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Biby Gaytán: Le Tenía TERROR a su ESPOSO… El Control ENFERMIZO en el Rancho…

¿Sabes lo que es crecer queriendo parecerte a alguien que nunca está? ¿Sabes lo que es construir una imagen del hombre que quiere ser basada en un fantasma? Eso fue Eduardo, un niño que admiraba a su padre desde lejos, que aprendió a no necesitar a nadie porque necesitar a alguien dolía demasiado.

Pero antes de hablar de Eduardo, necesitas conocer a la otra mitad de  esta historia, porque en algún lugar de la Ciudad de México, en esa misma década, crecía una niña llamada Viviana Gaitán. No sabemos exactamente la fecha, no sabemos el barrio. Lo que sí sabemos es lo que ella misma contó años después en entrevistas, en programas de televisión, en esos  momentos donde bajaba la guardia y decía algo verdadero antes de que alguien  le cambiara el tema.

Vivi creció en una familia donde las mujeres trabajaban duro, donde la belleza era un activo, no un lujo, donde el talento se cultivaba con disciplina, no con ternura. Aprendió a cantar, a bailar, a estar frente a una cámara con esa sonrisa que no  tiembla, aunque por dentro todo se esté cayendo. Piensa en eso un momento.

Una niña que aprende a sonreír antes  de aprender a llorar en voz alta, que entiende desde muy chica que su valor está en lo que puede  ofrecer a los demás, en lo que puede dar, en cómo puede brillar para que otros se sientan bien. No aprende  que ella misma merece brillar, aprende que brillar es una herramienta para ser querida.

Y esa lección, esa semilla envenenada, la acompañó durante décadas hacia finales de los años 80, Ciudad de México. Viviga Gaitán  tiene poco más de 16 años y ya es una presencia, no una estrella todavía, pero sí alguien que cuando entra a un cuarto la gente voltea a verla. Tiene algo, una combinación de belleza y energía y desparpajo que en televisión se convierte en carisma puro.

Empieza a hacer apariciones, a conseguir pequeños proyectos, a moverse en los círculos donde se decide quién sube y quién no. En ese mismo mundo se mueve un joven Eduardo Capetillo. Eduardo ya había pasado por Timbiriche,  el grupo de pop que en los años 80 era el fenómeno juvenil más grande de México.

Junto a Talía, Paulina Rubio, Sasha Socol y otros, había aprendido lo que significa estar en un escenario, lo que significa que miles de personas griten tu nombre, lo que significa existir para el consumo masivo desde los 15 años. Imagínate eso, entrar a la adolescencia en el ojo público, nunca tener un momento de fealdad privado, nunca poder equivocarte sin que alguien lo documente.

Nunca saber si las personas que se acercan a ti lo hacen porque les gustas  tú o porque les gusta la idea de ti. Eduardo Capetillo creció aprendiendo a separar la persona del personaje  y con el tiempo esa separación se volvió tan natural que ya ni él mismo sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Cuando Timbiriche se disuelve, Eduardo no desaparece, al contrario, da el salto a las telenovelas y se convierte en galán, en el galán, el que hace que las señoras suspendan  lo que están haciendo cuando aparece en pantalla, el que los productores se pelean, el que Televisa sabe que es una máquina de rating. Y con ese poder viene algo peligroso, la certeza de que el mundo gira alrededor de ti.

Quizá tú también has conocido a alguien así, alguien a quien desde muy joven le dijeron que era especial, que era diferente, que era más. Alguien que aprendió a ocupar espacio sin pedir permiso,  porque nadie le enseñó que los demás también necesitan espacio. Esa persona no es mala necesariamente, pero tiene un hueco adentro que ningún  aplauso llena.

Y cuando encuentra a alguien que sí parece llenarlo, se aferra.  se aferra con toda la fuerza de alguien que aprendió que lo que quiere puede perderse si no lo sostiene  con las dos manos. Eso fue lo que pasó cuando Eduardo Capetillo conoció a Bibi Gaitan. No hay una fecha exacta documentada del momento en que se conocieron.

Se encontraron en el mundo del espectáculo mexicano de principios de los 90, ese mundo pequeño donde todos se conocen, donde los sets de grabación son el salón de la fama y la cantina al mismo tiempo. Eduardo la vio y decidió que era suya. Eso no es una interpretación, es la manera en que él mismo describió su relación con Vivi en múltiples ocasiones, con orgullo,  con la seguridad de un hombre que no distingue entre admirar a alguien y poseerlo.

La conquisté, luché por ella, no me rendí. El lenguaje de la caza, el lenguaje de alguien que confunde el amor con la victoria. Y Bibi, que había aprendido desde niña que el valor de una mujer depende de lo que puede dar, de lo que puede ser para los demás, dijo que sí.  Piensa en ese momento. Dos personas que llegaron al amor con las mismas heridas disfrazadas de fortaleza.

Él con la certeza aprendida de que lo que quiere debe tenerlo. Ella con la certeza aprendida de que querer es servir. Los dos convencidos de que lo que sentían era amor. Los dos sin saber que lo que estaban construyendo era una jaula dorada. Guarda este detalle, lo vas a necesitar después. Porque en 1993, cuando el mundo entero empieza a hablar de la boda más romántica de la televisión mexicana, nadie hace esa pregunta.

Nadie pregunta qué está cediendo cada uno. Nadie pregunta a qué precio viene esa felicidad. El amor no fracasa cuando termina. El amor fracasa cuando obliga a alguien a apagarse.  Y en 1993 el proceso de apagado ya había comenzado, solo que nadie, absolutamente nadie, lo estaba viendo. Pero lo peor todavía no había llegado.

A principios de 1993, Vivi Gaitán tiene todo para despegar. No es una promesa, no es una chica bonita que espera su  oportunidad. Es una artista completa, canta, baila, actúa,  tiene carisma natural frente a la cámara y una presencia escénica  que los productores de la época reconocen de inmediato.

Su carrera está en el momento exacto en que las cosas se consolidan,  en que los proyectos dejan de ser pequeños y empiezan a tener peso real.  Y entonces aparece Eduardo Capetillo y todo  cambia, no de golpe, no de un día para otro. Así no funciona este tipo de historias funciona lentamente, suavemente, con la lógica aplastante del amor cuando es joven y cuando  es intenso y cuando viene envuelto en la promesa de que alguien te va a querer para siempre.

Vivi tenía una decisión que tomar, seguir construyendo lo que había empezado, seguir siendo Vivi Gaitán con nombre propio  y carrera propia y futuro propio. O convertirse en la novia de Eduardo Capetillo, después en su prometida, después en su esposa, después en la madre de sus hijos. eligió lo segundo y el mundo aplaudió esa elección porque en 1993 en México nadie cuestionaba que una mujer dejara su carrera por amor.

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