Se le permitía brillar, sí, pero solo hasta que su luz amenazara con eclipsar a su hermana. Durante esas largas noches de guerra, mientras las sirenas antiaéreas sonaban en Londres, Margaret descubrió que su único poder residía en su encanto. Se dio cuenta de que si no podía tener el poder del trono, tendría el poder de la atracción.
Se volvió coqueta, ingeniosa y a veces cruel. Aprendió que una palabra afilada podía ser tan poderosa como un decreto real, pero bajo esa capa de confianza y rebeldía adolescente crecía un vacío. Margaret veía como su hermana era preparada para un destino grandioso, mientras que para ella no había ningún plan. Nadie le enseñó diplomacia, nadie le enseñó a gobernar, simplemente se esperaba que estuviera allí.
vestida de seda y sonriendo, un adorno precioso en el escenario de otros. Y entonces, en medio de esa adolescencia de encierro y privilegio, apareció una figura que cambiaría el curso de su historia. No era un príncipe azul de un reino lejano, sino un hombre casado con dos hijos y 16 años mayor que ella. El capitán Peter Towns era el escudero de su padre, un héroe de guerra de ojos tristes y modales impecables.
Para el rey Townsent era un apoyo indispensable. Para la joven Margaret, se convirtió en el primer hombre que la veía no como la hermana menor de la futura reina, sino como una mujer. En los pasillos fríos de Winsor, entre los sirvientes y los cortesanos, empezó a gestarse un secreto, un amor prohibido que florecía justo debajo de las narices de quienes debían impedirlo.
Margaret, que nunca había podido elegir su ropa sin la aprobación de su madre, estaba a punto de elegir algo mucho más peligroso, a quién amar. El año 1947 marcó un antes y un después en la vida de la familia real y especialmente en la de Margaret. El rey, la reina y las dos princesas se embarcaron en una gira monumental por Sudáfrica.
El objetivo oficial era agradecer al imperio sus esfuerzos durante la guerra, pero para Margaret aquel viaje fue la verdadera luna de miel de una relación que nadie conocía. Imaginad el escenario. Un tren real recorriendo los vastos paisajes africanos, el calor sofocante, las recepciones interminables y en medio de todo ello la princesa de 16 años y el capitán de 32.
Peter Townsent era el encargado de cuidar a Margaret, de asegurarse de que tuviera todo lo que necesitaba y lo que ella necesitaba desesperadamente era él. Pasaban las mañanas cabalgando juntos por las llanuras, lejos de las miradas críticas de la corte. Bajo ese sol extranjero, lejos de la lluvia gris de Inglaterra y del protocolo asfixiante de palacio, Margaret sintió por primera vez la embriaguez de la libertad.
Fue en ese viaje donde la complicidad se transformó en algo inquebrantable. Townsent, un hombre de honor y deber, luchaba contra sus propios sentimientos. Pero la vitalidad de Margaret era irresistible. Ella era la vida, el color. la pasión que faltaba en su existencia ordenada y él para ella representaba la seguridad, la admiración y el amor incondicional que su padre le daba, pero con la promesa de una vida adulta.
Nadie sospechaba nada. ¿Quién podría imaginar que la hija del rey se fijaría en un empleado? La diferencia de clase y edad era un abismo que, a los ojos de la sociedad de la época hacía la idea simplemente ridícula, pero la tragedia golpeó pronto y golpeó fuerte. El rey Jorge VI, el hombre que adoraba a Margaret y que quizás habría sido el único capaz de comprender su corazón, murió mientras dormía en febrero de 1952.
Su muerte no solo significó la pérdida de un padre, significó el fin de la protección de Margaret. De la noche a la mañana, su hermana se convirtió en la reina. Elizabeth tuvo que mudarse al palacio de Buckingham para asumir el peso de la corona, dejando a Margaret y a su madre viuda atrás en Clarence House.
El dolor de Margaret fue devastador. Se encerró, tomó sedantes, dejó de comer y en medio de esa oscuridad, la única mano que la sostenía, la única persona que entendía su dolor porque también amaba al rey era Peter Townsent. El dolor los unió más que la alegría y fue entonces, en el luto y la soledad, cuando tomaron la decisión que haría temblar los cimientos de la monarquía.
Querían casarse. Londres, junio de 1953. La ciudad entera estaba engalanada con banderas y flores. Era el día de la coronación de la reina Elizabeth II. El mundo entero miraba hacia la abadía de Westminster, maravillado por el esplendor de la nueva era isabelina. Pero fuera de la abadía, mientras las cámaras de televisión transmitían por primera vez un evento de tal magnitud, ocurrió un gesto minúsculo, casi invisible, que desató la tormenta.
