Gran parte de la población pensaba que se trataba de un desenfreno generalizado debido al impacto del hipismo en la sociedad estadounidense. Herbert Min, Charles Manson y la familia no eran los únicos ejemplos. El caso de John Lynle Fracier, quien asesinó a una familia completa en 1970 en Santa Cruz, California, reafirmaba el temor de que aquella contracultura que mezclaba el sexo libre, el uso de drogas psicodélicas y el ocultismo estaba corrompiendo a los más jóvenes, convirtiéndolos en verdaderos monstruos.
Fue así como los hippisaron de ser un objeto de burla por parte de aquellas personas más conservadoras, quienes los tildaban de sucios y vagos, a una verdadera amenaza que despertó pánico en el estadounidense promedio. A principios de la década de 1970, el fenómeno hippi como tal se encontraba en decadencia.
Y si bien su estética seguía llamando la atención e incluso el tipo de ropa se vendía en centros comerciales, era por simple moda. Lo que no cambió demasiado fue el estilo de vida de algunos jóvenes que hacían autoestop en las carreteras interestatales bajo la premisa de la subcultura de la paz y el amor que fomentaba pensamientos de confianza comunitaria.
Rechazo al consumismo y deseo de aventura eran incapaces de entender que aquella práctica era extremadamente peligrosa. El domingo 25 de noviembre de 1973, un horrendo hallazgo alertó a las autoridades de la ciudad de Titusville, en Florida. Un excursionista encontró el cadáver de una mujer entre unos matorrales, cerca de una plantación de naranjos.
El cuerpo se encontraba completamente desnudo, en avanzado estado de descomposición y con las manos atadas a la espalda con una tira de cuero. Poco después, la víctima sería identificada como Paula Darlin Hamrick, de 22 años, quien había desaparecido 8 días antes, el 17 de noviembre. Los exámenes forenses confirmaron que fue ejecutada de un tiro en la cabeza con un arma calibre pun2 y abusada sexualmente después de su muerte.
Aquello cambió por completo toda la investigación, pues no parecía tratarse de un crimen cualquiera. Tod, el detective a cargo, no tardó en darse cuenta que el caso sería mucho más complejo de lo que imaginaba. Paula Henrick era una joven tranquila y madre de dos hijos. Provenía de una familia estructurada. tenía una buena relación con sus padres y trabajaba como camarera en un bar.
El día de su desaparición se dirigía a su empleo, pero nadie parecía haberla visto durante sus últimas horas de vida. Aunque se interrogó a varias personas, no se obtuvo ninguna pista que ayudara a la policía a resolver el crimen. La única conclusión a la que pudo llegar el detective Goodar era que probablemente el asesino vivía en la zona, ya que el sitio donde fue hallado el cadáver de Paula era de difícil acceso y se encontraba relativamente apartado de la carretera.
Cuando la noticia apareció en algunos periódicos locales, produjo gran inquietud entre la comunidad. Tausville era una ciudad tranquila donde este tipo de cosas no pasaban, o al menos eso parecía. Lo cierto era que las autoridades estaban al tanto de un total de 10 desapariciones de jóvenes que fueron reportadas en los meses de septiembre, octubre y noviembre y no había rastro de ellas.
Aún así, nadie sospechaba que las chicas pudieran estar muertas y el hallazgo del cadáver de Paula Henrick parecía ser un caso aislado. Pocos días más tarde, otro cuerpo en avanzado estado de putrefacción sería encontrado por un grupo de cazadores en un bosque a las afueras de Titusville. Nancy Jerry, de 18 años, quien había sido vista por última vez a finales de septiembre, yacía entre unos matorrales con un disparo en la cabeza.
A diferencia de la primera víctima, Nancy tenía su ropa puesta, aunque también había sido violada después de morir. Y el arma homicida parecía ser una pistola o un rifle del calibre punto2. El asunto empeoró cuando el 10 de diciembre un nuevo cadáver apareció muy cerca del lugar donde se había hallado el cuerpo de Paula Henrick.
