijo a su madre parado en la cocina mientras ella picaba cebolla para la comida. Una frase que ella nunca olvidó. Le dijo, “Voy a comprarle una casa nueva a mamá.

una grande, una donde quepamos los 10. donde quepamos los 10. Ana María Barragán asintió sin levantar la mirada. Ella había escuchado la misma promesa antes, hecha por Rigoberto, después por Ricardo, después por Gonzalo. Cuatro de sus siete hijos varones ya le habían prometido la misma casa nueva y todavía vivían los 10 en la misma casa vieja de Juanacatlán.

Pero esta vez la madre sintió algo distinto. Sintió que el pelirrojo no estaba prometiendo, estaba avisando. 4 años después de esa frase en la cocina, los siete hermanos varones de la familia Álvarez Barragán entraban al récord Guinness por algo que jamás se había hecho en la historia del boxeo mundial.

Pero ese mismo año, el muchacho pelirrojo ya empezaba a vivir una segunda vida que su madre no podía ni imaginar. Era el 28 de junio del 2008. Auditorio Benito Juárez de Zapopan, a 15 km de Juana Acatlán. Esa noche, los siete hermanos varones Álvarez Barragán subieron al cuadrilátero en la misma función de boxeo. Rigoberto, Daniel, Ricardo, Víctor, Gonzalo, Ramón y Santo Saú.

Todos peleando peleas separadas, todos con la misma sangre, todos vestidos con calzones rojos, diseñados especialmente para esa noche por su hermana Ana Helda. El resultado fue cuatro victorias y tres derrotas. Ganaron Santos Saúl, Rigoberto, Ramón y Ricardo. Perdieron Gonzalo, Daniel y Víctor, pero el resultado fue lo de menos.

Esa noche, los siete hermanos Álvarez Barragán entraron oficialmente al libro de los Récord Guinness como la única familia en la historia del boxeo mundial en pelear siete hermanos en una sola función. Un récord que sigue vigente hasta el día de hoy y que ningún linaje deportivo en el planeta ha podido superar.

A las 11:30 de la noche, los siete hermanos se abrazaron en el centro del cuadrilátero, cada uno con el guante todavía puesto, cada uno con las marcas frescas de los golpes recibidos. Santos Álvarez, el padre lloró por primera vez en público delante de 4000 personas. Esa misma noche, en una mesa lateral del auditorio Benito Juárez, el campeón mexicano más legendario del boxeo de aquellos años, miraba la pelea sentado al lado del entrenador del Canelo, era Julio César Chávez González, y le dijo al entrenador sin quitarle los ojos al pelirrojo de 18 años, una frase que iba

a aparecer años después en cada documental del Canelo. Ese chamaco va a ganar más dinero que todos nosotros juntos. Tenía razón. Lo que Julio César Chávez no podía saber esa noche mientras observaba al pelirrojo de 18 años festejar el récord mundial con sus seis hermanos, es que ese muchacho ya cargaba dentro del pecho un secreto que jamás iba a contar en cámara, un secreto que tenía nombre, cara y una hija pequeña en Michigan.

El secreto se llamaba Karen Beltrán. Karen era una muchacha morena de la colonia Las Pintas. Tenía 18 años. Trabajaba en una tortillería del barrio. Era pareja del Canelo desde el 2005, cuando él tenía 15 años y ella 17. Lo que la prensa contó después, durante muchos años fue que la pareja se conoció en el gimnasio donde el Canelo entrenaba.

La verdad es que Karen y Santo Saúl se conocieron una tarde de febrero del 2005 en un puesto callejero de elotes en el malecón de Juana Catlán. Ella le sonrió. Él le pidió el teléfono, la invitó al cine al día siguiente. 3 meses después ya andaban juntos. Dos años después, Karen Beltrán quedó embarazada.

Era el verano del 2007. Santo Saúl tenía 17 años. Karen tenía 20. El embarazo no fue planeado. Lo que dijo el padre del Canelo en privado cuando se enteró fue una sola frase pronunciada en la sala de la casa de Juana Acatlán. mientras su hijo le miraba el piso. ¿Te haces cargo o te pones el guante.

El muchacho eligió el guante. Karen Beltrán dio a luz a una niña en marzo del 2008. La llamaron Emily Cinnamon Álvarez Beltrán. Pesó 2, 800 g. Salió con el cabello castaño claro de su madre y los ojos de su padre. Karen la cargó en el pecho durante las primeras horas sin soltarla. Santo Saúl entró al hospital 4 días después.

vestido con sudadera, sin mirar a nadie a los ojos, le dio un beso en la frente a la niña, le dejó un sobre con dinero en la mesa de noche y se fue del hospital sin decirle a Karen cuándo iba a regresar. Karen Beltrán nunca volvió a vivir con el padre de su hija. Emily Cinnamon creció en Michigan, en una casa modesta que su madre le compró años después con la pensión que el campeón aceptó pagar fuera de cámaras.

Hasta el día de hoy, Emily Cinnamon practica equitación en una academia de Lancing. Se ve con su padre dos o tres veces al año, pero no aparece en ninguna de las fotografías oficiales que el campeón publica con sus otros cuatro hijos. La razón por la que Karen Beltrán se mudó a Michigan y no se quedó en Guadalajara está documentada en algunos reportajes de prensa mexicana de hace varios años.

Karen pidió de manera privada salir del país poco después del nacimiento de Emily Cinnamon. La razón pública nunca fue confirmada por ella ni por el campeón. La razón privada, según versiones que circularon en los círculos boxísticos tapatíos durante los años posteriores tuvo que ver con la presión social que recibía Karen en Guadalajara.

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