Margaret, vestida con sus mejores galas, radiante y hermosa, esperaba fuera de la entrada. Estaba charlando con Peter Townsent. Él vestía su uniforme impecable. En un momento de descuido, de intimidad inconsciente, Margaret levantó la mano y con una delicadeza extrema quitó una pequeña pelusa del uniforme de Peter.
Fue un gesto de posesión, de cariño, de esposa. Un gesto que duró apenas un segundo, pero ese segundo fue capturado por un periodista perspicaz. Al día siguiente no solo se hablaba de la corona de Elizabeth, se hablaba de la mirada de Margaret. El secreto había salido a la luz. Los periódicos, que hasta entonces habían respetado un pacto de silencio sobre la vida privada de la realeza, vieron la puerta abierta.
La historia era demasiado jugosa para ignorarla. la bella princesa y el héroe de guerra divorciado. De repente, la relación se convirtió en un asunto de debate nacional y aquí es donde la trampa de la vida de Margaret se cerró de golpe. Ella tenía 22 años. Según la ley de matrimonios reales de 1772, necesitaba el permiso de la reina para casarse.
Elizabeth se encontró entre la espada y la pared. Como hermana quería la felicidad de Margaret. Sabía cuánto había sufrido tras la muerte de su padre, pero como reina y cabeza de la iglesia de Inglaterra, no podía sancionar el matrimonio con un hombre divorciado, cuya exesposa aún vivía. La iglesia era clara. El matrimonio es indisoluble.
El gobierno, liderado por un Winston Churchill envejecido y tradicional también se opuso. A Margaret se le dijo que esperara. Espera a cumplir 25 años”, le dijeron. “Entonces serás libre de decidir sin el permiso de la reina.” Fue una táctica dilatoria, una mentira piadosa diseñada para ganar tiempo, esperando que la pasión se enfriara.
Para asegurarse de ello, enviaron a Peter Townsent al exilio, a un puesto diplomático en Bruselas, lejos, muy lejos de los brazos de la princesa. La crueldad de la separación fue el primer aviso. En este juego, los peones sentimentales siempre son sacrificados para proteger a la reina. Bruselas no es una ciudad famosa por su romanticismo, pero durante dos años se convirtió en el centro del universo emocional de Margaret.
Mientras Peter Townsent vivía su exilio forzoso en una embajada silenciosa, rodeado de diplomáticos grises y rutinas vacías, en Londres, la princesa contaba los días como una prisionera que marca rayas en la pared de su celda. Fueron 730 días de espera. 730 días donde el único hilo que los mantenía unidos era la tinta sobre el papel.
Se escribían a diario, cartas largas, apasionadas, llenas de promesas de un futuro que ambos necesitaban creer que era posible. Pero lo que Margaret no sabía era que el tiempo no estaba jugando a su favor. El tiempo estaba enfriando el escándalo, permitiendo que la maquinaria del sistema se reorganizara para la batalla final. La estrategia de la casa real parecía sencilla, pero era despiadada.
apostaron al olvido. Creyeron que la distancia apagaría la llama, que una chica joven y caprichosa como Margaret encontraría otra distracción, otro baile, otro vestido. Pero subestimaron la obstinación de los Winsor. Margaret no olvidó. Al contrario, la ausencia de Peter idealizó su figura.
Él ya no era solo un hombre, era un símbolo de su independencia. la única cosa que ella había elegido por sí misma en toda su vida. El público británico, siempre romántico, estaba de su lado. Las encuestas de la época mostraban que la inmensa mayoría de la gente quería que la princesa se casara con su héroe de guerra. Veían en ellos una modernidad necesaria, un soplo de aire fresco en una institución que olía a naftalina.
El 21 de agosto de 1955, el reloj marcó la hora decisiva. Margaret cumplió 25 años. Según le habían prometido, esa era la edad mágica. A los 25 años ya no necesitaba el permiso de la reina para casarse. La libertad teóricamente estaba al alcance de su mano. Peter Towns regresó a Londres en octubre de ese mismo año. La prensa enloqueció.
Lo persiguieron por las calles como si fuera una estrella de cine, analizando cada gesto, cada mirada. Cuando se reencontraron en Clarence House, después de 2 años de soledad, el aire debió sentirse eléctrico. Parecía que el final feliz estaba escrito. Pero entonces la puerta de la realidad se abrió con un chirrido oxidado y terrible.