Se trataba de Sharon Wimmer de tan solo 14 años. Un grupo de agentes que recorría la zona en busca de pistas la había encontrado por casualidad. La víctima estaba semidesnuda con las manos atadas a la espalda con una tira de cuero y había recibido un disparo en la nuca. Los médicos forenses que realizaron la autopsia indicaron que el agresor había abusado sexualmente de ella después de matarla.
Fue solo entonces que los investigadores concluyeron que estos tres asesinatos estaban relacionados y posiblemente habían sido cometidos por un mismo sujeto. Parecía tratarse de un necrófilo que mataba a sus víctimas para tener sexo, un perfil de criminal con el cual las autoridades no estaban familiarizadas.
Al mismo tiempo, las sospechas del detective Todar parecían ser acertadas. El asesino debía ser de la zona, ya que seguía matando en el mismo lugar y abandonando los cadáveres en áreas boscosas y de difícil acceso. Además, se pudo averiguar que tanto Paula Henrick como Nancy Jerry y Sharon Wimmer solían hacer autoestop.
A pesar de que los agentes recorrían a diario las calles y carreteras de la ciudad, advirtiendo a los jóvenes de los peligros de subir a un coche con un desconocido, aquella práctica seguía siendo sumamente común en todo Estados Unidos. La policía alertó a la comunidad de lo que estaba ocurriendo y los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia.
Varias jóvenes habían desaparecido en los últimos meses y tres de ellas fueron encontradas muertas. Sin embargo, solo un día después del hallazgo del cadáver de Sharon Wimmer, se produjo un incidente que cambiaría el curso de la investigación. Era el martes 11 de diciembre de 1973. Un conductor que recorría la carretera vio a una adolescente saliendo de un área boscosa, gritando por ayuda y de inmediato la llevó hasta el departamento de policía del condado de Bribard.
La chica, identificada como Vicky de 15 años aseguraba que pocas horas antes se encontraba con una amiga haciendo autoestop en dirección a Cocoa Beach cuando un sujeto se ofreció a llevarlas en su vehículo. En cierto momento, este se desvió de la ruta, sacó un rifle de debajo de su asiento y las encañonó. Luego las llevó hasta un sitio apartado y las obligó a internarse por un sendero boscoso.
Tras caminar un par de minutos, les ordenó que se tendieran en el piso y comenzaran a quitarse la ropa. De pronto, golpeó a una de las chicas en la cabeza con la culata del rifle, posiblemente con la intención de dejarla inconsciente, pero el arma se disparó. Aquello tomó por sorpresa al secuestrador y vi que aprovechó el momento para huir.
Minutos después, Darlin, la otra chica también de 15 años, fue encontrada sana y salva en la misma zona. Por lo visto, el atacante se había dado a la fuga tras el encuentro. Ambas adolescentes lo describieron como un hombre joven, delgado, de barba, cabello largo y castaño. Vicky, sin embargo, contaba con otro detalle importante.
Cuando subió al vehículo pudo ver un libro que tenía anotado con lápiz un nombre en una de sus páginas, Bernard Jiles. Los oficiales revisaron los registros y descubrieron que un tal Bernard Jes vivía en Scottmore, un vecindario muy cerca de la zona donde se produjo el incidente, aunque el individuo no contaba con antecedentes penales.
Tenía 20 años, estaba casado y era dueño de un Ford Maveric de color claro, idéntico al que describieron las víctimas. El asunto produjo un enorme revuelo en el departamento de policía, ya que existía la posibilidad de que Jailes fuera el asesino que estaban buscando. Secuestró a las chicas mientras hacían autoestop.

El sitio donde las llevó coincidía con aquellos donde se habían encontrado los cadáveres y, por lo visto, cargaba un arma de fuego. Lo desconcertante era que solo tenía 20 años. Un grupo de agentes se dirigió inmediatamente hasta su vivienda, ubicada en un parque de remolques de la ciudad y lo detuvieron cuando estaba estacionando su vehículo sin mayores inconvenientes.
