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ANA LUISA PELUFFO: Por ESTO un HOMBRE MURIÓ en su CASA y todo se TAPÓ

Y Ana Luisa Pelufo no empezó siendo una diva del escándalo. No nació siendo la escandalosa. Empezó siendo una niña en el agua, una muchacha con un sueño, igual que tantas otras. Para entender el final, siempre hay que volver al principio. Y el principio de Ana Luisa está muy lejos de las luces, los flashes y las polémicas que la rodearían después.

Ana Luisa de Jesús Quintana Paz Pelufo, nació en Querétaro en 1929, una muchacha de provincia, como tantas de las que hemos conocido en este archivo, pero Ana Luisa tenía algo distinto, algo que la separaba del resto desde muy joven, una belleza que detenía el tráfico, que hacía girar las cabezas en la calle y un cuerpo de atleta fuerte y armonioso.

Porque antes de ser actriz, antes de las cámaras y los escándalos, Ana Luisa fue nadadora y bailarina acuática. Formó parte del balet acuático del Club Deportivo Chapultepec. Esos espectáculos de natación sincronizada que en aquella época eran la última moda, la elegancia hecha deporte, algo que dejaba al público con la boca abierta. Imagínatela.

joven hermosísima, deslizándose por el agua con una gracia y una coordinación que parecían imposibles, como una sirena de verdad, esa disciplina del agua, ese control absoluto del cuerpo, esa naturalidad con la que se movía sin pudor delante de la gente en traje de baño, cuando otras muchachas se morían de vergüenza.

Todo eso iba a marcar profundamente todo lo que vino después. Porque una niña que aprende desde pequeña a usar su cuerpo como un instrumento de arte, a exhibirse con orgullo y sinvergüenza ante un público, a no esconderse. Es una niña que de mayor no le va a tener miedo a las cámaras, ni a los prejuicios, ni al qué dirán.

Ahí, en aquella alberca de Chapultepec, entre brazadas y piruetas acuáticas, ya estaban naciendo sin que nadie lo supiera. La mujer que años después iba a romper todos los moldes de México de un solo golpe. Fue justamente el balet acuático lo que le abrió la primera puerta, una puerta que la llevó hasta el teatro en Estados Unidos y de ahí al cine.

Su debut llegó en 1948 y fíjate qué curioso, fue en una película de Hollywood Tarzán y las Sirenas, una mexicana de Querétaro con un papelito en una producción estadounidense. No cualquiera lograba eso en aquella época. Para una muchacha mexicana de los años 40, poner un pie en Hollywood, aunque fuera en un papel pequeño, era casi un milagro, una hazaña.

Eso te dice el tipo de mujer que era Ana Luisa, ambiciosa en el buen sentido, valiente, dispuesta a ir donde fuera con tal de perseguir su sueño. Al año siguiente, en 1949, debutó en el cine mexicano con la venenosa. Ya el título lo decía todo, venenosa, peligrosa, una belleza de la que había que cuidarse.

Como si desde el primer momento el cine mexicano hubiera intuo lo que esta mujer iba a representar para el país, el peligro, la tentación, lo prohibido, lo que enciende y a la vez asusta. México empezaba a fijarse en aquella muchacha del agua y ya no la iba a soltar nunca para bien y para mal. Y aquí quiero que entiendas bien el mundo en el que se movía, porque es la clave absoluta de todo el drama que viene después.

Estamos en el México de los años 50, un país profundamente católico, profundamente conservador, donde una mujer tenía un papel muy claro y muy estrecho, marcado desde que nacía. ser recada, ser decente, ser madre y esposa, casarse virgen, obedecer y sobre todo no llamar la atención, no destacar, no salirse jamás del molde.

La mujer que se atrevía a ser diferente, a pensar por sí misma, a vivir su vida en sus propios términos, era inmediatamente señalada. juzgada y condenada por todos por la Iglesia desde el púlpito, por los vecinos en los chismes, por la prensa en sus páginas, por la familia en casa. En ese México, el cuerpo de la mujer era casi un tabú, algo sucio, algo que se escondía bajo capas y capas de ropa, algo de lo que no se hablaba ni en voz baja, algo que pertenecía a la oscuridad del pecado y de la vergüenza.

Las mujeres decentes se cubrían de pies a cabeza. Las que mostraban un poco más, las que se atrevían, eran perdidas, fáciles, mujeres de la calle. Así de simple, así de cruel, así de injusto era el código moral de aquella sociedad. No había término medio. O eras una santa o eras una pecadora.

Y en ese México, exactamente en ese México asfixiante y juzgador, es donde Ana Luisa Pelufo iba a hacer lo impensable, lo que ninguna mujer antes que ella se había atrevido siquiera a imaginar. Pero antes de eso, déjame que te diga una cosa, porque ya empieza a saber el patrón que define toda su vida. Ana Luisa era una mujer libre en una época que castigaba con saña a las mujeres libres.

Era dueña de su propio cuerpo en un tiempo en que se daba por hecho que el cuerpo de una mujer no le pertenecía a ella, sino a su padre primero, a su marido después, a la sociedad y a la iglesia siempre. Esa rebeldía natural, esa libertad con la que vivía, la hizo grande, la hizo única, la hizo inolvidable.

Pero esa misma rebeldía la convirtió en el blanco de todos los dardos, en la mujer a la que todos se creían con derecho a juzgar. Lo vas a ver en cada capítulo de su vida. Cada vez que Ana Luisa daba un paso adelante en libertad, la sociedad le cobraba un precio en sufrimiento. Esa fue su gloria y esa fue su condena. Las dos al mismo tiempo.

Si hasta aquí te está enganchando, dale me gusta para que YouTube empuje esta historia y dime una cosa en los comentarios. ¿Tú habías escuchado el nombre de Ana Luisa Pelufo o la estás descubriendo hoy con este video? Escríbeme, “La conocía o la descubro hoy. Me encanta saber quién de ustedes vivió aquella época y quién la conoce por primera vez, porque ahora vamos a entrar en el momento exacto que cambió su vida para siempre, el momento que la hizo leyenda y maldición a la vez.

    Ana Luisa Pelufo tiene 26 años. Un productor, Pedro Calderón, le ofrece el papel protagónico de una película llamada La fuerza del deseo, dirigida por Miguel M. Delgado, el mismo director que trabajaba con Cantinflas. El papel, una modelo, una mujer pobre con un hijo enfermo del corazón que para sobrevivir y pagar las medicinas de su niño no tiene más remedio que posar desnuda para un pintor.

Fíjate qué detalle tan conmovedor. El personaje no se desnuda por vicio ni por dinero fácil. se desnuda por amor a su hijo enfermo, por desesperación de madre, un papel dramático, desgarrador, profundamente humano. Y la película pedía algo que en México nunca jamás en toda su historia se había hecho. Que la actriz mostrara su cuerpo desnudo frente a la cámara.

Piensa en la valentía o en la locura según se mire que hacía falta para aceptar ese papel. Ninguna mujer lo había hecho antes. Ninguna, ni una sola. Ana Luisa Pelufo iba a ser la primera persona, hombre o mujer, en aparecer desnuda en toda la historia del cine mexicano. Estaba a punto de cruzar una línea de la que no había marcha atrás, una línea que la marcaría para el resto de su vida y para la eternidad.

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