La promesa de libertad que le habían hecho tenía letra pequeña y esa letra pequeña estaba escrita con veneno. La brutalidad de la política se esconde a menudo detrás de sonrisas educadas y tazas de té. Cuando Margaret y Peter se sentaron a planificar su boda, descubrieron que el gobierno y la corona les habían tendido una trampa perfecta.
Sí cierto que Margaret ya no necesitaba el permiso de la reina, pero la ley de matrimonios reales tenía una segunda cláusula, una que nadie le había explicado con claridad. Si se casaba contra los deseos del gobierno, tendría que renunciar a todo. Y cuando digo todo, me refiero a su título de alteza real, a sus ingresos del Estado, a su posición en la línea de sucesión y lo más doloroso, a su familia.
El primer ministro de la época, Anthony Iden, era un hombre divorciado que se había vuelto a casar. La hipocresía era palpable. Él podía gobernar el país habiendo roto un matrimonio, pero la hermana de la reina no podía casarse con un hombre inocente cuyo único pecado había sido que su esposa lo dejara. Le dijeron a Margaret que si elegía a Peter se convertiría en la señora Townsent.
Vivirían en el extranjero, quizás con una vida modesta, lejos de los palacios, los sirvientes y el mundo que ella conocía. Para una mujer que nunca había aprendido a vestirse sola, que nunca había cocinado un huevo ni pagado una factura, la perspectiva no era romántica, era aterradora, la presión era asfixiante. El arzobispo de Canterbury amenazó con que no se le permitiría comulgar en la iglesia.
La reina, atrapada entre su amor de hermana y su deber sagrado, se mantuvo en un silencio doloroso, dejando que los hombres de traje gris hicieran el trabajo sucio. Margaret miró a Peter. Lo amaba. Así, pero era el amor suficiente para sobrevivir al destierro social y económico. Podría ella ser una ama de casa anónima en una ciudad extraña.
Peter Townsend, con la dignidad que siempre lo caracterizó, vio la duda en sus ojos. Él era un hombre que había vivido de su sueldo toda la vida. sabía lo dura que podía ser la realidad fuera de las verjas del palacio. Se dio cuenta de que si se casaban, él sería el responsable de destruir la vida de ella. El amor que había sido su fuerza se convirtió de repente en una carga insoportable.
El 31 de octubre de 1955, la radio de la BBC interrumpió su programación habitual para emitir un comunicado. No era una declaración de guerra ni el anuncio de una muerte real, pero en cierto modo fue ambas cosas para el alma de una mujer. La voz del locutor leyó las palabras que Margaret había redactado con su propia mano usando un lápiz y un papel con el membrete real.
Palabras que habían sido revisadas y aprobadas por el mismo sistema que la había acorralado. Me gustaría hacer saber que he decidido no casarme con el capitán Peter Towns fueron las palabras que resonaron en millones de hogares. El comunicado continuaba diciendo que consciente de las enseñanzas de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio cristiano y consciente de su deber con la Commonwealth, había decidido poner esas obligaciones por delante de todo lo demás.
Fue un texto diseñado para salvar la cara de la monarquía, para mostrar a Margaret como una mártir del deber, una santa que sacrificaba su felicidad por el bien mayor. Pero quienes la conocían sabían que no era santidad lo que sentía, sino una amargura profunda y fría como el hielo. Peter Townsent abandonó el país poco después. se fue en silencio, sin reproches, llevándose consigo la última oportunidad que Margaret tendría de una vida normal y estable.
Esa noche en Clarence House no hubo celebraciones. Margaret se quedó sola en su habitación. Había cumplido con su deber. Había hecho lo que su hermana, su madre, la iglesia y el gobierno querían. Había salvado a la institución. ¿Y qué recibió a cambio? un vacío inmenso. La princesa rebelde había sido domada, pero a un coste terrible.
Algo se rompió dentro de ella ese día de otoño. Algo que ni todas las joyas ni todas las fiestas futuras podrían arreglar. La niña que soñaba con el amor había muerto y en su lugar nacía una mujer endurecida, cínica y decidida a no volver a ser herida jamás. Dicen que cuando te quitan lo que más amas, te dedicas a amar lo que te destruye.