El sospechoso vivía allí desde hacía poco tiempo junto a su joven esposa y una hija de 2 meses. estaba desempleado, aunque trabajaba esporádicamente como electricista. Sus vecinos lo describieron como alguien tranquilo, respetuoso y de buen carácter. Nadie tenía nada malo que decir sobre él. Tras ser arrestado, Jailes negó todas las acusaciones en su contra.
Sin embargo, cuando Vicky y Darlene lo vieron en la comisaría, lo reconocieron de inmediato. No tenían dudas de que se trataba del mismo sujeto que había intentado abusar de ellas solo una hora antes. Entre sus pertenencias, Jailes tenía un rifle calibre2 que usaba el mismo tipo de munición con las que fueron asesinadas Paula Henrick, Nancy Jerry y Sharon Wimmer.
Otra inquietante pista surgió cuando la policía interrogó a uno de sus hermanos, el cual les entregó un bolso que el sospechoso le había pedido que le guardara pocos días antes. En él había varias tiras de cuero, idénticas a las utilizadas para maniatar a dos de las víctimas que fueron halladas muertas. Se trataba de pruebas circunstanciales, pero reforzaba la teoría de los investigadores.
De momento, Jailes sería acusado de secuestro e intento de violación de dos menores de edad. Al mismo tiempo, los investigadores intentaron presionarlo para que confesara su participación en los asesinatos de Paula Henrick, Nancy Jerry y Sharon Wimmer. Pero Jailes aseguró que no tenía idea de qué le estaban hablando y finalmente guardó silencio, negándose a colaborar con las autoridades.
El 24 de diciembre varios restos socios serían hallados en las inmediaciones de una plantación de naranjos. El cuerpo se había descompuesto rápidamente debido al calor y la humedad, pero algunas prendas sirvieron para identificar a la víctima. Se trataba de Caroline J. Bennet, una chica de 17 años que había desaparecido el 15 de noviembre de ese mismo año.
La causa de muerte era un disparo en la cabeza con un arma calibre2. Un mes más tarde, el 31 de enero de 1974, un cráneo y varios huesos fueron encontrados entre unos matorrales en la misma zona. La víctima sería identificada como Chryst Melton de tan solo 14 años. La joven había sido vista con vida por última vez el 14 de noviembre.
Le habían atado las manos a la espalda y ejecutado de un disparo en la cabeza. Para los investigadores, todo aquello parecía una pesadilla. A pesar de que ya tenían a un sospechoso tras las rejas, todas las semanas aparecía un nuevo cadáver. Aún había varias chicas desaparecidas y la ciudadanía estaba indignada.
Y si bien los agentes estaban seguros que todos estos crímenes eran obra de Bernard Giles, probarlo no sería tarea fácil. Fue entonces que tras registrar minuciosamente su vehículo, vieron con una prueba incriminatoria. En uno de los asientos se encontró un mechón de cabello que tras ser examinado se pudo probar que pertenecía a Nancy Jerry, la chica asesinada a finales de septiembre de 1973.
Al mismo tiempo, un análisis balístico confirmó que la bala hallada en su cerebro había sido disparada desde una pistola calibre22 que fue confiscada a Jailes el día de su arresto, además del rifle con el que encañonó a Vicky y Darlin. En los meses siguientes, varias de las jóvenes que habían sido reportadas como desaparecidas regresaron junto a sus familias.
Afortunadamente todas estaban sanas y salvas. Sin embargo, la policía tenía cinco horrendos asesinatos por resolver y Jailes parecía ser el responsable, aunque siguiera guardando silencio. Bernard Eugene nació en Titusville, Florida, el 9 de abril de 1953. A pesar de que algunos artículos y el mismo Yiles aseguran que tuvo una vida familiar tranquila, sus hermanos han cedido un par de entrevistas en donde indican todo lo contrario.
Era el mayor de cuatro hermanos, quienes de pequeño sufrieron de abusos sistemáticos por parte de sus padres, principalmente la madre, quien solía golpearlos con varillas o correas cuando cometían alguna travesura. Aún así, los hermanos Yiles eran bastante unidos y tenían buenos recuerdos de su infancia. Hasta cierto punto, este tipo de correctivos eran frecuentes en los años 50 y estaban normalizados incluso en las escuelas.
