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Athina Onassis: La Heredera Más Rica del Mundo Que Desapareció

Según una de sus amigas íntimas, citada años después en un libro biográfico francés, Cristina le dijo una vez, “Esta niña es lo único verdadero que tengo. Todo lo demás, el dinero, los barcos, las casas, es mentira.” Pero la vida con Cristina era también una vida extraña para un bebé. Nunca una casa estable, nunca un colegio, porque Atina era demasiado pequeña.

Nunca amigos del vecindario, porque no había vecindario. Había aviones, había hoteles, había habitaciones enormes con juguetes caros que Atina nunca tenía tiempo de usar antes de tener que empacarlos otra vez. Porque lo que Cristina no sabía, lo que nadie sabía todavía, era que a Atina solo le quedaban 3 años con su madre.

La infancia de Atina empezó en un avión privado. Literalmente, Cristina viajaba con la niña a todas partes en su jet personal, custodiado por guardaespaldas armados, París, Ginebra, Sa. Moritz, Buenos Aires. La pequeña Athina aprendió a caminar en aeropuertos privados, a hablar en tres idiomas: francés con su padre, inglés con las institutrices, español con el personal que su madre contrataba en Argentina, donde Cristina pasaba largos meses en una estancia.

Del griego casi nada. A pesar del apellido, a pesar del imperio naviero, Atina no hablaba griego. El matrimonio de Cristina y Tierry se derrumbó rápido. Tierry, se supo después, tenía otra familia, una amante sueca llamada Gaby Landage, con la que ya tenía hijos. Cristina lo descubrió y se hundió. Se divorciaron cuando Atina tenía 2 años, pero Cristina, en un gesto que marcaría toda la vida de su hija, decidió no pelear.

Le dio a Tierry una pensión enorme para asegurarse de que siguiera viendo a Atina. Millones de dólares al año para que Atina tuviera un padre, aunque fuera un padre compartido. Y entonces llegó Buenos Aires. Noviembre de 1988. Cristina está en la estancia de una amiga en Tortuguitas, al norte de la capital argentina. Atina, que tiene 3 años, duerme en otra habitación. Es sábado por la mañana.

El personal de la casa encuentra a Cristina en la bañera sin vida. Tiene 37 años. La autopsia oficial dirá edema pulmonar agudo. Pero los rumores desde el primer día hablan de otra cosa. Pastillas, demasiadas pastillas. Años de depresión, años de dietas extremas, años de soledad en la cima del mundo.

Cristina Onasis murió como habían muerto su padre y su hermano, joven sola y con el apellido Onasis, pesándole como una piedra. Los detalles de esa mañana contados años después por los empleados de la estancia son desgarradores. Cristina había pasado la noche anterior llorando. Había llamado por teléfono a su exmarido Tiari Rousell, que estaba en Europa, y habían discutido durante casi 2 horas.

Después le había pedido a la niñera argentina que llevara a Atina a dormir con ella. Y la niña había dormido junto a su madre, abrazada hasta bien entrada la madrugada. Cristina la trasladó ella misma al cuarto infantil cuando despertó de madrugada. Le dio un beso en la frente, cerró la puerta y se fue al baño. Nunca salió viva de ahí.

Cuando Atina se despertó, no entendió por qué había tantos gritos en la casa, por qué lloraban las empleadas, por qué la niñera la vistió rápido sin decirle nada. Solo supo vagamente que iba a viajar en avión, que iba a ver a su papá en Francia y que sin saber por qué, algo muy grande acababa de cambiar para siempre. Atina no entendió nada ese día.

Solo sabía que su madre ya no estaba, que la llevaron a su dormitorio y le dijeron que iba a vivir con su papá, que tomó un avión hacia París y que esa misma tarde, en un salón de abogados en Mónaco, ella, una niña de 3 años, se convirtió en la heredera universal de la fortuna Oazis.

1000 millones de dólares como mínimo. Algunos estiman más de 2,000 millones ajustado a la época. Todo enfidei comiso, todo bloqueado hasta que cumpliera 18 años. Pero legalmente, desde ese momento, Atina era, como la llamarían los medios, la niña más rica del mundo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Su nueva vida empezó en un pueblo llamado Lucy Sur Morg en Suiza. Tierry Russell se había mudado ahí con su otra familia, Gaby Landhage y los tres hijos que tenía con ella, Eric, Sandrine y Johanna. Atina llegó con una niñera, guardaespaldas y una maleta de ropa. Tenía 4 años. Gaby, la amante de su padre convertida en pareja oficial, la recibió en la puerta, le dio un beso, le dijo en un francés suave, aquí tienes otros hermanos.

Atina, aquí vas a ser feliz. Aquí y contra todo pronóstico, durante algunos años lo fue. Tierry y Gaby vivían en una casa grande con caballos, perros, jardines. Atina creció mezclada con los otros tres niños. compartía cuartos, cumpleaños, salidas al colegio. En las fotos de esa época se la ve sonriendo con el pelo castaño atado en coletas, montada en un pony con botas embarradas.

Parecía una niña normal, una niña suiza, una niña cualquiera. Pero no lo era. No podía hacerlo porque afuera de esa casa 24 horas al día, había guardaespaldas armados porque su colegio privado tenía protocolos de seguridad especiales solo para ella, porque cuando jugaba en el jardín tenía que quedarse dentro de un perímetro vigilado.

Porque una vez, cuando tenía 5 años, la policía suiza descubrió un plan de secuestro organizado por una banda italiana. Querían pedir un rescate de 100 millones de dólares. La operación fue desmantelada antes de que pasara nada. Atina no se enteró hasta años más tarde, pero su padre sí y eso cambió todo. A partir de ese momento, Atina no tuvo infancia libre, tuvo infancia protegida.

Cada amistad filtrada, cada invitación a un cumpleaños revisada, cada paseo escoltado. Un biógrafo francés escribió más tarde una frase que resume bien esa época. Atina creció en una jaula de oro con barrotes invisibles pero reales. Sus recuerdos de esa infancia, según las pocas confidencias que hizo años después a amigos cercanos, están llenos de contradicciones.

Por un lado, momentos felices reales, Navidades en los Alpes, vacaciones de verano en el sur de Francia, clases de piano, de francés, de equitación. Gaby, la mujer de su padre, la trataba con cariño. Los hermanos Eric, Sandrin y Johana la incluían en todo. Pero por otro lado, Atina sabía desde muy temprano que ella era diferente.

Los otros niños no tenían escolta armada. Los otros niños no tenían abogados que visitaban la casa. Los otros niños no heredaban 1,000 millones de dólares. Al cumplir 18 años. Hubo una escena contada años después por una antigua niñera en un libro publicado en Francia que resume esa infancia. Atina tiene 7 años, está jugando en el jardín con sus hermanos.

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