Tras la partida de Townscent, Margaret no se retiró a un convento. Hizo exactamente lo contrario. Se lanzó a la noche londinense con una voracidad que asustaba a su entorno. Si no podía ser la esposa feliz, sería la princesa de la fiesta. Empezó a levantarse al mediodía. Su desayuno consistía en un bodka con naranja.
seguido de una cadena interminable de cigarrillos que sostenía en largas boquillas de Karey, un gesto que se convertiría en su marca registrada, una mezcla de elegancia y desafío. Se rodeó de un grupo nuevo de amigos, el llamado Set de Margaret. Ya no eran los aristócratas aburridos y estirados de la corte de su hermana.
Ahora eran actores, músicos, bohemios ricos y playboys. Hombres que la divertían, pero que no le pedían el alma. La princesa exigía ser el centro de atención absoluto. En las cenas nadie podía empezar a comer hasta que ella lo hiciera y nadie podía irse a dormir hasta que ella decidiera que la noche había terminado, lo cual solía ocurrir al amanecer con alguien tocando el piano y ella cantando canciones de cabaret con una voz ahumada por el tabaco.

Hubo intentos desesperados por llenar el hueco de Peter. Se comprometió brevemente con Billy Wallas, un amigo de la familia rico y complaciente. Pero el compromiso se rompió antes de anunciarse, porque él le confesó una aventura durante un viaje a las Bahamas. Margaret, fría y distante, lo despachó sin una lágrima.
Ya no tenía paciencia para la traición. Se estaba convirtiendo en una caricatura de sí misma. altiva, exigente, a veces cruel con sus sirvientes, utilizando su estatus real como un látigo para mantener a la gente a distancia. Pero detrás de las gafas de sol oscuras y la risa fuerte había una mujer que esperaba.
esperaba algo que la sacudiera de nuevo. Y a finales de la década de los 50, en una cena oscura y llena de humo, sus ojos se cruzaron con los de un fotógrafo bajito, con polio y una reputación escandalosa. Un hombre que no le haría reverencias, sino que la desafiaría. El estaba a punto de entrar en el baile.
Si Peter Towns fue el caballero de brillante armadura que la obedecía, Anthony Armstrong Jones era el bufón de la corte que se atrevía a reírse de ella. Y eso, para una mujer aburrida de la reverencia constante fue el afrodiciaco más potente del mundo. Tony no pertenecía a la aristocracia. Vivía en un estudio destartalado cerca del río Thesis.
Olía a químicos de revelado y conducía una moto a toda velocidad. Para entrar en su mundo, la princesa tenía que dejar la corona en la puerta. Se disfrazaba con pañuelos en la cabeza y gafas oscuras, escapándose del palacio de Buckingham en taxis anónimos para ir a cenar a sótanos llenos de humo donde nadie se levantaba cuando ella entraba.
La relación creció en la sombra más absoluta. La prensa no tenía ni idea. Tony era el camuflaje perfecto porque al fin y al cabo era el fotógrafo de la corte. Nadie sospechaba que el hombre que iba a palacio a retratar a la familia real se quedaba después para seducir a la hermana de la reina. Él la trataba con una informalidad que la electrizaba.
No la llamaba alza, la trataba como a una mujer más. a veces incluso con cierta brusquedad. Le enseñó a cocinar platos sencillos, la llegó a fiestas en barrios obreros y le mostró un Londres que ella solo había visto a través de los cristales tintados de sus limusinas. Por primera vez en años, Margaret sentía que tenía un secreto que era solo suyo, una vida privada que nadie estaba juzgando ni legislando.
Pero la motivación de Margaret no era solo el amor. Había algo más oscuro, un deseo de venganza contra el sistema que la había obligado a renunciar a la felicidad una vez. Esta vez iba a elegir a alguien que horrorizaría a los viejos cortesanos de palacio, un plebello, un bohemio, un hombre moderno.
La historia nos cuenta que Margaret y Tony se casaron por amor y no dudo que hubiera pasión, pero el detonante final de su compromiso llegó irónicamente a través del correo. Una mañana gris de 1959, Margaret recibió una carta de Peter Townsent desde el continente. La letra familiar le trajo un vuelco al corazón, pero el contenido fue una puñalada.
Peter, el hombre que había prometido no casarse nunca si no era con ella, le anunciaba que había encontrado alguien. una chica belga, joven, de apenas 20 años y lo más cruel de todo. Se llamaba Marilus y tenía un parecido físico asombroso con la propia Margaret. El pacto de soledad se había roto. Él había rehecho su vida.
Ella se había quedado sola. El orgullo de Margaret, ese orgullo Winsor legendario, rugió herido. No iba a permitir que el mundo sintiera lástima por ella como la solterona abandonada, mientras su examante era feliz. Al día siguiente, casi como un acto reflejo, aceptó la propuesta de matrimonio de Anthony Armstrong Jones. Fue una decisión tomada desde el despecho y la urgencia.