El mismo Jailes jugaba con sus hermanos golpeándolos con correas mientras estos se escondían bajo un cerro de cojines y sábanas. era el más entusiasta y a veces incluso los lastimaba, pero todo parecía ser parte del juego. Ronald, uno de sus hermanos, aseguró en el programa de HB Max la Casa del Mal, que en cierta ocasión encontraron un pequeño animal atropellado al costado de un camino.
criatura aún estaba viva y se quejaba de dolor. Ya él se acercó, la cogió por una de las patas, la levantó por sobre su hombro y comenzó a azotarla con fuerza sobre el pavimento hasta que quedó completamente destrozada. Finalmente lanzó los restos al bosque y siguieron su camino. Ronald jamás se atrevió a preguntarle por qué lo había hecho, pero el episodio lo dejó traumatizado.
Pero uno de los antecedentes más alarmantes ocurrió cuando Jailes tenía tan solo 7 años mientras jugaba con una niña de su edad al interior de un closet. comenzó a estrangularla y experimentó una extraña sensación de placer. El mismo Jailes confesó en un par de entrevistas años más tarde que a partir de ese mismo momento comprendió que algún día asesinaría a una persona.
Se trataba de una fantasía precozia enfermiza que lo obsesionó por completo. Durante la adolescencia ya él tuvo varios amigos e incluso un par de novias. Sus profesores lo consideraban inteligente, tenía calificaciones promedio y destacaba como un excelente artista, realizando ilustraciones y pinturas que asombraban a sus compañeros de escuela, a pesar de que algunas resultaban inquietantes.
En cierta ocasión, su hermano Ronald encontró uno de estos dibujos oculto en su armario. En él se podía ver a Jailes violando a una mujer mientras le apretaba el cuello y le hundía la cabeza dentro del agua. A pesar de que el dibujo tenía varios detalles, el rostro de la mujer era inexistente. Unos especialistas han indicado que aquella ilustración refleja como Yiles deshumanizaba simbólicamente a la figura de la mujer, transformándola en un simple objeto sexual, algo muy similar a lo que hacía el asesino en serie Ed
Kemper al decapitar primero a las muñecas de su hermana y luego a sus víctimas de carne y hueso. A pesar de que Yiles no era especialmente violento, tenía conductas bastante excéntricas. A veces convencía a otros chicos de su edad para que le firmaran un contrato en donde se comprometían a venderle su alma, gastando así varios dólares.
Parecía un simple juego, pero algunos de estos jóvenes comenzaron a inquietarse e intentaron regresarle el dinero para recuperar sus almas. Ya él se negaba a romper el contrato, asegurando que aquellas almas le pertenecían y que cuando muriera lo ayudarían a escapar del infierno. Este curioso episodio revela varios aspectos llamativos de la personalidad de Jailes.
no solo pudo satisfacer su necesidad de control y posesión al negarles los contratos, a pesar de que le estaban devolviendo el dinero, sino que posiblemente experimentó un subidón de adrenalina al ver los afligidos y sentir que tenía el control de la situación. Jailes no sufría de un brote psicótico ni alucinaciones.
Sabía que mataría tarde o temprano y que aquello traería consecuencias. Quizá de forma simbólica o en un plano metafísico, poseer las almas de otras personas le servirían de intercambio para escapar a su castigo. Aquello revela una desconexión de la realidad en base a una fantasía de dominación, pero al mismo tiempo meticulosamente elaborada bajo su propia lógica, la de salvarse a sí mismo a costa de los demás.
en otra demostración de una completa falta de empatía. A la edad de 16 años, Jailes comenzó a seguir a una atractiva joven que caminaba por un camino apartado. Se acercó con la intención de atacarla por la espalda, arrastrarla hasta unos matorrales y estrangularla hasta la muerte, pero finalmente siguió su camino y la chica nunca sospechó lo cerca que estuvo de ser asesinada ese día.
Si bien Jailes estaba entregado a sus fantasías relacionadas con la muerte, intentaba llevar una vida relativamente normal. A pesar que sus intereses artísticos seguían impresionando a algunos de sus amigos debido a su temática oscura, la gran mayoría lo describió como un joven inteligente y amable que jamás demostró un interés superficial por su entorno, sino todo lo contrario.