Tony le ofreció un anillo de rubíes que parecía un capullo de rosa rodeado de diamantes, un diseño que él mismo había creado. Cuando llamaron a la reina para darle la noticia, el alivio en palacio fue palpable. Al menos no era un hombre divorciado, era un plebello, sí, y tenía fama de excéntrico, pero era inglés, protestante y soltero.
La reina dio su consentimiento de inmediato, probablemente aliviada de cerrar por fin el capítulo de la tristeza de su hermana. El anuncio oficial sacudió al país. La princesa rebelde se casaba con el fotógrafo. La modernidad había derribado las puertas de palacio. El 6 de mayo de 1960, la abadía de Westminster se convirtió en el escenario del primer cuento de hadas televisado de la historia.
300 millones de personas en todo el mundo se sentaron frente a sus televisores en blanco y negro para ver a Margaret caminar hacia el altar. Era su gran momento, su coronación personal. Llevaba un vestido de seda de organza tan sencillo y voluminoso que parecía flotar, y sobre su cabeza la imponente Tiara Ptimore, una joya que ella misma había comprado en una suasta, no una herencia familiar, un símbolo más de su deseo de poseerse a sí mismo.
Sin embargo, detrás de la pompa y el himno nacional había grietas invisibles. La mayoría de las casas reales europeas boicotearon la boda. Para las rancias monarquías del continente, que la hermana de la reina de Inglaterra se casara con un fotógrafo sin título era un insulto al linaje real. “La hija del rey se casa con el hijo del abogado”, murmuraban con desprecio.
Solo la reina Ingrid de Dinamarca asistió, pero a Margaret no le importó. Ella estaba creando una nueva realeza. La realeza de la celebridad. Mientras caminaba del brazo del duque de Edimburgo, que la entregaba en el altar en lugar de su padre fallecido, Margaret miró a Tony. Él no parecía un súbdito nervioso, parecía un actor disfrutando de su mejor papel.
Se convirtieron en los condes de Snowdon. El fotógrafo había conseguido el título y la princesa había conseguido su libertad. O al menos eso creía ella mientras el carruaje de cristal los llevaba a través de una marea de gente que gritaba sus nombres, sin saber que estaban presenciando el inicio de una de las guerras matrimoniales más sangrientas de la historia británica.
Los primeros años de los Snowdon fueron una explosión de glamour que Londres no había visto nunca. Eran la pareja de moda, los Kennedy británicos. Tony introdujo a Margaret en el mundo del arte, el cine y la música pop. De repente, en las cenas de palacio, entre duques y embajadores, aparecían los Beatles, Peter Sellers o bailarines de ballet.
Margaret se sentía viva, moderna, relevante. Ya no era la solterona triste, era la anfitriona más deseada de la ciudad. Tony trabajaba, algo inaudito para el marido de una princesa, y ella a menudo lo acompañaba a sus sesiones ayudándole a cambiar los rollos de película o simplemente observando cómo él mandaba sobre los famosos con su cámara.
Pero bajo el brillo de los flashes, la dinámica de poder empezó a cambiar sutilmente. Tony no era un hombre diseñado para caminar dos pasos por detrás de nadie, ni siquiera de una princesa. Era un artista egocéntrico, temperamental y acostumbrado a ser el jefe. Empezó a aburrirse del protocolo, de las cenas interminables con gente que él consideraba estúpida, de la rigidez de la vida real.
Y cuando Tony se aburría, se volvía cruel. Las primeras señales fueron pequeñas. llegar tarde a propósito para ponerla nerviosa, burlarse de su inteligencia frente a sus amigos intelectuales o dejarla sola en las fiestas mientras él coqueteaba descaradamente con otras mujeres. Margaret, que había sido educada para ser adorada, no sabía cómo manejar el desprecio.
intentaba reírse, intentaba seguirle el ritmo, pero en la intimidad de su apartamento en el palacio de Kensington, el silencio empezaba a llenarse de una tensión fría. El hombre que la había liberado de la jaula de oro estaba empezando a construirle una nueva prisión, esta vez hecha de inseguridad y miedo.
A mediados de los años 60, el apartamento 1a del palacio de Kensington se había convertido en un campo de batalla psicológico. La crueldad de Tony Snowdon no era física, era intelectual y eso dolía mucho más. sabía exactamente dónde golpear. Él, que había sido recibido como el salvador moderno de la princesa, empezó a dejarle notas escondidas entre sus cosas personales.
Margaret abría un libro que estaba leyendo y encontraba un papelito con la letra de su marido que decía, “Pareces una manicurista judía. Odio a tus amigos.” Abría el cajón de sus guantes antes de una ceremonia oficial y encontraba otra nota, las cosas que odio de ti. Seguida de una lista enumerada de sus defectos físicos y de carácter.
La humillación era privada, pero el dolor era visible. Margaret empezó a beber más para soportar el desprecio. El bodka del mediodía se convirtió en una necesidad, no en un placer. Sus amigos veían como la chispa de sus ojos se apagaba, reemplazada por una mirada vidriosa y defensiva. Tony, mientras tanto, viajaba por el mundo haciendo fotos, teniendo aventuras con otras mujeres y, según se rumoreaba, también con hombres, dejando a Margaret sola en Londres con sus dos hijos pequeños, David y Sara.
Él jugaba al gato y al ratón. Desaparecía durante semanas sin llamar y luego regresaba esperando que ella lo recibiera con los brazos abiertos. Y lo peor es que durante mucho tiempo ella lo hizo. Estaba aterrorizada de fracasar de nuevo. Ya había perdido a Peter Townsent por el deber.
No podía permitirse perder a su marido y admitir ante el mundo y ante su hermana que su gran elección había sido un error catastrófico. Cuando Londres se volvía insoportable, Margaret huía, pero no a un castillo escocés lluvioso, sino a un lugar donde el protocolo se disolvía en el mar Caribe. Su amigo Colin Tenant le había regalado como obsequio de bodas una parcela de tierra en una isla privada llamada Mustic.
Era un trozo de selva virgen sin agua corriente ni electricidad, pero para Margaret se convirtió en leyolizo las aguas hermosas, la única casa que ella poseía realmente, el único techo que no pertenecía a la corona. En Mustque, la princesa creó su propia corte tropical. Allí las reglas cambiaban. Podía levantarse tarde, bañarse en playas desiertas y organizar fiestas que duraban días enteros.
Pero incluso en el paraíso, la soledad la perseguía. Construyó una villa blanca, sencilla, pero elegante, donde esperaba encontrar la paz que Kensington le negaba. Sin embargo, Mustik se convirtió también en una jaula dorada bajo el sol. Los lugareños y los amigos millonarios que empezaron a poblar la isla la trataban con una mezcla de reverencia y lástima.
Veían a una mujer que intentaba desesperadamente ser feliz, cantando viejas canciones al piano con un vaso en la mano, mientras su matrimonio se desmoronaba a miles de kilómetros de distancia. Fue en este escenario de belleza salvaje y aislamiento donde el destino le tenía preparada la última trampa, una que vendría disfrazada de ternura.
Era el año 1973. Margaret tenía 43 años y su autoestima estaba por los suelos. Fue entonces cuando conoció a Rody Lewelin. No era un duque, ni un fotógrafo famoso, ni un héroe de guerra. Era un jardinero paisajista, hijo de un varón, pero con un espíritu suave, casi frágil, y tenía 17 años menos que ella.
Cuando se conocieron en una casa de campo en Escocia, la conexión no fue sexual al principio, sino emocional. Rody la escuchaba, no la juzgaba, no se burlaba de ella, no le dejaba notas de odio, la miraba con adoración. Para Margaret, acostumbrada a la guerra fría con Tony, la dulzura de Rody fue como agua en el desierto. Lo invitó a Mustik.
Allí él se dedicaba a cuidar el jardín de la villa, podando las plantas tropicales mientras ella lo observaba desde la terraza. Tony, con su sarcasmo habitual, se refería a ellos con desprecio. Una vez, al ver a Rodyd, le dijo a Margaret, “Veo que has encontrado algo para la jardinería.” Pero se equivocaba.
Rody no era un pasatiempo, era un salvavidas. Con él, Margaret recuperó la sonrisa. Se comportaban como adolescentes, ajenos al peligro que corrían. Ella, la hermana de la reina, y él, un chico que podría ser su hijo, viviendo un romance bajo el sol caribeño. Margaret pensó que en aquella isla remota, lejos de los teleobjetivos de Londres, estaba a salvo.
Olvidó que la traición tiene los ojos muy largos y que el precio de su felicidad iba a ser su reputación. El domingo es el día sagrado de la prensa sensacionalista británica y un domingo de febrero de 1976 el mundo de Margaret estalló. El periódico News of the World publicó en portada una foto granulada y borrosa tomada con un teleobjetivo de largo alcance desde un barco escondido frente a la costa de Must.