Ya él se retiró de la escuela secundaria y aprendió el oficio de electricista. Por aquel entonces también comenzó a frecuentar fiestas, consumir alcohol y todo tipo de drogas. Se dejó una frondosa barba y el cabello largo, como muchos hippis de la época. En 1973 contrajo matrimonio con una chica llamada Leslie.
tuvieron una hija y se mudaron a una vivienda ubicada en la localidad de Scotsmore, en un parque de remolques de la ciudad. Fue entonces que comenzaron los problemas. La pareja tuvo varias discusiones y la relación se enfrió. Es posible que todas las responsabilidades que conlleva convertirse en padre y marido afectaran sus rutinas, su espacio personal, su independencia económica y, sobre todo sus fantasías sexuales de control.
De hecho, cuando su hija tenía tan solo dos meses, fue cuando Jailes comenzó a matar tras ser arrestado a finales de 1972. Bernard Yes enfrentaba a cargos por secuestro e intento de abuso sexual contra dos adolescentes. Sin embargo, su situación legal se complicó aún más cuando fue acusado formalmente por el asesinato de Nancy Jerry, ya que corría el riesgo de ser condenado a la pena de muerte.

Su abogado, Edward Kirkland le advirtió que las pruebas en su contra en el caso de Nancy eran irrefutables. La única forma de llegar a un acuerdo con la fiscalía para evitar la pena capital era colaborar plenamente con las autoridades. Esto significaba que no solo debía confesar el crimen de Nancy Jerry, sino también los de Paula Henrick, Sharon Wimmer, Carol J Bennett y Chrystan Melton.
A pesar de que Jail seguía sosteniendo que no tenía nada que ver con aquellos crímenes, gran parte de la ciudadanía creía que era culpable. Las fotografías del acusado aparecieron en todos los medios de comunicación, describiéndolo como un sujeto de aspecto hippy e intimidante, al igual como hicieron en algún momento con asesinos como Charles Manson o John Lynle Lee Fracier.
Finales de abril de 1973 y poco antes de que comenzara el juicio, Bernard Yiles llegó a un acuerdo con la fiscalía y reconoció ser el autor de los cinco asesinatos. Según sus propias declaraciones, salía a recorrer las carreteras en busca de jóvenes que hacían autoestop. Cuando estas subían a su coche, las encañonaba, cambiaba el rumbo y las llevaba a sitios apartados en donde las ataba y ejecutaba de un tiro en la cabeza antes de violarlas.
A diferencia de muchos asesinos en serie, Yiles no coleccionaba ningún trofeo de sus víctimas. Sin embargo, regresaba a las escenas de los crímenes varias veces para tener sexo con los cadáveres en avanzado estado de descomposición, patrón similar al de otros criminales necrófilos como Ted Bundy o Gary Ridway.
Jailes dejó atónitos a los expertos debido a la exactitud con la que describía sus crímenes y los lugares de los hallazgos, además de exponer con lucidez sus fantasías más oscuras como si fuera un psicólogo experimentado. Sin embargo, era incapaz de recordar el rostro o los nombres de sus víctimas, ya que en el fondo solo las veía como objetos sexuales.
Aseguró que procuraba no hablar con ellas mientras las secuestraba para evitar cualquier tipo de conexión emocional que lo hicieran retractarse. De hecho, había intentado matar a otras tres adolescentes durante ese periodo, pero cambió de opinión cuando estas comenzaron a hablarle de forma natural y ante sus ojos de alguna forma se humanizaron.
Aquello claramente no formaba parte de sus fantasías necrófilas. Bernard Jiles actuó con un frenecí implacable e inusual asesinando a cinco jóvenes en apenas 13 semanas. Por lo general, los asesinos en serie suelen tomarse meses e incluso años entre un crimen y otro. Es posible que su matrimonio y el nacimiento de su hija no solo supusieran una presión psicológica, sino además una sensación de pérdida de sus fantasías de control absoluto.