En la imagen se veía a la princesa Margaret y a Rody Lewelin en trajes de baño, relajados, íntimos, tomando una copa en su barado. No estaban haciendo nada escandaloso, pero la imagen lo decía todo. La mujer casada, la madre real, estaba de vacaciones con su joven amante mientras su marido estaba en Londres. El escándalo fue monumental.
La prensa la llamó de todo, asaltacunas, depredadora, vergüenza nacional. Nadie mencionó las infidelidades de Tony. Nadie habló de los años de abuso emocional que ella había soportado. La narrativa era simple y cruel. La princesa viciosa había traicionado al pobre fotógrafo trabajador. Tony Snowdon, aprovechando el momento con una astucia maquiabélica, interpretó el papel de víctima a la perfección.
llamó a palacio y con voz dolida dijo, “Ya no puedo más.” La reina, que siempre había intentado mantener a la familia humida, se dio cuenta de que ya no había salvación. El 19 de marzo de 1976, el palacio de Buckingham emitió un comunicado histórico. La princesa Margaret y el Conde de Snowdon han acordado formalmente separarse.
Fue el primer divorcio real importante desde tiempos de Enrique VII. Margaret había conseguido salir de su matrimonio, pero el precio fue convertirse en la villana de la película ante los ojos de su propio pueblo. Después del divorcio, Margaret se encontró en un territorio desconocido. Ya no era la hermana adorable de la reina, ni la esposa rebelde, ni siquiera la amante escandalosa.
Era simplemente una mujer de mediana edad con dos hijos adolescentes y una reputación destrozada. La relación con Rod Lewelin, que los tabloides habían convertido en el romance del siglo, empezó a desmoronarse bajo la presión del escrutinio público. Rody no era un guerrero, era un alma artística y sensible que nunca había pedido convertirse en el enemigo público número uno. Las críticas lo destruyeron.
Tuvo una crisis nerviosa y fue internado en una clínica psiquiátrica. Margaret lo visitó llevándole flores y palabras de consuelo, pero la magia había muerto. Él necesitaba construir su propia vida lejos de la sombra de los Winsor. Se separaron con ternura en 1981. Él se casó años después con una chica de su edad y vivió tranquilo.
Margaret nunca volvió a encontrar el amor. El palacio había tolerado su rebeldía mientras era joven y hermosa, pero ahora era una mujer envejecida prematuramente por el alcohol y el tabaco, y la institución ya no sabía qué hacer con ella. Sus funciones oficiales se redujeron. ya no era invitada a los eventos más importantes.
Durante las bodas reales la colocaban en filas traseras, lejos de las cámaras. Incluso su propio hijo David Visconde Lindley empezó a distanciarse avergonzado por los escándalos constantes de su madre. Margaret intentaba mantener las apariencias, seguía arreglándose con el mismo cuidado obsesivo, eligiendo sus vestidos durante horas, poniéndose las joyas más espectaculares.
Pero cuando llegaba a las cenas, su presencia generaba incomodidad. Sus comentarios eran amargos, su risa sonaba hueca y todos sabían que en cuanto terminara el evento ella regresaría sola a su apartamento de Kensington a beber hasta el amanecer. El cuerpo humano es una máquina que aguanta mucho, pero no para siempre. Durante décadas, Margaret había castigado al suyo con una mezcla letal de tabaco, alcohol, píldoras para dormir y largas horas bajo el sol caribeño sin protección.
En 1985, mientras todavía intentaba mantener su vida social, sufrió un pequeño derrame cerebral. Los médicos le advirtieron con gravedad, debía dejar de fumar, reducir la bebida, cuidarse. Ella los miró con desdén y encendió un cigarrillo en la misma consulta, pero el primer aviso fue solo eso, un aviso.
Hubo más derrames, pequeñas explosiones en su cerebro que empezaron a robarle pedazos de sí misma. Su vista se deterioró hasta el punto de que ya no podía leer, una tortura para alguien que siempre había adorado los libros. Su equilibrio se volvió inestable y la mujer que había bailado hasta el amanecer ahora necesitaba un bastón solo para cruzar una habitación.
Las quemaduras solares constantes de Mustic habían dejado lesiones en su piel que tuvieron que ser extirpadas dejándole cicatrices. Se sometió a operaciones dolorosas para remover parte de sus pulmones dañados por el tabaco y finalmente perdió la movilidad de un lado del cuerpo. La vieron en silla de ruedas en los eventos oficiales, cubierta con mantas, con el rostro hinchado por los medicamentos.
La prensa, que una vez la había adorado y luego la había crucificado, ahora simplemente sentía lástima. Pero Margaret, obstinada hasta el final, se negaba a desaparecer. Mientras pudiera respirar, exigiría su lugar en la historia. El 9 de febrero de 2002, el corazón de Margaret finalmente se detuvo.
Murió en su cama en el Hospital King Edward de Londres a los 71 años. Había llegado tan lejos, soportado tanto dolor y al final se apagó en silencio, casi sin que el mundo lo notara. La familia real emitió un comunicado breve y formal. No hubo días de luto nacional, no hubo banderas a media hasta durante semanas, como ocurriría con otros miembros de la realeza.
Su funeral fue discreto, casi secreto. Según sus propios deseos, fue incinerada. Una decisión que horrorizó a los tradicionalistas, ya que los miembros de la realeza siempre habían sido enterrados con pompa en tumbas de mármol. Pero Margaret no quería una tumba. No quería que la gente pasara por encima de ella durante siglos. Sus cenizas fueron colocadas en la capilla de San Jorge en Winsor, junto a las de sus padres.
había regresado al lugar donde todo comenzó, al refugio seguro de su infancia, antes de que la corona, el deber y las decisiones de otros destruyeran la vida que nunca le permitieron elegir. Lo más triste de todo fue que murió apenas semanas antes que su propia madre, la reina madre, que falleció a los 101 años. La mujer que había vivido toda una vida entera con salud de hierro sobrevivió a su hija, la que se consumió prematuramente.
Durante el funeral de la reina madre, cuando millones lloraron a la matriarca amada, pocos recordaron que su hija menor acababa de desaparecer también. Margaret había quedado eclipsada incluso en la muerte. Los historiadores debatieron sobre su legado. Algunos la llamaron la primera princesa moderna, la que desafió el sistema.
Otros dijeron que fue simplemente una mujer mimada que desperdició sus privilegios. Pero la verdad es más complicada y más triste que cualquiera de esas narrativas. Margaret fue una prisionera de su propio linaje, atrapada entre lo que sentía y lo que se esperaba de ella. Y esa batalla interna la destruyó lentamente hasta que no quedó nada más que cenizas y preguntas sin respuesta.
Volvemos al principio, a esa tarde de 1993, cuando Margaret quemaba cartas en Clarence House. Ahora, después de recorrer toda su vida, entendemos qué estaba ardiendo en esas llamas. No eran solo cartas de Diana o secretos de estado. Eran las pruebas de todas las vidas que pudo haber vivido y que le fueron arrebatadas.
Las cartas de Peter Townsend, donde él prometía esperarla para siempre. Las notas de odio de Tony que ella guardó durante años como prueba de su sufrimiento. Las fotografías de Rody donde se veía feliz, genuinamente feliz por última vez. Todo se convirtió en ceniza. Margaret sabía que la historia la juzgaría y quiso controlar al menos una parte de la narrativa, destruyendo las evidencias más dolorosas.
Pero lo que no pudo quemar fue la memoria colectiva, el recuerdo de una mujer que intentó ser libre en un mundo que no permitía que las princesas eligieran. Su vida fue un espejo oscuro de la de su hermana. Mientras Elizabeth sacrificó su humanidad por el deber y fue amada por ello, Margaret sacrificó su deber por su humanidad y fue castigada.
Las dos pagaron un precio altísimo, pero solo una recibió una corona como compensación. Hoy, décadas después de su muerte, cuando vemos las fotografías de Margaret, joven, hermosa, llena de vida, con esa mirada desafiante y esa sonrisa traviesa, es imposible no preguntarse qué habría sido de ella en otra época, en otro siglo, si hubiera nacido en un tiempo donde las mujeres pudieran casarse con quien quisieran, trabajar en lo que amaran, vivir sin la obligación de ser perfectas.
Pero Margaret nació en el momento equivocado, en la familia equivocada, con el corazón equivocado para el papel que le tocó interpretar. Y al final la única libertad que tuvo fue la de autodestruirse lentamente. Una decisión terrible, pero suya. La princesa Margaret vivió y murió, siendo la prueba viviente de que incluso en los palacios más dorados la falta de libertad puede ser la peor de las torturas.
Su historia no es un cuento de hadas, es una advertencia sobre el precio que pagamos cuando permitimos que otros escriban el guion de nuestras vidas. Gracias por acompañarme en este viaje por la vida que nunca le permitieron elegir. Nos vemos en la próxima historia.