Si bien matar por primera vez le produjo un alivio inmediato, aquello no fue suficiente y no tardó en buscar a su siguiente víctima. Abusar de los cadáveres le excitaba debido a sus tendencias necrófilas, pero también el hecho de secuestrar y asesinar, lo que funcionaba como una suerte de catalizador de su vida marital.
Desde un principio, Jailes notó que subir a una chica a su vehículo no significó ningún esfuerzo. Después de todo, era un joven atractivo que no despertaba mayor desconfianza. Los temidos asesinos en serie que buscan sus presas en las autopistas eran un fenómeno desconocido en aquella época, lo que posiblemente le dio una sensación de impunidad, ya que tampoco contaba con antecedentes penales.
El 11 de diciembre de 1973, cuando intentó cambiar su modus operante y secuestrando a dos adolescentes al mismo tiempo, corrió un riesgo innecesario que puso fin a su carrera criminal. Finalmente, Bernard Giles se declararía culpable de los asesinatos de Nancy Jerry, Paula Henrick, Sharon Wimmer, Carolyn Jan Bennett y Christa Melton.
y el 13 de agosto de 1974 sería condenado a cinco cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional. En 1979 y tras ser enviado a la prisión estatal de Florida, Jailes consiguió escapar junto a otros dos reos, pero sería detenido 26 horas más tarde y condenado a otros 15 años de prisión. Actualmente se encuentra encarcelado en la institución correccional de Tomoca en Florida.
Ha cedido un par de entrevistas en donde llama la atención la lucidez con la que se refiere a sus crímenes y sus motivaciones, aunque se ha negado sistemáticamente a pedir perdón a los familiares de sus víctimas, porque asegura que aquello no vale la pena. El acto de pedir perdón en estos contextos es una forma que utilizan algunos psicópatas para manipular e intentar demostrar que ya no representan un peligro para la sociedad, generalmente con la idea de despertar simpatía o bien obtener algún tipo de beneficio.
Jiles no se tomó la molestia de hacerlo. Quizá es consciente de que no siente arrepentimientos. y que pedir una disculpa sería hipócrita. También existe la posibilidad de que su narcisismo y sensación de superioridad lo hagan sentir que aquel acto sería rebajarse ante una sociedad que lo juzga. Lo más escalofriante es que todo aquello no solo evidencia una falta de remordimientos, sino además una ausencia de conflicto interno por haber matado y violado a cinco chicas inocentes.
El asesinato en serie cumple con una estructura compuesta por siete fases psicológicas previas y posteriores al crimen que tienden a volverse cíclicas. Primero está la fase áurea, en la cual el sujeto se ve atormentado por sus fantasías violentas, las cuales se vuelven cada vez más frecuentes y extremas. Luego está la fase de pesca, cuando el individuo sale en busca de potenciales víctimas, evalúa sus posibilidades de abordarlas o atacarlas.
En la fase de seducción comienza a utilizar diversas estrategias para acercarse a la potencial víctima, tales como el engaño, el chantaje, la manipulación o falsos pretextos para ganarse su confianza. En la fase de captura, el sujeto cierra la trampa, sometiendo a la víctima y tomando el control sobre ella. La fase del asesinato es cuando finalmente la víctima muere a manos de su captor, el cual buscará por todos los medios cumplir sus fantasías más sádicas y depravadas.

Dependiendo del modus operanti, se pasa a la fase fetichista en la cual el asesino intentará prolongar su fantasía interactuando con el cadáver o coleccionando desde documentos, prendas de vestir, joyas, mechones de cabello e incluso partes del cuerpo. La fase depresiva que ocurre poco después del crimen.
La adrenalina disminuye y el asesino vuelve a conectarse con la realidad enfrentándose a todo lo que ello conlleva. Puede experimentar frustración, miedo a ser descubierto o un profundo vacío al notar que la fantasía que le consumió durante años no fue del todo placentera. Pero lejos de arrepentirse, el asesino psicópata volverá paulatinamente a la fase áurea, retomando aquella fantasía perversa que lo llevó a matar y repetirá el ciclo, esta vez contando con mucha más experiencia.
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